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miércoles, 29 de julio de 2015

Medea



De pie, Margarita Xirgú y Enrique Borrás (Medea y Jasón),  dos primeras figuras de las tablas españolas  de la época.
Sentado, Miguel de Unamuno, traductor y adaptador de la “Médea” de Séneca, que inauguró las representaciones en el Teatro Romano de Mérida en 1933.


Fotografía conservada en la Casa-Museo Unamuno en Salamanca.




                         Casi cada verano, desde hace ya bastantes, yo llevo a cabo un acto purificador; peregrino a Mérida y me sumerjo entre la multitud complacida que acude al Festival de Teatro Clásico que se celebra en la ciudad. Cumple este año su sexagésima primera edición.
                    Todo empezó, seguramente, con la apuesta de la Segunda República por la Educación y la Cultura. Aquella España, infinitamente más pobre que la que hoy maltrata a la Educación Pública con una ley de Educación dañina, promovió la primera gran reforma educativa de la Historia de España con principios humanistas y laicos; proclamó el derecho a la educación de cualquier ciudadano; promovió la formación del profesorado para que la educación fuese eficaz y productiva;  y tenía el proyecto de construir en cinco años veintisiete mil escuelas. Mientras tanto promovió las misiones pedagógicas y apoyó al teatro para que pudiera llegar a cualquier rincón apartado de la España analfabeta y miserable, herencia de la monarquía borbónica con la complicidad imprescindible de la Iglesia.
                    Todo empezó seguramente en el ambigú del Teatro Español de Madrid. Se estrenaba “El otro” de Unamuno. Y asistieron a la reunión informal Fernando de los Ríos, a la sazón Ministro de la República, el propio Miguel de Unamuno y la actriz Margarita Xirgú. Ella era por los años treinta del pasado siglo la diva indiscutible del teatro español, la gran actriz cuya sola presencia garantizaba el lleno. Había visitado el teatro romano de Mérida en una breve incursión en la ciudad y quedó impresionada de las obras de rehabilitación que don José Mélida había llevado a cabo en el lugar.
                    En aquella conversación el Ministro alabó aquel monumento recuperado y lamentó la ausencia de iniciativas que potenciaran su uso como un teatro al aire libre; Margarita Xirgú manifestó su predisposición a protagonizar aquel estreno original y único si alguna vez era posible. Manifestó, también su preferencia por uno de esos personajes inolvidables de la tragedia griega. Ella deseaba ser Medea en Mérida.
                    La oyó Unamuno que probablemente la admiraba. Y quince días después tuvo la actriz entre sus manos el libreto con la adaptación teatral de la “Medea” de Séneca que Unamuno tradujo para ella.
                    Corría el año 1933. Dio inicio allí una de las iniciativas culturales más ricas y duraderas del país; quizás, el festival de Teatro Clásico más importante del mundo.
                    Yo admiro a las ciudades que saben poner en valor sus recursos, escasos y preciosos casi siempre. Admiro a Mérida. Por el cordón nutricio del festival conecta con el resto del mundo y  el mundo le devuelve la admiración que nos produce su pasado, su grandeza, su tesón, sus ganas de vivir. Durante dos calurosos meses de verano Mérida se transforma en la capital mundial del escenario y allí acude gente de todos los lugares por una buena causa. Y casi todos los que llegan prometen regresar en el futuro.
            Este verano Mérida programó dos versiones distintas de Medea. El mito de Medea resulta inamovible. Ella representa el mal como pocos personajes femeninos de la Literatura Universal. Y nosotros preferimos dar crédito a lo que resulta tenebroso. Sobre lo tenebroso arraiga la emoción. En lo tenebroso se levanta la frontera invisible que separa a  los hombres virtuosos, entre  los cuales nos contamos, y los malvados que encarnan lo inefable, el crimen, la violencia que destruye los valores sobre los que la  ciudad asienta su futuro.
            Por eso la leyenda de Medea será una leyenda inalterable, la leyenda de crímenes horribles que nunca cometió.
            De toda la tradición misógina de Grecia, de esa literatura que en ocasiones amplifica el temor del varón griego a las mujeres, Medea es la cima inalcanzable.
            Ella es la advertencia de los varones griegos a las mujeres que aspiran a una mayor independencia. Porque la culpa primigenia de Medea es que ella piensa como un hombre.
            Para no cansaros, tres señales os daré de esa actitud.
            Elige al varón con el que quiere compartir su vida y le hace prometer fidelidad eterna ¿Qué griega en sus cabales haría eso? Una griega decente toma su dote y encamina sus pasos a la casa del esposo que su familia eligió para ella.
            No acepta que su marido la repudie y se rebela. Buenas pruebas dejó de su despecho y de su cólera. ¿Qué varón griego aceptaría  con sumisión ser repudiado por su esposa y que ella eligiera un nuevo compañero más poderoso, más joven o más rico? Empuñaría su espada y tomaría venganza. Y la ciudad aplaudiría su decisión.
            Reclama compartir con Jasón la patria potestad; le discute al varón la propiedad de los hijos. Hasta tal punto, que llega a arrebatarles la vida. Y sólo al varón, -o a la ciudad, según nos cuentan de las costumbres espartanas-, le está permitida esa crueldad, sin que sufra por ello consecuencias. Un padre, si el hijo le disgusta, en los primeros días de su vida puede exponerlo a la puerta de su casa o en el ágora, hasta que muera o hasta que un viandante se apiade de su llanto y lo recoja para adoptarlo como un hijo o, quizás, para venderlo como esclavo. Y el propio Agamenón sacrificó a Ifigenia. Nadie consideró aquel acto el crimen horrible de un padre cruel y sin conciencia. Salvo la madre de Ifigenia, la vengativa Clitemnestra.      
            Pero esta mujer colérica y malvada no es, afortunadamente, griega. Ella es una mala madre, apasionada, salvaje y extranjera. Ha sido educada como un hombre y ese empeño alocado de gobernar su propia vida y de vivir en libertad solo ocasiona destrucción en el orden sagrado de la familia griega.
            Kión de Yolco, un poeta jorobado y cojo, que conoce bien la vida de Medea, sabe que la Medea que ha llegado hasta nosotros es absolutamente falsa. Y nos ha dejado en hexámetros sonoros el momento preciso en que dio comienzo su leyenda de maga poderosa y sin conciencia. Yo los  he traducido por si hay entre vosotros una Xirgú dispuesta a encarnar a esta Medea que yo estoy concibiendo de manera febril, pero muy lentamente.

