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martes, 19 de enero de 2016

Sin certezas

      Lo peor de la crisis es que nos ha dejado sin algunas certezas sobre las que teníamos asentado el futuro. Sin embargo, sobre sus  cadáveres descompuestos, porque la historia y la naturaleza lo reciclan todo, florecieron esperanzas débiles.
        No han durado mucho.
        Llegaron las nuevas hornadas de políticos de izquierda sin pasado vergonzoso. Venían cargados de mensajes ilusionantes. “Hagamos política para la gente” nos dijeron. Pero no eran nuevos ni el discurso ni las intenciones.
            Llegaron ya viciados por las  viejas maneras. Traían de fábrica la tez pálida y los manguitos de los jugadores profesionales; la baraja marcada les asomaba por la bocamanga. Fulleros engolfados en el brillo fatuo del poder.  De las viejas maneras se traían aprendido el discurso calculado y envolvente que ocultaba, otra vez, intenciones inconfesables.
            Al final estamos descubriendo que solo aspiraban al poder por sí mismo, sin objetivos nobles, como echarle un pulso a la miseria.
             Los fines sociales y económicos de un programa que prometía poner freno a la desigualdad creciente ha resultado ser tan solo la envoltura de una red para apresar el voto de los desesperados o de los ilusos que se enamoran con facilidad de los envoltorios novedosos.
            De repente, pelear contra las consecuencias de cuatro años nefastos de gobierno de la derecha más servil que hayamos conocido ya no resulta urgente, mientras aclaramos dónde establecemos  inútiles fronteras.
            En mi paupérrimo, pero contrastado diccionario político, izquierda y nacionalismos son términos absolutamente incompatibles.    
            La izquierda que yo reconozco no tiene más patria que los seres humanos, no tiene otra bandera que la lucha permanente, y casi infructuosa, contra la desigualdad y la injusticia.
            La izquierda de la que yo me siento parte sustancial sabe que no hay frontera que nos libre de esa garra afanosa que acapara riquezas generando pobreza; sabe que no hay patria exenta de miserias a las que hay que combatir de forma apasionada y permanente; sabe que no hay territorio que pueda defenderse de ese enemigo ubicuo y poderoso.
            Una sociedad que pierde sus certezas se queda solo con sus contradicciones.
            Y cuando políticos sin sentido de estado, oportunistas, ambiciosos y hábiles tranforman nuestras contradicciones en condiciones innegociables, puede que hayan convertido nuestras indefensas esperanzas en rehenes de sus mediocres ambiciones.
            De pronto las intenciones nobles son ya pancartas inútiles que a nada comprometen olvidadas en una plaza vacía. Sorprendidos contemplamos que no ha cambiado nada. Quisieron hacernos creer que la Historia comienza el día que resultaron elegidos, porque hasta ese momento transcendente todo era oscuro, improductivo, y sucio. Todo era complicidad cobarde. Antes de ellos no hubo personas dignas persiguiendo sueños, dejándose el pellejo por lograrlo.
            Y lo primero que estas hornadas de seres limpios e inocentes  escriben en las páginas de la historia parlamentaria de este país es la crónica de una estampida en dirección al pesebre de las subvenciones, enarbolando dignísimas excusas para acrecentar su parte del botín.
      Quizá sea hora de aceptar definitivamente que el sistema educativo que genera semejantes líderes políticos está siendo un fracaso, y que la sociedad que los elige  y los sostiene está bastante enferma. 

domingo, 3 de enero de 2016

¡No nos representáis!

