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sábado, 14 de enero de 2017

Modernidad líquida

            Los obituarios de los periódicos son como unas insensibles tijeras de podar, porque con frecuencia nos avisan de que la muerte se nos ha llevado a personas que fueron nuestra referencia para entender mejor el mundo en que vivimos. El árbol del humanismo europeo va perdiendo sus ramas, mientras aguardamos que alguna primavera nos anuncie el desarrollo de otras yemas que vengan a paliar esas pérdidas sensibles. El nueve de enero murió en Inglaterra, donde vivía, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Cargaba en su vieja espalda con el siglo XX, del que fue testigo excepcional. Emigrado a la URRS en los comienzos de la II Guerra Mundial, luchó contra la Alemania Nazi enrolado en el ejército soviético y sufrió purgas y exilio como correspondía a su condición judía.
            Hasta su muerte siguió siendo un indignado nonagenario y lúcido, indignado contra el liberalismo radical que va generando desigualdades y conflictos permanentemente, mientras la resistencia intelectual se diluye de forma irremediable.
            Él nos ha explicado con lucidez envidiable nuestro estado de ánimo frente a la decadente sociedad en la que nos ha tocado vivir. Su hallazgo conceptual más original es la metáfora con la que define a nuestro tiempo, “modernidad líquida”, título de una de sus obras, porque nada resulta ya consistente. Salvando el valor del dinero, carecemos de principios sólidos que nos permitan restaurar la confianza en el futuro, la esperanza de que alguna vez recuperaremos lo perdido.
            La ética pública ha sido arrollada por el tren de la corrupción casi a todos los niveles imaginables y en cualquier lugar de la tierra al que dirijamos la mirada.
            El proyecto colectivo que hemos dado en llamar Estado ya no garantiza a los ciudadanos la aplicación de las leyes o de los principios constitucionales sobre los que asentamos nuestros valores democráticos, porque el poder ya no reside en el gobierno, nuestro delegado natural, sino en corporaciones económicas anónimas, oscuras e incontrolables que son las que regulan nuestras vidas.
            Privado de su poder, tampoco cumple el Estado su deber primordial, velar por todos y cada uno de nosotros; para eso lo constituimos. El liberalismo lo ha ido desnudando de esa función primordial mientras nos susurra que ese estado protector es inviable y que nos toca velar por nosotros mismos, bajo la falacia del emprendimiento, y no solo laboral, sino con la contratación de seguros médicos privados y planes de pensiones. Sálvate, si puedes. No esperes a los demás. No cuentes con ellos.
            El pensamiento político carece de poder para modificar la realidad controlada por los mercados y los grandes fondos de inversión que acumulan la mayor parte de las riquezas de la tierra. Casi estamos seguros de que las ideas carecen de valor porque están privadas de capacidad transformadora.
            Bauman encontró otro término preciso para definir a la mayor parte de los seres humanos empleados por cuenta ajena en nuestros días, o que esperan estarlo alguna vez, “el precariado”, incapaz de modificar bruscamente sus condiciones de vida porque es víctima de su individualismo indefenso,y porque carece de conciencia colectiva. El precariado es sumiso. Nunca llevará a cabo una revolución de clase como las que la historia ha conocido.
            Bauman siguió con interés los movimientos de los indignados en el Sur de Europa y en Nueva York. Esperaba, seguramente, de esos movimientos el crecimiento de la conciencia colectiva que requiere la modificación de nuestro presente amenazado.
            Probablemente habrá muerto desencantado.
            Y triste.
            Aunque sospecho que nunca perdió la esperanza. Eso sería la derrota definitiva. Creo que la gente consciente de su derrota acaba rindiéndose. Pero él ha muerto en las trincheras intelectuales. Dando guerra hasta el último minuto.
            Sus últimos escritos denuncian la eficacia del liberalismo en su pretensión de privarnos de conciencia colectiva. Nos ha degenerado hasta tal punto que ya ni siquiera nos remueve la conciencia el sufrimiento ajeno. Fugitivos de la miseria mueren de frío en las fronteras de la cristianísima y democrática Europa. Nos importa un bledo. Debatimos. Justificamos. Buscamos argumentos retorcidos que expliquen nuestra crueldad insolidaria. Ese es el rasgo definitorio de esta época: alimentamos una conciencia insolidaria que se oculta tras discursos ambiguos y bien elaborados.
            Quién sabe si no seremos nosotros los refugiados de mañana. ¿No os atemoriza la palabra guerra en boca del gobierno chino como respuesta a las provocaciones de esa culebra que los dioses han mandado a las ranas americanas para que los gobierne? A mí, sí.
      Perder la voz de gente como Bauman nos deja a la intemperie. Necesitamos a esta gente gritándonos al oído que otra vida es posible. O algún día acabaremos de perder definitivamente la esperanza. Y entonces ya no habrá vuelta atrás. Estaremos definitivamente alienados y vencidos.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Leña al fuego

