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sábado, 30 de agosto de 2014

Progresamos

      El veinticinco de agosto París estaba engalanado para celebrar que setenta años antes fue liberado por los aliados de la ocupación alemana. Un turista desavisado tenía la obligación de preguntar si los fastos previsibles afectarían al horario de apertura de los museos. Entonces descubrí que la celebración era un asunto de políticos y de instituciones. El pueblo de París no celebraba nada y la vida seguía con absoluta normalidad en esa ciudad desmesurada.
            Justo en esas fechas de  celebración artificiosa Hollande provocaba una crisis de gobierno. Tres ministros contestatarios de la izquierda socialista han sido relegados. Los tres se mostraban reacios a aplicar las políticas de Bruselas, que son las de Alemania; he podido leer sus razones en la prensa: son políticas que producen un sufrimiento innecesario al ciudadano, están ahogando la economía de su país y, de momento, no han detenido la sangría del desempleo que, a pesar del repunte del periodo turístico, ha crecido casi un tres por ciento en el último semestre.
            Durante mucho tiempo hemos vivido convencidos de que los grandes males del pasado no volverían jamás porque el comercio global y la mutua dependencia lo impedirían.
            Pero el caso de Francia, por citar el más cercano, nos devuelve al pasado de una forma evidente. El imperio ha vuelto. Antes los imperios eran el resultado de la conjunción de una megalomanía, un ejército poderoso que conquistaba los territorios deseados y unos teóricos a sueldo encargados de justificar  las tropelías con argumentos morales. Hoy los ejércitos ya no resultan necesarios. La megalomanía sigue imponiendo su criterio enfermizo, unos pocos necesitan acumular riquezas de forma desmedida a costa del resto de la humanidad. Y los teóricos a sueldo esgrimen un argumento que estiman del todo incontestable. El Estado es caro; los servicios que el Estado presta son inviables. Al parecer la riqueza que generamos tiene un destino digno, acabar en las manos de una minoría extractiva y, en muchos casos, delincuente. Ese destino es más digno que paliar desigualdades con servicios públicos gratuitos de calidad.
            El mundo es de ellos. La riqueza es de ellos. Cualquier propuesta que niegue ese principio es utópica, irracional, irresponsable.
             Un imperio invisible nos domina, nos impone medidas que no compartimos, vacía de contenido nuestras leyes, nos esquilma y nos impone un futuro lamentable.
            Hemos vivido convencidos de que los males del pasado no volverían jamás. Pero vuelven con obstinación.
            Creíamos que ya ningún país se anexionaría territorios ajenos empleando la fuerza. Pero Putín, una megalomanía antigua perfectamente conservada en el alcohol del vodka, se anexionó Crimea con toda impunidad  ocupándola con su ejército disfrazado y ahora amenaza Ucrania, un país soberano, a donde transporta sin tomarse la molestia de ocultarlo su artillería pesada y sus carros de combate.
            Y un pasado aun más lejano se cierne sobre nuestra plácida confianza en el futuro: una peste mortal se adueña poco a poco de un continente entero. Como ha sido siempre un mal de pobres africanos, hoy es incurable. Nadie se tomó nunca la molestia de buscarle remedio. ¿Para qué buscar remedios a una enfermedad que afecta a gente que no puede pagarlos? Pero, de pronto, descubrimos que ninguna frontera es eficaz contra la muerte. Nos hemos dado de bruces con la dolorosa evidencia de que el Ébola, como el capital inversor, tiene vocación globalizadora y llama a nuestras puertas.
              Y se multiplican las tierras convulsas, - Irak, Siria, Libia, Gaza-  donde la paz, como una flor cortada, se ha marchitado de forma irremediable, donde la vida carece de valor bajo la fuerza destructiva de la invisible tectónica de placas de los intereses encontrados y las cuentas pendientes. 
     Mientras en el Oriente próximo, El Estado Islámico resucita la Edad Media con una violencia inesperada, exigiendo la conversión al Islam o la vida. Un genocidio más, en nombre de la pureza de una fe que niega lo que afirma defender.
Mucho más lejos, un viejo debate sobre islotes esparcidos por el mar de China, nos aboca a los comienzos de aquella guerra destructiva que el pueblo francés, con buen criterio, no quiere recordar.
         Cada gran crisis desembocó en un conflicto armado cada vez más destructivo, como si la humanidad necesitara una cura de humildad o una catarsis.
           Durante mucho tiempo hemos visto las guerras como algo ajeno, distante, como un incendio controlado porque la industria de la guerra necesita mercados.
            Hoy ya no sé si esa paz que nos permitía una placida existencia está garantizada.
            Sin duda progresamos.     


