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domingo, 4 de octubre de 2015

El aire que respiro

Hace apenas dos días, la corresponsal de El País en Bruselas firmaba una crónica descorazonadora, pero no sorprendente.
 Los gobiernos de los veintiocho países que conforman la Unión Europea se muestran absolutamente solidarios con Alemania en la vergonzosa situación del fraude masivo a la humanidad de una de sus marcas estrellas, la Volkswagen, que lleva años engañando a gobiernos y consumidores.
 Y lo que es peor, lleva años envenenando nuestro aire de forma consciente y programada para mejorar sus beneficios.
     La propia fábrica alemana ha advertido a la Comisión Europea que se ande con cuidado con las consecuencias de sus investigaciones. El delincuente se permite amenazar a los representantes políticos de los ciudadanos europeos que cumplen con su obligación de defender el medio ambiente. 
   La fiscalía alemana ha renunciado a investigar al presidente de la firma bajo cuya responsabilidad se ha cometido el fraude y el atentado contra un bien universal. 
      La Volkswagen ya no está siendo investigada. 
    Aquí paz y, luego, gloria. Una buena campaña de imagen dentro de unas semanas, y el tema quedará resuelto, porque la memoria ciudadana es frágil y habrá otros escándalos que distraigan su atención.
   En España, el gobierno, que lleva mucho tiempo en campaña electoral, calculó mal. El ministro Soria salió en los medios sacando el pecholobo de precampaña y anunció que la marca alemana y sus filiales deberían devolver las subvenciones recibidas. 
    ¡Craso error enseñarle colmillos al macho alfa alemán! Tras la visita del propio vicepresidente de la firma ha debido envainarse aquel anuncio irreflexivo. Y ha debido, además, pagar la vergonzosa penitencia de salir a los medios desdiciendo su poco meditada afirmación.
 La modélica firma alemana ha argumentado de forma irrebatible que sus técnicas de engaño no afectaban a las emisiones de monóxido de carbono, sino al óxido de nitrógeno. El veneno era otro, por tanto las subvenciones por controlar las emisiones de CO2 están legalmente justificadas y no tendrán que devolverlas.
 Ese gas en el aire acabará convertido en ácido nítrico y producirá lluvia ácida. Él es, también, uno de los principales responsables del agujero de la capa de ozono. Y, combinado con la radiación solar, su efecto es doble: contribuye al calentamiento global en las capas más altas de la atmósfera y crea en las grandes ciudades la “boina” de aire contaminado tan perjudicial para la salud humana.
 Es imposible evaluar los costes devastadores de esta irresponsabilidad criminal, sobre todo porque los daños resultarán muy duraderos. Pero la deuda griega, esa vergüenza lacerante que ha crucificado a todo un pueblo ante los especuladores que aprovecharon su necesidad para rentabilizar sus ahorros, es el chocolate del loro si lo comparamos con esta deuda irrecuperable que la civilizada y honestísima Alemania ha contraído con la humanidad. Otra más.
 Yo estaba equivocado. 
   Pensaba que las pagas extraordinarias que me arrebataron  y el aumento de jornada laboral por menos sueldo que me impusieron estaban destinados a pagar el agujero financiero que provocaron los aprendices de brujo, carentes de moral y de cerebro, que manejan las finanzas.
     Pero acabo de descubrir que una parte de lo que perdí ha servido para subvencionar a quienes han estado envenenando de forma consciente y voluntaria el aire que respiro. 
 Dentro de  medio siglo, cuando el desierto haya devorado definitivamente todo el Levante español hasta Tarragona y buena parte de Castilla-La Mancha, mis nietos que andarán pagando las consecuencias dolorosas de esa pérdida en tierras fértiles y en lugares para el asentamiento humano, oirán todavía a algún ministro alemán proponiendo la expulsión del euro de los endeudados griegos, porque suponen una amenaza para el futuro de Europa.


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