            “Sobre la cubierta del Argo, en el viaje de vuelta, dio inicio su leyenda.
            La princesa cólquida, de lengua desconocida, cabello ensortijado, mirada huidiza en esos días y hermosura de muchacha frutal, nos hizo enloquecer sobre aquel barco. La defendieron de aquel incendio de deseos acumulados en un largo viaje su leyenda de maga poderosa, que yo fragüé de acuerdo con Jasón,  y el hecho de que todos sabían que ella era el otro tesoro del príncipe de Yolco. Un tesoro que no estaba dispuesto a compartir. Ella no era un rehén, ni una mujer raptada en una isla de pescadores pobres en un desembarco de saqueo.
                    Y Jasón era el hombre que costeó aquel barco.
                     Sobre las aguas de la mar el dueño del barco que te lleva tiene una autoridad indiscutible; sobre las aguas de la mar el barco que te lleva es tu patria, la tierra que sustenta tu existencia frágil, y su dueño es el rey cuya autoridad nadie discute. Esa ley no escrita salva vidas. Si existen diferencias, se solventan en tierra.
                    Jasón era también el hombre que prometió diezmar el oro y repartirlo.
                    Durante aquel viaje mil veces me asaltó el pensamiento de que ella era una muchacha observada fijamente en cada movimiento, a cada paso, por un rebaño de machos cabríos en época de celo, dispuestos a embestirse izando al aire sus poderosas cornamentas.
                    Y de noche, cuando, oculta tras un montón de lonas amontonadas en cubierta por si el viento quebraba alguna vela, ella orinaba en un cuenco de madera que Jasón le ofreció como único ajuar imprescindible sobre un barco de guerra , se hacía el silencio más profundo que yo haya escuchado jamás en una nave, y podía verse a la jauría de faunos removiendo inquieta sus pezuñas cubiertas con polainas de cuero.  Olfateaban el aire, por si la hembra joven estaba receptiva.
                    Jasón era consciente del deseo que despertaba la mujer que le entregó un tesoro y que  se enroló como salvaguarda de su huida. Dejó de ser amable con los otros, redobló las señales de la indiscutible autoridad que se le supone al capitán de un barco de guerra fugitivo, y defendió a Medea de cualquier quebranto, manteniéndola siempre junto a él o al alcance de su vista. Y ella dormía a su lado, defendida por su permanente vigilancia.
                    Seguramente allí, sobre cubierta, fue su himeneo; sobre un lecho de arpillera impregnada de salitre.
                    Jasón era también un fauno,  joven y hermoso. Y Medea ya lo amaba. Lo amó con ese amor confuso que un griego hermoso y arrogante provoca en las muchachas extranjeras.
                    Un día Jasón solicitó la ayuda de las Musas.
                    La tripulación ha de temer a la muchacha cólquida, poeta. Ha de temer incluso su contacto.
            ¿Y qué puedo decir de esta muchacha que te acompaña, príncipe Jasón? Nada sabemos de ella.
            Ella conoce pócimas secretas. Durmió a la guardia de palacio. Hazla temible. Ella  es valerosa y decidida;  es extranjera y está rodeada de misterio; se presta a soportar una leyenda. Inventa. Las Musas se han puesto de tu parte muchas veces. No olvides que ellas están plantando para ti y para tu padre viejo un olivar inmenso en las colinas de Yolco.
            Y desde aquel mismo día los marineros la observaban a distancia con temor. Yo corrí el rumor de que aquella muchacha que nos ayudó a robar el oro de la Cólquida era una hechicera poderosa. Podría convertir en cerdo a un navegante que rozase aunque solo fuera el borde de su peplo.
            Entonces el futuro de Medea me resultaba indiferente.”