        El nombre Andreas Schleicher no os resultará familiar; a mí tampoco hasta ayer mismo. Pero  he conocido por la prensa que es un señor alemán, principal responsable del informe PISA. Solo ese detalle ya despierta mi interés.
    Tras la polvareda mediática que han levantado los resultados de los escolares españoles  en dicha evaluación en el presente curso, afirma este hombre algunas cosas dignas de mención en la entrevista que ha concedido a los periódicos.
        Dice, por ejemplo, que los salarios de los profesores en España convierten la enseñanza en un oficio muy bien pagado, pero que, lejos de comportarnos como profesionales agradecidos y prácticos, actuamos sin motivación, como gente que acude a una fábrica sin implicarse demasiado en  lo que hace. Vivimos de espaldas a la realidad, excesivamente preocupados de los contenidos, sin atender a la verdadera formación que los jóvenes necesitan.
         Ya sabemos la causa principal de los resultados poco satisfactorios.
         Ganamos demasiado, rendimos poco. Empeñados en los inútiles contenidos, no colaboramos en su propósito de fabricar mano de obra acrítica, acomodaticia, y hábil con las nuevas tecnologías o dispuestos a inventar instrumentos novedosos de producción masiva sin necesidad de mano de obra humana. Esperan nuestra colaboración en el montaje de esa pieza humana en el engranaje productivo. Lo demás no importa. Las personas y sus proyectos vitales han de estar supeditados a su afán de controlarlo todo para garantizar el beneficio desmedido de una minoría poderosa y manipuladora.
    ¿Qué contenidos sobran? En realidad, todos. Las personas más capaces del futuro han de ser emprendedores individuales, con capacidades informáticas, experiencia en redes y buena disposición para trabajar en su propio domicilio. Allí prestarán servicios a la gran empresa sin vínculo laboral alguno y sin otro derecho que cobrar por su trabajo, cuando lo realicen, en dura competencia de precios con los millones de emprendedores que habremos fabricado. Habrá millones de emprendedores autónomos, saqueados por el propio Estado que le exigirá cuotas insosotenibles de cotización, y hambrientos. Ese futuro asoma ya su rostro indeseable. Los Centros escolares han de fabricar emprendedores y olvidar los inútiles contenidos. 
      En realidad los conocimientos de Historia, de Filosofía, de Arte o de Literatura son inútiles, una rémora porque quien sepa Historia o Filosofía estará bajo sospecha. Puede esconder bajo la piel un ser inadaptado, un espíritu inconformista, la semilla de una revolución. Los contenidos están cargados de peligro. Enseñan que las verdades únicas son el fundamento de las dictaduras.
      Las apreciaciones de este individuo coinciden en el tiempo y en la motivación con las propuestas del FMI, que recomienda a Rajoy controlar el gasto en Enseñanza y Sanidad, dos servicios públicos innecesarios y ostentosos, un lujo irresponsable impropio de un gobierno sensato.
         Afirmaciones de este tipo son realmente insultantes e inaceptables. Sobre todo porque proceden de un individuo que, seguramente, no habrá pasado ni un minuto en un centro escolar de este país.Descalifica a los docentes españoles y los arroja a los pies de los caballos, porque para eso cobra su salario. Seguramente no habrá intercambiado una sola palabra con ninguno de ellos. Nada sabe de los docentes españoles , pero los califica de inútiles y poco agradecidos con el lujo de salario que perciben. Y en este país cainita e irreflexivo, la opinión maliciosa de ese desconocido será para muchas personas una verdad indiscutible. 
      Pero quien tiene el poder tiene a los medios a su servicio, y su atrevimiento, lejos de comportarle consecuencias, seguramente le traiga prestigio y dividendos.La mentira y la manipulación se han convertido en el instrumento más valioso para dirigir a la ciudadanía por la senda conveniente.
    El capitalismo global y sus secuaces no reparan en medios para lograr sus objetivos. No hay a la vista ni un principio moral que pueda defendernos de la minoría  que se ha adueñado de nuestro presente y amenaza nuestro futuro. Nunca han tenido tantos medios ni tanto poder. Nunca hemos estado más indefensos. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