          Una de las razones de la aparición de este Blog y de la elección de su nombre, “Crónica de la indignidad”, hunde sus raíces en los augurios de que la derecha ganaría por mayoría absoluta las elecciones del 2011 en este país.
            Zapatero cargará el resto de su vida con la culpa de haber desencadenado la crisis mundial y sus nefastas consecuencias para las clases medias y los trabajadores por cuenta ajena en Estados Unidos y en Europa. El liberalismo radical y el capitalismo especulativo deberían ponerle un monumento a este hombre en algún lugar visible desde cualquier rincón del planeta. Aun hoy esa culpa planea sobre el PSOE en cualquier cita electoral. Nadie parece recordar ya que esta crisis se desencadenó en los Estados Unidos y que fue consecuencia, principalmente, de la desregularización de los mercados, demanda histórica del Liberalismo.
            Con un estado dominado por las élites económicas, los delitos  y falsedades del sistema financiero americano nos condujeron a la ruina con la ayuda inestimable de otros factores decisivos, muchos generados por la propia naturaleza de nuestras estructuras políticas y económicas, impropias de un país democrático y honesto.
            Pero en la barra del bar, el culpable fue, y sigue siéndolo, el nefasto Zapatero. Y el Liberalismo radical que la ocasionó campa a sus anchas en Europa y otorga mayorías en los Parlamentos del Mundo.
            ¡Vivan las caenas!
            Aquel mensaje del Partido Popular le dio el mayor rédito electoral de su historia, precisamente cuando encabezaba su proyecto político,- no confeso, desde luego-, la directiva más enfangada que se conoce, con la salvedad de la de CIU, y el individuo más gris y con menos capacidad de decisión que se recuerda entre los presidentes de gobierno de este país.
            En la toma de decisiones políticas manifestamos en ocasiones una vieja propensión a adoptar comportamientos impulsivos y modorros. En buena medida son la consecuencia del cainismo genético que corroe nuestras entrañas. Supongo que será también la consecuencia de siglos de dominación ejercida por la fuerza temible de quienes nos impusieron sus privilegios, su autoridad sangrienta, sus creencias y sus inmoralidades como sistema de vida. Aun no llevamos ni cuarenta años de democracia verdadera. ¡Y defectuosa, como serán siempre las democracias verdaderas!
            Las elecciones del 20 de diciembre y sus consecuencias visibles merecen, sin duda, una somera reflexión. Incluso permiten hacer augurios y previsiones nada halagüeñas para quienes depositaron su confianza en una alternativa de izquierdas para formar gobierno, la mayoría de los votantes de este país, como fiel reflejo del espectro ideológico de esta sociedad.
            Si olvidamos el voto nacionalista que difícilmente puede ser reflejo del conjunto de la sociedad, la suma de  los votos de PSOE, Podemos e IU aventaja en más  de un millón la suma de los votos de PP y Ciudadanos.
            Pero esa aritmética es inútil a efectos prácticos, a pesar del alto índice de coincidencias en los respectivos programas.
            En realidad la izquierda ciudadana es libre, pero la izquierda institucionalizada en los partidos es un rehén encadenado, incapaz de dar forma a nuestras esperanzas.     
            IU es rehén de la amenaza de desaparición, de sus escaños pagados a precio de oro, de su huida hacia ninguna parte como si cambiar de marca le ofreciera alguna posibilidad frente a las ambiciones de Podemos.
            A pesar del hábil discurso de Pablo Iglesias y de su empeño en aventar las miserias en dirección a la era del PSOE, Podemos es rehén de sus pactos de última hora con la esperanza de ser la primera fuerza de izquierdas en detrimento del Partido Socialista. Pablo Iglesias y el rígido aparato de Podemos no puede controlar a una cuarta parte de sus parlamentarios por la sencilla razón de que no forman parte del partido. Ese porcentaje condicionará de forma radical el proyecto político de Podemos y su confesa vocación transformadora. Pablo Iglesias sabe ya, como los sabemos todo, que tardará en gobernar en solitario, si es que gobierna alguna vez. El impulso de Podemos, las esperanzas de una buena parte del electorado más predispuesto a la transformación de esta sociedad han quedado relegadas a un discurso, a gestos simbólicos, a testimonios que nada modifican y a dibujar en el aire unas líneas rojas a sabiendas de que hacen imposible algún acuerdo. En realidad, la oposición es un lugar cómodo y oreado, donde casi nunca llueve. Un buen refugio bien pagado. Y el gobierno mancha a quien se arriesga.