miércoles, 22 de julio de 2015

El Morador insomne



       En 1988 esta novela ganó el premio internacional de novela en lengua castellana "Felipe Trigo". Fue la primera vez que se abrió el concurso a autores extremeños, que hasta entonces teníamos una modalidad propia, menor, y lo fue a ganar la novela de un extremeño. 
      Para mi fue un hito, pero a la vez supuso haber alcanzado la meta antes de comenzar a caminar. Aunque había ganado algún concurso de novela breve, El Morador era mi primera novela digna de ese nombre, y se hizo con un premio literario de prestigio. El morador fue para mí tocar la gloria, pero también supuso mi tumba literaria temporal. Aquel año, según me comentó la Editorial, anduvo en las quinielas del Premio Nacional de la Crítica, aunque lo ganaría otro extremeño, Luis Landero, con su novela Juegos de la Edad Tardía.
       Decidí por mi cuenta que ya nunca lograría escribir nada mejor. Y aparqué la creación literaria. Creo que fui víctima de algo parecido al síndrome de Estocolmo, secuestrado por mi propia novela, pero feliz por ello.
          Muchos años después logré librarme y hoy ya soy un escritor libre de escribir otra novela, si me place.
        Aquella edición me disgustó sobremanera. A pesar de que yo corregí las galeradas, salió a la luz con más de cien erratas; algunas suponían incluso un cambio de la palabra original. La propia portada era un sindiós que no hacía referencia alguna al contenido. En abril, tres meses después de su publicación, la Editorial me llamó para acometer la segunda edición. La tirada del premio se había agotado ya en las librerías. La autoricé. Pero hasta hoy no he vuelto a tener noticias de aquel editor tan descuidado.
         Me prometí a mi mismo que El Morador vería la luz de nuevo sin erratas.
         Y la ha visto.
         La reseña del Morador en la edición digital de la Casa del LIbro dice :" esta edición corregida y ampliada por el autor, es literatura en estado puro; literatura de largo recorrido. Magnífico retrato humano de la España rural de la preguerra, la guerra y la postguerra civil. El núcleo argumental gira en torno al deterioro del poder heredado, carcomido por la propia inadaptación a los cambios históricos, y al deterioro de una sociedad anacrónica".
        El Morador fue un señor de la dehesa, dueño de tierras y de vidas; causó daños incontables. Tuvo seguramente su castigo. 
              De alguna forma hoy lo devuelvo a la vida con la intención de que colabore con nosotros en reparar, aunque sea a una escala muy pequeña, los daños incontables que ocasiona la injusta distribución de la riqueza.
          Está disponible a un precio módico en la Casa del Libro para cualquier tipo de Tablet, cualquier tipo  de eReader (sea esto lo que sea), para smartphone o para tu propio ordenador. Los beneficios netos de su venta se destinarán íntegramente a la obra social de la ONG "Acción Solidaria ya" Os dejo su enlace por si os interesa conocerla: http://www.accionsolidariaya.org/
           Si os inclináis por comprarla, obtendréis un doble beneficio, una buena novela y la seguridad de que estáis colaborando a paliar situaciones de carencia extrema en lugares muy diversos del mundo. Si no os interesa esta lectura, compartid al menos esta entrada por si hay gente que pueda estar interesada. Quién sabe si acercaremos con ello agua potable a alguna aldea perdida en el mundo donde viven los pobres verdaderos.
        Esta vez la portada es perfecta. Ahora me gusta. Y ha sido el regalo para este Morador de Andy Jiménez, diseñador gráfico, entre otras muchas cosas, e hijo mío.

domingo, 19 de julio de 2015

Hartos de Alemania

           Hay más de mil lecturas diferentes sobre la situación de Grecia y sobre las culpas compartidas en dicha situación. Pero hay una lectura clara y unívoca que aflora en rincones muy distantes de Europa y del planeta.
            Esa lectura unívoca anuncia que hay un oscuro temor que se cierne sobre los intelectuales. Habrá que aclarar que hablo de intelectuales en su mínima expresión, hablo de gente que conoce el pasado reciente, que no es poco; hablo de gente que conoce bien los procesos históricos del último siglo, las razones que los ocasionaron y las consecuencias, muchas veces dolorosas y terribles.
            El euro no es un hallazgo reciente, aunque lo pueda parecer. Ya cinco siglos, al menos, antes de nuestra era, los griegos unificaron su moneda, -la dracma- para facilitar el comercio entre las polis.
            El euro que copió aquella iniciativa razonable nos pareció un buen invento. Quizá lo sea. Pero, a falta de otras medidas de verdadera política europea, se ha convertido en una cárcel para mucha gente. La moneda única en este territorio amplio, rico, productivo y consumista ha producido infinidad de beneficios, pero lamentablemente repartidos. Y se ha convertido en un problema para algunas naciones, porque la ausencia de una política fiscal y de un parlamento verdadero han convertido la Unión Europea en un lugar inhóspito. Y no solo para los griegos.
            Por mucho que se empeñe el liberalismo radical que campa a sus anchas por los medios de comunicación, Grecia está siendo maltratada. Y me refiero al pueblo griego, porque los evasores griegos son recibidos con los brazos abiertos por la Europa falaz y aprovechada. Grecia ha cometido errores, como casi toda Europa, pero se les ha arrebatado su capacidad de autogobierno. 
            Grecia es hoy un protectorado de Alemania.
            Lo repetiré, por si acaso genera alguna duda. Grecia es un protectorado de Alemania. Las políticas impuestas a ese país proceden de Alemania, la inflexible defensora de sus exclusivos intereses, los de sus inversores  y los de su sistema financiero. No es solo culpa suya; hay una Europa modorra, cobarde, seguidista y servil que la secunda.
            Y ahora, definitivamente, hay un temor que se enrosca en nuestra mente. La Unión Europea es cada vez más tecnocrática y menos democrática. El Parlamento Europeo es una pantomima y una burla de cualquier sistema democrático. Gobierna Bruselas siguiendo fielmente los dictados de Alemania.
            Cada vez que Alemania, ese país soberbio y con la conciencia colectiva más cargada de culpa del planeta, intenta dominar Europa, acaba destruyéndola. Si Alemania tiene en la cabeza un proyecto europeo, antiguo y verdadero, se traduce en una Europa sometida a sus dictados. Hoy seguimos viéndolo con absoluta claridad.
            Y ese temor es el que acucia hoy a quien se atreve a vislumbrar nuestro futuro. La Unión Europea fue una iniciativa extraordinaria, pero la Unión Europea que Alemania maquina amenaza hundimiento y destrucción.