A vueltas con PISA

            Las evaluaciones Pisa son como el virus del Herpes. Permanece adormecido y olvidado hasta que las condiciones medioambientales o nuestras defensas bajas le permiten reactivarse y fastidiarnos. Así, este incordio se activa cada tres años y se convierte en tema de debate, en arma arrojadiza o en instrumento para denostar al sistema educativo. Y, de paso, a quienes hemos hecho de la Enseñanza nuestro medio de vida y de inserción útil en la sociedad.
            Y, como en tantos otros aspectos, damos por bueno el plato que nos ponen en la mesa  sin hacernos ni una sola pregunta al respecto de ese menú del que ni sabemos si tiene como objetivo alimentarnos o dejarnos desnutridos e inermes.
            Probablemente no habrá que preguntarse por el autor del plato. Casi todos sabemos que es una evaluación que propone la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo que agrupa a los países más desarrollados de la tierra, por así llamarlos. Podríamos llamarlos también los países que más atentan contra la sostenibilidad, la igualdad y el medio ambiente, por ejemplo.
            Pero sí podríamos preguntarnos qué se la ha perdido a esta gente en los asuntos de la educación.
            Mucho.
            Consideran la inversión en educación un paso más en el proceso productivo. Según las circunstancias, proyectan a largo plazo las necesidades empresariales sobre el perfil del trabajador medio y lo reclaman con insistencia a los países miembros. La educación solo les interesa en este aspecto, en aquello que tiene que ver con el mercado laboral y las necesidades de la gran empresa. De ahí que su evaluación resulte tan incompleta y tendenciosa. Una evaluación dictada por el gran capital internacional.
            Trabajan a muy largo plazo y conocen el paño, porque el mundo se encamina hacia donde dictan los intereses económicos cada vez más concentrados, poderosos y ocultos tras las grandes corporaciones financieras. Son el gobierno verdadero, pero  de rostro desconocido que jamás se someterá a las urnas.
            Y son hipócritas y falaces. Hablan de la educación como si les interesara el conocimiento, la cultura, la creatividad y la independencia humana. Nada más lejos de la realidad.
            Como prueba de lo que digo os remito al  cuaderno de política económica nº 13 de la OCDE del año 1996. Se pude buscar en internet.
            Establecía la OCDE, ya en esas fechas, que el mercado laboral de los países desarrollados manifestaba una tendencia bipolar, se generarían empleos de alta cualificación tecnológica y bien remunerados, pero en torno al 60 % de los empleos futuros  sería para trabajadores sin cualificación.
            Esas previsiones se están cumpliendo. Y ante esta perspectiva, el capitalismo se planteaba, ya en 1996, la absoluta ineficacia económica de la masificación de las enseñanzas
                        La estrategia política recomendada por la OCDE a los gobiernos socios era disminuir de forma paulatina la dotación a la enseñanza; ir bajando gradualmente la calidad de la misma mediante el aumento de las ratios escolares, las horas de dedicación del profesorado, la supresión de programas de atención a la diversidad, la selección temprana del alumnado cuyo destino debería ser engrosar esos empleos de baja cualificación, y, al tiempo, aumentar las exigencias económicas en las matriculas de la Universidades e ir disminuyendo la cantidad destinada a  las becas. 
      En toda regla, una selección de las dos clases de individuos que su diseño global de nuestros vidas les permite concebir. Y no caben dudas de que las posibilidades económicas serán determinantes en establecer en qué parte del tablero le tocará vivir a cada uno. Esa es la filosofía del neoliberalismo radical. Tendrás todos los derechos que tú puedas pagar.
            Fueron esas las premisas que siguió fielmente la reforma educativa del PP, que conocemos como Ley Wert, pero que debíamos conocer, en mi opinión, como Ley Montserrat Gomendio. Era ella la musa que alumbraba las propuestas de Wert y es ella la que hoy ocupa un puesto relevante en la propia OCDE como responsable de programas educativos. Wert es ya un fantasma político, un mal recuerdo.
            ¿Son dignos de respeto los resultados de una evaluación educativa instigada por quienes conciben la educación con los criterios que aparecen en ese boletín?
            ¿De verdad hemos de escuchar sus valoraciones interesadas?
            Y por lo que poco a poco vamos conociendo, PISA es un instrumento más del pensamiento único y un instrumento de negocio de quienes la diseñan, la realizan y la evalúan. La intención es clara: convertirla en una competición más entre países hasta el punto que condicione definitivamente los programas educativos. PISA es un viaje sin retorno hacia las plataformas educativas que ya están en manos de gigantes de la comunicación y de las redes sociales. Serán ellos, los intereses económicos, los que diseñarán al individuo del futuro, porque condicionarán su pensamiento y su proyecto vital.
            No. No me preocupan lo más mínimo los resultados de la Evaluación PISA. Me preocupan sus aviesas intenciones.
            En nuestro caso PISA es, además, un motivo más para sentirnos avergonzados.
            No ya por los resultados. 
    Juraría que son evaluaciones adulteradas con intencionalidad política. Parece ser que en Andalucía, por citar un caso relevante, de los cincuenta y cuatro centros seleccionados, las dos terceras partes eran de zonas deprimidas social, económica y culturalmente.
            ¿Casualidad? Lo dudo. Todo vale para desgastar al enemigo.
            Siento vergüenza por la actitud de los políticos que nos merecemos porque los hemos elegido. Enarbolan los resultados, como si fueran una verdad indiscutible y eterna, y se los lanzan unos a otros a la cabeza para que no olvidemos que la Educación en este país no es un bien común necesario que merece un pacto de estado y fe en su capacidad transformadora.
             Ellos no permiten que se nos olvide que la Educación es, ante todo, un campo de batalla. Ellos, sus técnicos a sueldo, infectan de palabras redundantes e inútiles el Boletín Oficial cuando escriben sobre educación, pero solo la burocracia educativa prospera con salud envidiable, mientras la sociedad se empobrece culturalmente con absoluta indiferencia y hace huelga de deberes escolares.
           


