Páginas vistas en total

miércoles, 29 de julio de 2015

Medea



De pie, Margarita Xirgú y Enrique Borrás (Medea y Jasón),  dos primeras figuras de las tablas españolas  de la época.
Sentado, Miguel de Unamuno, traductor y adaptador de la “Médea” de Séneca, que inauguró las representaciones en el Teatro Romano de Mérida en 1933.


Fotografía conservada en la Casa-Museo Unamuno en Salamanca.




                         Casi cada verano, desde hace ya bastantes, yo llevo a cabo un acto purificador; peregrino a Mérida y me sumerjo entre la multitud complacida que acude al Festival de Teatro Clásico que se celebra en la ciudad. Cumple este año su sexagésima primera edición.
                    Todo empezó, seguramente, con la apuesta de la Segunda República por la Educación y la Cultura. Aquella España, infinitamente más pobre que la que hoy maltrata a la Educación Pública con una ley de Educación dañina, promovió la primera gran reforma educativa de la Historia de España con principios humanistas y laicos; proclamó el derecho a la educación de cualquier ciudadano; promovió la formación del profesorado para que la educación fuese eficaz y productiva;  y tenía el proyecto de construir en cinco años veintisiete mil escuelas. Mientras tanto promovió las misiones pedagógicas y apoyó al teatro para que pudiera llegar a cualquier rincón apartado de la España analfabeta y miserable, herencia de la monarquía borbónica con la complicidad imprescindible de la Iglesia.
                    Todo empezó seguramente en el ambigú del Teatro Español de Madrid. Se estrenaba “El otro” de Unamuno. Y asistieron a la reunión informal Fernando de los Ríos, a la sazón Ministro de la República, el propio Miguel de Unamuno y la actriz Margarita Xirgú. Ella era por los años treinta del pasado siglo la diva indiscutible del teatro español, la gran actriz cuya sola presencia garantizaba el lleno. Había visitado el teatro romano de Mérida en una breve incursión en la ciudad y quedó impresionada de las obras de rehabilitación que don José Mélida había llevado a cabo en el lugar.
                    En aquella conversación el Ministro alabó aquel monumento recuperado y lamentó la ausencia de iniciativas que potenciaran su uso como un teatro al aire libre; Margarita Xirgú manifestó su predisposición a protagonizar aquel estreno original y único si alguna vez era posible. Manifestó, también su preferencia por uno de esos personajes inolvidables de la tragedia griega. Ella deseaba ser Medea en Mérida.
                    La oyó Unamuno que probablemente la admiraba. Y quince días después tuvo la actriz entre sus manos el libreto con la adaptación teatral de la “Medea” de Séneca que Unamuno tradujo para ella.
                    Corría el año 1933. Dio inicio allí una de las iniciativas culturales más ricas y duraderas del país; quizás, el festival de Teatro Clásico más importante del mundo.
                    Yo admiro a las ciudades que saben poner en valor sus recursos, escasos y preciosos casi siempre. Admiro a Mérida. Por el cordón nutricio del festival conecta con el resto del mundo y  el mundo le devuelve la admiración que nos produce su pasado, su grandeza, su tesón, sus ganas de vivir. Durante dos calurosos meses de verano Mérida se transforma en la capital mundial del escenario y allí acude gente de todos los lugares por una buena causa. Y casi todos los que llegan prometen regresar en el futuro.
            Este verano Mérida programó dos versiones distintas de Medea. El mito de Medea resulta inamovible. Ella representa el mal como pocos personajes femeninos de la Literatura Universal. Y nosotros preferimos dar crédito a lo que resulta tenebroso. Sobre lo tenebroso arraiga la emoción. En lo tenebroso se levanta la frontera invisible que separa a  los hombres virtuosos, entre  los cuales nos contamos, y los malvados que encarnan lo inefable, el crimen, la violencia que destruye los valores sobre los que la  ciudad asienta su futuro.
            Por eso la leyenda de Medea será una leyenda inalterable, la leyenda de crímenes horribles que nunca cometió.
            De toda la tradición misógina de Grecia, de esa literatura que en ocasiones amplifica el temor del varón griego a las mujeres, Medea es la cima inalcanzable.
            Ella es la advertencia de los varones griegos a las mujeres que aspiran a una mayor independencia. Porque la culpa primigenia de Medea es que ella piensa como un hombre.
            Para no cansaros, tres señales os daré de esa actitud.
            Elige al varón con el que quiere compartir su vida y le hace prometer fidelidad eterna ¿Qué griega en sus cabales haría eso? Una griega decente toma su dote y encamina sus pasos a la casa del esposo que su familia eligió para ella.
            No acepta que su marido la repudie y se rebela. Buenas pruebas dejó de su despecho y de su cólera. ¿Qué varón griego aceptaría  con sumisión ser repudiado por su esposa y que ella eligiera un nuevo compañero más poderoso, más joven o más rico? Empuñaría su espada y tomaría venganza. Y la ciudad aplaudiría su decisión.
            Reclama compartir con Jasón la patria potestad; le discute al varón la propiedad de los hijos. Hasta tal punto, que llega a arrebatarles la vida. Y sólo al varón, -o a la ciudad, según nos cuentan de las costumbres espartanas-, le está permitida esa crueldad, sin que sufra por ello consecuencias. Un padre, si el hijo le disgusta, en los primeros días de su vida puede exponerlo a la puerta de su casa o en el ágora, hasta que muera o hasta que un viandante se apiade de su llanto y lo recoja para adoptarlo como un hijo o, quizás, para venderlo como esclavo. Y el propio Agamenón sacrificó a Ifigenia. Nadie consideró aquel acto el crimen horrible de un padre cruel y sin conciencia. Salvo la madre de Ifigenia, la vengativa Clitemnestra.      
            Pero esta mujer colérica y malvada no es, afortunadamente, griega. Ella es una mala madre, apasionada, salvaje y extranjera. Ha sido educada como un hombre y ese empeño alocado de gobernar su propia vida y de vivir en libertad solo ocasiona destrucción en el orden sagrado de la familia griega.
            Kión de Yolco, un poeta jorobado y cojo, que conoce bien la vida de Medea, sabe que la Medea que ha llegado hasta nosotros es absolutamente falsa. Y nos ha dejado en hexámetros sonoros el momento preciso en que dio comienzo su leyenda de maga poderosa y sin conciencia. Yo los  he traducido por si hay entre vosotros una Xirgú dispuesta a encarnar a esta Medea que yo estoy concibiendo de manera febril, pero muy lentamente.