            

jueves, 2 de julio de 2015

Una lección inolvidable que Europa nos dicta desde Grecia

             La situación de Grecia hoy, en vísperas de un referéndum que es un bidón de dinamita, resulta una buena muestra de la incapacidad de la política europea para solucionar sus problemas. Es también una buena muestra de la vaciedad del sistema democrático en los países pobres.
            Cualquiera, medianamente informado,  sabe que la deuda griega es impagable. Tan impagable como lo era la deuda alemana en 1953, aunque la deuda griega de hoy es una minucia comparada con aquella. Y aquella acumulaba en su debe, además, ochenta millones de muertos sobre la faz de la tierra y una Europa en carne viva y dividida. 
            El gobierno griego sabe que la deuda de su país es impagable. Y la solución que los socios le ofrecen es seguir aumentando esa deuda e hipotecando el futuro del país hasta el infinito. No parece la solución más razonable.
            Cualquiera sabe, también, que la aportación de Grecia al PIB europeo es insignificante, apenas un 2%, unos ciento ochenta mil millones de euros; el PIB de Andalucía, por ejemplo, supera los ciento cuarenta mil millones de euros anuales.         ¿Alguien cree sinceramente que el peso económico de Andalucía en la U.E. podría poner en peligro la estabilidad de la moneda única y la propia idea de Europa?
            Yo, tampoco.
            Grecia, si se me permite el símil, es como el alumno díscolo al que el maestro castiga de rodillas, con los brazos en cruz y soportando un pesado diccionario en cada mano. Grecia es como ese alumno díscolo, arrodillado en el estrado, bien visible. El alumno que sirve de escarmiento a los demás.
            Desde ese estrado, en el que el pueblo griego, –el pueblo pobre, me refiero-, permanece arrodillado ante los cajeros automáticos, y  bien visible a los ojos de Europa, se nos está dictando una lección terrible y clara: votad a quien queráis, pero las políticas económicas, las únicas políticas que sirven para el diseño del Estado, las dictamos en Bruselas y  somos la voz de los mercados financieros y la del liberalismo radical.
            Quieren al gobierno arrodillado junto al pueblo, porque eso les da tranquilidad. Tsipras se niega y remolonea por el estrado. He ahí el problema primordial.
            Para ser justos, hay un culpable destacado en todo este proceso de descomposición íntima de la cohesión europea por parte del capitalismo especulativo, invasor  e imperialista. La socialdemocracia europea abandonó hace ya demasiado tiempo su representatividad y renunció al bagaje ideológico que ayudó a refundar Europa.
            Ella es la culpable verdadera.
            Han dejado vacío un espacio imprescindible para garantizar el equilibrio.
            El culpable no es Tsipras. Ninguno de los que aspiran a ocupar ese lugar desde el que se defiende el derecho de los pueblos es culpable. Son débiles, sencillamente. Y la Europa jardinera se apresta a erradicar las malas yerbas antes de que le colonicen el jardín.
            Lo que se cuece en Grecia es un golpe de Estado, cuidadosamente programado. Luego se aireará como un fracaso estrepitoso de la izquierda radical  e irresponsable y nuestro Mariano respirará con menor dificultad y puede que concilie el sueño alguna noche.
     Se confirma mientras tanto que hoy el poder politico en Europa lo ejercen las medianías incultas, salidas de las escuelas de negocio, sin idea de Historia,y sin conocimientos de geopolítica y equilibrios globales en un mundo tan lleno de tensiones peligrosas. Una de las causas de la Primera gran Guerra fue que Ruisa necesitaba salidas a los mares del Sur. Puede que ahora el agresivo Putin la encuentre sin problemas. 
       Y China, esa economía pujante y heterodoxa cuya proximidad resulta amenazante, tiene ya en Grecia un país desesperado, con los brazos abiertos.
       Mariano no salió de una escuela de negocios, pero tampoco sabe historia.No es que lo necesite; le basta con caminar arrodillado por Europa. Sin embargo guardo en mi mente una sospecha.El castigo a Grecia es consecuencia de las últimas elecciones españolas.Una de esas  alarmas histéricas que el capital ha establecido cuando su dominio recibe un varapalo ciudadano se ha encendido y repica con insistencia. El cómplice de los usureros europeos ha perdido gran parte de su poder dañino en esta España dominada. Y Europa, la Europa cínica y canalla, saca a las calles sus poderes, su dominio de los cajeros automáticos. 
   Europa nos avisa, nos está dando una lección inolvidable sobre la piel de Grecia. 