jueves, 8 de diciembre de 2016

Censurando a los clásicos

            No soy  experto en nada, salvo en sobrevivir a las decepciones, pero eso no me distingue del resto de la humanidad. Todos lo somos.
            Anuncio esta obviedad, porque voy a hablar de narrativa norteamericana del siglo XIX, a la que me he acercado escasamente, como lector y nunca como estudioso. Ruego, por tanto, generosidad a los estudiosos con las simplezas que siguen.
            Tres o cuatro nombres me resultan familiares. 
      Como a vosotros, me resulta familiar Edgar Allan Poe que coincide en el tiempo y en los temas de misterio con los románticos europeos. 
      Contemporáneo de Poe también me resulta familiar Daniel Hawthorne, solo por su novela “La letra escarlata” que conocí gracias al cine (Demi Moore, Gary Olmand y Robert Duvall), porque el cine nos ha puesto en contacto con grandes obras de la literatura universal. 
    Amigo de Hawthorne fue Herman Melville al que todos conocéis por Moby Dick, novela que, desde mi punto de vista, ya es comparable a las grandes creaciones del Realismo europeo.
            Produciendo buena literatura en el XIX encontramos también a Henry James y a Jack London, aunque ambos están a caballo entre el XIX y el XX. De Henry James no he leído nada, pero tengo su nombre en mi lista de autores recordables, sepa dios por qué.
            Y he dejado para el último lugar al autor que ha provocado este escrito, Mark Twain, seudónimo de Samuel Clemens, el primer gran narrador americano no nacido en la cosmopolita Costa Este, sino en la América profunda de los Estados del Sur, que aun rumiaban su derrota en la guerra civil, cuando él publica sus obras. Muchos otros autores hablan de él como el primer novelista genuinamente estadounidense. William Faulkner lo califica como el “padre de la literatura americana”.
            Lo traigo a colación por la noticia que hoy ha caído en mis manos. La novela “Las aventuras de Hucklebery Finn” ha sido prohibida en los centros escolares de un condado de Virginia (EE.UU) porque su lenguaje puede ser ofensivo para muchas personas. Se emplea el término “negro” de manera insultante. No olvidemos que un esclavo negro fugitivo es el coprotagonista de la novela junto a un paria adolescente, también fugitivo, que se encomiendan al padre río Mississipi en busca de una vida más decente.
            La noticia del día comunica que comparte esa prohibición escolar con la obra “Matar un ruiseñor”, de Harper Lee en el estado de Virginia.
            “Las aventuras de Hucklebery Finn” ostenta el dudoso honor de ser el libro más censurado en las instituciones educativas del país, aunque de esta novela dice Ernest Hemingway que “es el libro del que procede toda la literatura americana. Todos los textos estadounidenses proceden de este libro. Nada hubo antes. Nada tan bueno ha habido después”.
No creo que el americano medio tenga más datos que yo sobre la novela producida en su país durante el siglo XIX. Apenas cinco o seis nombres reseñables dentro de ese siglo en el que la literatura europea produce una cosecha interminable de gigantes narrativos.
            No obstante los persiguen en sus centros escolares. Olvidan que la Literatura y el Arte asumen muchas veces la obligación de ponernos ante nuestras contradicciones, nuestras maldades terribles y nuestras inmoralidades para que asumamos, al menos en conciencia, el compromiso de no repetirlas.
            Ambas obras son un alegato extraordinario contra el racismo, una denuncia descarnada de esa deformidad que ahora arraiga de nuevo entre nosotros.
      El pueblo americano se considera patriótico y defensor de lo suyo. Deben creer que la patria es un concepto difuso envuelto en la bandera  de las barras y estrellas.
            Quien persigue a sus clásicos está condenado a la ignorancia sin remedio. Y la ignorancia puede poner en la Casa Blanca a ególatras y descerebrados sumamente peligrosos.
            Quien ignora a sus clásicos está condenado a la inmadurez permanente y a regir su vida por una ética superficial e inútil. Tan superficial como las razones de esta censura inmerecida. Las palabras no hacen daño. Daña la intención con que se usan. Pero hay quien solo escucha el eco de las palabras porque es incapaz de adentrarse en el alma de las obras literarias. ¡Pobre gente! Más que encolerizarme, su estupidez me apena. 
            A los niños americanos los daña la comida basura, la vocación declarada de Trump de reactivar los usos del carbón, el áspero ambiente social que está ensuciando la convivencia en su país, y esas escuelas que prohíben la lectura de sus clásicos e incluyen el creacionismo en los programas escolares.
      Ayer , en la sala de profesores del Centro andaluz en el que me honra trabajar no hablábamos de los resultados de Pisa. Desconfiamos de ellos lisa y llanamente. Son manipulables y manipuladores y no compartimos sus objetivos.
            Echábamos en falta adaptaciones para edades escolares de algunas de nuestras obras clásicas, La Celestina  por ejemplo. Si alguien intentara vetarnos a nuestros clásicos en nuestros centros escolares, seguramente correría la sangre. 
       Y no sería la nuestra.
           
