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jueves, 30 de enero de 2014

Sumergidos

    Ayer sin ir más lejos La Asociación de Técnicos de Hacienda presentó un estudio que eleva el índice de la economía sumergida en España hasta el veinticinco por ciento. De cada cien euros que el tejido productivo genera en España, veinticinco no colaboran al sostén del Estado, al mantenimiento de los servicios públicos que la Constitución y la democracia que nos dimos garantizan, ni a paliar las consecuencias de la crisis que ese mismo capitalismo insolidario y ladrón ha contribuido a generar.
     La cuarta parte de los ingresos que el Estado debiera percibir por esta vía se esfuman cada año, mientras la miseria crece sobre el solar patrio a la  velocidad de los neutrinos.
     El dinero negro que circula por las cloacas de este país de corruptores y corruptos, de cómplices del crimen permanente que escapan ilesos casi siempre, bastaría para sacarnos de la crisis en un suspiro breve.
      Pero ese no es el objetivo. La crisis es el punto de apoyo que Arquímedes buscaba para mover el mundo.  Los canallas lo han inclinado hacia su plato que rebosa. Y a nosotros nos dejan las sobras de su mesa y una vejez indigna . Porque al tiempo nos llegan las nuevas exigencias de quien mueve los hilos- Bruselas, El F.M.I. La O.C.D.E- sobre la conveniencia de afinar en las reformas laborales hasta que todos seamos trabajadores en precario, predispuestos a aceptar cualquier miseria que quieran ofrecernos. 
    Y suena el río, luego agua lleva, de que los funcionarios públicos habrán de prolongar su vida laboral hasta los sesenta y siete años y el número de años cotizados hasta casi los cuarenta para percibir la totalidad de su pensión. 
       Sumergidos sin duda. ¡En mierda!
        Y no es este gobierno. Es una maldición que pesa sobre nosotros desde siempre. Nadie persigue a los ladrones , les exige lo que es nuestro y los lleva a la cárcel. 
         Si se perpetra el crimen y esa ley atraca en nuestro puerto, el problema de los que nacimos en el ecuador del siglo XX será sobrevivir en los pasillos de los centros escolares, apoyados en el andador o en el bastón, al posible atropello de la chiquillería que corre y se persigue;  pero quienes vienen detrás nunca alcanzarán una pensión decente. 

martes, 28 de enero de 2014

Pigmalión está vivo

   Como profesor colaborador en el desarrollo de la asignatura instrumental "Proyecto Integrado" de mi Centro, hoy he tenido la oportunidad de revisar uno de los trabajos del alumnado parcialmente tutorado. Parcialmente, porque mi responsabilidad es valorar aquello que tiene que ver con la disciplina que yo imparto, en este caso comprobar que la traducción de los hexámetros de Ovidio en los que el poeta romano desarrolla el mito de Pigmalión y Galatea, es una traducción correcta.
         Me enorgullece la orientación de esta asignatura en nuestro Centro. Se enseña al alumnado a buscar información sobre un tema de su elección, a organizarla para que se transforme en conocimiento útil, a expresarla por escrito según las exigencias formales de la Universidad para los trabajos de investigación, y a defenderla en público mediante cualquier procedimiento de los considerados TIC.
        Conozco Centros Privados donde el coste mensual de una plaza escolar equivale a  dos salarios mínimos que desprecian el Proyecto Integrado como elemento formativo. En su lugar refuerzan asignaturas troncales que el alumnado debe afrontar en las pruebas de selectividad. Su éxito publicitario, -gastan dinero en publicar esos resultados en la prensa-, es que obtienen el cien por cien de aprobados en esa pruebas de ingreso en la Universidad. Nosotros, con frecuencia, también. No gastamos un euro en publicarlo.
         Wert quiere ponernos a competir con ellos. Cuando quiera; no me da miedo el reto. Ellos, como cualquier empresa que busca rendimiento, se preocupan de lo inmediato y de la imagen de la marca. Nosotros cuidamos el producto, incluso ofreciéndole instrumentos para cuando ya no dependan de nosotros. Y con dinero público, gratis total. No hay color.
         El mito en cuestión narra cómo Pigmalión, rey de Chipre, vivía célibe y sin compañera en el lecho porque detestaba los vicios y maldades de todas las mujeres de su reino. Pigmalión tenía habilidades notables como escultor. Así que por distraer su soledad o quien sabe con qué inconfesas pretensiones eróticas, esculpió una figura femenina dotada de una hermosura prodigiosa con la que ninguna mujer puede nacer.
         Y sucedió lo que esperáis que sucediera. Se enamoró de una figura hermosa, pero inerte y sin el valor primordial, que no es otro que el latido de la vida.
         El mito cuenta que le hablaba, la acariciaba y la colmaba de regalos.
         Afrodita, o Venus si acaso os resulta más familiar su nombre en Roma, que siempre anda enredando en historias como esta, quizás agradecida porque la figura de mármol reproducía sus propios encantos de diosa incomparable, rotunda y hermosísima, o movida por los ruegos del regio escultor enamorado que solicitaba una esposa similar a su obra, le concedió el deseo secreto. No fue una esposa similar; dotó de vida a la escultura. Y ya fueron felices.
         Late en el mito, antes de que vosotros lo digáis, esa poderosa corriente de misoginia que nace, probablemente, con el propio ser humano y no quiero extenderme en las razones. Ejemplos a mansalva proporcionan las fuentes literarias. Eva y Pandora bastarán como muestra. Las mujeres viciosas y cargadas de defectos no merecen el interés de Pigmalión. Y luego Venus, una diosa mujer a fin de cuentas, lo secunda. ¡Buena historia!
         Pero hoy yo quiero hablaros de otras cosas.
         Las conclusiones del trabajo de estas muchachas de Bachillerato sobre la pervivencia del mito en el Arte, en la Literatura, en el cine y en estudios relacionados con la Siquiatría, la Sociología o la Ética, son acertadas y precisas. Ellas me han inspirado hoy. Porque además de la pervivencia del mito a lo largo del tiempo, una costumbre bien arraigada de los mitos, ellas afirman que Pigmalión no murió en su día definitivamente, sino que resucitó y habita entre nosotros. Su espíritu insatisfecho se ha extendido entre la humanidad, “prisionera del espejo”; cada uno de nosotros lleva dentro un Pigmalión, un escultor vocacional que intenta que su figura satisfaga expectativas ajenas o se ajuste a las medidas corporales imposibles que pregona la pasarela de las vanidades. Entre otras muchas cosas interesantes, eso vienen a decir. ¡Bien por ellas!
        

