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sábado, 5 de noviembre de 2016

LA ESCUELA INTELIGENTE


            La Ley General de Publicidad española de 1988 incluye la publicidad subliminal como un tipo de publicidad ilícita, definiéndola como “aquella que por ser emitida con estímulos en el umbral de la sensibilidad  no es conscientemente percibida”. Por consiguiente, la prohíbe y castiga con grandes multas su incumplimiento.
            La Unión Europea aún carece de legislación común al respecto, aunque cada uno de sus integrantes disponga de legislación particular.
            Existe el convencimiento de que esa publicidad se ha practicado en el cine y en la televisión desde su propio nacimiento.
            Aunque se tilda de mito malicioso, el caso que os traigo apareció en un manual de psicología para documentar el procedimiento empleado y los efectos de la publicidad subliminal sobre el cerebro humano.
            Se dice que durante años una de las grandes multinacionales americanas de bebidas de Cola participó en la producción de infinidad de películas a fin de filtrar una grabación propia  como publicidad subliminal en esas películas. Veintitrés de las veinticuatro imágenes que se proyectan por segundo sobre una pantalla de cine para dar sensación de movimiento real pertenecían al guión verdadero, pero una de ellas era de un sediento caminante solitario por un espacio desértico.
            El ojo humano no capta esa imagen oculta entre las otras veintitrés, pero el cerebro humano sí la capta.
            Fuera cual fuera el final de aquellas películas, la del sediento tenía un final feliz, porque justamente al borde del desierto, cuando ya parecía condenado a la deshidratación y quién sabe si a la muerte, aparecía de forma milagrosa un kiosco salvador con el logo de la marca de refrescos de cola y el sediento podía calmar su sed terrible con una botella de aquel refresco que rezumaba gotitas de agua fresca ante millones de espectadores desconocedores del proceso publicitario al que estaban siendo sometidos, sin la opción de cambiar de canal.
            Será un mito seguramente. Pero creo que aquella práctica quedó legalmente prohibida en los Estados Unidos en 1974 por una demanda de una firma competidora.
            He recordado aquel pasaje del manual de psicología en el capítulo dedicado al conductismo y su principal aportación al mundo en el que vivimos: “da a una persona el estímulo adecuado y casi siempre conseguirás de ella lo que esperas”. La publicidad y el ejercicio político dan fe de la eficacia de ese dogma conductista.
            La publicidad subliminal está prohibida ya en 50 países al menos, según los datos que conozco.
            Pero esa prohibición no es respetada en casi ninguno de ellos en el sentido estricto.
            Os dejaré una reflexión al respecto.
            El diario El País, en su edición del viernes 4 de noviembre, en su sección de Ciencia y Tecnología, a página completa y bajo el titular “Despega la Escuela Inteligente”, glosa una experiencia escolar patrocinada por los gigantes que controlan las comunicaciones  en Internet y la telefonía móvil.
            Según el publirreportaje disfrazado de noticia, en esas escuelas, antiguo lo que dice antiguo, de la vieja escuela, solo quedan los pupitres de madera. Todo se andará, porque ya he visto, disfrazada de noticia en un telediario, la publicidad encubierta de los primeros pupitres digitales.
            La firma de  telefonía ha proporcionado de forma gratuita a todo el alumnado de los centros seleccionados tabletas y pizarras interactivas. El gigante de Internet proporciona el programa educativo que deben emplear.
            A ninguna de esas firmas las tengo catalogadas como grandes benefactoras de la humanidad. Es, como todos suponemos, un patrocinio interesado. Se trata de generar la necesidad en los demás de disponer de esos recursos tan “inteligentes” y costosos.
            A la hora de buscar nichos de consumidores, ninguno es más seguro que el mercado educativo. Nos han sitiado y están descargando sus cañones, de forma que las escuelas parecen Leningrado.
            Eso no es, desde luego, publicidad subliminal, porque es publicidad  muy evidente.
            La publicidad canalla está en el título.
            El oído no percibe el mensaje de que esta escuela a la que van vuestros hijos es una escuela poco inteligente y desfasada, pero la mente sí.
            Lo que hoy hacemos, a pesar de todas las carencias y a pesar de todas las dificultades, y a pesar de las siete Leyes Generales de Educación que hemos visto desfilar ante nosotros en nuestra corta democracia, no es escuela inteligente; la escuela que amamos y a la que hemos entregado nuestra vida es la escuela torpe, inadaptada y vieja de los pupitres de madera.
            ¡Malnacidos! ¡Cuánto veneno subliminal en un titular, seguramente mal pagado!
            Bendicen esa escuela cuyo centro serán los aparatos costosos y donde los programas educativos habrán sido diseñados a medida de los intereses del gran hermano, porque enseñará desde pequeños a manejar las herramientas con las que habrán de trabajar.
            De eso se trata.
            Niños yunteros otra vez.
            No los quieren amarrar a  un arado y a una yunta.
            Los quieren amarrar a un móvil, a una tableta y a una red.
            Y desde la propia escuela, con la sonrisa complaciente de maestros colaboradores.       
            La escuela que ha dado sentido a buena parte de mi vida aspira a proporcionar otros instrumentos más nobles, más necesarios, más imprescindibles para aspirar a la felicidad que merecemos.
            Y alguna vez en mi vida he practicado esa escuela, incluso en alguna choza miserable, sin luz eléctrica, sin libros y con escasos cuadernos y lápices. Seguramente no era la escuela inteligente.
            Era la miserable, desde luego, pero cumplía con los requisitos de la escuela verdadera, la que tiene por objetivo ayudar a las personas a tomar conciencia de su propia dignidad. Y casi no hay recuerdo en mi vida profesional que me produzca más orgullo que aquellos veranos en el poblado del pantano Torre del Águila, donde represaliados del franquismo estaban condenados a vivir en la Edad Media.
            Cuando llegamos, salvo dos o tres jóvenes, toda la gente era analfabeta y cercada por el miedo. Hoy ese poblado no existe; empezó a morir cuando les enseñamos a leer y a escribir; a todos, a cualquier generación que llegara a la choza escuela. Estábamos abiertos diez  o doce horas al día, todo lo que nos daba de sí la luz solar.
            Y aprendí junto a ellos a detectar la publicidad subliminal en asuntos como este.
            Yo sé que la escuela que predican con tanto encono,  con tantos medios, con tantas opiniones interesadas empeñadas en su defensa, es una escuela manipuladora y consumista.
            Bienvenidos sean los nuevos medios tecnológicos.
            Les reconozco su valor indudable.
            Pero nunca permitiré que se conviertan en el centro ni en los dominadores de un hermoso proceso de comunicación y enriquecimiento mutuo donde los protagonistas somos mi alumnado y yo.
           ¿Alguien sabría decirnos hasta qué punto resultaron positivos para la educación pública andaluza los millones de euros invertidos en ordenadores portátiles individuales que la Junta distribuyó entre miles de alumnos? ¿Alguien sabe de ellos ahora mismo?
            Cualquier escuela auténtica ha sido siempre inteligente, malnacidos.
         Las máquinas y los programas educativos son simples instrumentos. Nosotros, los seres humanos, somos la parte inteligente de esta historia. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

ACOSO

     Entre los acontecimientos que cada día tienen la capacidad de hacernos revisar nuestros convencimientos sobre la condición humana, hay algunos que  nos afectan sobremanera,  sobre todo cuando resultan inesperados o inexplicables.
            Traigo a colación la agresión sufrida recientemente por una menor en un colegio de Palma de Mallorca, y causada por el comportamiento especialmente agresivo de un grupo de compañeros, menores como ella, y llamativamente numerosos, que le causaron lesiones de diversa consideración que precisaron atención hospitalaria.
            Dejo las valoraciones para gente más cualificada que yo. A mí me interesa, sobre todo, por lo que me atañe, el tratamiento que los medios de comunicación han dado al asunto.
            Cuando la sociedad se ve reflejada en la parte más inocente de sí misma, la infancia, y descubre que ese espejo le devuelve un rostro ingrato, terrible, inexplicable, suele buscar un culpable que les libre de su mala conciencia. No está lejos; está siempre a mano; carga con cualquier culpa sin problemas y, a menudo, con paciencia infinita, ni se toma la molestia de dar la respuesta merecida.
            Quizás porque ya no resultan extraños los ladridos de los perros al borde del camino. Cumplen su destino de perros, ladrarle al caminante. Porque los perros solo perciben lo más superficial, que gente extraña pasa por allí.           
            Como causante del vacío de valores en el que la sociedad consume su futuro, presa del consumismo, de la manipulación, del incansable proceso de vaciado  de ideas y de principios saludables al que viene siendo sometida por los intereses económicos que manejan nuestro mundo, está la escuela. La escuela parió todos los males, todos los monstruos, todas las infecciones, todas las plagas.          
            Faltó tiempo para que la prensa estableciera que aquel acto terrible estuvo precedido por  un largo proceso de acoso, desapercibido para la escuela que incumplió sus obligaciones preventivas,  dejación que desembocó en el acto de violencia que a todos resultaba  previsible. 
      Faltó tiempo.
            Me agravió especialmente el conductor del programa “La ventana” de la cadena SER. En sus valoraciones sobre aquella agresión contó con la voluntariosa ayuda de un prestigioso comentarista deportivo que ilustró  a la audiencia sobre  la situación insoportable que sufrió su hijo en un internado escocés de prestigio internacional.
            Carles Francino acabó sus reflexiones, con el convencimiento que se le supone a quien está en posesión de toda la verdad, afirmando que no se explicaba cómo estas situaciones pueden producirse en el seno de la escuela, cómo el acoso nos pasa desapercibido a los profesionales.
            En los micrófonos de la SER, ante la audiencia que  seguramente admira a ese profesional cualificado, la escuela acababa de ser declarada inútil y culpable.
            ¿Cómo podía ocurrírsele a ese juez mediático que la escuela descubre, corrige y soluciona miles de casos cada día?
            ¿Y, este?
            El ministerio fiscal y los servicios de inspección educativa de la Consejería de Educación de Baleares han coincido en sus informes. No hubo una situación previa de acoso, sino un hecho aislado de violencia puntual en un patio extenso en el que solo debían estar dos profesores de guardia, ocupados en otro rincón del patio en el momento de los hechos.
            ¿Alguien pedirá disculpas a esa escuela y a esos profesionales? ¿Alguien se hará la pregunta verdadera alguna vez antes de disparar contra la escuela?
            ¿Hasta qué punto está enferma una sociedad que genera en su infancia actitudes con tal grado de violencia y de desprecio al contrincante derribado en el suelo?
            Es la misma sociedad que alimenta a los casi cincuenta ciudadanos navarros que agredieron a dos parejas en un bar de copas. La misma que nos envía a trescientos polacos, -los hay en todos los países- a declararle la guerra sin motivo a toda una ciudad donde compite el equipo de su propia ciudad.
            ¿A qué escuelas debemos acusar?
            Yo solo tengo un convencimiento, cada día más arraigado. La sociedad vacía, en cuyo diseño hemos colaborado, por dejación al menos, acumula tantas miserias que la escuela sola jamás podrá devolverle su salud.
            La escuela será una víctima segura porque pelea en primera línea. Y en lugar de asumir la sociedad su compromiso de colaboración imprescindible, desconfía por sistema de nosotros y nos receta políticos y técnicos burócratas, que jamás se arrastraron embarrados en el campo de batalla.
            Todo lo arreglarán las aplicaciones educativas, los nuevos pupitres digitales donde los niños pueden cambiar de lugar un pingüino con la punta del dedito. Todo  estará pautado y programado; toda la ideología estará legitimada por el conductismo aplicado.
            El nuevo dios, el ordenador central de las grandes corporaciones económicas metidas a educadoras para mejorar el aprendizaje, regirá nuestras vidas y diseñará las aptitudes, las creencias y los principios que gobiernen la vida de los nuevos ciudadanos. Hace ya mucho tiempo que estudian su perfil: productores automatizados, individualistas, desprovistos de sentido colectivo para privarlos de su vieja fortaleza, conformistas por ende.
            Deben ser, también, consumidores compulsivos. Ahí se esconde la felicidad que se merecen, lujosamente empaquetada por sus nuevos amos.
            Ese es el acoso verdadero. Y nos pasa casi desapercibido.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Y ahora,¿qué...?