domingo, 3 de agosto de 2014

Las dimensiones de la crisis

     La crisis económica en el sistema capitalista es siempre una posibilidad. Esta que ahora nos marca la piel comenzó a gestarse en 1999.Quizás esta de ahora sea la crisis más explicada y estudiada de la historia de la humanidad. A pesar de ello, también es probable que sea la que se haya gestionado con peores intenciones. Y por si alguien cree que he perdido la referencia temporal de acontecimientos tan próximos, explicaré las razones de mi afirmación.
Existía en los EE.UU. una ley, con vigencia desde el ¡1923! que separaba claramente la Banca de depósitos, la que atiende a los ciudadanos y gestiona sus cuentas y sus ahorros, de la Banca de inversión, la que maneja los mercados y persigue obtener beneficios, -cuantos más y en menor plazo, mejor-,  a toda costa, aun a riesgo de perder en ocasiones. Unos han de perder para que otros ganen en el mar inestable de las finanzas plagado de bucaneros amorales a los que el liberalismo extremo que domina la política de los estados ha concedido patente de corso.
            Esa ley separaba claramente la banca del ciudadano medio, cuyos ahorros eran imprescindibles para su futuro, para garantizar recursos en las épocas malas o una vejez decente, de la banca de los que estuvieran dispuestos a arriesgar su dinero en ese juego de azar que llamamos Bolsa, ese lugar del planeta con el microclima más favorable para la generación de delincuentes. Y las separaba porque en ese  juego, como la historia cotidiana nos demuestra, muchos pierden. Había que defender a toda costa de ese riesgo los ahorros de las clases medias, un significativo porcentaje, por otro lado, de la capacidad financiera de un país.
En 1999 esa ley de derogó. Ahí, en las Cámaras Legislativas Americanas, se gestó el comienzo de esta ruina y de esta negativa transformación de nuestro mundo. La Banca de los ciudadanos corrientes comenzó a arriesgar los ahorros de las clases medias en operaciones de inversión escasamente fiables y contaminó con su procedimiento a buena parte del sistema financiero mundial. 
En España el único rescate que hemos necesitado hasta el momento ha sido el rescate del sistema financiero. Una vez más el espejismo del crecimiento infinito, perseguido por los seres más irracionales de la tierra, nos condujo a la catástrofe.
Las consecuencias de esta crisis han transformado Europa de forma radical. Ha afectado, por supuesto, a buena parte del mundo, pero ha sido Europa, el continente más sensible porque gozaba hasta entonces de la mayor calidad de vida de la tierra, el que ha sufrido las consecuencias más visibles.
Como una bomba de racimo, esta crisis ha ido explotando en diferentes ámbitos de nuestra vida.
Primero, fueron las consecuencias económicas. De crisis financiera se convirtió con la virulencia de un incendio en un trigal de junio en una crisis económica de carácter general; luego, en una crisis de deuda de los países más dependientes de los mercados para su financiación; una vez en esta rueda, las garantías exigidas  a los países más endeudados se han llevado por delante el Estado del Bienestar que garantizaba cotas altas de igualdad.
Y ahí explotó el racimo de las consecuencias sociales. Sería prolijo enumerar aquí  los sufrimientos a los que se están viendo sometidos millones de seres humanos. La precariedad, la pobreza, la indefensión frente a sus necesidades primarias, la vaciedad de los derechos que consagran las Constituciones se han instalado en nuestras vidas. La desigualdad, el gran enemigo de una organización social equilibrada y pacífica,  se multiplica hasta cotas inaceptables en una sociedad democrática y desarrollada. 
Y eso ha traído la tercera explosión de consecuencias que apenas estamos descubriendo; las formas actuales de participación política parece que ya no responden a las nuevas exigencias. La crisis financiera que originó el neoliberalismo envenenado y su rechazo a cualquier control de sus desmanes por parte de las leyes, de la propia sociedad en su conjunto, ha puesto en riesgo también a sistemas democráticos aparentemente bien consolidados. Los ciudadanos tienen la impresión de que los gobiernos ignoran las necesidades de los pueblos, porque no coinciden con las exigencias de los mercados y los inversores. Es el capital especulativo es que establece las normas de este juego. Eso parece y eso se ajusta a la realidad que nos acosa. ¿De qué nos sirve entonces esta aparente democracia….?