domingo, 26 de enero de 2014

Davos, pasarela mundial de los hipócritas

      Ninguna crisis económica cumple sus objetivos hasta que no desencadena una profunda crisis social. Y ésta ha cumplido con nota esa premisa. La locura del capital produjo una falla profunda en el sistema, de por sí tan inestable que sustenta su éxito diario en el furor de unos ludópatas frenéticos, sin ética y sin otro fundamento para su vida enferma que el beneficio rápido.
            Se consumó. Sus pérdidas son ahora nuestras pérdidas. 
            Davos, esa ciudad de la Suiza neutral y hospitalaria para los capitales sin bandera, se ha transformado una vez más en la pasarela mundial de los hipócritas.
            En buena parte, estaban allí los que nos han obligado a compartir la parte alícuota de su propia culpa, los que derramaron la ruina en nuestra puerta, los que nos han robado la propia democracia. Por un lado bendicen las medidas que nos llevaron a la ruina, por otra se lamentan de sus indeseables consecuencias.
            En los albores de la crisis diseñaron una hoja de ruta cuidadosa; era la ocasión que pintan calva y que ellos llevaban años aguardando. Había que desmontar la Europa del bienestar, tan cara y tan contraria a sus verdaderos intereses. Ahora, no obstante, se lamentan. Ellos, quienes nos empujan cada día hacia la competitividad imposible con las masas hambrientas de países donde los derechos humanos no alcanzan con su escasa protección, quienes fiaban en que la desigualdad desorbitada era la tierra prometida para los triunfadores del sistema, han descubierto en Davos que el sistema se basa en el consumo de la masa.
            Rajoy presume de que es el campeón de los deberes hechos, el alumno distinguido de la Europa pobre. Y no necesita que nadie le imponga ese diploma. El se lo pone cada día.
            Ahora los interesados compañeros de viaje, cuya estación término es dejar al capital que gestione a su antojo el mercado del trabajo, se lo han puesto difícil. Porque afirman en Davos que la reforma laboral del señor Presidente y su gobierno ha hecho posible, no que descienda el paro, sino que incluso, con un trabajo, un español no tenga garantizado salir de la pobreza. 
            Y Olli Rhen, esa voz sibilina que representa lo peor de la Europa colonizada por los intereses del capital, afirma que a España le quedan diez años de oscuridad dentro del túnel.
            ¿Quién es Olli Rhen...? 
            Si lo dice Rajoy, si lo afirman a coro sus ministros, será cierto que España salió ya de la crisis. Aunque para creerlo tengamos que ignorar los datos del paro, el hundimiento del consumo interno, el derrumbe institucional, el descrédito de los partidos políticos, los focos dispersos y todavía controlados de la rebelión ciudadana, la sublevación nacionalista, y las oscuras maniobras multidisciplinares para que los tribunales de justicia  pasen por alto las culpas de los privilegiados del poder político, del poder económico o del poder de la sangre distinguida que se recibe por azar. Escoged el nombre que os plazca como paradigma. Hay docenas. 
            Habrá que creerlos, aunque para ello tengamos que ignorar la ruina que nos cerca cada día, la que cerca a familiares, amigos, conocidos... Aunque tengamos que ignorar que esta patria se ha convertido en un erial con un futuro incierto, en una tierra asolada por el incendio que ha provocado esta derecha revanchista, mediocre y sin sentido de Estado; esta derecha que sigue necesitando aparecer en alguna foto junto a individuos poderosos para sentirse protagonista del presente; esta derecha a la que el viejo poder establecido que salió ileso de la última gran guerra ni reconoce ni respeta y que mendiga un espacio en la esfera internacional  vendiendo a su país.