            

jueves, 24 de noviembre de 2016

Celebración que debería avergonzarnos

         Mañana celebra el mundo civilizado, por decirlo de forma generosa, el día mundial contra la violencia machista. Cualquier día debería serlo. Contra cualquier tipo de violencia, pero especialmente contra esta que hunde sus raíces venenosas en una tradición lentamente amasada y horneada.
            Aristóteles, el gran filósofo griego que mantenemos en la cumbre del pensamiento occidental, considera  a la mujer un ser menor, dependiente, sin raciocinio suficiente para el conocimiento de lo útil, lo justo y lo razonable. Debe estar sometida a la autoridad de un varón.  Y justifica su situación discriminada dentro de la sociedad, porque es un varón incompleto.
            Toda la tradición oral y escrita desde la antigüedad está llena de mujeres culpables. La misoginia comienza su andadura feroz en el interior  de los libros sagrados, desde el momento mismo en que los dioses se dignan dotarnos de existencia  como criaturas suyas.
            Lo peor es que muchas mujeres aceptan ese papel de seres incompletos y culpables. Lo peor es que muchas mujeres  justifican a sus maltratadores y creen que las vejaciones, la humillación y la violencia son siempre un castigo merecido.
            Pronto,- está en imprenta-, verá la luz una novela, cuyo estímulo pusieron en mi interior unas alumnas humanistas, conscientes, independientes y armadas de un feminismo ajustado a los tiempos que les tocó vivir.
            Afirmé en su presencia que Medea, la tragedia de Eurípides, era uno de los hitos misóginos de la literatura griega. Pero que yo me imaginaba a aquella muchacha colca sometida a otras tensiones en un país extranjero cuyas costumbres y cuya lengua le resultaban desconocidas.
            Me pidieron mi versión y les prometí tenerla en un par de años. Ya está en imprenta. En enero la presentaremos en sociedad.
            En uno de sus pasajes, esa Medea que yo imaginaba luchando por su matrimonio y por sus hijos en Corinto, es víctima del síndrome de Estocolmo de la mujer maltratada. Sirva este pasaje con el que yo recuerdo que mañana, y cualquier día, tenemos que colaborar en erradicar esa tradición vergonzosa, para poner de manifiesto que esa tradición misógina repta también en las obras de los poetas líricos, aquellos que se esfuerzan en explicarnos con palabras hermosas ese sentimiento, a veces cruel y posesivo, que llamamos amor, aunque no siempre merezca dicho nombre.

              “Medea era una mujer inteligente. Ninguna duda abrigo sobre eso. Más inteligente que la mayor parte de los hombres que yo haya conocido. Y era también altiva y orgullosa. Pero hasta una mujer inteligente y altiva, cuando el desamor la sorprende de forma repentina, puede sentirse confundida, ignorar lo que sus ojos ven, redimir al culpable verdadero y culparse a sí misma del fracaso.
              Jasón la repudió porque aspiraba al trono de Corinto. La ciudad entera lo sabía. Y ella lo supo siempre. Pero, a veces, se empeñaba en sentirse culpable.
              He oído que los griegos tienen diez tipos de mujer;- dijo una noche.
        A nueve las marcan sus defectos y solo una os merece respeto. Una entre diez mujeres os merece respeto; las otras nueve son seres despreciables.
         Sabes cosas de Grecia que yo no sé, señora.
     No respondió; quizás hablaba para sí misma en mi presencia, sin intención alguna de compartir conmigo sus reflexiones doloridas.
     Muchas veces me he preguntado yo cuál de esas mujeres será Medea para Jasón ¿La sucia mujer cerda…? ¿La mujer comadreja lujuriosa…? ¿La mujer yegua orgullosa y coqueta…? ¿Verá Jasón en mí a la mujer mar que cambia con frecuencia de humor y de intereses…?
     Me miró al fin y pude confirmar que el destinatario de sus palabras era yo.
    Siendo estos comentarios asunto de varones, dime, aedo, ¿compartió Jasón contigo alguna vez si era yo su mujer perra, la que ladra y gruñe sin cesar? ¿Te dijo si era yo su mujer mona, horriblemente fea? ¿Es esa la razón de que se haya arrojado en los brazos de Glauca…? ¿Me repudia por eso?
       Jasón jamás me habló de esas mujeres que mencionas, señora,-respondí.
        Y era absolutamente cierto.
      Con ninguna mujer defectuosa te comparó jamás en mi presencia. Nunca habló mal de ti, ni se quejó de tu actitud estando yo presente.
     Tú eres un hombre griego, ¿qué mujer ves en mí tú…? ¿Una de esas que ya te he mencionado? ¿Acaso soy yo la mujer tierra, avarienta y exigente, la que no da tregua a un hombre a cambio de favores escasos? ¿Soy yo la mujer raposa, astuta y siempre dispuesta a salirse con la suya…? ¿O ves en mí a esa mujer abeja laboriosa que vela por su casa sin permitirse distracciones, la única con la que un griego estaría dispuesto a desposarse?            
    ¿Quién es Medea, aedo
     ¿Es la mujer burra, torpe y terca?
     ¿Cuál de esas mujeres apartó a Jasón de mí?
    No estoy seguro de que esas mujeres sean diferentes entre sí,- le dije yo. Una mujer podría ser cualquiera según las circunstancias. E incluso, la laboriosa mujer abeja está dotada de aguijón. No es que yo sepa mucho de esas cosas, pero nunca he oído a los griegos con los que tengo trato hablar de esas mujeres. Quizás es que es asunto para tratar en la intimidad con los amigos y yo no tengo amigos verdaderos.
              Escruté su rostro, pero era inexpresivo, oscurecido por un velo de tristeza.
               Esas mujeres,-seguí diciendo yo-, serán la invención de poetas ricos, aburridos y poco afortunados. Y yo no puedo estar de acuerdo. Una mujer me enseñó cuanto sé, empeñada en hacer mi vida llevadera. Esa mujer, la única mujer que yo conozco de verdad, es fuerte, paciente, tan valerosa que discute a los dioses el derecho a establecer nuestro destino. Nunca desmaya. Nunca maldice. Nunca se queja. Ojalá muchos varones griegos fueran como ella.
              De nuevo escruté su rostro, pero seguía siendo el rostro inexpresivo de una persona derrotada.
              ¿Quién es Medea, Kión?
              Fue la primera vez que su boca pronunciaba mi nombre. Y, según sonó en sus labios, Perro es un nombre hermoso. Presiento que su boca será como cuajada que se endulza con miel cuando ella besa a un hombre con pasión. En sus labios sonaba mi nombre como el de un hombre libre; no sonaba como el nombre de un esclavo de las minas, ni como el nombre de un perro callejero.
              Y la pregunta que por segunda vez me dirigía era una herida abierta que supuraba confusión. Mucha amargura esconde en su interior alguien que no se reconoce cuando se mira a los espejos.
              Pareces una mujer que vive como rehén del varón que la desprecia. ¿Por qué te empeñas en culparte?,- le pregunté ¿A cuál de ellas prefieres que yo señale como causante del abandono de Jasón? Tú temes la soledad en la que te deja; te has quedado sin patria y sin familia; necesitas que él siga protegiéndote y prefieres que el tribunal de tu conciencia lo declare inocente. Así, si un día volviera y reclamara tu perdón, tú te apropiarías toda la culpa y le concederías tu lecho a un inocente. ¿Eres tú la que te burlas de las mujeres griegas, tan sumisas…? ¿Eres tú la muchacha colca que se arriesgó a subir a un barco de piratas griegos?    
              Y en cuanto a quién es Medea,- respondí sin pensarlo-, yo te lo diré.. Medea es un ser humano amenazado y solitario; tan solitario que ha de llamarme al gineceo para tener con quien hablar, aunque no sea yo sino un campesino torpe y desmañado que nada sabe del amor ni ha convivido nunca con mujer alguna. Eres también una madre que teme por el futuro de sus hijos.
              Quizás la sorprendí. Quizás ya solo esperaba de mí respuestas evasivas, las que había encontrado casi siempre que me llamó a su lado.
              Me miró con dulzura.
              No eres un campesino desmañado y torpe, aedo.
              Si hubiera estado sentado junto a ella, seguramente su mano perfumada habría acariciado mi mano intentando consolarme por aquella triste visión de mi mismo que yo le había permitido descubrir.”  