            “Sobre la cubierta del Argo, en el viaje de vuelta, dio inicio su leyenda.
            La princesa cólquida, de lengua desconocida, cabello ensortijado, mirada huidiza en esos días y hermosura de muchacha frutal, nos hizo enloquecer sobre aquel barco. La defendieron de aquel incendio de deseos acumulados en un largo viaje su leyenda de maga poderosa, que yo fragüé de acuerdo con Jasón,  y el hecho de que todos sabían que ella era el otro tesoro del príncipe de Yolco. Un tesoro que no estaba dispuesto a compartir. Ella no era un rehén, ni una mujer raptada en una isla de pescadores pobres en un desembarco de saqueo.
                    Y Jasón era el hombre que costeó aquel barco.
                     Sobre las aguas de la mar el dueño del barco que te lleva tiene una autoridad indiscutible; sobre las aguas de la mar el barco que te lleva es tu patria, la tierra que sustenta tu existencia frágil, y su dueño es el rey cuya autoridad nadie discute. Esa ley no escrita salva vidas. Si existen diferencias, se solventan en tierra.
                    Jasón era también el hombre que prometió diezmar el oro y repartirlo.
                    Durante aquel viaje mil veces me asaltó el pensamiento de que ella era una muchacha observada fijamente en cada movimiento, a cada paso, por un rebaño de machos cabríos en época de celo, dispuestos a embestirse izando al aire sus poderosas cornamentas.
                    Y de noche, cuando, oculta tras un montón de lonas amontonadas en cubierta por si el viento quebraba alguna vela, ella orinaba en un cuenco de madera que Jasón le ofreció como único ajuar imprescindible sobre un barco de guerra , se hacía el silencio más profundo que yo haya escuchado jamás en una nave, y podía verse a la jauría de faunos removiendo inquieta sus pezuñas cubiertas con polainas de cuero.  Olfateaban el aire, por si la hembra joven estaba receptiva.
                    Jasón era consciente del deseo que despertaba la mujer que le entregó un tesoro y que  se enroló como salvaguarda de su huida. Dejó de ser amable con los otros, redobló las señales de la indiscutible autoridad que se le supone al capitán de un barco de guerra fugitivo, y defendió a Medea de cualquier quebranto, manteniéndola siempre junto a él o al alcance de su vista. Y ella dormía a su lado, defendida por su permanente vigilancia.
                    Seguramente allí, sobre cubierta, fue su himeneo; sobre un lecho de arpillera impregnada de salitre.
                    Jasón era también un fauno,  joven y hermoso. Y Medea ya lo amaba. Lo amó con ese amor confuso que un griego hermoso y arrogante provoca en las muchachas extranjeras.
                    Un día Jasón solicitó la ayuda de las Musas.
                    La tripulación ha de temer a la muchacha cólquida, poeta. Ha de temer incluso su contacto.
            ¿Y qué puedo decir de esta muchacha que te acompaña, príncipe Jasón? Nada sabemos de ella.
            Ella conoce pócimas secretas. Durmió a la guardia de palacio. Hazla temible. Ella  es valerosa y decidida;  es extranjera y está rodeada de misterio; se presta a soportar una leyenda. Inventa. Las Musas se han puesto de tu parte muchas veces. No olvides que ellas están plantando para ti y para tu padre viejo un olivar inmenso en las colinas de Yolco.
            Y desde aquel mismo día los marineros la observaban a distancia con temor. Yo corrí el rumor de que aquella muchacha que nos ayudó a robar el oro de la Cólquida era una hechicera poderosa. Podría convertir en cerdo a un navegante que rozase aunque solo fuera el borde de su peplo.
            Entonces el futuro de Medea me resultaba indiferente.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario