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lunes, 15 de septiembre de 2014

La cuestión primordial

        Cualquiera diría que el enunciado de esta entrada es una declaración solemne de soberbia. ¿Quién se atrevería a establecer en este mundo confuso acelerado, desigual e injusto  cuál es la cuestión primordial?
            Hoy es el día señalado por la ONU para festejar la democracia como sistema político. ¿Alguna referencia en la prensa nacional? ¿Alguna propuesta política emanada del Parlamento Nacional…?
            No.
            Simplificar las razones de los infinitos males que  nos acosan con sus rostros inhumanos pudiera parecer reduccionismo. Hasta podría serlo a la luz de los titulares de prensa cotidianos. Hoy España es un gigantesco campanario redoblando porque ha muerto un empresario; ayer redoblaba porque murió un banquero. Centenares de personas mueren cada día, quizás honestas, laboriosas, cumplidoras con celo de sus obligaciones familiares y sociales; o quizás canallas, de las que han encontrado un camino oscuro y protegido para eludir obligaciones, esquilmar arcas públicas, justificar crímenes muy comunes de cuentas opacas y contabilidades engañosas, de esos crímenes, al parecer justificables, que, acumulados, acaban por arruinar  ese proyecto colectivo que llamamos Estado y que debía ser nuestro tesoro más valioso.
       Pero eso en absoluto es una cuestión primordial para el país donde vivimos.
            Una muerte notable es un privilegio raro, pero convertirla en un tema de Estado, de país, en una gigantesca corriente laudatoria, es una maniobra de distracción, aunque sea involuntaria o inconsciente. 
          Muere un banquero y, sin tiempo a que se difumine la sorpresa por su muerte inesperada o para que el luto ceremonial y riguroso se vuelva a los roperos, su obra promete más crecimiento, más voracidad, mayor dominio de la aldea global.
            Reduzcamos pues; la cuestión primordial no es que muera un banquero o un empresario; morirán todos antes o después, pero nada cambiará con ello.
            La cuestión primordial es la vida, la de todos nosotros. La cuestión primordial es la conciencia de que no hemos de esperar de los mercados, la oficina donde el capital realiza su trabajo y cuya luz nunca se apaga, nada que mejore  nuestras vidas. Porque cuando en los mercados muere un jefe alfa, en la pirámide que garantiza su inhumana preeminencia, otros jefes beta, con los lomos canosos de esperar largo tiempo su ocasión, saldrán a escena y reclamarán sus privilegios.
            Los mercados, la oficina permanente del capital insaciable, nos han puesto ya  ante los ojos su plan obsceno e inhumano: convencernos de que ellos son la espalda de Atlas, el gigante que sostiene el universo; convencernos de que sin ellos será el caos, la oscuridad, el fuego del infierno y el crujir de dientes; convencernos de que gracias a ellos nuestra vida es mejor y de que sin sus reglas el mundo es imposible.
            Los mercados nos han dejado sin la protección de una mentira dulce, de una imaginaria fantasía; creíamos que el poder político en una democracia era nuestro y cuando hemos buscado en los instrumentos de la propia democracia la defensa de nuestros intereses, hemos encontrado que esos instrumentos no nos pertenecen. Por tanto, desconfiamos de cualquier propuesta que provenga de un régimen dañado en su raíz por su sometimiento a los mercados, es decir, a los intereses del capital que se empeña en acumular riqueza a nuestra costa.   
    Así que hay una cuestión primordial en nuestra vida, recuperar una democracia saludable y participativa, aunque esa propuesta alarme a los mercados y enerve a  los políticos de oficio.
            Hoy debíamos estar celebrando que la democracia ofrece mil caminos. 
           Sin embargo, tenemos a media hasta las banderas de los medios de comunicación y la de los medios de participación democrática porque ha muerto un empresario, como si esa fuera la cuestión primordial.


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