jueves, 23 de enero de 2014

Frenesí

     Cada discurso que sale de sus bocas es un intento desesperado para alcanzar el pódium en la competición interna por ver quién es más osado en la carrera de la tergiversación, la manipulación y la mentira. Ayer Carlos Floriano el tercero en el orden sucesorio del partido convocó a la prensa a una reunión informal y sin micrófonos.
     Afirmó que hemos salido de la crisis, aunque aun queda camino por andar.
     Y que lo habíamos hecho, gracias al sacrificio de los que más tienen. Ahí está el núcleo más puro de la patria, la gente que sacrifica lo que es suyo para salvarnos de la ruina y concedernos un futuro saludable.
     Dijo también que gracias al gobierno, de los sacrificios se salvaron los servicios esenciales del Estado; que este partido que gobierna nos ha sacado de la crisis sin tocar la sanidad, la educación, ni las pensiones.
      En el partido que gobierna han tocado a rebato. A predicar se ha dicho; a inundar de mentiras las editoriales y las redacciones. Este Floriano ha aprovechado un descuido del pelotón que busca el oro en la carrera indigna del engaño programado como instrumento político. Y ahora tiene una ventaja llamativa.
      A lo mejor es que a la derecha que tanto daño nos ha hecho no le va tan bien en las encuestas verdaderas.