            Y el PSOE es rehén de sus errores del pasado, pero sobre todo de la ambición mediocre y cainita que lo convierte en un partido sin proyecto creíble. ¿Cree de verdad el PSOE que cambiando de candidato, o mejor, de candidata, en las más que previsibles elecciones de primavera mejorará sus resultados? ¿Creen de verdad que es una cuestión de candidato?
            No creo que ningún socialista sensato opine que los resultados de las últimas elecciones han sido desastrosos. En realidad, los esperaban peores. Siguen cargando con la culpa de la crisis y han recibido las peores dentelladas de los partidos nuevos, mucho más atractivos para el votante socialista desalentado que para los votantes del PP. Sin embargo, el PSOE es el segundo partido más votado.
            Y toda la izquierda, en general, es rehén de la maldición cainita que pesa sobre ella. Se inutilizan solos. Votamos esperanzados, pero ellos se encargan de apostar y malgastar nuestras esperanzas en una pelea de gallos. El Parlamento parece a veces un reñidero de gallos clandestino y maloliente.
            ¿Qué nos espera entonces en las elecciones de primavera a los votantes de izquierda?
            El votante de IU, como ya pasó en las anteriores elecciones, volverá a tener dificultades para encontrar la papeleta. Puede que desconfíe del valor de su voto, porque han hecho falta más de cuatrocientos mil para conseguir cada uno de los dos escaños que obtuvieron el día 20 de diciembre.
            El votante de Podemos puede que ya sepa que las políticas sociales del programa del partido de su elección no resultan prioritarias y que los parados de larga duración y los desahuciados pueden esperar al raso, mientras solventamos cuestiones fronterizas de vida o muerte.
            El votante del PSOE se sentirá, cuando menos, confuso por el cambio de cartel. Y no podrá evitar una duda poderosa. O antes o ahora se han hecho las cosas de forma precipitada. Y dudo de que Susana Díaz tenga tiempo de postularse como candidata fiable ante sus votantes potenciales en una acelerada campaña electoral a contramano.Dudo, incluso, que tenga la capacidad de convertirse en candidata indiscutible entre sus propias filas. Parte del trabajo realizado se irá por los desagües de la decepción política una vez más.
            Y será lo peor la decepción del votante de izquierdas por compromiso moral e ideológico, pero sin colores partidistas excesivamente definidos. Ese votante tiene ya dos certezas poderosas: Ninguno de los partidos de izquierda podrá formar gobierno en solitario y el pacto de gobierno entre ellos es prácticamente imposible.
            ¿Por qué tomarse la molestia de acudir a votar?
            La previsión de 2016 es que tendremos un gobierno de derechas, gente cainita donde las haya, pero mucho más práctica y utilitarista; la derecha reacciona siempre con un instinto de conservación muy poderoso.
            PP y Ciudadanos formarán gobierno en las próximas elecciones de primavera.
            Merkel aplaudirá complacida. Los especuladores nos clavarán sus exigencias en zonas más dolorosas de las prestaciones sociales.  El contrato único verá la luz y así todos seremos iguales de precarios y mal pagados. Recortarán las pensiones en aras de la sostenibilidad del sistema. Los copagos se verán multiplicados. Las privatizaciones de cualquier servicio público rentable se convertirán en la verdadera prioridad del gobierno. Las Sicav y las grandes empresas seguirán defraudando al fisco sin reparos y sin consecuencias. Y poco a poco irá tomando cuerpo una idea que aun se incuba en el programa de Ciudadanos, la Enseñanza Pública dejará de estar en manos de los funcionarios, esos malnacidos que hacen gala de independencia y se preocupan por la calidad humana de sus programas.
            ¡Vivan las caenas!  ¡Y que vivan muchos años las líneas rojas!
            ¡¡¡Irresponsables estúpidos!!! ¡Lástima de votos!
             ¡No nos representáis!