martes, 15 de noviembre de 2016

PARA QUE NADA CAMBIE


     No negaré que el triunfo de Trump me ha sorprendido casi tanto como me ha disgustado. También me ha provocado una indudable desazón, como a casi cualquiera de vosotros. 
     Trump tiene rasgos enfermizos, de soberbio irreflexivo; y por lo que he conocido de su discurso, carece, además, de cualquier forma de cultura; sobre todo de cultura política y de sentido de estado. No puede tenerlo quien presume de haber evitado pagar impuestos durante dieciocho años, porque “es listo”, en su opinión, para eludir sus obligaciones ciudadanas, a pesar de ser multimillonario.
     Puede que la Constitución americana tenga establecidos rígidos controles para el sistema presidencial si ese poder enorme cae en las manos inadecuadas. Los entendidos reconocen que en política interior, el presidente de los Estados Unidos carece de autonomía. Pero no hay ningún político  de ningún país democrático que tenga mayor capacidad de decisión en política exterior. Trump tiene en ese campo unas enormes posibilidades de empeorar la situación del mundo, ya de por sí bastante tensa y complicada.
      Nos sorprende, también, que un tipo detestable como él, sin apenas educación, que aprovecha las oportunidades que ofrecen los sistemas democráticos, incluso a quienes los desprecian, haya podido ganar unas elecciones presidenciales en los Estados Unidos, en contra incluso de su propio partido. 
     En realidad Trump no es republicano. Aprovecha la estructura de ese partido en beneficio de su ego. La actividad política es un entretenimiento de muchos millonarios necesitados de acrecentar su imagen triunfadora. 
     Él estará satisfecho. Lo ha logrado. Otros muchos, antes que él, no tuvieron éxito.
      Y en cuanto a las razones de su triunfo inesperado, yo las desconozco en su conjunto, pero estoy convencido de que buena parte de su éxito en las elecciones la debe al voto de un amplio grupo de gente desencantada a la que los nuevos procedimientos del capitalismo, la globalización, han empobrecido y dejado sin futuro. Especialmente obreros industriales de las antiguas ciudades fabriles, especialistas bien pagados hasta hace algunos años, a los que sus empresas trasladadas a países con mano de obra casi esclava y sin derechos reconocidos, han dejado en situación desesperada.
    Ellos han escuchado el alegato del candidato republicano contra el sistema, el mismo sistema que ha enriquecido a Trump y que ha favorecido su oscura trayectoria hasta el éxito económico.
    Da igual. Todos mienten en las campañas electorales, pero este nos entiende y nos dice lo que queríamos oír. 
    No se trata de incultura solamente, aunque también habrá resultado determinante en el resultado final. La falta de esperanza en el futuro genera una amargura densa en la conciencia humana. Y Trump ha olfateado esa amargura y ha sembrado una semilla de esperanza con sus mentiras descabelladas en esa masa de desahuciados económicos por el capitalismo sin fronteras.
      Nada cambiará en la vida de esas gentes, si esperan que sea el presidente electo quien les traiga soluciones.
      Pero antes de ayer estaban, como quien dice, fuera del sistema. Y nadie sabe qué hará una muchedumbre sin esperanza cuando toma conciencia de su fuerza colectiva, incluso en los Estados Unidos donde el individualismo es tan radical que resulta lastimoso.
     Trump los ha devuelto al sistema. Podían ocupar las plazas y remover los cimientos sociales, pero ahora permanecerán en casa porque se sienten representados. 
     Alguien se encargará de sus problemas; alguien les ajustará las cuentas a los chinos; alguien expulsará a los emigrantes hambrientos que les roban los puestos de trabajo; alguien castigará con aranceles a las empresas deslocalizadas que fabrican a precios de tercer mundo y venden a precios de lujo, mientras los condenan al paro y la miseria.
     En realidad, el sistema no teme a este individuo en absoluto. Puede que haya provocado cierto escándalo con sus discursos irreverentes. Pero eso es pura hipocresía. No hay nada que el capitalismo dominante no pueda orientar en su propio beneficio. Ni siquiera ese tipo estúpido, inmoral y ególatra.

