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jueves, 14 de mayo de 2015

Discursos hueros y cainitas

          He oído decir demasiadas veces que las ideologías políticas han muerto porque en el mundo globalizado carecen de utilidad alguna. Y he oído decir que  la izquierda europea se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua en sus propias contradicciones ante ese mundo global que le resultaba inabarcable.
            De esto último hay sobradas muestras.  
        De la primera afirmación lo único cierto que cabe asumir es que resulta un objetivo perseguido con saña. La ideología supone la existencia de fundamentos éticos para la actuación política, social y económica de cualquier colectivo. Cuando esos fundamentos se diluyen, solo nos queda la corrupción, la manipulación y el control del poder sin reparar en medios. Y en el mundo actual ha impuesto sus criterios una ideología que se caracteriza por carecer de esos principios éticos. Se aspira al poder para detentar infinitos privilegios, y entre ellos el acceso al dinero por caminos tortuosos.
       La ideología dominante de hoy la establece el dinero y afecta, sobre todo, a los procedimientos del reparto.
        Quien debiera velar por el reparto justo ha sido colonizado y puesto al servicio de quienes aspiran a un reparto cada vez más desigual. Así nos va.
          Porque en la raíz de toda ideología está la respuesta a una pregunta simple, – alguna vez lo he dicho ya en las páginas de este blog-, pero de muy complejas consecuencias. ¿El ser humano debe estar al servicio del enriquecimiento selectivo de una minoría o la producción de riqueza debe estar  encaminada a mejorar las condiciones de vida de la humanidad en su conjunto?  
        De la respuesta que demos deriva nuestra concepción del Estado  y sus funciones.  ¿Está el Estado para garantizar el orden establecido por las minorías dominantes y garantizar sus privilegios o necesitamos un Estado que equilibre las cargas impositivas con justicia y alivie las desigualdades mediante servicios públicos dignos y gratuitos?
            Nos convocan a las urnas este año con frecuencia y hay alrededor de cada uno de nosotros una algarabía de discursos hueros y cainitas, una humareda de palabras, un dispendio de papel impreso con la fotografía retocada de gente que ha traicionado mil veces sus promesas y que se presenta con aire de inocencia en nuestras casas confiando, una vez más, en la escasa profundidad de nuestra memoria o en el poder de la mentira.
        A pesar de la igualdad que aventuran las encuestas, un recién llegado, ese partido que aspira a  ser la derecha de rostro saludable y sin cicatrices de corrupción sobre la piel, ha renunciado, motu proprio, a mi voto. No lo quiere; lo desprecia. Afirma sin empacho que la democracia es propiedad de los que nacieron en democracia. Viene a decir el hombre que los que  hicimos posible que muchas generaciones nacieran bajo la protección de una democracia hemos alcanzado ya la fecha de caducidad, estamos viejos, somos una rémora ideológica para los nuevos tiempos. Lo que sin duda es viejo es la mentalidad excluyente. Tan viejo que es el fundamento de la defensa de los privilegios. 
            Nueva derecha con viejos vicios. 
            Ayer me escribió Rajoy. No sabía  que fuera candidato a la alcaldía de esta ciudad. Un Rajoy rejuvenecido, con gesto de inocencia, complacido por su buena gestión frente a la crisis, entró en mi salón sin avisar, porque el sobre no tenía referencia alguna al remitente. Junto a él, como el lema de los escudos de las casas nobiliarias, tres palabras: trabajar, hacer, crecer. 
     Por la mañana, en la radio, ya había tenido noticias de las incontables medidas de protección a la familia que el gobierno estaba a punto de aprobar; entre ellas, becas para las adolescentes en edad escolar que se queden embarazadas; habrá que estar atentos al efecto llamada en tiempos de tanta necesidad. No sería sorprendente una floración a destiempo de embarazaos escolares pra lograr una paguita. Quizá resultaría más recomendable educar sobre el saludable uso del preservativo, pero creo que es pecado  según la madre iglesia. 
     Una de  esas propuestas oportunas en tiempo electoral  contempla una subida en las pensiones futuras a madres que hayan parido por lo menos dos hijos. Teníamos valoraciones muy creíbles sobre la maternidad y su importancia en el sostén de la población, pero hasta ahora nunca supusimos que fuera un motivo de discriminación. Y es que a la derecha la igualdad ante la Ley le parece una concesión intolerable.
            Entre esas medidas que agitará ruidosamente la prensa amiga, -quizás también son una bandera blanca previa a las elecciones ante los sectores integristas de sus propios votantes-, y de escasa trascendencia verdadera, no hay ninguna para las setecientas mil familias en cuyas casa, si aun las tienen, no entra salario alguno ni protección estatal de ningún tipo.
            Son los cadáveres de esta guerra. Y ya sabemos que en las guerras a los cadáveres incómodos se les arroja a las cunetas o a las fosas comunes del olvido.
            Rajoy, no obstante, el Rajoy que entró sin avisar en mi salón, ha logrado un gesto complacido, de inocencia suprema. Si no fuera por la barba, se diría que es una foto de primera comunión, la foto de un niño gallego en gracia de dios, con las manos limpias, sin ninguna carga en la conciencia.
            A pesar de la foto y de la carta que le ha redactado Arriola sobre la confianza que merece el Partido Popular, el único que trabaja por mantener el Estado del Bienestar, el único que se esfuerza por mantener la Enseñanza y la Medicina como servicios públicos de calidad, yo expulsé a Rajoy con cajas destempladas del salón de mi casa.
Y tengo la esperanza de expulsarlo también de ese Congreso que su mayoría absoluta ha prostituido hasta la náusea.
      Y cuando llegue Albert Rivera a mi salón, aunque llegue desnudo, le recordaré educadamente que yo nací en los momentos álgidos de la dictadura y que no pierda su precioso tiempo en intentar arrancarme mi voto caducado.

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