lunes, 21 de diciembre de 2015

Líneas Rojas

            Recientemente, mientras aguardábamos que pusieran las urnas, acepté la propuesta de un diario digital y respondí a una encuesta bastante genérica sobre mis expectativas políticas y su reflejo en los programas de cada partido.
        El objetivo, casi lúdico, de la encuesta era informar de qué programas políticos respondían con mayor exactitud a las expectativas propias.
            El resultado no me extrañó en absoluto. Mis expectativas se veían reflejadas en los tres partidos de izquierda que se presentaban en el territorio nacional en porcentajes muy similares que iban del 86% al 83%. Estoy por asegurar que cualquier votante de izquierdas que hubiera respondido a esas cuestiones relacionadas con los servicios públicos, las funciones del Estado, la organización territorial, y las relaciones con Europa y con el resto del mundo habría obtenido un abanico similar en cuanto a las coincidencias con los programas de los partidos de izquierda nacional.
            Y eso habla claramente de las coincidencias en los programas, coincidencias en temas fundamentales para diseñar el tipo de sociedad en el que nos gustaría vivir. Esa y no otra es la aspiración del sistema democrático desde su aparición, permitir a la mayoría diseñar la sociedad en la que vive según los valores dominantes. Todo lo demás es agua de borraja. Si el sistema democrático no permite que la mayoría se implique en el diseño de esa sociedad, la democracia es pura farsa. Y no podemos olvidar que incluso la democracia pare monstruos que luego la devora.
            Cuando el liberalismo dominante intenta definir con su visión simplificadora y maniquea a la gente de izquierdas, los reduce a  gente alejada de la realidad que aspira a construir un estado protector gigantesco, entrometido, regulador en exceso de las relaciones laborales, quisquilloso con los derechos humanos y, sobre todo, caro; demasiado caro. Ese Estado es perjudicial para los negocios.
            En algo aciertan, la izquierda es la única defensora de lo que llamábamos Estado del Bienestar que hizo de Europa la referencia democrática de la humanidad, al tiempo que la convertía en la primera productora de riqueza mundial.
            A mi humilde y anacrónico entender, los programas de los partidos de izquierda que se han presentado en todo el territorio nacional coinciden en bastante más de las dos terceras partes de sus propuestas en asuntos relacionados con ese Estado que han ido demoliendo las políticas ultraliberales con la extraordinaria excusa de la crisis.
            Daba la sensación de que la prioridad absoluta de estas elecciones era parar esa sangría, reparar con urgencia los daños más graves que ha ocasionado la derecha a los más indefensos y empezar a reconstruir el país eliminando desigualdades a un ritmo razonable.
            La mayoría social de este país comparte esas aspiraciones y ha votado a uno de esos partidos de izquierda que llevaban la corrección de esas lacerantes lacras en sus programas. Cualquiera de ellos habría sido una opción razonable para entregarles nuestra representatividad en la recuperación del Estado del Bienestar.
            Luego, la ausencia de verdadera vocación de estado en políticos mediocres, el oportunismo, las oscuras estrategias en la guerra sucia de la política partidista inutiliza nuestra voluntad y desarraiga nuestras esperanzas, sin darles ni un solo día de tregua.
            Un millón de votos que ha recibido Izquierda Unida se ha ido a las papeleras produciendo la miserable cosecha de dos diputados nacionales. Seguramente, los escaños más caros de la historia.
            ¿Es tiempo de líneas rojas?
            Yo creía que había llegado el tiempo de analizar las prioridades que debieran estar relacionadas con solucionar la situación de los más desprotegidos y marginados por las políticas excluyentes del Partido Popular y darles respuesta inmediata sobre la base de las coincidencias mayoritarias en los programas de izquierda.
            A todas luces no eran esas las prioridades.
            La prioridad ahora es eliminar competidores, y el que esté sufriendo las secuelas más dolorosas de las políticas del último gobierno, que se joda. Con esas mismas palabras lo pontificó en su día Andrea Fabra en el Parlamento desde la bancada del PP.
     Es lo que hay. El cainismo es una herencia genética en España. La desfachatez, también.

