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lunes, 21 de diciembre de 2015

Líneas Rojas

            Recientemente, mientras aguardábamos que pusieran las urnas, acepté la propuesta de un diario digital y respondí a una encuesta bastante genérica sobre mis expectativas políticas y su reflejo en los programas de cada partido.
        El objetivo, casi lúdico, de la encuesta era informar de qué programas políticos respondían con mayor exactitud a las expectativas propias.
            El resultado no me extrañó en absoluto. Mis expectativas se veían reflejadas en los tres partidos de izquierda que se presentaban en el territorio nacional en porcentajes muy similares que iban del 86% al 83%. Estoy por asegurar que cualquier votante de izquierdas que hubiera respondido a esas cuestiones relacionadas con los servicios públicos, las funciones del Estado, la organización territorial, y las relaciones con Europa y con el resto del mundo habría obtenido un abanico similar en cuanto a las coincidencias con los programas de los partidos de izquierda nacional.
            Y eso habla claramente de las coincidencias en los programas, coincidencias en temas fundamentales para diseñar el tipo de sociedad en el que nos gustaría vivir. Esa y no otra es la aspiración del sistema democrático desde su aparición, permitir a la mayoría diseñar la sociedad en la que vive según los valores dominantes. Todo lo demás es agua de borraja. Si el sistema democrático no permite que la mayoría se implique en el diseño de esa sociedad, la democracia es pura farsa. Y no podemos olvidar que incluso la democracia pare monstruos que luego la devora.
            Cuando el liberalismo dominante intenta definir con su visión simplificadora y maniquea a la gente de izquierdas, los reduce a  gente alejada de la realidad que aspira a construir un estado protector gigantesco, entrometido, regulador en exceso de las relaciones laborales, quisquilloso con los derechos humanos y, sobre todo, caro; demasiado caro. Ese Estado es perjudicial para los negocios.
            En algo aciertan, la izquierda es la única defensora de lo que llamábamos Estado del Bienestar que hizo de Europa la referencia democrática de la humanidad, al tiempo que la convertía en la primera productora de riqueza mundial.
            A mi humilde y anacrónico entender, los programas de los partidos de izquierda que se han presentado en todo el territorio nacional coinciden en bastante más de las dos terceras partes de sus propuestas en asuntos relacionados con ese Estado que han ido demoliendo las políticas ultraliberales con la extraordinaria excusa de la crisis.
            Daba la sensación de que la prioridad absoluta de estas elecciones era parar esa sangría, reparar con urgencia los daños más graves que ha ocasionado la derecha a los más indefensos y empezar a reconstruir el país eliminando desigualdades a un ritmo razonable.
            La mayoría social de este país comparte esas aspiraciones y ha votado a uno de esos partidos de izquierda que llevaban la corrección de esas lacerantes lacras en sus programas. Cualquiera de ellos habría sido una opción razonable para entregarles nuestra representatividad en la recuperación del Estado del Bienestar.
            Luego, la ausencia de verdadera vocación de estado en políticos mediocres, el oportunismo, las oscuras estrategias en la guerra sucia de la política partidista inutiliza nuestra voluntad y desarraiga nuestras esperanzas, sin darles ni un solo día de tregua.
            Un millón de votos que ha recibido Izquierda Unida se ha ido a las papeleras produciendo la miserable cosecha de dos diputados nacionales. Seguramente, los escaños más caros de la historia.
            ¿Es tiempo de líneas rojas?
            Yo creía que había llegado el tiempo de analizar las prioridades que debieran estar relacionadas con solucionar la situación de los más desprotegidos y marginados por las políticas excluyentes del Partido Popular y darles respuesta inmediata sobre la base de las coincidencias mayoritarias en los programas de izquierda.
            A todas luces no eran esas las prioridades.
            La prioridad ahora es eliminar competidores, y el que esté sufriendo las secuelas más dolorosas de las políticas del último gobierno, que se joda. Con esas mismas palabras lo pontificó en su día Andrea Fabra en el Parlamento desde la bancada del PP.
     Es lo que hay. El cainismo es una herencia genética en España. La desfachatez, también.

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