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domingo, 16 de marzo de 2014

Hasta enterrarlos en la mar...

         ¡Un comité de expertos! Cada vez que escucho esa expresión en boca de algún miembro del gobierno, un indefinible temor me embarga sin remedio. Expertos en remediar la crisis se incrustan en la Troica, y ya veis las consecuencias. Y son expertos, desde luego. Expertos en llevar el ascua a su sardina, en defender los intereses de aquellos a quienes sirven y en dejarnos las miserias  a escote a los demás, al ciudadano medio que se ha quedado, de paso, sin la protección de los Estados.
            Los últimos que el gobierno nos ha echado a la chepa son los expertos en derecho fiscal, ponentes de las reformas necesarias para salir del laberinto de nuestra deuda externa y establecer mediadas paliativas para el cáncer del paro. Si alguien alimentaba una esperanza, mejor hará en abandonarla.
            Cuando un gobierno se escuda en los expertos, un colectivo anónimo y que reclama la credibilidad que el título supone, algo malo trama. No pondré en duda la experiencia de las personas escogidas. Me gustaría saber qué líneas rojas les ha marcado Hacienda. Y con líneas rojas marcando el territorio, la experiencia es humo; nada vale, porque es difícil mantener la honestidad en una partida que se juega con los naipes marcados.
            A simple vista, no hay reforma fiscal en sus propuestas, en el sentido estricto de que en nada mejorarán las arcas del Estado. Hay como siempre medidas ideológicas. La primera que se me viene a la cabeza avergüenza, sería inútil aumentar la presión fiscal sobre las grandes empresas, porque tienen medios para burlar su obligación de contribuir al sostén del Estado, ingeniería fiscal elaborada o traslado de su sede social a cualquier país más tolerante. Soportan ya demasiado, un dos por ciento creo; cada una de mis nómina de funcionario medio soporta un veintisiete por ciento de retención. Yo debo ser rico en demasía. Los que fabrican a precios tercermundistas y no perciben que sus subcontratas esclavizan niños, pero venden a precios europeos, podrían instalarse en Luxemburgo, por ejemplo. 
        Yo preferiría instalarlos en la cárcel. Pero el sistema los pone como ejemplo de éxito empresarial y orgullo de la patria.
            Lo demás, desde mi humilde percepción de lo que debiera ser la democracia, carece ya de soporte moral, pero viene a confirmar las exigencias del capital sobre los gobiernos europeos, -más secundadas cuanto mayor sea el poder que otorgamos a la derecha cómplice y afín-, reducción de los costes empresariales con la falsa esperanza de mejorar el empleo y aumento de la presión fiscal sobre el resto de la gente.
            Dos vías se proponen.
            La primera es el socorrido recurso de cualquier dictadura, de cualquier sistema político sin legitimidad, sin soporte moral y sin deseos de acometer reformas justas. En esos casos se recurre al aumento de los impuestos indirectos que gravan el consumo, el IVA llanamente, lo más injusto puesto que grava a todos por igual independientemente del grado de riqueza. Estos expertos parecen asesores de un gobierno de otro tiempo, sacados de cátedras polvorientas de Universidades en blanco y negro donde el régimen colocaba a sus afines.
            En la práctica, cada subida de los impuestos indirectos impulsa a más pequeños empresarios y a más trabajadores ocasionales a la economía sumergida. Es un hecho que confirman los técnicos de Hacienda. Ni una medida de este gobierno infausto da frutos en beneficio colectivo. Para justificación moral basta la corrupción. Si los políticos, que debieran ser la referencia moral en sus comportamientos éticos y en el respeto a las leyes cobran en B y saquean las arcas del estado, ¿quién soy yo para afearles sus conductas siendo honesto…?
            Y la segunda clama al cielo. Considerar la vivienda familiar como un ingreso más de las personas físicas y aumentar los impuestos sobre ella. Ya pagamos por ella impuestos y su consecución devora un tercio de los ingresos familiares. Habrán tenido en cuenta aquella afirmación de Merkel cuando aseguraba que los españoles somos muchísimo más ricos que los alemanes, porque casi todas las familias tienen vivienda propia. Aquel artículo de la Constitución que hace referencia a la vivienda digna debe parecerles un reconocimiento innecesario, un insulto al orden social que aspira a la desigualdad como meta suprema.
            Ése es el núcleo duro. Pero el mensaje que oiréis será que Rajoy nos baja los impuestos para cumplir su compromiso electoral. Ya lo están haciendo sus barones en Extremadura y en Madrid. Hechos los cálculos, alguno de ellos ha establecido rebajas de veinticuatro euros en la declaración anual del IRPF, mientras su mano izquierda te exige copagos farmacéuticos por trescientos o te recorta servicios en dependencia por tres mil.
            Pura falacia. Esta derecha corrupta que gobierna cumple con las exigencias de quienes escriben su programa. Corrupta porque malversa la voluntad del pueblo y manipula. Corrupta porque se ampara en principios morales, pero escupe sobre ellos. Corrupta, porque os juro que no cree en la democracia.
            Para cumplir su verdadero cometido, ha diseñado poco a poco una democracia aparente que no tenga empacho en plegarse a las exigencias del mercado, el capital especulativo y criminal que nos gobierna. El instrumento, Decretos leyes con nocturnidad y alevosía y mentiras cínicas, desprecio en suma al ciudadano, al supremo soberano que ocasionó con su voto tantos males, al confiar en gente indigna, inmoral, que se llena la boca con la palabra patria y la traiciona.
            Nos costará trabajo recuperar lo que perdimos. Será imposible, sin una Europa que recupere su dignidad y su autoestima. Pero debemos empezar erradicando el mal en nuestra casa. Hay que agradecerles a Rajoy y a sus expertos los servicios prestados y ¡a cabalgar, a cabalgar hasta enterrarlos en la mar…!


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