Pero hay una cuarta explosión que tiene sus manifestaciones cotidianas y sangrientas. La crisis financiera ha acelerado la crisis de valores. La ética se ha volatilizado, presionada por los innegociables intereses económicos. La mayor monstruosidad que puede cometer cualquier especie es atentar contra sí misma: Y si la que  lo hace es una especie racional que fue capaz de establecer, por encima de cualquier credo o cualquier circunstancia, los derechos humanos como un código sagrado, no es sino una muestra de que la  locura y la ambición desmedida caminan de la mano.
Hay mil ejemplos cada día en que se desprecia al ser humano, convertido en un activo más, pero quiero centrarme en dos muy actuales y en el comportamiento hipócrita del mundo civilizado.
Los separatistas ucranianos, apoyados militarmente por Rusia que los arma, derriban un avión comercial  de pasajeros en un vuelo internacional que cruza el territorio que dominan. Un crimen de lesa humanidad en toda regla sin justificación alguna. La Europa civilizada, democrática, cristiana, y uno de los mayores consumidores del mundo, aspecto que también le otorga autoridad, ha tardado una eternidad en reaccionar, y la reacción no ha sido unánime. Rusia es la dueña del gas que Europa necesita, y Rusia es uno de los clientes más activos de la industria armamentística de Europa. ¿Qué importa un crimen más de lesa humanidad, si están en juego los sacrosantos intereses del dinero…?
Y a gran distancia de este avión sacrificado, en Gaza se está cometiendo un genocidio. Un doble agente lo perpetra. 
De una parte Hamás provoca al enemigo despiadado con cohetes que en poco o nada afectan a la seguridad del carcelero que lo tiene sitiado en un reducido campo de concentración. Seguramente es un ataque diseñado para provocar la respuesta desmesurada que suele ser costumbre en esa zona. Espera conseguir con ello alguna reacción internacional, supongo yo. A cambio, no le importa sacrificar la vida y la seguridad de miles de sus conciudadanos.
De otra parte, Israel actúa con la táctica que lo ha defendido hasta hoy de sus vecinos, sembrando el terror con respuestas inhumanas y crueles que ignoran absolutamente los derechos humanos, las leyes internacionales y cualquier convención establecida para caso de conflictos armados.
Israel reacciona como un estado terrorista. 
No lo digo yo; con otras palabras más comedidas que las mías lo declara el Secretario General de la ONU. Pero la ONU es solo un foro impotente, condicionado por el derecho de veto de los ganadores de una guerra antigua y destructiva.
Cualquier ser humano racional esperaría una intervención autoritaria del resto de las naciones civilizadas, una condena, al menos. Inútilmente. Israel frecuenta las ferias secretas del mercado de armas. Debe ser uno de los mayores consumidores del mundo. Una bendición para los fabricantes de cualquier país. Los gobiernos civilizados rezan por la paz e invocan la cordura entre los contendientes desiguales. Mientras, van atendiendo las demandas de los arsenales de Israel y bendicen el generoso uso que hacen de sus instrumentos de destrucción.
Ciertamente, estas situaciones no son una consecuencia directa de la crisis. La crisis solo ha acelerado el deterioro de los derechos humanos, la indiferencia ante los genocidios. 
Israel ganará esa guerra contra sus prisioneros, pero habrá perdido definitivamente el respeto de cualquier ser humano racional, en cuyo interior aun alumbre un destello de humanismo. Eso carece de importancia para ellos, porque aquellos que manejan los hilos del poder verdadero han confirmado con la crisis que la ética que debiera regir el comportamiento de la especie ya no cotiza en sus mercados, que el desprecio que nos generan los comportamientos inmorales y violentos, incluso la ira indefensa que sentimos, no alcanza a sus elevados torreones, donde impera el cinismo, la mentira, el desprecio a la vida y cualquier crimen que genere beneficios.