lunes, 20 de enero de 2014

La brecha

         Si aun tienes estómago para abrir el periódico cada mañana o para sentarte ante cualquier informativo de las televisiones,- da igual por cuál te inclines-, acabarás convenciéndote antes o después de que la crisis es agua pasada que ya no mueve nuestro molino; la crisis ya es historia. Rajoy es el heraldo que proclama ese credo innegociable; una cohorte de ministros secunda sus mensajes; eminentes banqueros lo proclaman con un convencimiento de conversos; los empresarios  lo aceptan desde luego, pero con la reserva que recomienda la prudencia; la crisis se está yendo,- nos confirman-, pero podría volver mañana si no profundizamos en la reforma laboral. 
         Y para completar el decorado, Rajoy olvida la gestión del país y peregrina mendigando la bendición de sus medidas antes los enviados especiales en lugares donde España solo es respetable cuando sus deportistas se enfundan el maillot y bajan a las canchas, o cuando las bases militares extranjeras precisan aumentar sus efectivos. 
         El objetivo es la repetición intoxicadora hasta que los mecanismos defensivos de la mente humana queden quebrados. Así que, si tú no ves que esa recuperación alcanza hasta tu puerta, quizá tú seas el  único culpable porque no te has hecho cargo de tu vida, te falta iniciativa, o no asumes con naturalidad el mundo que te han diseñado los mercados.
          Oxfam Intermon ha publicado hoy  un informe demoledor; lo han preparado para su exposición en el Foro Económico Mundial de Davos, al que Rajoy no acudirá porque necesita descansar de las emociones intensas que le ha producido el hecho de que Obama lo acogiera en el despacho oval. Ha trascendido que es una de las pocas alegrías que la legislatura le ha traído.
          Sólo el título del informe citado valdría como resumen  de nuestras vidas en los últimos tiempos."Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica". La crisis económica que desató a partir del 2007 el capitalismo financiero norteamericano ha tenido un aprovechamiento criminal. Ese título lo resume. 
            Los datos, fundamentados por estudios internacionales y organismos oficiales, resultan deprimentes. Las ochenta y cinco personas más ricas del mundo acumulan tanta riqueza como los tres mil quinientos millones de seres humanos más pobres de la tierra. No hará falta recordar que esos millones suponen la mitad de la población mundial.
            Hay otros datos indignantes:  casi la totalidad del crecimiento actual de la economía estadounidense cae en manos del 1% más rico; para el resto la recuperación es como la nuestra; un espejismo; las veinte personas más ricas de España acumulan tantos ingresos en un año como los diez millones de españoles que menos ingresan, alguno de los cuales perderá su casa porque el partido que gobierna ha impugnado una ley sensiblemente social de la Junta de Andalucía; el fraude fiscal en todo el mundo, según datos conocidos por los propios gobiernos, ronda los 18 billones de euros anuales, una cantidad sensiblemente superior al producto interior bruto de la Unión Europea; con esa cantidad gestionada de forma adecuada, se erradicaría el hambre, se garantizaría la atención médica, la educación, la energía eléctrica, el agua potable, los medios de transporte y los servicios que garantizaran la dignidad humana, el desarrollo económico, y, sin duda, la paz en cualquier punto de la tierra. No es poco.
         El mundo es pasto de un capitalismo demencial. La brecha entre los que acumulan cada vez más riqueza y los que casi no tienen lo suficiente para seguir viviendo aumenta y se ha vuelto insoportable.
             Además de insoportable e injusta, seguramente criminal, la situación que se genera resulta también insostenible. La clase media, el caldo de cultivo del capitalismo inteligente, está desapareciendo. Ella ha garantizado muchas cosas, el consumo y la circulación de la riqueza como motor económico, la estabilidad social, la mejora de la capacidad de prestar servicios por parte del Estado gracias a su colaboración con el mismo mediante los impuestos, la mejora de los niveles culturales de las sociedades. Esa clase media, aparentemente sin historia, ha llevado a cabo su revolución callada en la Europa de las posguerras mundiales y logró imponer, con el viento a favor del crecimiento económico, la forma más verdadera de democracia que el mundo haya conocido, aquella que tenía como objetivo primordial paliar las diferencias económicas mediante la prestación de servicios por parte del Estado.
      Eso es ya una página del pasado. Desde la derrota oficial del comunismo imperante en la Europa del Este, el capitalismo ha llevado a cabo la transformación de nuestro mundo de una forma constante, y sin ocultar sus intenciones. Las proclamaba Reagan a voz en grito, y las escupió Margaret Thacher con desprecio a quien no compartiera su credo rabiosamente liberal. Con un discurso más comedido, pero con idénticas intenciones y una autoridad indiscutible, la señora Merkel ha tomado en sus manos el timón.
      Ese credo se ha convertido ya en la única verdad. A su amparo el capitalismo gobierna en toda Europa y da igual el color del candidato ganador; el capitalismo diseña nuestras leyes, modifica nuestras constituciones, amenaza cualquier reclamo de soberanía de las instituciones nacionales y contamina nuestras vidas con sus inmorales intereses. La crisis ha sido el instrumento para imponerle a la orgullosa Europa su marca en un costado. Somos rehenes. 
        Perdido ya el valor como el sistema de convivencia más justo y más pacífico, el capitalismo ha vaciado de contenido la verdadera democracia. ¿De qué sirve un estado que es solo el ejecutor de sus mandados? ¿Qué más da a quien elijamos, si el programa es único, oculto, innegociable y tiene por objetivo despojarnos en beneficio de unos pocos?
         En su lugar florecen otra vez ideologías salvadoras, totalitarias y simplistas, cuyo nexo es solo la criminalización del diferente y cuyo rasgo común es la violencia. El capitalismo se complace en arrojarnos cada cierto tiempo al pozo del pasado, en detener el progreso, en desmontar las escasas conquistas de la humanidad para controlar su monopolio de los bienes que la tierra proporciona. 
        ¿Y la izquierda...? 
        ¿De qué izquierda me habláis...? La izquierda emigró hace tiempo de esta tierra que llamamos Europa. Se fue cuando perdió de vista su horizonte de reparto justo, de derechos humanos. Se fue cuando descubrió que el fatalismo había hecho presa en sus entrañas. Se fue cuando perdió la fe en sus propias ideas porque ya no las consideraba necesarias. 
        La izquierda somos todos nosotros, indignados, pero a la vez ambiguos, descreídos, libres de cualquier forma de dogmatismo y, quizás por ello, reacios a adoptar ningún compromiso colectivo, dispuestos a sacrificar grandes dosis de dignidad para garantizar la supervivencia; gente que acalla la conciencia que hierve de conocimientos y de razones para la rebelión definitiva con tal de garantizarnos la aparente comodidad de una vida indigna de rehenes cuya colaboración se concita con niveles razonables de consumo.
         Y cuando la razón humana no tiene fuerza suficiente para detener el crecimiento de esa brecha, la historia tiene la sangrienta costumbre de usarla como fosa común para millones de cadáveres.

