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domingo, 3 de agosto de 2014

Las dimensiones de la crisis

     La crisis económica en el sistema capitalista es siempre una posibilidad. Esta que ahora nos marca la piel comenzó a gestarse en 1999.Quizás esta de ahora sea la crisis más explicada y estudiada de la historia de la humanidad. A pesar de ello, también es probable que sea la que se haya gestionado con peores intenciones. Y por si alguien cree que he perdido la referencia temporal de acontecimientos tan próximos, explicaré las razones de mi afirmación.
Existía en los EE.UU. una ley, con vigencia desde el ¡1923! que separaba claramente la Banca de depósitos, la que atiende a los ciudadanos y gestiona sus cuentas y sus ahorros, de la Banca de inversión, la que maneja los mercados y persigue obtener beneficios, -cuantos más y en menor plazo, mejor-,  a toda costa, aun a riesgo de perder en ocasiones. Unos han de perder para que otros ganen en el mar inestable de las finanzas plagado de bucaneros amorales a los que el liberalismo extremo que domina la política de los estados ha concedido patente de corso.
            Esa ley separaba claramente la banca del ciudadano medio, cuyos ahorros eran imprescindibles para su futuro, para garantizar recursos en las épocas malas o una vejez decente, de la banca de los que estuvieran dispuestos a arriesgar su dinero en ese juego de azar que llamamos Bolsa, ese lugar del planeta con el microclima más favorable para la generación de delincuentes. Y las separaba porque en ese  juego, como la historia cotidiana nos demuestra, muchos pierden. Había que defender a toda costa de ese riesgo los ahorros de las clases medias, un significativo porcentaje, por otro lado, de la capacidad financiera de un país.
En 1999 esa ley de derogó. Ahí, en las Cámaras Legislativas Americanas, se gestó el comienzo de esta ruina y de esta negativa transformación de nuestro mundo. La Banca de los ciudadanos corrientes comenzó a arriesgar los ahorros de las clases medias en operaciones de inversión escasamente fiables y contaminó con su procedimiento a buena parte del sistema financiero mundial. 
En España el único rescate que hemos necesitado hasta el momento ha sido el rescate del sistema financiero. Una vez más el espejismo del crecimiento infinito, perseguido por los seres más irracionales de la tierra, nos condujo a la catástrofe.
Las consecuencias de esta crisis han transformado Europa de forma radical. Ha afectado, por supuesto, a buena parte del mundo, pero ha sido Europa, el continente más sensible porque gozaba hasta entonces de la mayor calidad de vida de la tierra, el que ha sufrido las consecuencias más visibles.
Como una bomba de racimo, esta crisis ha ido explotando en diferentes ámbitos de nuestra vida.
Primero, fueron las consecuencias económicas. De crisis financiera se convirtió con la virulencia de un incendio en un trigal de junio en una crisis económica de carácter general; luego, en una crisis de deuda de los países más dependientes de los mercados para su financiación; una vez en esta rueda, las garantías exigidas  a los países más endeudados se han llevado por delante el Estado del Bienestar que garantizaba cotas altas de igualdad.
Y ahí explotó el racimo de las consecuencias sociales. Sería prolijo enumerar aquí  los sufrimientos a los que se están viendo sometidos millones de seres humanos. La precariedad, la pobreza, la indefensión frente a sus necesidades primarias, la vaciedad de los derechos que consagran las Constituciones se han instalado en nuestras vidas. La desigualdad, el gran enemigo de una organización social equilibrada y pacífica,  se multiplica hasta cotas inaceptables en una sociedad democrática y desarrollada. 
Y eso ha traído la tercera explosión de consecuencias que apenas estamos descubriendo; las formas actuales de participación política parece que ya no responden a las nuevas exigencias. La crisis financiera que originó el neoliberalismo envenenado y su rechazo a cualquier control de sus desmanes por parte de las leyes, de la propia sociedad en su conjunto, ha puesto en riesgo también a sistemas democráticos aparentemente bien consolidados. Los ciudadanos tienen la impresión de que los gobiernos ignoran las necesidades de los pueblos, porque no coinciden con las exigencias de los mercados y los inversores. Es el capital especulativo es que establece las normas de este juego. Eso parece y eso se ajusta a la realidad que nos acosa. ¿De qué nos sirve entonces esta aparente democracia….?