           He asistido sin sorpresa alguna a los acontecimientos acelerados que han dado al traste con lo que quedaba del PSOE. Como cualquiera que haya seguido el desarrollo de la quiebra, he podido comprobar la persecución mediática a la que han sometido al Secretario General defenestrado. En editoriales y cabinas de radio había sido condenado hace tiempo al destierro y al olvido, a la muerte política.
                El No es No inquietaba ya demasiado a quienes ejercen el poder verdadero.
            Y en los reñideros oscuros de su propio partido donde se incuban las intrigas y los meritorios buscan el ascenso en el escalafón miserable de las ambiciones mediocres y agradecidas, llevaban meses preparándole el  funeral.    
            Hace tiempo que no veo entre los líderes políticos gente de formación sólida, con sentido de Estado, con verdadera vocación europea. Quizás por eso, ya no recuerdo desde cuando no influyen los líderes políticos en el sentido de mi voto. Más bien elijo mi papeleta, a pesar de los líderes políticos.
            Por tanto, estas líneas no tienen la intención de enaltecer a Sánchez.
            Pero habrá que decir, para no faltar a la verdad, que no es él el único culpable de es esta bajada a los infiernos del PSOE.
            Yo diría que es una culpa compartida con el aparato del Partido, una culpa de raíces profundas que arraigó en el pasado, y que lleva afectando muchos años a los partidos socialdemócratas europeos. Por tanto, es una culpa de amplio espectro y de consecuencias mucho más negativas que el irreflexivo,- por cuanto empeora la situación del partido-, golpe de mano de una parte de la Ejecutiva.
      Esa culpa ha generado esta Europa enfermiza, asustada y egoísta.
       Los partidos socialdemócratas asumieron el capitalismo de rostro amable sin demasiada oposición; traía empleo, ingresos en las arcas del Estado, y mejoras en el nivel de vida de la sociedad. Cegados por ese brillo fatuo fueron renunciando a sus reservas ideológicas y críticas, olvidaron sus orígenes para adaptarse a una nueva sociedad europea de clases medias, conservadoras y acomodaticias, cuyo objetivo era el consumo como referente de felicidad  en esta vida. Se desarmaron. Pero ese desarme fue el reflejo de la propia sociedad.
        Los acusamos de un transformismo que ha desvirtuado sus principios, pero se nos olvida que esa transformación se ha producido para no perder nuestros votos. Somos nosotros los que aceptamos el capitalismo de rostro amable, el acceso al consumo sin mesura como única señal creible de progreso, la convivencia con la degeneración progresiva del sistema democrático mientras no invadiera el islote privado de nuestra vida.
            Y cuando esta sociedad se está viendo desmontada por el capitalismo, ahora radical, de entrañas negras, escurridizo como casi nunca en el lodazal de la globalización,  esos partidos socialdemócratas carecen de respuestas adecuadas.
            Se engolfaron con el bipartidismo y la posibilidad de compartir el poder de vez en cuando y acabaron aceptando también, como algo que no tiene remedio, las lacras de la ausencia de regulación del capital.
     Fueron nuestro instrumento defensivo en los parlamentos de Europa y ahora su voz carece del vigor que otorgan las ideas. Con su  trasformación y su lenta caída Europa perdió la oportunidad de cumplir su cometido principal, la función que nos hubiera redimido de tantísimos errores históricos, empezando por el proceso de colonialismo del siglo XIX para no adentrarnos demasiado en el pasado: humanizar la globalización, exportar nuestra democracia y nuestros niveles de respeto a los derechos humanos.
            Lejos de eso, Europa es ya en muchos rincones una delegación de Bangladesh y nuestros sistemas democráticos están amenazados por la desigualdad galopante y por la multiplicación de los partidos de extrema derecha.
      En realidad mucho ha resistido el PSOE, si comparamos su trayectoria con la de otros partidos similares en Europa. Y si levantamos la vista al otro lado de nuestras fronteras, el Socialismo Francés vive un proceso de descomposición muy similar.
     Europa ha perdido parte del cimiento que ayudó a levantarla. Y esa pérdida la ha convertido en un espacio enfermizo, insolidario e irreconocible que cierra sus fronteras a los refugiados del mundo, que ella misma ayuda a generar.
            Así que Sánchez no era ni el problema ni la solución. El debate sobre personas es un debate cobarde para huir de la realidad. Es, además, un debate falso. Cambiar la cara en los carteles electorales no bastará para recuperar el voto de quienes ya no  tienen al PSOE como referencia, las clases medias y la población de las grandes ciudades. Habrá que ofrecer mucho más a esos votantes críticos y menos manipulables que otros segmentos del abanico electoral.
            El problema verdadero es la ausencia de ideas y de proyecto que ofrezca soluciones a la gente. Y hace ya mucho que ese debate no se afronta. Se debate cómo mantener el poder o acrecentarlo, porque el poder da un oficio a quien no tiene otro y da prebendas y beneficios a muchos individuos sin ideas y sin conciencia.
       Creo sinceramente que el golpe de estado reciente es una de las decisiones más torpes y autodestructivas que ese partido centenario haya tomado en su larga existencia.
            "Y ahora, ¿qué…?",- me ha preguntado hace muy poco un votante tradicional de izquierdas. "Estos no han escatimado esfuerzos para que sintamos vergüenza ajena y quienes mandan en Podemos quieren dar miedo. ¿A quién votamos ahora…?"
           Espero que encuentre pronto la respuesta, porque todo indica que el PP y Podemos miran con buenos ojos convocarnos a las urnas en Navidad por una razón obvia, ambos saben que el enemigo malherido no aguantará de pie el siguiente asalto. Y supongo que Susana y sus muchachos, además de los carteles electorales, habrán preparado ya la respuesta a este previsible inconveniente del calendario político.