domingo, 5 de enero de 2014

Reciclaje

            Japón  es un país sorprendente. Hasta 1853 Japón vivía literalmente en la Edad Media, en un sistema similar al feudalismo europeo. Fue el imperialismo estadounidense, buscando mercados para sus excedentes industriales, el que despertó al gigante asiático. En 1853, una armada norteamericana – los barcos negros los denomina la Historia local-  obligó a Japón a establecer un tratado de comercio. Eso despertó en sus clases dominantes la necesidad de transformarse para mantener su independencia frente a las potencias occidentales.
        Lo que vino después fue un caso único en la historia de la humanidad. Una transformación revolucionaria de la  sociedad japonesa, impuesta por los privilegiados. Se la conoce en los libros de historia como la Revolución Meiji.
              En apenas cuarenta años Japón asimiló todo el proceso de las transformaciones occidentales que se habían producido a lo largo de dos siglos y se transformó en una potencia industrial y, a su vez, en una potencia imperialista.
                Su clase dominante estudió en el extranjero y adoptó lo que consideraba aciertos ajenos en la propia organización de su país. Establecieron la separación de poderes, eliminaron los privilegios de clase declarando, de hecho, el principio democrático de la igualdad ante la ley para todos los ciudadanos, llevaron a cabo una revolución sorprendente mediante el establecimiento de la educación obligatoria, unificaron la moneda que sirvió como base de sus transformaciones económicas, realizaron aceleradamente su propia revolución agrícola y , mediante un selecto y técnico Ministerio de Industria, transformaron en pocos años su sistema productivo que se erigió en competidor de las potencias industriales de Occidente. La tecnología desarrollada les permitió,  de paso, organizar un ejército temible, especialmente por lo que se refería a sus fuerzas navales. Y puestos a imitar a los países occidentales industrializados, Japón participó activamente en el proceso colonial. China conserva cicatrices inolvidables de aquella fiebre territorial. Y no podemos olvidar que la Segunda Guerra Mundial empezó precisamente allí.
              Probablemente desde entonces goza Japón de su bien merecida fama de ser un país que aprovecha cada descubrimiento ajeno, lo asimila, y lo convierte en cosa propia con una gran capacidad de adaptación.
              Pero no todo es imitación en el país del sol naciente. A veces nos depara perlas creativas dignas de figurar en los libros de Historia y en cualquier crónica de la indignidad que se precie. No hace demasiado tiempo su ministro de finanzas solicitaba, sin metáforas, a sus ancianos que tuvieran un último gesto de generosidad con su país y se hicieran el hara-quiri. Evitarían con ello a las finanzas del Estado los cuantiosos gastos originados por el pago de pensiones y por sus demandas a los servicios de salud. 
           El capitalismo occidental, por boca de un ministro al menos, no había logrado ese punto de crudeza inhumana para eliminar gastos superfluos. Se conforma con endurecer las condiciones para acceder a las pensiones, con la limitación paulatina de las percepciones, la eliminación progresiva de la protección a las personas dependientes, y con el establecimiento de copagos abusivos. Es decir, se contenta con dejar morir de inanición a los viejos improductivos y costosos. Pero nunca les había solicitado que asumieran dignamente un suicidio ritual y honorable como último servicio a la patria.
          Debe ser que en Oriente han renunciado ya a la simulación hipócrita. Ahora, por la denuncia de una ONG, acabamos de conocer que en Japón han encontrado una solución práctica a dos problemas que acucian al país, la limpieza imposible de la contaminación derivada del accidente de la central  de Fukushima y la proliferación de  los “sin techo” en las atestadas estaciones del metro o de ferrocarril de sus ciudades frenéticas.
         Reclutadores diseminados por los dominios de ese desecho humano que ensucia el impoluto paisaje de la ciudad moderna, les ofrecen trabajo y las empresas que tienen contratada con el Estado la limpieza de los residuos radiactivos los contratan para un trabajo que casi nadie en su sano juicio aceptaría sin unas condiciones de seguridad muy rigurosas y que precisa de personal muy cualificado y bien remunerado por los riesgos infinitos que entraña para la salud humana. 
       Envían a estas personas indefensas, a las que nadie echará en falta, al trabajo más indeseable y peligroso de la tierra, sin medios y sin cualificación que las defiendan. Los condenan a una muerte lenta y diferida por contaminación radiactiva, sin que se les remueva la conciencia. Han inaugurado un procedimiento de reciclaje, un último servicio para sacarle utilidad a los desechos de la humanidad.
          Y hay aun quien me reprocha que yo emplee el adjetivo criminal como calificativo frecuente cuando me refiero al capitalismo sin límites morales que gobierna el mundo. 
        Competitividad sabiamente administrada lo llaman nuestros gobiernos europeos. Holanda ya ha importado el procedimiento dulcificado por el puritanismo con que adorna su credo religioso. Los "sin techo" de sus ciudades ya se encargan de la limpieza de sus jardines a cambio de cinco botellas de cerveza y de un paquete de tabaco cada día. 
        Avanzamos, sin duda.
        A pesar de la justificadísima denuncia, dudo que los responsables de esa forma sutil de genocidio que acaba de patentar la creatividad de ese país extraordinario acaben alguna vez ante los tribunales de justicia. Si algo hemos podido aprender en los últimos años es que, junto a nuevas formas de explotación humana, el capitalismo ha desarrollado mil y una formas de escapar impune. 
       Y si la impunidad les falla, queda siempre el recurso canalla del cinismo. 
      Entre nosotros, ahora mismo, hay saqueadores convictos del Estado que recogen firmas en los aledaños de los estadios. Pretenden que la afición que acude a ver un espectáculo deportivo avale su derecho al indulto del gobierno. Los arropan en sus perfiles de las redes sociales jóvenes iletrados que escaparon de la miseria de sus pueblos porque demostraron habilidad con la pelota;  gente sin malicia que dejó atrás el subsidio miserable del temporero agrícola, en el mejor de los casos, y ahora conduce un coche deportivo; muchachos que no perciben todavía las dimensiones de la culpa de aquel para quien reclaman quién sabe qué clase de clemencia o de justicia ciega.
          