viernes, 18 de diciembre de 2015

SEGUIMOS AVANZANDO




             Hay un dicho , no sé si fruto de la experiencia o malintencionado, que asegura que nadie es profeta en su tierra. Rajoy lo ha venido a confirmar, porque lo agredieron en Pontevedra, quizás el lugar donde se sienta más seguro. Cosas que pasan.
         Al día siguiente de su agresión , seguramente para calmar nuestra ansiedad sobre su estado, subió a las redes sociales un video caminando sobre una cinta en un gimnasio. "Estoy bien, en plena forma, dispuesto a seguir encarnando vuestras esperanzas en el futuro, que sin mí amenaza nubarrones y desgracias. Nada temáis".
          He visto el video, porque el lenguaje gestual de quien practica deporte me resulta familiar y muy significativo. Honestamente, no creo que aguantara sobre la cinta mucho más del tiempo necesario para la grabación. Un acto de campaña que, como tantos otros, le debió suponer un sacrificio considerable. 
          El ritmo le resulta excesivo, el braceo impostado lo demuestra. Su gesto levantando excesivamente la cabeza es el gesto de quien busca desesperadamente aire. 
       Rajoy no practica esta modalidad de deporte casero. Estoy seguro. Rajoy no practica deporte alguno, en realidad. Sus asesores le avisaron hace algo más de un año de que su gesto de hastío y de cansancio, su caminar cansino con los hombros hundidos, restaban credibilidad al mantra de la recuperación económíca y al optimismo del gobierno. Y él les hizo caso. Se esforzó por simular una sonrisa y por aparecer con paso decidido y brioso en sus comparecencias públicas. Otra cosa es como sale de ellas cuando le cambian el guión. 
       Rajoy finge, pero no me extraña en absoluto; todo en su vida se ha vuelto fingimiento. Uno diría que es el video que un desconocido le ha tomado por sorpresa, a una distancia respetable, pero la distancia está estudiada; no nos permite descubrir que Rajoy no suda. A lo mejor, los presidentes de gobierno no lo hacen. 
        Y fue el propio Rajoy quien lo subió a las redes.
         Lo mejor era el mensaje:"Seguimos avanzando"
    Desde luego, presidente, sobre una cinta estática. Un avance indiscutible que debe llevarnos a algún sitio. Como la política de su partido. 
        Retroceder es de cobardes. Con Rajoy seguimos avanzando hacia el pasado.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Yo no tengo interés alguno en el debate de hoy