martes, 27 de septiembre de 2016

La puta Transición

        Recientemente obligaciones profesionales me han hecho participar en las últimas pruebas de Selectividad según las conocemos.  En uno de esos momentos de excitación que invade al alumnado en general antes de acceder al aula donde se celebrará el examen próximo escuche a una muchacha intranquila: “Ahora, Historia. Ojalá no salga la puta Transición”.
            Supongo que el calificativo tendría que ver con el grado de dificultad académica del tema en sí, o  con el escaso grado de confianza que ella tuviera en sus conocimientos sobre el mismo, pero uno no sabe ya en qué pensar cuando la Transición es el objeto de reflexión o de debate.
            En los últimos tiempos políticos la valoración de la Transición se ha ido deteriorando a pasos agigantados, aunque durante mucho tiempo nos sentimos orgullosos del laborioso proceso mediante el cual este pueblo llevó a cabo una pacífica revolución y se abrió las puertas de la modernidad.
No hay modernidad sin igualdad ante la Ley.
Y hasta la Constitución del 78 en España no hubo igualdad ante la Ley. Hubo antes intentos incompletos, fallidos y que nos dejaron demasiadas cicatrices sobre el pellejo. Y no hay pueblo que haya dado el paso a la modernidad sin una revolución. La igualdad ante la Ley supone arrebatar privilegios a los que los detentan.
 La Transición fue  nuestra revolución, la que andábamos reclamando desde 1812. Y la transformación de la sociedad fue brutal. Damos fe de ello quienes hemos sido testigos de los cambios, quienes conocíamos las miserias del punto de partida. Pero eso no se percibe sin la debida perspectiva. Hay quien cree que las libertades, las garantías judiciales, la sanidad pública, la educación pública, los servicios sociales, las comunicaciones actuales, la calidad de vida a pesar del retroceso de los últimos años son bienes espontáneos y eternos.
Ninguna sociedad sale perfecta e impoluta de sus revoluciones, porque se sustenta sobre el sustrato humano. Ningún sistema político está libre de la corrupción, del deterioro moral, del contagioso contacto con la ambición y el interés privado invadiendo la esfera de lo público.
 Ninguno. En ninguna parte.
Oigo decir” la puta transición” y tengo la certeza de que algo  ha fallado. Quizás sucede que, si no se han dado un baño de sangre, las revoluciones resultan despreciables.
Aunque seguramente lo que este pueblo desprecie de verdad sea la cultura, ese tesoro indefinible que ayuda a comprender y a comprenderse.
Los fracasos de hoy no son consecuencia del diseño inicial; ese es un argumento perezoso y cobarde. 
Los fracasos de hoy son obra de los hombres de hoy.  