martes, 31 de diciembre de 2013

El mégaron de la reina

             

          Recientemente ha sido noticia que la reina de Inglaterra -y el gobierno, se supone- ha perdonado e indultado al padre de la inteligencia artificial, héroe de la Segunda Guerra Mundial, que ayudó a descifrar los mensajes alemanes y, por consiguiente, a la supervivencia de su país. Fue condenado por sus inclinaciones homosexuales y apartado, como un apestado, de la sociedad. Apareció muerto, envenenado, sin que se sepa a ciencia cierta si aquella muerte fue un suicidio. ¡Que más da! Antes había sido sometido a castración química.
           Avergüenza que otorguen su perdón  aquellos que debieran implorar el perdón de  los demás; que indulten quienes debieran estar condenados por crímenes contra la humanidad.
             Y el integrismo católico aun andará retirando de la vía pública los altares móviles y  la parafernalia de su proclama a los cuatro vientos de cuál es la única familia que ellos aceptan y pretenden imponer a los demás. De paso, dan gracias a dios por el ministro Gallardón, fiel instrumento de sus mandados.
               Llevan siglos así. Hay una moral inicua que se otorga el derecho de regular la sexualidad y las conciencias individuales. 
           Tienen miedo del individuo, de su capacidad de reinventar la vida en busca de un derecho inalienable, ese al menos es nuestro porque late poderosamente en nuestro interior, el derecho a buscar la felicidad, aunque a veces nos resulte engañosa y efímera.Poco importa. Así es la condenada. Engañosa, casi siempre; efímera, porque así es nuestra naturaleza.
                 Por si pudiera ilustrar a alguien, hoy os dejo pequeños trozos seleccionados de un librito pequeño, un viaje a través de la geografía de la Grecia que aparece en la Odisea y de los sentimientos y las frustraciones de algunas de sus mujeres más notables.
       En los textos seleccionados es Penélope, abrumada por la soledad y por el duradero abandono de su marido, entregado a empresas que ella no entiende ni comparte, la que nos va desgranando sensaciones y sentimientos. Los números en subíndice no significan nada en esta entrada. Son referencias, glosas, del libro que pronto habrá de ver la luz. Las he evitado aquí, por razones de espacio.
           Reivindico con ello la condición humana, tan frágil ante la soledad indeseada; la fuerza de nuestros propios impulsos naturales; la belleza del amor y de la sexualidad libre y gozosamente compartida.
            Que el 2014 os proporcione amor a borbotones, como un manantial inagotable y fresco.


         Durante muchos años el palacio del rey guardó su ausencia. Se cubrieron los muebles bien labrados con los paños oscuros que se guardaban para los funerales de Laertes; mandé a mis esclavos retirar la rica vajilla, las cráteras de plata, los tapices polícromos de Siria y los adornos de marfil de Babilonia; despedí a los citaristas y a las danzarinas orientales que compró Odiseo a los piratas focenses para que danzaran desnudas ante sus capitanes en las noches de ocio y abundante libación de vino rodio; y entregué el cuidado de la hacienda  a un ecónomo de honradez bien probada. Luego, como hembra viuda, renuncié  a collares, ajorcas y diademas.
***

            Renuncié, también, a mis paseos  en barca por la tranquila bahía que lame con sus aguas espumosas el bosquecillo de laureles de palacio, donde alguna vez el rey me persiguió simulándose un fauno, y me poseyó con la impaciente violencia del guerrero.
            No he de negar ahora que me turbaba la presencia de un remero joven, de espalda musculosa, dentadura blanca como el azahar del limonero en primavera, y ojos azules y profundos como el mar de Corinto. Semejante a un dios era el remero Etón. Y Afrodita (29) destilaba en mi corazón despechado sentimientos confusos, avivando el fuego que yo creía dormido desde la marcha del rey.
            No he de negar que me turbaba su presencia y su perfil dorado de pescador de Thera (30); y que alguna vez, mientras me llevaba hasta la barca entre sus brazos, para evitar que se mojaran los bordes de mi falda, tentada estuve de acariciar el vello dorado de su pecho con la yema de mis dedos y de acercar mis labios a  su boca. Bajo el triángulo de lino que cubre su cintura, yo presentía su sexo turbador. Demasiado próximo para una reina solitaria que empieza a envejecer en un lecho desolado y frío.
***
        Si alguna vez vuelve Odiseo, el paso arrogante, con su piel de pantera sobre el hombro derecho, el arco curvado, blandiendo sus lanzas de puntas broncíneas, tendrá para calentar su vejez el vino de Mesara (31) y el recuerdo de su gloria en los tapices. Para la reina quedará compartir en secreto su nostalgia y sus achaques.
            Los guerreros envejecen antes que el resto de los hombres. Han convivido con la Parca en cada guerra y el aliento envenenado de la muerte compartida les arrebata el vigor con prontitud. Sólo encuentran consuelo en recordar sus hazañas a los parásitos que frecuentan los fogones de su casa, en el juego de tabas y en el vino. Rara vez se ocupan, como antaño, de la caza del toro salvaje, y olvidan sus jaurías, y despiden a sus ojeadores, abrumados por la añoranza y por el recuerdo doloroso de sus cicatrices.
            Con la paz se vuelven melancólicos los guerreros. Llegan, incluso, a detestar a  los que cantan peanes (32) en honor de Apolo para celebrar la victoria, y rehúyen con el tiempo los cortejos de címbalos y escudos entrelazados, sobre los que alguna vez se sintieron dioses adorados por la multitud.
            Y en el tálamo se comportan de forma distraída, como si  alguna mujer que conocieran en  un lugar lejano se hubiera adueñado de todo su deseo,  de toda  su memoria.