           Según se desgañitan quienes nos convocan al  “debate definitivo” que se celebrará esta noche  y que  transmitirán de forma simultánea varios medios televisivos, uno diría que debe tratarse de un debate  trascendental donde veremos propuestas programáticas de uno y otro compareciente que, de plasmarse en un triunfo en las elecciones del día 20 de diciembre, podrían significar cambios llamativos en nuestra vida cotidiana.
            En realidad, pasada la tregua del periodo preelectoral, gane quien gane incluyendo a quienes no han sido admitidos a la mesa de invitados por Rajoy, la vida nos cambiará de forma negativa.
            Europa, la Europa dominada por  el liberalismo radical e insaciable, ha entrado en campaña recordándonos que aún quedan reformas por hacer en el mercado de trabajo y en las pensiones y ajustes en el presupuesto de los servicios públicos. Reclama otras medidas, pero esas dos me bastan para intuir el futuro que nos aguarda apenas recojamos las urnas.
            No tengo interés alguno en el debate porque será un debate artificial en el que ambos contendientes no dirán una palabra propia. Un ejército de politólogos, asesores y asistentes de imagen hablará por ellos. Ellos cuidarán, sobre todo, de no perder la compostura y  de no cometer errores imperdonables.
            No tengo interés alguno en el debate porque es un simulacro diseñado a la medida de un hombre acobardado. La cobardía proverbial de Rajoy lo ha desvirtuado hasta el extremo de convertirlo en un debate inútil porque no  representa  la pluralidad democrática que se vislumbra en las encuestas.El significado del término democracia en el léxico de Rajoy está bajo sospecha hace ya tiempo. Hoy ofrece poco lugar a la duda.
            No tengo interés alguno en el debate porque guardo memoria puntual de cada una de las medidas que ha perpetrado durante la legislatura  este gobierno vicario del liberalismo radical de la peor Europa de las últimas décadas. Ningún debate conseguirá mi olvido ni mi perdón. Y si el pueblo soberano se dignara hacer balance de estos cuatro años, Rajoy y sus secuaces deberían acabar en la papelera de reciclaje el próximo domingo. Ninguna gestión de gobierno en todo el periodo democrático ha resultado más dañina para nosotros que la del gobierno saliente. No hay color.
            Pero, sobre todo, no tengo interés alguno en el debate porque participa Rajoy. Rajoy me inunda el salón de una grisura insoportable; deja girones de antipatía congénita colgando de las lámparas; me ensucia el aire con el olor inconfundible de los desvanes polvorientos; lo contamina todo de mentiras, de cinismo, de desprecio al Estado.
            Rajoy pisotea mi idea de cómo debiera comportarse un presidente de gobierno: ha precarizado a los trabajadores por cuenta ajena dejándolos al pairo ante las embestidas empresariales, ha empobrecido los servicios públicos, ha usado mis impuestos para salvar de la quiebra un sistema financiero privado, ha saqueado la caja de pensiones para cumplir compromisos electorales y ha prometido bajar impuestos de forma irresponsable para comprar el voto irreflexivo de quienes son incapaces de pensar en el futuro.
            Cuando entra Rajoy, yo salgo. El ocupa mucho espacio. Arrastra, solidariamente con todo el aparato de su partido, un pesado fardo de sospechas de corrupción, de financiación ilegal, de enriquecimiento ilegitimo y de uso de los recursos públicos en beneficio propio.
            Me resulta inexplicable que  un individuo como él pueda ser candidato a repetir como presidente de gobierno.