domingo, 21 de junio de 2015

El caparazón de una tortuga

            Creo que ayer se celebraba el día de la música en Europa. La Europa que comienza a descoserse necesita días así.
            Y en días así, yo recurro a mi biblia personal. ¿Qué nos cuenta sobre el origen de la música el mito griego? Apolo y Hermes están en los comienzos; ellos inventaron la música. Y Hermes, el habilidoso Hermes que lo mismo servía para un roto que para un descosido, inventó la lira tensando unas cuerdas sobre el caparazón vacío de una tortuga muerta. Luego, todo sería ir añadiendo hallazgos sobre aquel invento, hasta el complejo hydraulis, un órgano de tubos primigenio que utilizaba una mezcla de agua y viento para imitar el canto de los pájaros.
            Pero yo no creo ni en los dioses griegos que  son los dioses que llenan mi biblia personal con aventuras, excesos y caprichos.
            Nadie inventó la música. Venía ya dada con el mundo.
            Yo descubrí la música cuando aún no había escuchado tocar ni un instrumento. En mi infancia montaraz había un rumor armónico que me proporcionaba una alegría inconsciente que no puedo explicar, el del aire jugando con los árboles y el del agua que cantaba en los arroyos. Ese era el fondo sobre el que creaban los solistas sus melodías hermosas. En los primeros meses del invierno había otro fondo distante en la dehesa, como de conversación monótona, ruidosa y multitudinaria en los alrededores de un mercado, el de las grullas que acudían al amor de las bellotas.
            Los  solistas más virtuosos son los pájaros; y, en alguna estación, colaboran con empeño los insectos. Cada hora del día tiene sus solistas, pero la hora mágica es la anochecida.
            Ahora bien, para oír con nitidez ese concierto es preciso el silencio. Hace ya siglos que yo perdí el silencio, ese tesoro imprescindible para gozar de tus propias percepciones y de tu propio pensamiento.
            Por casualidad, como sucede siempre el encuentro del hombre con las leyes de la física, me di de cara con el eco un día cualquiera. Un barranco  donde el río Matachel, un río que carece de leyenda, se encajona por propia iniciativa en terrenos pizarrosos, me devolvió mi voz una mañana. Fue mágico. Luego yo frecuenté aquel sitio muchas veces y pasé horas jugando con el eco. Descubrí que el sonido, como la pelota blanca que era el regalo que me dejaban los magos cada año, volvía hacía mí si rebotaba en las paredes. Jugaba a sorprender al eco con sonidos extraños, inesperados, repentinos, con silencios prolongados para provocar su distracción. Pero era perspicaz y siempre respondía. A decir verdad, no siempre funcionó y hubo ocasiones en que me volví al cortijo defraudado porque aquel día mi compañero invisible de juegos no había acudido a la cita.
            Desde entonces me acompaña el convencimiento de que el primer instrumento musical que empleó un ser humano fue su propia voz y que la usó para imitar la partitura extraordinaria que la naturaleza le ofrecía.
            Ayer, día de la música en Europa, recibí también una de esas peticiones de apoyo a iniciativas diferentes que son tan frecuentes en la red. Esta pretende paralizar una disposición de la Junta de Andalucía que prohíbe tocar música en directo en bares y lugares no especialmente habilitados para ello.
            La he firmado.
            Seguramente la música en directo en lugares próximos a las viviendas generará incomodidades. Pero los políticos hábiles regulan la actividad humana para minimizar los inconvenientes de algunas iniciativas; los políticos que emprenden este noble oficio con vocación de servicio encuentran el modo de que intereses encontrados convivan en relativa paz; sin embargo, los políticos perezosos e insensibles prohíben, aunque afecten a la creatividad y, seguramente, al empleo en el caso de muchos grupos musicales pequeños que se dan a conocer y viven de actividades de este tipo; los perezosos emplean el poder de forma que siempre genera perdedores, generalmente aquellos cuyo voto importa escasamente. Así nos va. 
            Imaginad lo que habría sido de nosotros si a Hermes le hubieran prohibido manipular el caparazón de una tortuga muerta.
           


sábado, 13 de junio de 2015

Aviso de navegantes

De una novela, inconclusa, sin título todavía, cuya protagonista es Medea, que unió su vida con la vida de Jasón, un aventurero que rara vez cumplió con la palabra dada.

Rememorando esta aventura de los Argonautas no pude menos que asociarla a una noticia aparecida en la prensa relacionada  con un fuerte movimiento, iniciado hace meses en toda Europa en defensa de la gestión pública de los recursos hídricos. 
       Os la dejo como primicia. 