     El poder establecido respira aliviado. Las bolsas se mantienen perfumadas y tersas como jóvenes doncellas recién bañadas. Las clases medias empobrecidas y sin futuro de la América profunda aguantarán todavía un tiempo aguardando a que el millonario triunfador les devuelva la antigua prestancia y los antiguos sueldos.
        Salvando las distancias, la nueva izquierda política sacó en España a los indignados de las plazas, capitalizó su indignación y logró una representación sorprendente en el Parlamento Nacional.
       Había llegado una nueva era. Nada sería ya igual. España debía hacerse a la idea de que se avecinaban cambios que nos devolverían la dignidad, la esperanza y unas instituciones respetables.
        Algo cambió, el nombre de una calle, o de alguna plaza; y alguna estatua que nadie se detenía a contemplar hace ya mucho tiempo ya no está donde estaba. Pero hoy sigue gobernando el Partido más dañino y corrupto que hayamos conocido en democracia.
    En realidad nada ha cambiado, salvo que ya no hay indignados ocupando las plazas.
      Era de esperar. Algunos años antes, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia trajo la revolución para mantener a Berlusconi en el poder.
         Cosas que pasan.
      A veces pienso que la propia democracia ha alcanzado un grado de descomposición tan acusado que resulta necesario reinventarla.
   Cambian las máscaras, pero el guión permanece inalterable. Y en el guión actual siempre hay un drama en el que todos somos a la vez público arrastrado a la fuerza y actores invitados.




