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jueves, 8 de mayo de 2014

Europa, un dilema moral (I)

   Presiento que por primera vez en mucho tiempo las próximas elecciones europeas van a suponer para muchas personas un verdadero dilema. Probablemente, varios dilemas acumulados. Analicemos uno de ellos
            El primero, la utilidad del voto. ¿Servirá de algo?
            Recibimos infinitas señales de que nada cambiará. Obtendrá la victoria ajustada uno de los dos grupos dominantes en Europa. Gane quien gane, nada cambiará. Están de acuerdo en lo fundamental para que nada cambie. El Partido Popular Europeo y los Socialdemócratas solo se diferencian levemente en los matices del discurso. Y en nuestro caso, las diferencias que están empeñados en recordarnos los dos partidos que se adueñaron de esta democracia casi desde el momento de su nacimiento, estriban en el número de imputados por corrupción que cada uno de ellos acumula en su historial reciente. Ni se toman la molestia de proponernos su programa para Europa. No lo tienen; ni merece la pena elaborarlo. Gane quien gane, se hará lo que disponga Merkel según convenga a los intereses de su poderosa plutocracia.
            Aunque gane alguno de esos dos grandes grupos de poder europeo, ganará con menos margen que otras veces. Hoy el bipartidismo se cuestiona en el mundo civilizado, porque, aunque se haya asentado en la creencia de que garantiza la gobernabilidad sin cambios bruscos en las sociedades desarrolladas, la verdad es que hoy está demostrado que la contrapartida del sistema es que la democracia bipartidista se desvirtúa de manera alarmante; la verdad es que el bipartidismo al que hemos encomendado la gestión de la vida pública ha enfermado por anquilosamiento, se ha engolfado en la administración del poder como si le correspondiera desde la propia cuna, se ha profesionalizado en el peor sentido de la palabra al convertirse en profesión de advenedizos y aduladores, ha perdido pasión y, sobre todo, ha perdido la memoria de su auténtica función, representarnos.
            Que nada cambiará  lo aventuran también otras señales alarmantes, porque cada una de ellas denuncia que Europa degenera en un lugar inhóspito y dañino para casi todos nosotros.
            La tasa Tobin, una propuesta aceptada a duras penas por la Unión Europea, impuesto sobre las transacciones financieras que cada día modifican nuestras vidas en una actividad especulativa que no genera ni un miserable puesto de trabajo, pero que genera  millones de beneficios a sus actores, iba a suponer unos ingresos de 55.000 millones de euros a las arcas comunitarias.
            Pongamos que, por una sola vez, les hubiera dado un ataque de racionalidad y de coherencia a las instituciones comunitarias y que esos ingresos se hubieran destinado a potenciar medidas para paliar el desempleo europeo de personas jóvenes. Expertos y sociólogos advierten de que millones de jóvenes europeos entre los 30 y los 35 años están condenados a una vida precaria, inestable, y muy alejada de sus propios proyectos vitales. Europa está llena de cadáveres de jóvenes muchachos empujados a las trincheras por políticos descerebrados y ambiciosos del pasado reciente. Esta Europa los sacrifica igualmente, pero los deja vivos. También ahora son las víctimas inocentes de políticos ambiciosos, descerebrados o cobardes.
            Inglaterra, ese socio-no socio, oportunista y agrio, tras mucho pleitear en defensa de su paraíso fiscal, La City londinense, ha reducido la aportación de ese maná económico a unos miserables 3000 millones, tras aplazar su entrada en vigor algunos años.
            Luxemburgo, el gran Ducado, ese enemigo al que damos tratamiento de socio, se permite tener la renta per cápita más alta de Europa sin actividad productiva conocida; vive de la piratería financiera; puede permitirse el lujo de haberse convertido en refugio fiscal de empresas europeas que huyen del sistema fiscal de sus países, sin contrapartida alguna. Acaba de rizar el rizo de la desvergüenza. Construye un búnker de acero y de cemento, apenas a cien metros del aeropuerto de la capital, con el objetivo de ser almacén de cualquier objeto de lujo, -joyas, automóviles de alta gama, obras de arte, diamantes, metales preciosos…-, y de convertirse en espacio de compraventa de los mismos, exenta de IVA y lejos de la mirada indiscreta de cualquier sistema fiscal. Un espacio sin ley, con el beneplácito de  todos los partidos políticos que configuran su arco parlamentario. Acaba de proponer también el cierre de sus fronteras para parados europeos y la expulsión de aquellos europeos residentes que hayan perdido su trabajo.
            Y Europa calla, luego otorga.
            Sabemos, además, que Bruselas, la capital administrativa de esta Europa, madre desnaturalizada, es, tras la capital de los Estados Unidos, el lugar del mundo donde mayor concentración de “lobbies” se produce. Un “lobby” es un instrumento de las grandes empresas para influir en las decisiones políticas; dicen que mediante la persuasión y el asesoramiento, mediante la creación de opinión o modificación de opiniones preconcebidas sobre asuntos de interés general. La verdad es que una forma aceptada de corrupción política. La verdad es que no sólo emplean la persuasión, sino el dinero y el poder para cambiar las leyes en su propio beneficio. Los más influyentes, porque más medios dedican a defender sus intereses, son las tabaqueras, los fabricantes de automóviles, los laboratorios, los grupos financieros que controlan la producción y distribución de las fuentes energéticas, las aseguradoras, los grandes grupos de telefonía y comunicaciones, los gigantes de la red, los productores de alimentos transgénicos…; el gran capital, en suma, tiene en Bruselas, según datos fiables, más de treinta mil “conseguidores”, dispuestos a inclinar las leyes en beneficio de sus intereses.  Bastantes más que funcionarios europeos. Copan los hoteles de lujo y frecuentan los despachos de nuestros representantes, hasta que nuestros representantes dejan de ser , en afortunada expresión que he leído en algún sitio, guardianes de nuestros intereses y se convierten en cazadores furtivos de los beneficios que produce la corrupción .
            Entre otros muchos dilemas, aquí hay uno importante que debemos solucionar en breve tiempo. Yo me inclino por votar. La abstención beneficia a los de siempre. Pero eso me conduce a otro dilema que muchos compartimos y del que hablaremos otro día. ¿A quién votar…?


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