martes, 8 de diciembre de 2015

El terror, tan útil

   Mantener un blog de opinión sobre la borrascosa actualidad es tarea ardua. Es también arriesgada, porque la actualidad está teñida de sinrazón, de violencia, de mentiras, de hipocresía y de manipulación sin disimulos. La actualidad nos desespera y nos agota en ocasiones. Hay demasiadas indignidades que te golpean en la conciencia de forma simultánea.
Y, sobre todo, la actualidad está teñida de desprecio a la inteligencia humana, porque quienes deciden sobre nuestras vidas con absoluto burla a cualquier código ético y a cualquier proyecto razonable de futuro, ganan por goleada en los medios de comunicación comprados o sometidos por el poder del dinero.
  Así que a veces sucede. Durante un tiempo prudencial te distancias de  algo que hacías por propia iniciativa, algo que nadie te estaba reclamando pero que se había convertido en un secreto compromiso, y te sientes liberado.  
Y cuanto más tiempo pasa sin atender ese secreto compromiso, mayor es el pudor que uno siente de volver a exponerse ante los ojos ajenos. 
Hay también en el silencio una queja inútil, como casi todas las quejas que enarbolamos desde el rincón de nuestra pretendida independencia moral; corre la especie de que nada que no quepa en un mensaje de twitter merece ser leído. 
Así nos va. 
Hay que simplificar el propio pensamiento hasta convertirlo en algo innecesario por carente de contenido, o en algo tan elaborado y agudo que solo un genio de la comunicación podría convertirlo en un pensamiento trascendente.
Yo no podría jamás. 
  Tengo la sensación creciente de que  en tiempos de comunicación masiva vivimos más aislados que nunca en medio de un ruidoso gallinero, donde todos hablamos y casi nadie escucha. 
A pesar de lo cual, hoy hablaré tan brevemente como pueda de esa yihad que nos cerca y que ha puesto patas arriba nuestro mundo.
Presiento que lo peor de la yihad no es la amenaza imprecisa que se ha colado en nuestras vidas seguras y alejadas desde hace muchos años de situaciones bélicas; lo peor de la yihad es la utilización que se está haciendo de ella. Porque la yihad que nos amenaza en el interior de nuestras propias fronteras servirá de justificación para inmoralidades inaceptables o como argumento definitivo para nuestra sumisión.
Explota el terror muy cerca de nosotros y el duelo se convierte en fiesta nacional, en ocasión extraordinaria para que se erijan en imprescindibles garantes de nuestra seguridad los mismos estados que han traicionado nuestras expectativas, los mismos que han potenciado o permitido el aumento de las desigualdades, la reducción de nuestros derechos, el empobrecimiento de los servicios públicos, la gestión indigna de nuestros impuestos, los mismos estados que favorecen y estimulan la evasión fiscal, los mismos que no saben si un día gozaremos de la pensión por la que hemos cotizado durante nuestra vida laboral porque han destinado esos fondos al rescate de bancos privados mal gestionados por sus irresponsables dirigentes que se jubilan con pensiones millonarias. 
Despliegan a sus hombres de uniforme y olvidamos el resto de indignidades cercados por el temor justificado, pero también estimulado desde el poder, porque el temor es un motivo poderoso. 
De paso, voces autorizadas, opiniones concienzudas de gente muy notable, titulares de cátedras prestigiosas, nos reclaman renunciar a una parte de nuestra libertad personal para garantizar nuestra supervivencia.
Las hay también que  desprestigian a quienes indagan en las causas de esta sinrazón temible. 
   Otras abogan por la respuesta bélica inmediata. Nada distrae más a un pueblo de sus propias miserias que un enemigo externo y una guerra.
Y he oído a ministros europeos hablar de que la civilización occidental se enfrenta a la barbarie. Afirmaciones de este tipo alimentan un maniqueísmo demencial. Cualquier musulmán, en estos tiempos de pensamiento simplista, corre el riesgo de ser considerado un salvaje peligroso y un terrorista potencial. 
Y sí, hay diferencias abismales. No le falta razón al ministro. La civilización occidental mata con drones dirigidos por pulcros funcionarios desde un despacho climatizado o con misiles lanzados desde sofisticados aviones de guerra; y lo que el ministro denomina la barbarie  mata mediante individuos dispuestos a inmolarse explosionando un macuto bomba en un  campo de fútbol. 
La diferencia entre civilización y barbarie debe estribar, sin duda, en los instrumentos que se emplean y  en el valor intrínseco que tiene la vida en cada trinchera.
Lo peor de este terror reciente es que resulta útil, que se alentó en su nacimiento, se alimenta y se tolera con intereses inconfesables. 
Y aquellos que han muerto, aquellos ante cuyas tumbas encendemos lámparas y dejamos flores son solo víctimas colaterales y necesarias, estimulo para nuestro sentimiento de pertenencia a la trinchera de los civilizados,  espuela imprescindible que hiere el ijar de nuestros miedos.
Ante el horror que nos produce tener doscientos muertos expuestos en las pantallas de televisión, nadie pregunta quién vendió las armas a los asesinos, o cómo se financian ante los ojos mismos de las agencias de seguridad más poderosas del planeta, esas agencias que leerán esta entrada de mi blog antes de que llegue a vuestras pantallas. 
  Yo no puedo evitar hacerme esa pregunta. Y esa sí cabría en un mensaje de Twitter.