            En cualquier viaje hay días de calma, días saludables en los que nada viene a quebrar la paz de la cubierta. Ni amenaza tormenta, ni hay tierras a la vista que solivianten a la tripulación con su promesa incierta de agua fresca, huertas de  campesinos pobres, rebaños indefensos, secaderos de pescado o  muchachas que raptar en las aldeas humildes.
            En días así, los marineros dejan pasar las horas entretenidos con los dados, protegidos del sol a la sombra cambiante de las velas desplegadas.
            La realidad, entonces, no ofrece inspiración alguna. Y el príncipe de Yolco afila su inquietud, sospecha que  las musas no tienen ya querencia por el nido que laboriosamente construyeron en el interior de mi cabeza y su mirada me persigue por cubierta. Jasón aguarda con paciencia su momento de gloria. Noto en su mirada la ansiedad de aparecer enaltecido en mis hexámetros, pero no lo reclama. Heracles ya quedó atrás, desembarcado por propia voluntad, buscando a su aprendiz de héroe, a su Hilas hermoso, de cabellera ensortijada y figura confusa, que aunaba las formas del varón y la doncella. El semidiós que nunca duda ya no hace sombra al príncipe de Yolco, pero aun no habrá llegado su hora según el dictado de las musas. A falta de otro espejo en que mirarse para ver reflejada su grandeza necesita mis versos; a veces creo que es el Jasón que yo le ofrezco el Jasón que satisface su ambición de gloria, el Jasón que él quisiera que vieran los demás. Nada brillante ha acometido aún, pero encontrará sin duda su ocasión.
            Un olivar me espera.
            Decidí complacerlo, porque temo que este hombre ambicioso que navega en busca de un tesoro olvide su promesa y me devuelva al pegujal de Diceópolis, si alguna vez volvemos, con las mismas riquezas con las que salí, mi atadillo de ropa, mi bastón y mi pétaso[1].
            Así que a falta de desembarcos verdaderos tuvieron los héroes que acompañaban a Jasón un desembarco literario. Ocasión habría de que alguno de aquellos varones esforzados demostrara la razón de su fama merecida. Jasón mismo encontraría en mis versos ese reflejo de sí mismo que tanto le complace.
            En días de calma, incluso sobre la cubierta de una nave de guerra, un poeta lisiado encuentra un lugar donde escribir sus versos. Vi una luz de esperanza en la mirada de Jasón. Al fin las musas habían vuelto para darle un fundamento literario a su ambición.
            Escaseando el agua enfiló el Argo su proa hacia las costas de Bitinia; pronto afrontaríamos la temible travesía del Bósforo, la puerta que da paso, si eso place a los dioses y a las rocas viajeras,  a ese mar tan hostil al extranjero. Fue el caso que el Argo atracó sus cuadernas castigadas por las olas en las tierras de Ámico, el orgulloso rey de los Bebrices, el más insolente de los hombres y el más  lenguaraz camorrista que hayamos conocido en el viaje.  Un hombre tosco, Ámico; muy orgulloso de su fuerza.
            Envié por delante a los dioscuros, esos gemelos animosos de la estirpe de Zeus que nacieron de un huevo. Llevaban la misión de encontrar agua dulce. Y la encontraron; una fuente de aguas cristalinas que manaba entre las rocas de un promontorio cubierto de maleza.
            Buen motivo el agua para justificar una batalla literaria. El agua escasea en Grecia. El paso hacia los abrevaderos en estío ha hecho correr la sangre con frecuencia. Las musas conocen bien su oficio. Y yo guardo memoria de pastores enarbolando sus nudosos bastones en disputa por el uso del último hondón de algún arroyo para abrevar a su ganado.
            No obstante, no parecía que allí el agua escaseara, porque la fuente manaba sin cesar y su rebosadero generaba un arroyo de agua clara que se perdía en dirección a la llanura.
            Celebraron los gemelos el hallazgo con risas despreocupadas y bromas de muchachos sin maldad. Polideuces, usando sus manos entrelazadas como un cuenco, inclinado sobre la fuente para calmar su sed, había arrojado agua a  la cara de su hermano. Y Cástor, que sujetó a su hermano por el cuello en posición muy ventajosa, forcejeaba con él intentando hundir su cabeza bajo el agua en justa represalia.
            No muy lejos de ellos, emboscado en la maleza frondosa, los observaba Ámico, un hombre grande y musculoso, de aspecto temible, que cubría sus hombros y su espalda con la piel de un león, el privilegio exclusivo del rey de aquellas tierras.
            Puede que anduviera emboscado por allí Sileno [2] con su coro de sátiros, pero poco les corresponde hacer a los sátiros en un poema de héroes esforzados. Y menos en el momento culminante en el que está a punto de desencadenarse la violencia del fiero combate cuerpo a cuerpo.
            Lo vio el primero Polideuces.
            Hola, quien quiera que tú seas,- lo saludó con el tono amistoso que emplean los extranjeros en una tierra extraña. Nada temas. No somos malhechores ni ladrones. Somos viajeros de la mar en busca de agua fresca que empieza a escasear en nuestros odres.
            Hablas con Ámico, el que domina cuanto ves,- le contestó el rey de los Bebrices. Y no es costumbre en esta tierra sentir temor alguno ante los vagabundos de la mar.
            Su tono hostil no desanimó aun a los dioscuros.
            No somos vagabundos de la mar. Los varones más claros de Grecia se han embarcado con Jasón-, le respondió Cástor, escogiendo cada palabra con prudencia. Ven con nosotros hasta el barco. Tú mismo podrás comprobarlo.
            Y, en cuanto a nuestras intenciones-, añadió Polideuces,- yo te aseguro que son pacíficas y nobles. Ven con nosotros hasta el barco y volverás a tu casa con regalos de hospitalidad y compromisos de socorro mutuo, por si alguna vez los necesitas. Nosotros tomaremos el agua imprescindible y nos haremos a la mar de nuevo.
            Nadie ha tomado nunca el agua de mi fuente sin pagar el precio estipulado, por muy nobles que sean sus intenciones.
            En ninguna tierra que hayamos conocido se cobra por el agua a un navegante sediento. Los dioses repartieron el agua por el mundo y no le dieron dueño. Extraño sitio es este y extrañas son tus leyes que contradicen la hospitalidad debida a los viajeros necesitados.
            Y Cástor ya había colocado su mano sobre la empuñadura de la espada. El orgullo de un héroe está pronto a manifestarse, si una ley no escrita se quebranta. ¿Qué necio pone precio al agua? ¿Qué arrogante ambicioso quiere marcar el agua con un hierro al rojo como si el agua fuera su rebaño?
            Polideuces tranquilizó a su hermano sujetando su muñeca.
            ¿Qué precio solicitas?,- preguntó.
            Pareció reflexionar Ámico un precio razonable.
            He visto vuestro barco y parece seguro. Es un barco recio y, seguramente, será rápido. Sería un buen precio por mi agua,-dijo al cabo.
            Supieron entonces los dioscuros que un desenlace pacífico empezaba a resultar imposible en aquellas costas  de Bitinia.
            Sabes de sobra que no pagaremos ese precio,- respondió Polideuces. ¿Qué pretendes? ¿Por qué te arriesgas a provocar la cólera de la tripulación de un barco de guerra que  nada tiene contra ti o contra tu pueblo? ¿Acaso nos conoces? ¿Sabes qué hombres navegan en el Argo?  Locura me parece por tu parte. Debes saber que en ese barco, capitaneados por Jasón, navegan los guerreros más notables de Grecia. Cualquiera de nosotros conquistaría tu fuente sin esfuerzo.