sábado, 26 de julio de 2014

Y aun no nos han bajado los impuestos

 Tiempo ha faltado. No bien removieron la historia interesada e irresponsable de la pretendida bajada de impuestos para capturar el voto irreflexivo, surgieron las consecuencias.
            Son sólo 255 medidas sin padre conocido. 255 tijeretazos a las condiciones de vida de millones de ciudadanos. 255 nuevas razones para quemar una por una las papeletas con las que el PP nos pedirá el voto en las próximas elecciones.
            Las hay de juzgado de guardia: vergonzantes copagos sanitarios por asistencia a consulta, tasas hoteleras en los hospitales públicos; nueva ampliación de la jornada laboral a los trabajadores del Estado y reducción de plantillas de los servicios públicos; de entre ellos se ceban con encono en el profesorado al que se le recortará el diez por ciento de los complementos de su sueldo, al tiempo que le reducen la plantilla subiéndoles la ratio, el número de escolares en cada clase. A quien el diez por ciento de los complementos no le parezca un recorte inaceptable en las condiciones laborales de un profesor público le recordaré que en el salario del profesorado el sesenta por ciento (6 de cada 10 euros de su nómina) corresponde a complementos; proponen igualmente la congelación del Plan de Asistencia a personas dependientes con lo que ya nadie podrá ser reconocido como tal en un país que va tan extraordinariamente bien que puede bajarnos los impuestos.
            Educación y Sanidad Pública son las dos piezas predilectas de todos estos emboscados cazadores de servicios públicos. Depauperarlos, trocearlos, venderlos a sus cómplices como casquería en los tenderetes del neoliberalismo oportunista es su proyecto más cuidadosamente planeado.
            Mientras tanto once mil millones que han sacado de nuestros bolsillos acaban de desaparecer por las alcantarillas de la corrupción  o la irresponsabilidad financiera.
            De un plumazo.
            Rajoy y sus ministros se felicitan. España es un país modélico; sus medidas dan fruto. Se crea empleo. ¡Claro! Crearán algunos más. Cada empleo que han destruido sus medidas generará tres seguramente, pero precarios, mal pagados, por horas, sin derechos. Crearán muchos al tiempo que los irán destruyendo sin parar. El primer año, el despido del trabajador resulta gratis. No genera obligaciones a la empresa. Sabed que se acabaron los empleos estables, sobre los que una persona podía establecer los cimientos de una vida. El F.M.I. se felicita. La O.C.D.E. aplaude. España ya es un territorio conquistado, pasto de fondos buitres, oportunidad de otras burbujas que se levantarán sobre la piel de trabajadores sometidos e indefensos. Se felicitan, aplauden, pero advierten. Aun falta apretar un poco los grilletes: rebajar las obligaciones sociales de la empresa, subir los impuestos indirectos, rebajar salarios.
            Todo funciona ya casi como se había planificado. Menos Estado y se acabó la rabia; trabajadores indefensos, y se acabó la rabia; individualismo cercado por la miseria  y se acabó la rabia.
            Mientras aquellos sindicatos de los que íbamos del brazo ganando posiciones hacen cola en los juzgados, contaminados por la corrupción. Se acabó la rabia.
            Se acabó la rabia. Por el precio de cuatro años atrás de una cabeza obrera, hoy el mercado te está ofreciendo tres, sin ataduras, sin obligaciones, sin derechos, sin problemas. Se acabó la rabia.
           No sé si os lo habré dicho alguna vez que no quiero que Rajoy me baje los impuestos.
            Cuando una buena parte de estas medidas, de padre cobardemente desconocido, sean consensuadas por el Consejo de Política Económica y Fiscal y aprobadas por la mayoría destructiva que este pueblo le otorgó a una derecha sin conciencia, calculad cuánto os cuesta cada euro miserable de rebaja fiscal con el que Rajoy quiere compraros vuestro voto. 
  Quizás sea pertinente recordar que cada voto a Rajoy es un diente que se añade en el engranaje de la maquinaria que destruye el Estado y el futuro. Porque este gobierno es una fábrica de pobres incontables y cada pobre nuevo es un escalón que el país desciende hacia la ruina duradera, hacia un futuro oscuro, insolidario y bronco, hacia una sociedad inaceptable, injusta, y miserable.