domingo, 4 de octubre de 2015

El aire que respiro

Hace apenas dos días, la corresponsal de El País en Bruselas firmaba una crónica descorazonadora, pero no sorprendente.
 Los gobiernos de los veintiocho países que conforman la Unión Europea se muestran absolutamente solidarios con Alemania en la vergonzosa situación del fraude masivo a la humanidad de una de sus marcas estrellas, la Volkswagen, que lleva años engañando a gobiernos y consumidores.
 Y lo que es peor, lleva años envenenando nuestro aire de forma consciente y programada para mejorar sus beneficios.
     La propia fábrica alemana ha advertido a la Comisión Europea que se ande con cuidado con las consecuencias de sus investigaciones. El delincuente se permite amenazar a los representantes políticos de los ciudadanos europeos que cumplen con su obligación de defender el medio ambiente. 
   La fiscalía alemana ha renunciado a investigar al presidente de la firma bajo cuya responsabilidad se ha cometido el fraude y el atentado contra un bien universal. 
      La Volkswagen ya no está siendo investigada. 
    Aquí paz y, luego, gloria. Una buena campaña de imagen dentro de unas semanas, y el tema quedará resuelto, porque la memoria ciudadana es frágil y habrá otros escándalos que distraigan su atención.
   En España, el gobierno, que lleva mucho tiempo en campaña electoral, calculó mal. El ministro Soria salió en los medios sacando el pecholobo de precampaña y anunció que la marca alemana y sus filiales deberían devolver las subvenciones recibidas. 
    ¡Craso error enseñarle colmillos al macho alfa alemán! Tras la visita del propio vicepresidente de la firma ha debido envainarse aquel anuncio irreflexivo. Y ha debido, además, pagar la vergonzosa penitencia de salir a los medios desdiciendo su poco meditada afirmación.
 La modélica firma alemana ha argumentado de forma irrebatible que sus técnicas de engaño no afectaban a las emisiones de monóxido de carbono, sino al óxido de nitrógeno. El veneno era otro, por tanto las subvenciones por controlar las emisiones de CO2 están legalmente justificadas y no tendrán que devolverlas.
 Ese gas en el aire acabará convertido en ácido nítrico y producirá lluvia ácida. Él es, también, uno de los principales responsables del agujero de la capa de ozono. Y, combinado con la radiación solar, su efecto es doble: contribuye al calentamiento global en las capas más altas de la atmósfera y crea en las grandes ciudades la “boina” de aire contaminado tan perjudicial para la salud humana.
 Es imposible evaluar los costes devastadores de esta irresponsabilidad criminal, sobre todo porque los daños resultarán muy duraderos. Pero la deuda griega, esa vergüenza lacerante que ha crucificado a todo un pueblo ante los especuladores que aprovecharon su necesidad para rentabilizar sus ahorros, es el chocolate del loro si lo comparamos con esta deuda irrecuperable que la civilizada y honestísima Alemania ha contraído con la humanidad. Otra más.
 Yo estaba equivocado. 
   Pensaba que las pagas extraordinarias que me arrebataron  y el aumento de jornada laboral por menos sueldo que me impusieron estaban destinados a pagar el agujero financiero que provocaron los aprendices de brujo, carentes de moral y de cerebro, que manejan las finanzas.
     Pero acabo de descubrir que una parte de lo que perdí ha servido para subvencionar a quienes han estado envenenando de forma consciente y voluntaria el aire que respiro. 
 Dentro de  medio siglo, cuando el desierto haya devorado definitivamente todo el Levante español hasta Tarragona y buena parte de Castilla-La Mancha, mis nietos que andarán pagando las consecuencias dolorosas de esa pérdida en tierras fértiles y en lugares para el asentamiento humano, oirán todavía a algún ministro alemán proponiendo la expulsión del euro de los endeudados griegos, porque suponen una amenaza para el futuro de Europa.