            No eres sino un muchacho sin prudencia. Nadie ha vencido nunca a Ámico en un combate singular, sin armas. Sé que no ha nacido todavía el hombre capaz de derrotarme. Vuestro orgullo de guerreros escogidos merece una lección inolvidable. Llamad a vuestra gente, convocadla en ese claro en la arboleda que desde aquí se ve a orillas del arroyo; elegid al más fuerte y yo lo venceré. Ese es el precio que le pongo al agua de mi fuente. Cuando hayáis aprendido la lección, podréis tomar el agua que queráis y seguir vuestro camino.
            Sopló luego el cuerno recortado que llevaba colgado a la cintura y supieron los dioscuros que estaba convocando a su cuadrilla de hombres hoscos, seguramente un pueblo montaraz que se alimentaba de bellotas y que contaba por victorias cada combate de su jefe.  Así se suelen comportar los hombres que nunca han traspasado las fronteras del horizonte que alcanzan con la vista. No creen que conocer el otro lado de esa línea les merezca la pena. Desprecian cuanto no pudieron aprender, lo que otros saben. Y eso, en ocasiones, les conduce a la ruina.
            Ya has elegido contrincante,- afirmó Polideuces. Yo mismo tomo la obligación de darte la lección que nos reclamas.
            Soltó una risotada el rey de los Bebrices.
            ¿Un muchacho sobre el que no ha cabalgado aun una hembra placentera me dará una lección…? ¿No hay ni un solo hombre de verdad en ese barco de guerreros escogidos…? Porque sospecho que la bolsa de cuero que te cuelga entre las piernas aun está vacía, sin el peso que es propio de un varón cabal.
            No contestó Polideuces.
             Y si Ámico hubiera sido un hombre cultivado no habría retado a un combate con los puños a uno de los tripulantes del Argo, porque entre ellos , hasta hace poco, se encontraba Heracles en persona, y ahora mismo se burlaba del más destacado pugilista que hayan visto las  palestras de Grecia; retaba a Polideuces, inmortal además, si es que algo faltaba para dar cumplida respuesta a su falta de hospitalidad y a  su soberbia.
            Partió raudo Cástor llevando hasta el Argo, anclado en aguas poco profundas, la noticia de aquel reto, y pronto todos los Argonautas que portaban sus armas por si aquel desafío derivaba en combate colectivo, se encaminaban hacía el llano establecido como arena improvisada. Iba al frente Jasón  engalanado con la capa roja que era un regalo de Atenea. Su casco reluciente de argonauta en jefe, empenachado con crines de una yegua tesalia, le prestaba el aspecto de un guerrero invencible.
            Mientras, los dos púgiles habían ido descendiendo lentamente hasta el claro del bosque, a buena distancia el uno del otro y sin perderse la mirada. Ámico se burlaba del muchacho con risotadas hirientes y hacía crecer la justa cólera en el interior del vástago de Zeus.
            Pronto estuvieron todos en el claro señalado. A un lado, los Bebrices de largas cabelleras y maneras rudas; al otro, Jasón y sus notables compañeros. Los contendientes se retaban en silencio con miradas feroces. Arrojó Ámico su piel de león sobre la tierra, mientras Polideuces se despojaba de su manto delicado, bien tejido, que era regalo de una lemnia agradecida por su amorosa compañía.
             Y por cada bando, uno ayudó a envolver las manos de los púgiles con las tiras de piel de buey,  duras y secas. Cástor se encargó de ayudar a su hermano. Ámico contó con la de uno de los suyos,  malencarado y con la cara picada de viruelas locas.
            Allí, viéndolos dispuestos al combate,  resultaba desigual el reparto de fuerzas para cualquier observador poco avisado; grande, membrudo, de mirada feroz el rey de los Bebrices; cubierto  su poderoso pecho de un vello negro y rizado, como el lomo de un jabalí salvaje; Polideuces, por su parte, era lampiño, aun no le afloraba en las mejillas la rizada barba, y su mirada clara aun rebosaba de inocente juventud.
            Pero que no os engañe la apariencia. El destino de Ámico estaba escrito. Nunca más volvería a anudarse las correas en sus muñecas anchas como las ramas de una encina.
            Llegados a este punto, tras encararse ambos contendientes brevemente, comenzó el combate. Con furia inagotable lanzaba contra Pólux el rey de los Bebrices sus puños como mazas de herrero; intentaba alcanzarlo y derribarlo a tierra, pero el dioscuro, bien entrenado en la palestra, esquivaba sus golpes con movimientos precisos y elegantes. Ello no hacía sino aumentar la rabia del rey de aquellas tierras que redobló su acoso al ágil argonauta. Y con ello aumentaba su cansancio y disminuían también sus fuerzas.
            Cansado de aquel juego, decidió Pólux darle el final que merecía y pasó al contraataque. Confundió con sus fintas al gigante, amagó golpes diversos y, al cabo, aprovechando la torpeza de aquel hombre cansado, alcanzó a golpearlo en la cabeza, tras la oreja, y todos los presentes pudieron escuchar el crujido del hueso que se quiebra. Cayó Ámico a tierra como cae el animal destinado al sacrificio apuntillado por el golpe certero del oficiante. Nunca más retaría a ningún extranjero. Por un solo golpe del muchacho perdió aquella mañana su reino, el agua de su fuente y su fama de púgil invencible.
            Aquel desenlace inesperado provocó la confusión entre los suyos. Algunos se aproximaron con presteza, lo llamaban por su nombre y lo zarandeaban bruscamente con la intención de reanimarlo, pero Ámico andaba en tratos con Caronte y estaba reclamando ya su pira funeraria.
            La confusión dejó paso a la cólera, y como una jauría que se lanza contra el jabalí acorralado en la espesura, se lanzaron contra Polideuces empuñando sus armas los Bebrices. Aquella afrenta reclamaba venganza. No menos prestos estuvieron los argonautas a defender a Pólux; y el primero, Jasón que reclamaba su momento de gloria en mi poema. Fue un combate desigual y breve. Muchos de los Bebrices perecieron como era de esperar, pues se enfrentaban a los guerreros más selectos de Grecia, varones invencibles que aguardaban hacía tiempo un combate por una causa justa. El propio Jasón llenó muchos hexámetros con enemigos derrotados. Cortó tendones con su espada, quebró huesos, abrió cabezas, atravesó la piel de cabra que cubría a sus enemigos y alcanzó a herir las vísceras  de aquellos hombres  soberbios y poco hospitalarios. Allí podréis admirar su compostura y su valor, porque se muestra como el argonauta en jefe solidario que arriesga su existencia por defender a uno cualquiera de los suyos.
            Animado por el hermoso combate imaginario, llevé a los argonautas a saquear también las huertas y los rediles de Bitinia. Y no contento con aquella afrenta, le propuse a las Musas que dejaran la cabeza de Ámico, separada del cuerpo, bien visible sobre la punta de una lanza clavada a orillas de la fuente que fue la causa del combate.  Y ellas aceptaron. Fue una dura advertencia para los hombres ambiciosos que pretendan adueñarse del agua en el futuro. No creo que haya ninguno que se atreva ni a pensarlo.




