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jueves, 8 de diciembre de 2016

Censurando a los clásicos

            No soy  experto en nada, salvo en sobrevivir a las decepciones, pero eso no me distingue del resto de la humanidad. Todos lo somos.
            Anuncio esta obviedad, porque voy a hablar de narrativa norteamericana del siglo XIX, a la que me he acercado escasamente, como lector y nunca como estudioso. Ruego, por tanto, generosidad a los estudiosos con las simplezas que siguen.
            Tres o cuatro nombres me resultan familiares. 
      Como a vosotros, me resulta familiar Edgar Allan Poe que coincide en el tiempo y en los temas de misterio con los románticos europeos. 
      Contemporáneo de Poe también me resulta familiar Daniel Hawthorne, solo por su novela “La letra escarlata” que conocí gracias al cine (Demi Moore, Gary Olmand y Robert Duvall), porque el cine nos ha puesto en contacto con grandes obras de la literatura universal. 
    Amigo de Hawthorne fue Herman Melville al que todos conocéis por Moby Dick, novela que, desde mi punto de vista, ya es comparable a las grandes creaciones del Realismo europeo.
            Produciendo buena literatura en el XIX encontramos también a Henry James y a Jack London, aunque ambos están a caballo entre el XIX y el XX. De Henry James no he leído nada, pero tengo su nombre en mi lista de autores recordables, sepa dios por qué.
            Y he dejado para el último lugar al autor que ha provocado este escrito, Mark Twain, seudónimo de Samuel Clemens, el primer gran narrador americano no nacido en la cosmopolita Costa Este, sino en la América profunda de los Estados del Sur, que aun rumiaban su derrota en la guerra civil, cuando él publica sus obras. Muchos otros autores hablan de él como el primer novelista genuinamente estadounidense. William Faulkner lo califica como el “padre de la literatura americana”.
            Lo traigo a colación por la noticia que hoy ha caído en mis manos. La novela “Las aventuras de Hucklebery Finn” ha sido prohibida en los centros escolares de un condado de Virginia (EE.UU) porque su lenguaje puede ser ofensivo para muchas personas. Se emplea el término “negro” de manera insultante. No olvidemos que un esclavo negro fugitivo es el coprotagonista de la novela junto a un paria adolescente, también fugitivo, que se encomiendan al padre río Mississipi en busca de una vida más decente.
            La noticia del día comunica que comparte esa prohibición escolar con la obra “Matar un ruiseñor”, de Harper Lee en el estado de Virginia.
            “Las aventuras de Hucklebery Finn” ostenta el dudoso honor de ser el libro más censurado en las instituciones educativas del país, aunque de esta novela dice Ernest Hemingway que “es el libro del que procede toda la literatura americana. Todos los textos estadounidenses proceden de este libro. Nada hubo antes. Nada tan bueno ha habido después”.
No creo que el americano medio tenga más datos que yo sobre la novela producida en su país durante el siglo XIX. Apenas cinco o seis nombres reseñables dentro de ese siglo en el que la literatura europea produce una cosecha interminable de gigantes narrativos.
            No obstante los persiguen en sus centros escolares. Olvidan que la Literatura y el Arte asumen muchas veces la obligación de ponernos ante nuestras contradicciones, nuestras maldades terribles y nuestras inmoralidades para que asumamos, al menos en conciencia, el compromiso de no repetirlas.
            Ambas obras son un alegato extraordinario contra el racismo, una denuncia descarnada de esa deformidad que ahora arraiga de nuevo entre nosotros.
      El pueblo americano se considera patriótico y defensor de lo suyo. Deben creer que la patria es un concepto difuso envuelto en la bandera  de las barras y estrellas.
            Quien persigue a sus clásicos está condenado a la ignorancia sin remedio. Y la ignorancia puede poner en la Casa Blanca a ególatras y descerebrados sumamente peligrosos.
            Quien ignora a sus clásicos está condenado a la inmadurez permanente y a regir su vida por una ética superficial e inútil. Tan superficial como las razones de esta censura inmerecida. Las palabras no hacen daño. Daña la intención con que se usan. Pero hay quien solo escucha el eco de las palabras porque es incapaz de adentrarse en el alma de las obras literarias. ¡Pobre gente! Más que encolerizarme, su estupidez me apena. 
            A los niños americanos los daña la comida basura, la vocación declarada de Trump de reactivar los usos del carbón, el áspero ambiente social que está ensuciando la convivencia en su país, y esas escuelas que prohíben la lectura de sus clásicos e incluyen el creacionismo en los programas escolares.
      Ayer , en la sala de profesores del Centro andaluz en el que me honra trabajar no hablábamos de los resultados de Pisa. Desconfiamos de ellos lisa y llanamente. Son manipulables y manipuladores y no compartimos sus objetivos.
            Echábamos en falta adaptaciones para edades escolares de algunas de nuestras obras clásicas, La Celestina  por ejemplo. Si alguien intentara vetarnos a nuestros clásicos en nuestros centros escolares, seguramente correría la sangre. 
       Y no sería la nuestra.
           
            

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