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domingo, 15 de febrero de 2015

Semilla "Terminator"

          Asistí recientemente a uno de esos pequeños acontecimientos cotidianos que suelen pasar desapercibidos, o sobre los que nadie reflexiona, porque no parecen importantes.
            En la cola de la frutería, una mujer mayor,  de esas que llevan la sonrisa colgada de la boca y una luz de ironía justificada en la mirada, decidió zaherir al frutero con una pregunta maliciosa.
            ¿De dónde traes tú la fruta y la verdura?,- preguntó.
            ¡Qué cosas tienes! ¿De dónde quieres que la traiga…? De Mercasevilla, como todo el mundo.
            ¿Y son normales?
            Enarcó una ceja el frutero, a punto de perder el sentido del humor por aquella duda injustificada sobre la normalidad de su género brillante, fresco y apetitoso.
            ¡Normales, no! ¡Son las mejores, como todo lo que yo traigo al barrio! ¿Por qué preguntas eso, mujer?
            No te molestes tú, mi alma. Yo sé que son muy buenas. Pero a mí me gusta tener mis macetitas de pimientos en casa. Es la tercera vez que siembro las semillas de los pimientos que te compro y no me nacen.
            ¡Ah! Era por eso. Es que lo de sembrar las semillas era antes; ahora hay que comprar los plantones en el vivero. Las semillas ya no sirven, mujer.
            Ese frutero, que cultiva también su propia huerta de temporada sabe sin duda de qué habla. Extrañamente no parecía escandalizado. La mujer mayor sí dio infinitas muestras de extrañeza sin comprender muy bien a qué vienen esos cambios que afectan a su costumbre de cultivar pimientos en la terraza de su casa. El mundo, con motivos sobrados, debe empezar a parecerle un mundo incomprensible.
            A mi no me resulta incomprensible. Me produce un temor justificado. Recordé brevemente un ritual de infancia. En verano, siempre siguiendo los dictados paternos, me tocaba preservar las semillas de aquellos frutos de la huerta que más nos complacían. No era un trabajo complicado. Se recogían las semillas una a una, se escurrían sus jugos, y se dejaban secar al sol sobre un papel de estraza o en hojas amarillentas de periódicos antiguos. El sitio preferible era el alféizar interior de las ventanas, lejos del alcance de los pájaros o de las hormigas predispuestas a almacenar en sus hormigueros cualquier semilla que puedan encontrar en sus incansables correrías. Luego, cuidadosamente envueltas en trozos de papel o tela vieja, mi padre las protegía de la humedad y las almacenaba en calabazas huecas con un tapón de corcho, el mejor aislante natural que conocía. Aquellas semillas eran, en cierto modo, su tesoro, un tesoro gratuito; la garantía de la cosecha del verano próximo; un acto previsor, generoso, inteligente y libre por el que la humanidad colaboraba con la tierra en generar riqueza honestamente trabajada y posteriormente compartida. No había mercado para los productos perecederos del verano. Se compartían. En verano mejoraba la dieta de los gañanes de forma natural, porque la huerta de mi familia proveía. Se generaba con ello un tejido de solidaridad y de respeto verdadero. Gente pobre, pero con una generosidad fuera de duda.
            Recientemente descubrí una de aquellas calabazas con semillas que debió traer cuando dejó atrás la dehesa el día de su jubilación. Seguramente, con la intención de cultivar en los arriates del corral. Ahora sé que esas semillas son restos arqueológicos, quien sabe si de un valor incalculable.
            Preservar la semilla era cumplir un ritual humano que se practica desde hace diez mil años quizás. Gracias a ello el ser humano ha multiplicado de forma racional la producción de alimentos, seleccionando las semillas de las plantas que mejor se adaptan a cada clima, a las condiciones del terreno, a las necesidades o los gustos  de la población que las cultiva.
            Un ritual libérrimo y una garantía de conseguir otra cosecha.
            Lentamente unos terroristas eficaces se han adueñado de los campos de cultivo y, ahora, el setenta por ciento de los alimentos vegetales de consumo humano que llegan a nuestra mesa y la práctica totalidad de los piensos con los que engordan los animales, que también llegan a nuestra mesa, proceden de plantas manipuladas genéticamente. Se les ha castrado su impulso primordial, su capacidad natural de preservar la especie mediante el poder extraordinario de sus propias semillas. Las semillas capaces de reproducir plantas son ya, en su mayoría, propiedad intelectual y exclusiva de tres o cuatro grandes multinacionales que controlarán en breve la producción de alimentos y administrarán el hambre humana a su antojo y mayor beneficio. Os doy los nombres de las más conocidas, por si maldecirlas os sirve de consuelo: Monsanto y Dupont, de capital norteamericano y Novartis, con sede en Suiza.
            La libertad humana de seleccionar sus semillas y la de garantizarse otra cosecha ha sido sacrificada en el altar sangriento de la ambición humana y de las irresponsabilidad de los organismos que deben velar por nuestras vidas, al tiempo que cuidan del planeta.
            Los científicos comprados que nos privan del fruto de diez mil años de trabajo paciente han bautizado  su descubrimiento como la “semilla terminator”, la semilla que destruye la capacidad reproductora de las plantas.
            Si un día, por uno de esos accidentes frecuentes con los que la naturaleza nos sorprende, esa “semilla terminator” escapa de las plantas cultivadas al mundo natural, puede que toda la vida tenga un pronto plazo de caducidad.
            Y habrá sido, una vez más, el capitalismo desaforado, irracional, inhumano, incontrolable y destructor. Habrá sido otra vez el afán irracional de acumular riqueza y de controlar lo que la tierra produce para todos  de forma generosa.
            ¡¡Malnacidos!! ¡Y malnacidos también quienes desde la responsabilidad de gobernarnos, ni siquiera se plantean la necesidad de controlar esta amenaza para la humanidad y para el planeta!
           


5 comentarios:

  1. Hace años que sé de Monsanto. Antes en las estiquetas del maiz marca blanca Carrefour pòdías leer "Lugar: edificio Monsanto...". Hace un tiempo quitaron esa referencia de las etiquetas. Varias veces grupos minoritarios han intentado que en el etiquetado venga si los alimentos han sido genéticamente modificados pero tanto PP como PSOE siempre han votado en contra. Por eso entre otras muchas cosas hay que echarlos ya!! Muy buen artículo. Te felicito. Estanis.

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    1. Ojalá con echarlos bastara. Estas multinacionales dominan ya la producción de plantas cultivadas a gran escala en casi todo el mundo. Solo los pequeños productores escapan a su dominio. Pero los pequeños productores no pueden satisfacer la demanda humana de alimento. El capitalismo irracional domina el mundo. La respuesta local es una forma de combatir los riesgos a los que no somete, pero, por desgracia, no basta.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Lo gracioso es que nos venden los productos transgénicos como la solución del hambre en el mundo. Ésas son las mentiras con que el lobo convence a los corderos.

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    1. Sabemos que no es la solución del hambre. Sabemos que son la mayor manipulación que jamás se haya llevado a cabo contra el mundo natural, Un plan perverso para controlar la producción de alimentos arrebatándonos el poder democrático y gratuito de las semillas que produce nuestro huerto.

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