sábado, 19 de julio de 2014

¿Quién le escribirá las editoriales a El País...?

           Hay una página que El País titula “opinión”, y que, salvo la viñeta de El Roto, no lleva firma alguna. Es de suponer que es la opinión de la propia cabecera. Uno de sus espacios fijos se denomina El acento. Y ahí se valora algún episodio notable de los acontecimientos cotidianos.
            El jueves, diecisiete de julio, El País puso el acento en las reformas fiscales que el Partido Popular ha debido llevar a cabo.
            Leyéndolo no se me ocurre otra cosa que preguntarme si no convendría a los periódicos controlar el nivel de alcohol en sangre a la gente que escribe editoriales. O el nivel de otras sustancias,  que incapacitan igualmente para actividades que exigen cierto grado de cordura. La incapacidad para proceder con honestidad tiene otras causas, más profundas y mucho más difíciles de corregir.
            Ese acento, tosco, ultraliberal y manipulador, afirma sin empacho que el pobre Partido Popular se encontró con la herencia de un déficit inesperado, y que no le cupo más remedio que subir los impuestos. Dice El acento de ese día que la opción pasaba por subir el IRPF o subir el IVA. La disyuntiva ya parece peregrina. ¿Por qué no ambos? El desconocimiento o el olvido de otro tipo de medidas impositivas al alcance de los gobiernos  nos avisa ya de que esta opinión nace de la osadía, pero jamás del conocimiento. Es como tantas otras que se vuelcan alegremente en los medios de comunicación, una opinión interesada; por tanto despreciemos su valor informativo.
            Ante dicha tesitura,-sigue diciendo el  acento de ese día-, el Partido Popular optó por no tocar el IVA, que habría sido la medida más sencilla y eficaz. ¿La subida del 18% al 21% y la eliminación del IVA reducido en infinidad de productos, incluyendo la oferta cultural de este país, es no tocar el IVA? En su lugar adoptó la medida populista de “subir más los impuestos a los que más tienen”, cosa nefasta “porque afecta al consumo” al reducir la capacidad de gasto. La subida del IVA no afecta al consumo, al parecer.
            Y esa subida de impuestos a las rentas altas,-elevación del impuesto máximo-, produjo, además, una consecuencia negativa. Los que más ingresan dejaron de declarar sus ingresos a Hacienda. Mala política de los gobiernos intentar que paguen impuestos los más ricos, porque se les provoca y evaden en defensa propia. Baste decir que el aumento del umbral máximo fue de un cinco por ciento. Desde que comenzó la consabida crisis mis emolumentos han bajado por encima del diez por ciento, por ejemplo. Y sobre la pensión mínima de un jubilado agrario extremeño, nonagenario y gran dependiente, pesa ahora un veinte por ciento del total que percibe, que abona en copagos farmacéuticos, en esa tierra que gobierna, con permiso de Izquierda Unida, el verso suelto del Partido Popular, el “barón rojo” que baja los impuestos a los extremeños. Entre veinte y treinta euros al año, en el colmo del populismo envenenado.
            Oigo este discurso vergonzante desde hace ya demasiado tiempo. El Estado te roba lo que es tuyo cuando te cobra impuestos para atender a los vagos, desocupados e irresponsables; o a los viejos que tienen la ocurrencia de vivir demasiado. Que cada cual se ocupe de sí mismo. Menos Estado. El Estado es superfluo, salvo en cuestiones de defensa del orden y de los enemigos exteriores. Es el mensaje del Tea Party, el de la derecha salvaje de los Estados Unidos; el mensaje de FAES, esa máquina de generar ideas, según El País nos ilustró en su día.
            Lástima que quienes han cargado con la parte más pesada de la crisis, quienes han perdido su trabajo y su casa, quienes han pedido gran parte de su salario, quienes han debido aceptar el empobrecimiento de los servicios públicos –casi cincuenta mil trabajadores menos en la Enseñanza y más de treinta y cinco mil trabajadores menos en la Sanidad-, carezcan de instrumentos de defensa para paliar las consecuencias. Lástima que quienes encuentran ahora un empleo precario, sin garantías ni derechos laborales, con salarios de hambre y horarios de la primera Revolución Industrial no encuentren formas de evasión de esas obligaciones impuestas por los esclavistas de nuevo cuño.
            Que este acento reflexionara sobre la verdadera reforma fiscal que España necesita sería mucho pedir. Pero, es bien simple. La principal reforma fiscal que España necesita es  la persecución del fraude fiscal hasta sus últimas consecuencias. Un tercio del PIB no paga impuestos. Recuperando esa riqueza legal que pertenece a la nación, a todos los ciudadanos, en diez años el déficit fiscal se habría reducido a la mitad, a pesar de las locuras que el sistema financiero y los sucesivos gobiernos hayan podido cometer. Nuestro problema del déficit fiscal es, fundamentalmente, un problema de fraude acumulado.
            Pero esto es populismo. Derivar la carga fiscal hacia los injustos impuestos indirectos es realismo político y económico. Pues, asentados en esa realidad miserable, nuestro futuro como país  democrático y desarrollado es inviable. Así de claro hay que decirlo. La brecha de las desigualdades será tan grave que el concepto democracia aplicado a nuestra organización política será una hiriente falsedad.
            Quizás El País ha externalizado, procedimiento muy en boga ahora, la redacción de sus editoriales y ahora se las redacta Marhuenda o los ideólogos de FAES, esa máquina de parir ideas que no tiene igual en el territorio patrio.
           