jueves, 8 de septiembre de 2016

A OSCURAS

        Comienza un nuevo curso escolar y eso debería ser la manifestación inequívoca de que el país, a pesar del galimatías político que hace improbable una próxima gobernabilidad, afronta sus quehaceres con normalidad.
        Pero nada es normal en este comienzo de curso.
    Entre los múltiples destrozos que ha provocado el gobierno del Partido Popular, no es el menor el gañafón que nos ha dejado sobre la piel la Ley de Educación que tramaron y a la que  Wert le ha prestado su nombre de recuerdo infausto.
         Aprobada en solitario en el Parlamento desoyendo un principio elemental de prudencia política en asuntos tan delicados como la Educación y puesta en circulación contra viento y marea sobre el muy ibérico lema de “¡Por mis cojones!”, nos genera un vacío plagado de dudas y vaguedades y condena al alumnado de cursos de fin de Ciclo, 4º de ESO y 2º de Bachillerato, a sufrir las consecuencias de un desconcierto inevitable entre el Profesorado y en las propias Instituciones Educativas, incluyendo a las Universidades que habrán de seleccionarlos y recibirlos en el caso de 2º de Bachillerato.
         Avanzamos a oscuras hacia una prueba final, externa, ajena a los propios Centros Educativos y desconocida en sus contenidos y procedimientos, en la que pesarán, sobre todos los demás, los criterios del propio Ministerio de Educación. No sé a qué prueba serán sometidos, pero debo empezar a prepararlos mañana. Y esa prueba será definitiva para cumplir con sus respectivos proyectos vitales, obtener el título de Bachillerato – este curso no tendrá todavía efectos académicos- o acceder a una determinada Facultad en el caso de pretender seguir realizando estudios superiores, para lo que sí será efectiva ya la prueba de este año.
         La Ley Wert, la ley del Partido Popular, es la ley de la desconfianza. Desconfía de las Comunidades Autónomas y de las Universidades, pero desconfía, sobre todo, del profesorado.
         De pronto hemos sido despojados de una de nuestras escasas prerrogativas, decidir sobre la titulación de nuestro alumnado tras trabajar durante meses o durante años en su formación y tras evaluar sus competencias y conocimientos. Esa importante decisión se ha externalizado. La tomarán desconocidos, y sobre todo desconocedores, a la luz de una prueba, a todas luces insignificante, para decidir sobre una larga trayectoria personal y académica.
         ¿Dónde está el beneficio y para quién se programó?
      Por otro lado y aunque Wert y sus cómplices todavía no lo sepan, me complace anunciar que el magnicidio que intentaban perpetrar contra las Humanidades no parece estar teniendo éxito. Por lo que atañe al Centro en el que aún soy feliz enseñando, no obstante esa nefasta Ley, el alumnado de Bachillerato que ha escogido Griego duplica al de los mejores cursos anteriores y hablo de los últimos veinte o veinticinco años. 
    Lo siento, muchachos, a pesar de vuestros denodados esfuerzos, el árbol nutricio que alimenta a la mejor Europa se resiste a ser desarraigado.

            

lunes, 5 de septiembre de 2016

El verdadero bloqueo


            Cuando la borrasca política amaine, si es que amaina alguna vez, todos estaremos convencidos de que el causante de esta situación de inestabilidad habrá sido el Partido Socialista. La única coincidencia en las posturas encontradas del gallinero es que el PSOE el padre y la madre de todos los males que nos aquejan.
            No hay la más mínima duda al respecto
            A todos conviene que así sea. Un comensal menos a los postres. O eso creen lo que olvidan que buena parte del voto del PSOE proviene de un caladero histórico, de gente que en democracia nunca votó a otro partido, y, probablemente, nunca lo votará. Ese partido cimentó su fortaleza en la Transición.
            Y recibió el voto joven de una buena parte de la sociedad española, esperanzada entonces con la democracia naciente. No fue un voto que hundiera sus raíces en el odio, ni en el ajuste de cuentas, ni en el afán de laminar a un enemigo.
            Fue el voto de la esperanza, el voto de gente enamorada del futuro. Buena parte de esos votantes, siguen ahí. Conviven a duras penas con la política funcionarial y la defensa de intereses espurios en que el PSOE,- y el resto de los partidos-, ha convertido la democracia. Y conviven muy mal, sobre todo, con la corrupción.
            La decepción no cambia sus votos en otra dirección. Los empuja, en todo caso a la abstención. Pero afloran, cuando vienen mal dadas. Anguita lo aprendió hace ya mucho tiempo. E Iglesias, el discípulo aventajado, acaba de aprenderlo no hace mucho. El PSOE es un partido arraigado, al que resulta difícil desarbolar.
            No obstante, todo vale en ese noble propósito de arrojarlo a la cuneta. Se ha convertido en el culpable perfecto. Ahora carga con el peso del bloqueo a la posibilidad de que tengamos gobierno. Y, al parecer, hasta sus propios dirigentes lo asumen y lo aceptan sin emplear un ápice de las capacidades que se les suponen en rebatir ese argumento dañino.
            Nadie habla del bloqueo verdadero, el único que nos ha empujado a las segundas e inútiles elecciones generales; el único que nos empujará a las terceras e inútiles elecciones generales en plena resaca navideña. Dos partidos recién llegados y con una razonable representatividad se declaran incompatibles, como si la distancia ideológica entre sus votantes fuera sideral. 
         No advierto yo esas brechas ideológicas en la sociedad española. Sé que por la derecha o por la izquierda, el voto que han recibido los nuevos partidos representa a una sociedad flexible, joven, predispuesta a generar situaciones políticas que favorezcan sus condiciones de vida. En esta sociedad nuestra no hay territorios tribales y hostiles entre sí. Esos políticos recién llegados se equivocan.
            ¿No venían a hacer política para la gente y con la gente? ¿A qué gente creen representar? 
            Desde este rincón insignificante me atrevo a proclamar que ese es el bloqueo irracional que impide un gobierno que corrija, al menos en parte, los destrozos que el cuatrienio ominoso de mayoría absoluta del Partido Popular nos ha causado.
            El pensamiento único empobrece a la sociedad y la embrutece. Y la manipulación es un recurso totalitario.
         Al final, acabaremos aceptando que no tienen remedio y que sólo les interesa nuestro voto para tener derecho a un lugar junto al pesebre en que han convertido el Parlamento.
           
