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domingo, 6 de abril de 2014

Gato por liebre

           Tomo prestado el título de esta entrada a Juan Luis Cebrián, que recientemente publicó un extenso artículo en “El País”, jugándose el resto sobre la falsedad absoluta de la tesis central del libro de Pilar Urbano que implica al rey Juan Carlos en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981.
            Carezco de información, como casi todos vosotros, para dar por buena cualquiera de las opiniones encontradas al respecto. Sospecho que de aquella trama conocemos lo que decidieron que podíamos conocer. Y a mí me falta, sobre todo, conocer la trama civil y la trama religiosa del asunto; nos falta saber qué elementos de  la oligarquía económica y de la jerarquía eclesiástica apoyaban aquel golpe contra la naciente democracia, porque sin duda lo apoyaron. De que el franquismo montaraz que se sentía traicionado por una de los suyos lo apoyaba, no nos cabe duda alguna. En las pequeñas localidades andaban preparando de forma apresurada las listas de las personas que habían de eliminar en cuanto el golpe se hubiese consumado. Figuré en una de esas. Sé de lo que hablo. De pronto el recuerdo del olor de la sangre enemiga derramada excitó a la jauría y se aprestaban a restablecer el orden eliminando cualquier atisbo de libertad empleando su recurso más querido, el asesinato y terror.
            Me inclino por poner en duda siempre una publicación oportunista. Y el libro de Pilar Urbano es un libro oportunista, un libro que aguardaba su momento, la muerte de Suárez, para hacer caja. Ella siempre me ha parecido una periodista sesgada y egocéntrica. Y ese periodismo nunca tendrá mi respeto, porque no creo que difundir la verdad sea su objetivo principal.
            No sé si tiene pruebas fehacientes de lo que ha escrito, o si, como afirma Cebrián, nos cuela en el menú gato por liebre y ha convertido los rumores que circulan sobre el momento épico de nuestra frágil democracia en verdad  fidedigna.
            Sin lugar a dudas, esta versión contribuye de forma considerable al  deterioro creciente de la corona ante la opinión pública. Y me resulta inexplicable que ese desprestigio, si no está fundamentado, no tenga respuesta ante los tribunales por un atentado contra el honor. No sé si hay gato por liebre, pero hay gato encerrado, por lo menos.
            La muerte de Suárez ha removido el cieno apelmazado en el fondo del estanque de aguas sucias que cubren nuestra historia reciente y el hedor se ha vuelto insoportable.
            La sensación es que las instituciones del Estado aguardaban el fatal desenlace con impaciencia. Unos, el gobierno, para utilizarla como contrapunto informativo a las marchas por la dignidad; otros, la monarquía, para reivindicarse en el discurso funerario como el Prometeo que nos trajo, por primera vez, la democracia, una democracia duradera que ha producido el mayor periodo de paz y de prosperidad de este país; algunos, los protagonistas de la transición, para reivindicarse a sí mismos como políticos de fuste, con sentido de estado, que anteponían los intereses nacionales a los intereses de partido.
            Y en los discursos funerarios, tan hagiográficos que han producido hasta sonrojo, estaba el gato en lugar de la liebre.
            He oído hasta la saciedad que Suárez ha sido el primer presidente de una democracia española. En todas esas afirmaciones no hay desconocimiento, sino voluntad de ignorar un periodo de nuestra historia ensangrentado por un genocidio al que siguieron casi cuatro décadas de una ominosa dictadura. Y, sobre todo, la complicidad tácita de los dos grandes partidos de defender la deteriorada figura del monarca. Por si no lo sabíamos, la democracia la alumbró Juan Carlos secundado por Suárez, que fue fiel a las recomendaciones del rey.
            Gato por liebre, doblemente.
            En primer lugar, las primeras elecciones verdaderamente democráticas se celebraron en este país el 28 de junio de 1931. Niceto Alcalá Zamora, un republicano moderado fue elegido presidente de la República y Manuel Azaña, líder de la izquierda republicana, fue el primer presidente de gobierno salido de aquellas elecciones.
            El proyecto de reformas resultó tan ambicioso que la oligarquía, la iglesia y buena parte del ejército, la España refractaria a la libertad y a la justicia social, comenzaron a diseñar el genocidio.
            Y en segundo lugar, estoy harto de oír que la defectuosa democracia que tenemos es un regalo generoso que alguien nos ha hecho. La democracia era la aspiración de este pueblo. Fue el pueblo el que se la otorgó a sí mismo. Si Juan Carlos I de Borbón hubiese seguido el plan del dictador de consolidar su herencia y mantener el régimen autoritario en el país, llevaría ya muchos años en el exilio. Era lo único que podía hacer para recuperar la corona de España.
       Así que Cebrián acertaba; llevamos ya un par de semanas comiendo gato, cuando en la carta nos prometen liebre.    
            Y es que el cinismo,  la manipulación y el desprecio al ciudadano que esa manipulación pone de manifiesto, son la verdadera marca España.

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