sábado, 5 de noviembre de 2016

LA ESCUELA INTELIGENTE


            La Ley General de Publicidad española de 1988 incluye la publicidad subliminal como un tipo de publicidad ilícita, definiéndola como “aquella que por ser emitida con estímulos en el umbral de la sensibilidad  no es conscientemente percibida”. Por consiguiente, la prohíbe y castiga con grandes multas su incumplimiento.
            La Unión Europea aún carece de legislación común al respecto, aunque cada uno de sus integrantes disponga de legislación particular.
            Existe el convencimiento de que esa publicidad se ha practicado en el cine y en la televisión desde su propio nacimiento.
            Aunque se tilda de mito malicioso, el caso que os traigo apareció en un manual de psicología para documentar el procedimiento empleado y los efectos de la publicidad subliminal sobre el cerebro humano.
            Se dice que durante años una de las grandes multinacionales americanas de bebidas de Cola participó en la producción de infinidad de películas a fin de filtrar una grabación propia  como publicidad subliminal en esas películas. Veintitrés de las veinticuatro imágenes que se proyectan por segundo sobre una pantalla de cine para dar sensación de movimiento real pertenecían al guión verdadero, pero una de ellas era de un sediento caminante solitario por un espacio desértico.
            El ojo humano no capta esa imagen oculta entre las otras veintitrés, pero el cerebro humano sí la capta.
            Fuera cual fuera el final de aquellas películas, la del sediento tenía un final feliz, porque justamente al borde del desierto, cuando ya parecía condenado a la deshidratación y quién sabe si a la muerte, aparecía de forma milagrosa un kiosco salvador con el logo de la marca de refrescos de cola y el sediento podía calmar su sed terrible con una botella de aquel refresco que rezumaba gotitas de agua fresca ante millones de espectadores desconocedores del proceso publicitario al que estaban siendo sometidos, sin la opción de cambiar de canal.
            Será un mito seguramente. Pero creo que aquella práctica quedó legalmente prohibida en los Estados Unidos en 1974 por una demanda de una firma competidora.
            He recordado aquel pasaje del manual de psicología en el capítulo dedicado al conductismo y su principal aportación al mundo en el que vivimos: “da a una persona el estímulo adecuado y casi siempre conseguirás de ella lo que esperas”. La publicidad y el ejercicio político dan fe de la eficacia de ese dogma conductista.
            La publicidad subliminal está prohibida ya en 50 países al menos, según los datos que conozco.
            Pero esa prohibición no es respetada en casi ninguno de ellos en el sentido estricto.
            Os dejaré una reflexión al respecto.
            El diario El País, en su edición del viernes 4 de noviembre, en su sección de Ciencia y Tecnología, a página completa y bajo el titular “Despega la Escuela Inteligente”, glosa una experiencia escolar patrocinada por los gigantes que controlan las comunicaciones  en Internet y la telefonía móvil.
            Según el publirreportaje disfrazado de noticia, en esas escuelas, antiguo lo que dice antiguo, de la vieja escuela, solo quedan los pupitres de madera. Todo se andará, porque ya he visto, disfrazada de noticia en un telediario, la publicidad encubierta de los primeros pupitres digitales.
            La firma de  telefonía ha proporcionado de forma gratuita a todo el alumnado de los centros seleccionados tabletas y pizarras interactivas. El gigante de Internet proporciona el programa educativo que deben emplear.
            A ninguna de esas firmas las tengo catalogadas como grandes benefactoras de la humanidad. Es, como todos suponemos, un patrocinio interesado. Se trata de generar la necesidad en los demás de disponer de esos recursos tan “inteligentes” y costosos.
            A la hora de buscar nichos de consumidores, ninguno es más seguro que el mercado educativo. Nos han sitiado y están descargando sus cañones, de forma que las escuelas parecen Leningrado.
            Eso no es, desde luego, publicidad subliminal, porque es publicidad  muy evidente.
            La publicidad canalla está en el título.
            El oído no percibe el mensaje de que esta escuela a la que van vuestros hijos es una escuela poco inteligente y desfasada, pero la mente sí.
            Lo que hoy hacemos, a pesar de todas las carencias y a pesar de todas las dificultades, y a pesar de las siete Leyes Generales de Educación que hemos visto desfilar ante nosotros en nuestra corta democracia, no es escuela inteligente; la escuela que amamos y a la que hemos entregado nuestra vida es la escuela torpe, inadaptada y vieja de los pupitres de madera.
            ¡Malnacidos! ¡Cuánto veneno subliminal en un titular, seguramente mal pagado!
            Bendicen esa escuela cuyo centro serán los aparatos costosos y donde los programas educativos habrán sido diseñados a medida de los intereses del gran hermano, porque enseñará desde pequeños a manejar las herramientas con las que habrán de trabajar.
            De eso se trata.
            Niños yunteros otra vez.
            No los quieren amarrar a  un arado y a una yunta.
            Los quieren amarrar a un móvil, a una tableta y a una red.
            Y desde la propia escuela, con la sonrisa complaciente de maestros colaboradores.       
            La escuela que ha dado sentido a buena parte de mi vida aspira a proporcionar otros instrumentos más nobles, más necesarios, más imprescindibles para aspirar a la felicidad que merecemos.
            Y alguna vez en mi vida he practicado esa escuela, incluso en alguna choza miserable, sin luz eléctrica, sin libros y con escasos cuadernos y lápices. Seguramente no era la escuela inteligente.
            Era la miserable, desde luego, pero cumplía con los requisitos de la escuela verdadera, la que tiene por objetivo ayudar a las personas a tomar conciencia de su propia dignidad. Y casi no hay recuerdo en mi vida profesional que me produzca más orgullo que aquellos veranos en el poblado del pantano Torre del Águila, donde represaliados del franquismo estaban condenados a vivir en la Edad Media.
            Cuando llegamos, salvo dos o tres jóvenes, toda la gente era analfabeta y cercada por el miedo. Hoy ese poblado no existe; empezó a morir cuando les enseñamos a leer y a escribir; a todos, a cualquier generación que llegara a la choza escuela. Estábamos abiertos diez  o doce horas al día, todo lo que nos daba de sí la luz solar.
            Y aprendí junto a ellos a detectar la publicidad subliminal en asuntos como este.
            Yo sé que la escuela que predican con tanto encono,  con tantos medios, con tantas opiniones interesadas empeñadas en su defensa, es una escuela manipuladora y consumista.
            Bienvenidos sean los nuevos medios tecnológicos.
            Les reconozco su valor indudable.
            Pero nunca permitiré que se conviertan en el centro ni en los dominadores de un hermoso proceso de comunicación y enriquecimiento mutuo donde los protagonistas somos mi alumnado y yo.
           ¿Alguien sabría decirnos hasta qué punto resultaron positivos para la educación pública andaluza los millones de euros invertidos en ordenadores portátiles individuales que la Junta distribuyó entre miles de alumnos? ¿Alguien sabe de ellos ahora mismo?
            Cualquier escuela auténtica ha sido siempre inteligente, malnacidos.
         Las máquinas y los programas educativos son simples instrumentos. Nosotros, los seres humanos, somos la parte inteligente de esta historia.