Pero hay una cuarta explosión que tiene sus manifestaciones cotidianas y sangrientas. La crisis financiera ha acelerado la crisis de valores. La ética se ha volatilizado, presionada por los innegociables intereses económicos. La mayor monstruosidad que puede cometer cualquier especie es atentar contra sí misma: Y si la que  lo hace es una especie racional que fue capaz de establecer, por encima de cualquier credo o cualquier circunstancia, los derechos humanos como un código sagrado, no es sino una muestra de que la  locura y la ambición desmedida caminan de la mano.
Hay mil ejemplos cada día en que se desprecia al ser humano, convertido en un activo más, pero quiero centrarme en dos muy actuales y en el comportamiento hipócrita del mundo civilizado.
Los separatistas ucranianos, apoyados militarmente por Rusia que los arma, derriban un avión comercial  de pasajeros en un vuelo internacional que cruza el territorio que dominan. Un crimen de lesa humanidad en toda regla sin justificación alguna. La Europa civilizada, democrática, cristiana, y uno de los mayores consumidores del mundo, aspecto que también le otorga autoridad, ha tardado una eternidad en reaccionar, y la reacción no ha sido unánime. Rusia es la dueña del gas que Europa necesita, y Rusia es uno de los clientes más activos de la industria armamentística de Europa. ¿Qué importa un crimen más de lesa humanidad, si están en juego los sacrosantos intereses del dinero…?
Y a gran distancia de este avión sacrificado, en Gaza se está cometiendo un genocidio. Un doble agente lo perpetra. 
De una parte Hamás provoca al enemigo despiadado con cohetes que en poco o nada afectan a la seguridad del carcelero que lo tiene sitiado en un reducido campo de concentración. Seguramente es un ataque diseñado para provocar la respuesta desmesurada que suele ser costumbre en esa zona. Espera conseguir con ello alguna reacción internacional, supongo yo. A cambio, no le importa sacrificar la vida y la seguridad de miles de sus conciudadanos.
De otra parte, Israel actúa con la táctica que lo ha defendido hasta hoy de sus vecinos, sembrando el terror con respuestas inhumanas y crueles que ignoran absolutamente los derechos humanos, las leyes internacionales y cualquier convención establecida para caso de conflictos armados.
Israel reacciona como un estado terrorista. 
No lo digo yo; con otras palabras más comedidas que las mías lo declara el Secretario General de la ONU. Pero la ONU es solo un foro impotente, condicionado por el derecho de veto de los ganadores de una guerra antigua y destructiva.
Cualquier ser humano racional esperaría una intervención autoritaria del resto de las naciones civilizadas, una condena, al menos. Inútilmente. Israel frecuenta las ferias secretas del mercado de armas. Debe ser uno de los mayores consumidores del mundo. Una bendición para los fabricantes de cualquier país. Los gobiernos civilizados rezan por la paz e invocan la cordura entre los contendientes desiguales. Mientras, van atendiendo las demandas de los arsenales de Israel y bendicen el generoso uso que hacen de sus instrumentos de destrucción.
Ciertamente, estas situaciones no son una consecuencia directa de la crisis. La crisis solo ha acelerado el deterioro de los derechos humanos, la indiferencia ante los genocidios. 
Israel ganará esa guerra contra sus prisioneros, pero habrá perdido definitivamente el respeto de cualquier ser humano racional, en cuyo interior aun alumbre un destello de humanismo. Eso carece de importancia para ellos, porque aquellos que manejan los hilos del poder verdadero han confirmado con la crisis que la ética que debiera regir el comportamiento de la especie ya no cotiza en sus mercados, que el desprecio que nos generan los comportamientos inmorales y violentos, incluso la ira indefensa que sentimos, no alcanza a sus elevados torreones, donde impera el cinismo, la mentira, el desprecio a la vida y cualquier crimen que genere beneficios.


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