***



            He visto a las doncellas de palacio bañándose desnudas entre los delfines y las algas. Y la contemplación de sus alcorcillos morenos y prietos, el oscuro reflejo de algún pubis de niña entre las aguas claras, me ha despertado una fiebre desconocida, como si Afrodita encontrara placer en confundir el corazón de una mujer que envejece sin compañía en su lecho. Incluso se complace en ocupar mis fantasías con un esclavo nubio (35) que guarda las puertas de palacio. Los ojos imprudentes de la reina se demoran con placer en la bolsa de cuero que protege su sexo. Y hay noches en que el nubio visita mis sueños intranquilos, coloca una azagaya oscura entre mis pechos, y aguarda mis órdenes con mirada en las que se mezclan el orgullo del varón y la docilidad del esclavo. Yo acerco mis labios a su lanza de bronce y, luego, me despierto bañada de sudores. Una saliva espesa me entorpece el aliento. Late en mi vientre un hambre antigua, ésa que cuenta la leyenda que ha convertido a las mujeres solitarias en delfines para buscar en el mar el remedio salvaje  a un mal tan antiguo como nosotras mismas. No la sacian la leche ni las frutas que han dejado a mi alcance las manos previsoras de Euriclea.
            He hecho azotar al nubio en mi presencia para castigar mi pesadilla o mi deseo y me reprenden los ojos apacibles de la nodriza del rey.

***
Es más de medianoche. Fluyen las horas. Yo estoy sola y velo.
            Ruego a los inmortales que me concedan el corazón helado de Artemisa (36), que no ha conocido jamás el acoso impaciente de este fuego.

            Velan también los pretendientes. Escucho sus risas y sus conversaciones insulsas de borrachos. Presienten que se derrumba el orgullo de Penélope, y ya cruzan apuestas sobre quién será el primero en compartir con ella el tálamo del rey. Para librarme de sus atenciones indecentes les he propuesto un juego. Aquel que acierte con la flecha a una manzana desde cincuenta pasos, tendrá derecho  a cortejarme. Me pidieron el arco que Odiseo se trajo de Mesina (37), pero ninguno ha podido hasta ahora tensar el arco del poderoso Éurito (38). Así que ahora compiten entre sí con un arco vulgar de madera de tejo.


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           Han traído a mi presencia  a un vidente, ciego como Tiresias (40). Dicen que ha bebido el agua (41) de la fuente de Apolo y de las Musas. Ha visto en sueños a Odiseo desnudo ante una niña de cabellos dorados en la corte de los Feacios (42). Presiente su mente enfebrecida por el agua de Apolo que ha de volver el rey vestido con andrajos, pero no sabe cuándo.
            He pedido a Clarica, la joven esclava que cuida mi baño y mis vestidos, que le dé una moneda de oro y lo acompañe a la cocina para reparar sus fuerzas desgastadas. He sabido luego que ese coro de ranas que son los pretendientes le ha solicitado profecías sobre el tiempo que aún mantendrá su castidad la reina. Dice Clarica que el adivino ha reflexionado durante largo rato.
“Ninguno de vosotros compartirá su lecho”, ha dicho luego.
Y los nobles ociosos de Ítaca, los jóvenes imberbes que esperan la corona de esta tierra cortejando a una reina que podría ser su madre, las bárbaros rudos, rompieron a reír, y volvieron al arco.
            Dice también Clarica que el anciano murmuró más tarde que la celosa Hera  impedirá a  cualquier varón que se acerque a mi lecho, hasta que vuelva el rey. Pero ellos no lo oyeron.
            Mandé a los sacerdotes que sacrificaran un buey blanco, y que quemaran sus vísceras grasientas mezcladas con incienso ante el altar de Poseidón (43) para aplacar su cólera ciega. Una procesión de doncellas y jóvenes, vestidos de blanco, ha bajado hasta la playa con cestas de jazmines, y ha entonado cantos para que las Nereidas (44) propicien el retorno feliz de la nao de Odiseo.
            El calor de Ítaca es aún soportable. Están en flor los bosques de manzanos. Difunde el anís su fragancia delicada. Y ya se han cubierto las laderas con las rosas tempranas.