martes, 8 de julio de 2014

Un cínico no puede ser, además, desmemoriado.

        Un tipo, de nombre Ángel Gurría, que se adorna con el ostentoso cargo de Secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), afirmó ayer que un estudiante japonés tiene el mismo nivel, al acabar la Secundaria, que un licenciado universitario español. Y la prensa servil y vicaria ha convertido la ocurrencia de un cínico en titular indiscutible.
            El titular es lo que importa, especialmente el titular intencionado.
            Es esta OCDE la misma que saca conclusiones de Evaluaciones interesadas que desde hace mucho tiempo evalúan competencias de una educación sesgada por los intereses económicos que dominan nuestro mundo. Una de las conclusiones más recientes, de este mismo curso, relacionada con la Evaluación Pisa de las personas adultas, es que en los países de peores resultados en dicha Evaluación era imprescindible aceptar que los sueldos debían ser más bajos.  
            No hace falta indagar mucho más. Parecen gente diferente, pero disparan desde la misma trinchera. Este país debe aceptar que hay muchas razones objetivas para aceptar salarios miserables. Vivimos durante los años de las vacas gordas muy por encima de nuestras posibilidades y no sabemos hacer la o con el canuto de marras. De eso se trata, y el mensaje de este cínico no tiene otro objetivo.
            Además de cínico, resulta tener poca memoria. Quizás, porque siendo como es de suponer un licenciado universitario, debe andar por los niveles  de un estudiante japonés de Secundaria.
          La derecha europea y universal, la que arrebata a los pueblos los derechos conquistados, al tiempo que los empobrece y los prepara para el sometimiento al sistema productivo rayano en la esclavitud legalizada, esa derecha que domina la OCDE, diseñó la política educativa que habían de seguir en el siglo XXI los gobiernos de sus socios, los países más ricos de la tierra. Y las líneas maestras de esa política educativa quedaron plasmadas en su cuaderno de política económica nº 13, del año 1996. No se trata de un invento reciente, desde luego. Establecía la OCDE, ya en esas fechas, que el mercado laboral de los países desarrollados manifestaba una tendencia bipolar, se generarían empleos de alta cualificación tecnológica y bien remunerados, pero en torno al 60 % de los empleos futuros  sería para trabajadores sin cualificación.
            Lógicamente, ante esta perspectiva, el capitalismo se planteaba, ya en 1996, la absoluta ineficacia económica de la masificación de las enseñanzas. Las clases medias no sólo deben aceptar su pérdida de poder adquisitivo; habrán de aceptar también el empobrecimiento cultural.
            La estrategia política recomendada por la OCDE a los gobiernos era disminuir de forma paulatina la dotación a la enseñanza; recomendaba no limitar el acceso a las enseñanzas públicas, aspecto que tendría fuerte contestación social, sino ir bajando gradualmente la calidad de la misma mediante el aumento de las ratios escolares, el aumento de las horas de dedicación del profesorado, la supresión de programas costosos de atención a la diversidad, la selección temprana del alumnado cuyo destino debería ser engrosar esos empleos de baja cualificación, y, al tiempo, aumentar las exigencias económicas en las matriculas de la Universidades e ir disminuyendo la cantidad destinada a  las becas.
       Lo que está haciendo el gobierno del Partido Popular paso por paso. Dejé constancia de esto en la entrada de este blog “Wert ha plagiado su reforma educativa”. Yo, un pobre licenciado español, aun conservo buena parte de  mi memoria.
            ¿Es esta OCDE la que ahora pretende darnos lecciones morales sobre la calidad de nuestra enseñanza, o nos la habrán cambiado…?
            Por otro lado, ¿qué horizonte contempla hoy en este país cualquier aspirante a lograr una titulación? Solo  siete de cada cien titulados universitarios españoles tienen un empleo acorde con su cualificación profesional. Baste la muestra del Tribunal de Cuentas, donde se valoran infinitamente más los lazos de sangre que los títulos. Para el otro noventa y tres por ciento el horizonte es paro, subempleo, o emigración.