[1] Pétaso: sombrero cónico de los campesinos griegos.
[2] Sileno es el jefe de los Sátiros, personajes habituales del drama satírico. Kión sin duda está aventurando el argumento de un drama satírico de Sófocles en torno a Ámico, el  brutal personaje de esta aventura en tierra firme de los Argonautas. Sabemos de la existencia de ese drama, pero desconocemos su argumento.


lunes, 8 de junio de 2015

Vivir sin esperanza

       Se desespera el presidente del Gobierno que con tanta soberbia  ha venido empleando su mayoría absoluta en contra del Estado y de la gente, y se hace cruces porque la mayoría de los partidos que han obtenido escaños o concejalías lo apartan de los pactos posibles para formar gobierno.
            Debe fallarle la memoria a este gallego gris y astuto. Y mucho. Lo que más le falla, sin duda, es la voz de la conciencia.
            Ha esquilmado al Estado que nos dimos. No contento con ello, el Programa de Estabilidad que envió a Europa no hace mucho y que ahora empezamos a conocer en sus detalles contempla para el trienio 2015-2018 una reducción escandalosa en dos servicios básicos, el gasto en Educación que pasaría del 4,7% anual del PIB al 3,7% y el gasto en Sanidad, que pasaría del 6,3% actual del PIB al 5,3%.
            ¿Qué partido sensato, que no esté al servicio de esa voluntad enfermiza  de acabar con el Estado para que los servicios que presta se conviertan en negocio de sus cómplices, aceptaría cargar con esa culpa? ¿Qué partido aceptará ser cómplice de semejante magnicidio? ¿Qué partido aceptaría cargar en su mochila con ese crimen de Estado contra el principio de igualdad ante la ley que debe regir en un sistema democrático?
            Acusa al PSOE de haberse transmutado de forma repentina en una izquierda radical, de esas que le pone a la vieja Europa los pelos como escarpias. Para morir de risa, si no fuera por las cosas  de importancia que hay en juego.
            El PP es un partido oxidado y chirriante. Es una derecha antigua, autoritaria, que confía en la incultura de la gente y en la manipulación. Con razón en parte, porque  de ambas saca réditos. Ha sido en esta legislatura mera correa de transmisión de los dictados de la Europa plutócrata y colonizadora de las economías más dependientes. Sin sentido de Estado y sin conciencia de culpa. Amoral o inmoral según las circunstancias. En democracia, ningún otro partido se manejó con tanta saña contras las clases medias y contra los trabajadores por cuenta ajena, que venía a ser  casi lo mismo.
            Desconozco si en ese partido hay gente de convencimientos democráticos. Seguramente las habrá, pero el rostro público de esa derecha patria con capacidad de gobierno es  un rostro inicuo, patibulario, sucio, culpable de mil traiciones a la ética, a los ciudadanos, al respeto a la ley y a la propia Constitución.
            Incluso el capital patrio, su compañero de viaje, parece haberse cansado de compartir semejante equipaje de corrupción y deterioro. Si alguien en este país ha aprendido de verdad las viejas tretas de la Europa cínica y encanallada que nos gobierna ha sido el capital. En Europa el chiringuito lo mantienen los pactos de la socialdemocracia reciclada por la globalización y el liberalismo que da culto al mercado libre y soberano. Aquí, de pronto, sin financiación conocida, y sin instrumentos mediáticos poderosos, ha aparecido una derecha liberal de corte elegante y europeo y discurso atractivo que ayer era solo un inaudible grito desesperado en medio del mar embravecido del nacionalismo rampante en Cataluña y hoy se postula como verdadera alternativa a la derecha casposa y agotada.
Misterios de la vida política que no desentrañaremos por ahora, ya que no resulta conveniente.
            En todo este presente ajetreado de mercadeo por el poder al tiempo que se preservan las maneras,  hay un espejo mágico que nos devuelve nuestra imagen deformada, un callejón del gato ciudadano donde confluyen todas las Españas. Durante mucho tiempo fue pasto de la ambición y la soberbia, de la obsesión por el poder. Allí una clueca sin control empolló en su nidal los primeros huevos venenosos de la Gürtel; allí camparon a sus anchas los grandes depredadores insaciables de servicios públicos en beneficio de cómplices o benefactores;  allí granó con fuerza el discurso populista y sin mesura alguna ni respeto democrático por los competidores. Y a lo que se ve, allí se da el exponente más chillón de esa derecha que no sabe gestionar con elegancia los resultados de las urnas.
             Enmascarada entre esos espejos deformantes, esa derecha  se aupó al poder desde un promontorio de basura. Allí se gestó el crimen primigenio; allí, donde la ausencia comprada de dos diputados electos socialistas en la sesión de investidura  del hombre que había ganado en buena lid,  incorporó a la política las sucias maneras del corsario y permitió a la derecha hacerse con el botín por abordaje.
Fue un extraordinario ejercicio de adaptación; al calor del poder que garantiza privilegios,  la vieja nobleza adoptó el juego democrático; tan grande fue el esfuerzo que  ahora alguno de esos nobles reciclados se maneja en el cuerpo a cuerpo con maneras de pendón arrabalero.
Hoy esa derecha, desencajada y fuera de sus goznes, chirría como la puerta de un caserón abandonado, y se ofrece desesperadamente por una migaja del poder o por la satisfacción envenenada de ver cumplida una venganza. Sin maquillaje, desbordando rabia, más parece una de aquellas viejas busconas del Madrid que tan certeramente dibujó Baroja.
Sí, pongamos que hablo de Madrid, de ese crisol de todas las Españas que, al parecer, prefiere vivir sin esperanza.
Y sí; hay mi razones para que cualquier partido con instinto de supervivencia rehúya los pactos con el Partido Popular.