            
           
            

lunes, 29 de agosto de 2016

DE VUELTA, AÚN SIGO INDIGNADO Y CONFUSO.

         En estos meses de silencio he recibido alguna muestra de educada protesta por cerrar el blog sin despedirme. En realidad no había cerrado el blog. Me he distanciado de él a voluntad.
      La indignidad que cerca nuestras vidas es mucho más resistente que la grama, te desborda, te deja sin recursos creativos a fuerza de repetirse de forma ineludible o de ofrecer mil caras que uno es incapaz de abordar con la coherencia y el distanciamiento necesarios.  
            La indignidad agota.
            Y confunde.
            Uno acaba por sospechar de las certezas propias, del análisis que aplica a los acontecimientos cotidianos que limitan nuestra existencia individual y colectiva.
            Y una persona confundida poco tiene que aportar a los demás. No tengo la arrogancia alocada que impulsa a creerse necesario en este mundo donde todos escribimos y casi nadie lee.
            Vuelvo;  aún sigo indignado. Y cada vez más confundido.
            La indignación tiene mil causas. Permanecen intactas. Incluso proliferan como casi todas plagas. Se multiplican cada día y atascan los respiraderos de la esperanza.
            Y sobre mis confusiones, la más llamativa tiene que ver con la actitud del PSOE en este largo periodo de desgobierno desde las últimas elecciones. No logro descubrir qué objetivo persigue. Parece rehén de un ejército de temores aguerridos, que probablemente nos llevarán a las terceras elecciones generales.
            Desde la noche electoral, Rajoy reclamó su concurso para que este país resultara gobernable. Era consciente de que sin la abstención del PSOE no podría, no podrá, forma gobierno tras la política soberbia y de tierra quemada que practicó durante el negro cuatrienio de mayoría absoluta.
            ¿Qué podemos hacer con ochenta y cinco escaños y rodeado de enemigos por los cuatro costados? ,- se preguntarán en la Ejecutiva nacional. Habrá también quién se pregunte hasta cuándo será capaz de resistir Pedro Sánchez, porque ambiciona ocupar esa vacante, al parecer envenenada.
            Entiendo que el único partido que asumió la responsabilidad de formar gobierno en las anteriores elecciones, frente a la cobardía del ganador nominal, sea preso de un cierto resentimiento hacia la sociedad española que lo castiga en las urnas y lo convierte en responsable único de la crisis.
            Pero en política esa actitud es autodestructiva.
          Si yo, un hombre confuso, hubiera tenido que decidir, habría puesto ante Rajoy, – parece inevitable que gobierne de nuevo-, un alto precio por la abstención del grupo socialista. Una negociación con luz y taquígrafos y con un alto contenido de políticas sociales y económicas. Habría obligado a Rajoy a gobernar con una parte sustancial de mi propio programa. Habría hecho algo extraordinario, gobernar, o casi, desde la oposición e intentar capitalizar parte del voto perdido.
          Pero yo soy solo un hombre cargado con el peso de la confusión, que pone en duda cada día sus propias certezas ¿Quién soy yo para aconsejar a un partido centenario? A los partidos les basta con pedirnos nuestro voto. Jamás nos piden consejo.