martes, 1 de julio de 2014

Ética de la avaricia

    En su día, la crisis fue crisis verdadera. Uno más de los incendios cíclicos que el capitalismo, pirómano obsesivo, ha ido generando en la historia de la humanidad. Y algunos  en el siglo XX resultaron devastadores. Tuvieron como consecuencia confrontaciones armadas duraderas, destructivas, que afectaron a casi todas las naciones industrializadas  del  mundo.
            La primera gran guerra, de cuyo inicio mediático se cumplieron 100 años el pasado día 28, tuvo como una de sus causas primordiales la insatisfacción del capitalismo alemán por el reparto colonial, donde quedó en clara desventaja con respecto a Francia y a Inglaterra en la búsqueda de mercados para sus excedentes industriales, de materias primas baratas, y de yacimientos de inversión para su capital. Había otros intereses, desde luego. No fue Alemania la única causante.
            Pero estábamos hablando de la crisis actual, de las crisis cíclicas que el capitalismo provoca cada vez con más frecuencia, aunque de diferente intensidad. No puede ser de otra manera. Hay varios principios motores en la economía capitalista que no pueden desembocar sino en la quiebra del sistema. Uno es la necesidad de crecimiento permanente. Hay que crecer. Otra es la del consumo. Sin consumo creciente no puede darse el crecimiento. Y el tercero de esos principios motores es que  la ausencia de regulación del capital es beneficiosa para la sociedad en su conjunto, aunque en ocasiones produzca algunos daños inevitables. Son la ley del mercado. A veces se gana y a veces se pierde. Esos principios configuran una espiral envenenada. Responden a la ética de la avaricia y la ética de la avaricia se olvida de la auténtica ética, el principio que debiera regir siempre las relaciones entre los seres humanos; y se olvida de la responsabilidad que esta especie racional debiera asumir con el planeta, y eso es tanto como decir la responsabilidad con el futuro de la propia vida.
            Hay una economía real. La humanidad produce y comercia cada año con bienes y servicios (PIB) cuyo valor de mercado real es de unos sesenta billones de euros. Y hay una economía ficticia que es la que rige, en realidad, el mundo. Los mercados, esos templos obscenos plagados de ludópatas ansiosos e inestables donde se adora al dios dinero y se practican cada día millones de sacrificios humanos para lograr su favor, hacen circular en sus apuestas cada año seiscientos billones de euros, diez veces la riqueza real que la humanidad produce. Todo ese dinero fingido aspira a conseguir grandes beneficios, una porción creciente de la riqueza real que producimos, la única que existe. Y de hecho, lo consigue. Los que acumulan esos beneficios no son muchos. Por consiguiente, para el resto el reparto no puede resultar satisfactorio.
            Casi la mitad de la riqueza real de la tierra la producen entre la Unión Europea y los Estados Unidos, dos sociedades sumidas en una profunda crisis económica donde las desigualdades crecen a un ritmo mayor que en cualquier otro lugar de la tierra. Resulta inexplicable. Y, en realidad, quejarnos casi resulta obsceno. Cinco de cada seis personas subsisten con la otra mitad de la riqueza del planeta. Si el crecimiento de la desigualdad en nuestro caso es lacerante, en el caso de otras regiones del mundo no puede crecer más porque ya tiene un límite inmoral; establece la frontera entre la vida y la muerte, por inanición, por la violencia circundante, por catástrofes naturales, o por enfermedades erradicadas del mundo desarrollado.
            Pero cualquier sistema tiene sus ideólogos, sus oficiantes revestidos de autoridad, sus predicadores y su propio evangelio, sus mentiras sagradas, repetidas para que se conviertan en verdades indiscutibles.
            Una de esas mentiras sagradas se refiere a uno de los principios motores que cité más arriba, la necesidad del crecimiento. Una economía que no crece al ritmo adecuado no genera empleo. Eso dicen. Y para crecer hay que resultar competitivos. Pero esa competitividad, los oradores sagrados y sus gobiernos vicarios la han trasladado al empleado.  Ser competitivo, con las otras personas desesperadas que mendigan un puesto de trabajo supongo, significa aceptar salarios muy por debajo del salario mínimo, aceptar jornadas de trabajo de diez o más horas, -o de una-, renunciar al descanso semanal, regalar horas extraordinarias a la empresa, y asumir que se detraiga de tu salario el coste total de los seguros sociales, cuando no aceptar un contrato de servicios como autónomo para que la empresa no asuma obligaciones legales con el trabajador. De paso, el Estado que anima estas prácticas estimulando el espíritu emprendedor, aguarda a cada uno de esos inocentes que se esclavizan a sí mismos, con cargas impositivas prohibitivas, persecuciones y desconfianzas. 
            Fue crisis, pero se ha convertido  en una magnífica oportunidad para que el capitalismo nos arrebate, de golpe, derechos laborales tan duramente conquistados. También para que nos arrebate otra buena porción del fruto de nuestro trabajo. Ha contado para ello con la complicidad inestimable de su brazo armado en el Parlamento, al que el pueblo incauto le otorgó una preciada mayoría absoluta, confiando en que era, como aseguraba Cospedal, el partido de los trabajadores.
            Habéis tenido recientes noticias del gobierno, buenas noticias porque Rajoy nos baja los impuestos. Si os da por informaros, veréis que las bajadas llamativas afectan a las rentas altas o muy altas; veréis que esa bajada de impuestos a las rentas altas o muy altas empobrecen las cuentas del Estado, y que habremos de pagarlas entre todos. Europa exigirá subidas de IVA o recortes sustanciosos  en las inversiones del Estado. Eso se traducirá  en menos empleo público y empobrecimiento de los servicios que el Estado debe prestarnos a cambio de nuestros impuestos. Podríais comprobar, si os interesa la verdad y no las baratijas que vocean desde el púlpito los vendedores de humo para atrapar vuestros votos, que la rebaja de los impuestos de los más ricos, la pagamos nosotros, como siempre.
            Pronto tendréis nuevas noticias del gobierno. Los predicadores del éxito de las políticas de Rajoy y sus medios informativos contaminados nos alegrarán cada mañana con estadísticas luminosas; crecerá el empleo este verano como nunca en los últimos años, aumentará el número de afiliaciones de forma llamativa; España será Jauja, el país de la alegría.
            La verdad sin embargo es que será empleo  a tiempo parcial, o precario, mal pagado, en condiciones de indefensión legal y casi de esclavitud legalmente aceptada. Casi ninguno de esos nuevos empleos librará a las personas afortunadas que los logren de la amenaza de la exclusión social. Habrán salido de las estadísticas del paro, trabajarán diez horas casi privados de los derechos que la ley tiene establecidos para las relaciones laborales, pero no podrán atender a las necesidades de su familia.
            ¿Cómo lo llaman empleo cuando su nombre es esclavitud atenuada…?
            Fue crisis, pero la han convertido en ocasión. Ocasión para poner en prácticas las inhumanas reglas que santifica la ética de la avaricia.
           



