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lunes, 14 de diciembre de 2015

Yo no tengo interés alguno en el debate de hoy

           Según se desgañitan quienes nos convocan al  “debate definitivo” que se celebrará esta noche  y que  transmitirán de forma simultánea varios medios televisivos, uno diría que debe tratarse de un debate  trascendental donde veremos propuestas programáticas de uno y otro compareciente que, de plasmarse en un triunfo en las elecciones del día 20 de diciembre, podrían significar cambios llamativos en nuestra vida cotidiana.
            En realidad, pasada la tregua del periodo preelectoral, gane quien gane incluyendo a quienes no han sido admitidos a la mesa de invitados por Rajoy, la vida nos cambiará de forma negativa.
            Europa, la Europa dominada por  el liberalismo radical e insaciable, ha entrado en campaña recordándonos que aún quedan reformas por hacer en el mercado de trabajo y en las pensiones y ajustes en el presupuesto de los servicios públicos. Reclama otras medidas, pero esas dos me bastan para intuir el futuro que nos aguarda apenas recojamos las urnas.
            No tengo interés alguno en el debate porque será un debate artificial en el que ambos contendientes no dirán una palabra propia. Un ejército de politólogos, asesores y asistentes de imagen hablará por ellos. Ellos cuidarán, sobre todo, de no perder la compostura y  de no cometer errores imperdonables.
            No tengo interés alguno en el debate porque es un simulacro diseñado a la medida de un hombre acobardado. La cobardía proverbial de Rajoy lo ha desvirtuado hasta el extremo de convertirlo en un debate inútil porque no  representa  la pluralidad democrática que se vislumbra en las encuestas.El significado del término democracia en el léxico de Rajoy está bajo sospecha hace ya tiempo. Hoy ofrece poco lugar a la duda.
            No tengo interés alguno en el debate porque guardo memoria puntual de cada una de las medidas que ha perpetrado durante la legislatura  este gobierno vicario del liberalismo radical de la peor Europa de las últimas décadas. Ningún debate conseguirá mi olvido ni mi perdón. Y si el pueblo soberano se dignara hacer balance de estos cuatro años, Rajoy y sus secuaces deberían acabar en la papelera de reciclaje el próximo domingo. Ninguna gestión de gobierno en todo el periodo democrático ha resultado más dañina para nosotros que la del gobierno saliente. No hay color.
            Pero, sobre todo, no tengo interés alguno en el debate porque participa Rajoy. Rajoy me inunda el salón de una grisura insoportable; deja girones de antipatía congénita colgando de las lámparas; me ensucia el aire con el olor inconfundible de los desvanes polvorientos; lo contamina todo de mentiras, de cinismo, de desprecio al Estado.
            Rajoy pisotea mi idea de cómo debiera comportarse un presidente de gobierno: ha precarizado a los trabajadores por cuenta ajena dejándolos al pairo ante las embestidas empresariales, ha empobrecido los servicios públicos, ha usado mis impuestos para salvar de la quiebra un sistema financiero privado, ha saqueado la caja de pensiones para cumplir compromisos electorales y ha prometido bajar impuestos de forma irresponsable para comprar el voto irreflexivo de quienes son incapaces de pensar en el futuro.
            Cuando entra Rajoy, yo salgo. El ocupa mucho espacio. Arrastra, solidariamente con todo el aparato de su partido, un pesado fardo de sospechas de corrupción, de financiación ilegal, de enriquecimiento ilegitimo y de uso de los recursos públicos en beneficio propio.
            Me resulta inexplicable que  un individuo como él pueda ser candidato a repetir como presidente de gobierno.


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