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domingo, 11 de diciembre de 2016

A vueltas con PISA

            Las evaluaciones Pisa son como el virus del Herpes. Permanece adormecido y olvidado hasta que las condiciones medioambientales o nuestras defensas bajas le permiten reactivarse y fastidiarnos. Así, este incordio se activa cada tres años y se convierte en tema de debate, en arma arrojadiza o en instrumento para denostar al sistema educativo. Y, de paso, a quienes hemos hecho de la Enseñanza nuestro medio de vida y de inserción útil en la sociedad.
            Y, como en tantos otros aspectos, damos por bueno el plato que nos ponen en la mesa  sin hacernos ni una sola pregunta al respecto de ese menú del que ni sabemos si tiene como objetivo alimentarnos o dejarnos desnutridos e inermes.
            Probablemente no habrá que preguntarse por el autor del plato. Casi todos sabemos que es una evaluación que propone la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo que agrupa a los países más desarrollados de la tierra, por así llamarlos. Podríamos llamarlos también los países que más atentan contra la sostenibilidad, la igualdad y el medio ambiente, por ejemplo.
            Pero sí podríamos preguntarnos qué se la ha perdido a esta gente en los asuntos de la educación.
            Mucho.
            Consideran la inversión en educación un paso más en el proceso productivo. Según las circunstancias, proyectan a largo plazo las necesidades empresariales sobre el perfil del trabajador medio y lo reclaman con insistencia a los países miembros. La educación solo les interesa en este aspecto, en aquello que tiene que ver con el mercado laboral y las necesidades de la gran empresa. De ahí que su evaluación resulte tan incompleta y tendenciosa. Una evaluación dictada por el gran capital internacional.
            Trabajan a muy largo plazo y conocen el paño, porque el mundo se encamina hacia donde dictan los intereses económicos cada vez más concentrados, poderosos y ocultos tras las grandes corporaciones financieras. Son el gobierno verdadero, pero  de rostro desconocido que jamás se someterá a las urnas.
            Y son hipócritas y falaces. Hablan de la educación como si les interesara el conocimiento, la cultura, la creatividad y la independencia humana. Nada más lejos de la realidad.
            Como prueba de lo que digo os remito al  cuaderno de política económica nº 13 de la OCDE del año 1996. Se pude buscar en internet.
            Establecía la OCDE, ya en esas fechas, que el mercado laboral de los países desarrollados manifestaba una tendencia bipolar, se generarían empleos de alta cualificación tecnológica y bien remunerados, pero en torno al 60 % de los empleos futuros  sería para trabajadores sin cualificación.
            Esas previsiones se están cumpliendo. Y ante esta perspectiva, el capitalismo se planteaba, ya en 1996, la absoluta ineficacia económica de la masificación de las enseñanzas
                        La estrategia política recomendada por la OCDE a los gobiernos socios era disminuir de forma paulatina la dotación a la enseñanza; ir bajando gradualmente la calidad de la misma mediante el aumento de las ratios escolares, las horas de dedicación del profesorado, la supresión de programas de atención a la diversidad, la selección temprana del alumnado cuyo destino debería ser engrosar esos empleos de baja cualificación, y, al tiempo, aumentar las exigencias económicas en las matriculas de la Universidades e ir disminuyendo la cantidad destinada a  las becas. 
      En toda regla, una selección de las dos clases de individuos que su diseño global de nuestros vidas les permite concebir. Y no caben dudas de que las posibilidades económicas serán determinantes en establecer en qué parte del tablero le tocará vivir a cada uno. Esa es la filosofía del neoliberalismo radical. Tendrás todos los derechos que tú puedas pagar.
            Fueron esas las premisas que siguió fielmente la reforma educativa del PP, que conocemos como Ley Wert, pero que debíamos conocer, en mi opinión, como Ley Montserrat Gomendio. Era ella la musa que alumbraba las propuestas de Wert y es ella la que hoy ocupa un puesto relevante en la propia OCDE como responsable de programas educativos. Wert es ya un fantasma político, un mal recuerdo.
            ¿Son dignos de respeto los resultados de una evaluación educativa instigada por quienes conciben la educación con los criterios que aparecen en ese boletín?
            ¿De verdad hemos de escuchar sus valoraciones interesadas?
            Y por lo que poco a poco vamos conociendo, PISA es un instrumento más del pensamiento único y un instrumento de negocio de quienes la diseñan, la realizan y la evalúan. La intención es clara: convertirla en una competición más entre países hasta el punto que condicione definitivamente los programas educativos. PISA es un viaje sin retorno hacia las plataformas educativas que ya están en manos de gigantes de la comunicación y de las redes sociales. Serán ellos, los intereses económicos, los que diseñarán al individuo del futuro, porque condicionarán su pensamiento y su proyecto vital.
            No. No me preocupan lo más mínimo los resultados de la Evaluación PISA. Me preocupan sus aviesas intenciones.
            En nuestro caso PISA es, además, un motivo más para sentirnos avergonzados.
            No ya por los resultados. 
    Juraría que son evaluaciones adulteradas con intencionalidad política. Parece ser que en Andalucía, por citar un caso relevante, de los cincuenta y cuatro centros seleccionados, las dos terceras partes eran de zonas deprimidas social, económica y culturalmente.
            ¿Casualidad? Lo dudo. Todo vale para desgastar al enemigo.
            Siento vergüenza por la actitud de los políticos que nos merecemos porque los hemos elegido. Enarbolan los resultados, como si fueran una verdad indiscutible y eterna, y se los lanzan unos a otros a la cabeza para que no olvidemos que la Educación en este país no es un bien común necesario que merece un pacto de estado y fe en su capacidad transformadora.
             Ellos no permiten que se nos olvide que la Educación es, ante todo, un campo de batalla. Ellos, sus técnicos a sueldo, infectan de palabras redundantes e inútiles el Boletín Oficial cuando escriben sobre educación, pero solo la burocracia educativa prospera con salud envidiable, mientras la sociedad se empobrece culturalmente con absoluta indiferencia y hace huelga de deberes escolares.
           


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