domingo, 22 de junio de 2014

Populismo

   El término populista está de moda. Y está cargado de intenciones aviesas. Descalifica. En nuestro caso  viene a significar práctica política inadecuada que consiste en atraer el voto de la gente menos dotada de conocimiento sobre la compleja realidad de la economía y la política con propuestas imposibles de cumplir, pero que responden a necesidades viscerales de  la masa. Casi como sinónimo, se emplea también antisistema. Y desde posturas más desapasionadas, se acusa al populismo de ser simplista en el análisis de nuestros males e iluso en la propuesta de las soluciones. Sea lo que sea el populismo , según quien use el término, es siempre producto de un sistema democrático que no responde a las exigencias ciudadanas. Ahí radica el problema verdadero.
            La descalificación de los movimientos insurgentes surge de todos los rincones donde arraigó el poder acomodaticio durante nuestra corta democracia. Cuarenta años no es nada, pero a las corrientes sociales dominantes que consiguieron arraigar en partidos políticos con capacidad de constituirse en fuerzas de gobierno, les ha dado tiempo a generar en su día expectativas justificadas, a consolidarse en el panorama político hasta el punto que consideraron que era una situación inamovible para la que no existiría jamás alternativa, y a degenerar de forma acelerada. Y este declive repentino, aunque el sistema bipartidista, zarandeado por la crisis y su envenenada gestión, venía dando señales de decadencia,  los tiene confundidos..
            No sé decir cuál de los males que los aquejan les produce más deterioro, pero, por una parte, han perdido la decencia y se han dejado invadir por prácticas corruptas en el ejercicio del poder y en el manejo de los recursos públicos, y por otra, han creído  que la democracia es un asunto de los propios partidos, un negocio privado de equilibrios entre los profesionales del poder político, un juego de roles al margen de la ciudadanía a la que solo recuerdan en las campañas electorales.
            En tiempos de bonanza, cuando la existencia de la mayor parte de los ciudadanos de un país resulta llevadera, se atiende a las necesidades básicas de tu familia, y el grado de libertad que necesitas para sentirte dueño de tu vida no está en riesgo, podemos perdonarles a los políticos sus desviaciones. Podemos ignorarlos.
            Pero cuando una mayoría ve en peligro su sistema de vida, sus derechos, los servicios públicos que le garantizaban cierta igualdad ante la ley, es imprescindible recuperar el protagonismo. Cuando el desempleo, la exclusión social, el hambre, la pobreza, el abandono a su suerte de cuatro millones de compatriotas desempleados y sin protección estatal te golpean la conciencia, es preciso  empuñar la propia soberanía y reclamar que la política cumpla su cometido principal, arbitrar soluciones a los problemas humanos. Cuando millones de jóvenes profesionalmente muy preparados ven pasar los años en los que han de dar forma a su proyecto vital sin encontrar empleo, o viéndose obligados a emigrar, es imprescindible que una sociedad se pregunte qué parte de su organización necesita una reforma urgente. De otro modo seríamos una sociedad sin esperanza y sin futuro.
            Puede que llamar a las cosas por su nombre, reclamar de la política que se empeñe en el hombre ante que en rescatar sistemas financieros, el dinero de las élites económicas que controlan la política europea, sea una práctica populista desde la perspectiva de la política profesional, mucho más proclive a cumplir el cometido que el poder económico le tiene encomendado, convencernos de que la crisis es consecuencia de nuestros excesos, de que los llamados Estados del Bienestar son inviables y de que solo saldremos de la grave situación en la que estamos si renunciamos pacíficamente a derechos, a empleos dignos, a salarios dignos, y a servicios públicos imprescindibles para mantener la igualdad en términos aceptables.         
            Defender lo contrario es populismo.
            Pero el populismo verdadero se ejerce, sobre todo, desde el poder establecido.  Y se ejerce con especial empeño cuando se acerca un compromiso electoral y a los que están en el poder no les cuadran las encuestas de intención de voto.
            Tocan a rebato las alarmas, y el gobierno se olvida ya de gobernar, si es que estaba gobernando, y se dedica a vocear sus baratijas de colores por las plazas, para recuperar parte del interés del electorado que le volvió la espalda.
            El mensaje populista con traje de lentejuelas que ahora circula por la pasarela de las mentiras bien urdidas dice exactamente “Rajoy nos baja los impuestos”.
            Para empezar, es falso. Para las personas  que ingresan entre veintidós mil y treinta y tres mil euros anuales, es decir, la mayoría de la población activa que mantiene un empleo casi decente, no habrá bajada alguna; se mantendrá intacta la subida que se les aplicó en 2011 y tendrán una subida en el año 2015. Es este segmento de la población el que soporta la carga impositiva más dura del país. La reducción de impuestos afectará, como es la obligación de un partido político que es el instrumento del capital, a las rentas más altas, las únicas que salen beneficiadas de la crisis. Quienes ingresan entre treinta mil y sesenta mil euros se verán beneficiados por una reducción de impuestos cercana al diez por ciento. Y a partir de esos ingresos,  la reducción se establece en torno al siete por ciento. Digamos, pues, la verdad evidente y sin envoltura, Rajoy no nos rebaja los impuestos, Rajoy rebaja los impuestos de los ricos, porque ahí está el granero de sus votos.
            La segunda parte de esta historia de populismo de diseño ministerial es que es una medida irresponsable. Según los cálculos de los técnicos de Hacienda, el Estado dejará de percibir en torno a nueve mil millones de euros. Y eso, en un Estado que se caracteriza porque ingresa bastante menos de lo que gasta, es una irresponsabilidad cuyas consecuencias caerán sobre todos nosotros en las únicas medidas compensatorias que Rajoy ofrecerá a la Troica para garantizar la devolución de deuda y de intereses, más recortes en los servicios públicos y en los derechos; más personas dependientes sacrificadas; más comedores escolares cerrados, más becas negadas, más pensiones empobrecidas; más copagos; menos personal en los servicios de urgencia hospitalaria; más privatizaciones de los activos rentables del Estado.
            No. Yo no quiero que Rajoy nos baje los impuestos. Quiero que el gobierno se ponga manos a la obra y recupere los noventa mil millones que el Estado deja de percibir por el fraude fiscal y la economía sumergida. Eso, unido a una reforma fiscal justa y progresiva, nos ayudaría a salir de la crisis de forma racional, sin causar tantas penalidades a los más desfavorecidos. 
    Lo de la fiscalidad justa no es una demanda irracional o innecesaria. Buena parte de las grandes empresas de este país y los Bancos, apenas pagan un 5% de impuestos; y las grandes fortunas individuales, enmascaradas en las Sicavs, esos paraísos fiscales legalmente admitidos y santificados por el propio Parlamento, tienen sólo un 1% de carga impositiva. Afrontar esas injusticias evidentes sí sería llevar a cabo una verdadera política de Estado, y las cuentas seguramente cuadrarían. Pero pedir eso, sin duda, es populismo. 
  Dice Cospedal que la corrupción, en sus mil manifestaciones, es un rasgo endémico de España. No hay mayor corrupción que convivir con la injusticia , legalmente establecida. Pero, al parecer, con eso hay que vivir. 
  ¿Quiénes son ellos, un partido que respeta las tradiciones, para hacer frente a la corriente de corrupción y populismo con la que se va moldeando nuestra historia...?