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           La profecía del adivino sobre la maldición con la que Hera aparta a los varones de mi lecho me trae a la mente las costumbres liberales de Lesbos (45) , mientras Clarica entretiene mi tedio pesaroso interpretando las danzas graciosas de la tierra de Minos (46) con las piernas desnudas. No descansa Afrodita en su trabajo. Sabe tocar Clarica la lira de ocho cuerdas, y hace hablar a  los caramillos (47) gemelos con ritmo apasionado. Me complace en exceso la visión de sus senos menudos bajo la tela transparente de su blusa. El vuelo de su falda deja al descubierto unos muslos que parecen salidos de manos de un orfebre.
            Afrodita me incendia el corazón con un anhelo desconocido. Y deseo apagar esta sed que me quema en su carne de nieve.
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           Rememoro sin placer el amor apresurado de Odiseo. Alguna vez me poseyó sin soltar su clípeo (48) dorado, sin despojarse del casco adornado con plumas, y he llegado a presentir en la risa sucia de sus capitanes, y en el brillo de sus miradas al cruzarse conmigo, que el rey los hacía partícipes de los secretos de su tálamo. La soberbia de los guerreros les hace presumir de que saben despertar la sed de las mujeres. Nunca cuentan que rara vez la sacian.
            ¿Qué puede saber un guerrero de lo que oculta el corazón de una mujer? En Grecia el amor sólo es asunto de mujeres. Ellos se ocupan de sus guerras.

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           Hoy he invitado a Clarica a compartir mi baño tibio, y han nacido en sus pómulos de nieve dos rosas gemelas. Por respeto a la reina no ha querido despojarse de su peplo (50) ligero, anudado sobre el hombro con un lazo. Apenas en el agua, su figura delicada se hace visible bajo la tela mojada y yo busco el contacto con su piel de muchacha. La esclava virgen ha rehuido el fuego de mis ojos, sin duda turbada su inocencia por esta pasión que ha descubierto en mí.
            Contemplo su hermosura nívea, el escorzo leve de sus pechos, sus pezones duros y pequeños, su axila sombreada, la curva grácil de su cuello, su oreja breve, el arco perfecto de sus cejas, sus labios carnosos que tan bien esbozan la sonrisa...
            Con el atrevimiento que sólo presta la pasión, rozo con mis pies desnudos el interior suave de sus muslos, y me demoro allí donde presiento una  dorada pelusilla, como la de los melocotones maduros que vende en el mercado el liberto Caraxos. Tiembla Clarica con el descubrimiento de alguna sensación desconocida, y un fuego encantador le arrebola las mejillas. El amor me inunda con su fuerza ciega. Me quema en la garganta el aire que respiro. Se me ha vuelto la saliva espesa como miel de abejas.
            Tomo, entonces, su mano delicada y la llevo a mi pecho y le enseño el secreto de las caricias placenteras, hasta que ella descubre que mi pezón oscuro se encrespa como un pequeño animal que se dispone a luchar. Hace ya demasiado tiempo que mi cuerpo reclama este combate incruento y singular. Guío su mano pequeña por mi vientre, la conduzco con parsimonia por el bosque encrespado de mi pubis, y no sé si es ella la que tiembla o soy yo la que tiemblo de deseo. Ahora podría llorar la reina de emoción contenida durante mucho tiempo. La abrazo entonces con una fiereza que me asusta, muy semejante a la que depara el amor de los guerreros, le apreso el pecho con la mano que desteje los tapices que celebran la astucia de Odiseo, y busco sus labios sonrosados para volcar mi sed antigua sobre el manantial fresco de su boca. Es dulce  como el jugo de las granadas en sazón. Vela Afrodita por la reina, porque los labios de Clarica se entreabren, y me devuelve la caricia apasionada. Es una niña aún, pero su boca destila la pasión desenfrenada de una mujer adulta. Me permite Clarica que aprisione su lengua entre mis dientes, y la siento aletear como un pájaro nervioso en la red de un cazador. No sé cuánto tiempo habremos dedicado a las caricias. El agua tibia está ya helada. Bulle en mi interior una excitación desconocida. Presiente mi cuerpo un cortejo de placeres que se acerca. Y bendigo el genio generoso de la nacida de Urano mutilado (51) y su atrevida inspiración.


*   *   *

            La he invitado a compartir el lecho de la reina esta noche cuando todos duerman. Y ella se ha adornado el cabello con flores como una novia esperando a su amado, y deambula por palacio sumida en un silencio ruboroso. Su mirada, cómplice y turbada, se cruza con la mía, y me gozo en imaginar cada caricia que esta noche compartiré con ella, mientras persigo con ojos amorosos sus caderas redondas y su paso menudo. Odio la pereza de las horas en la cruel clepsidra, y suspiro por la llegada de la oscuridad.
            A mis esclavas jóvenes he ordenado adornar el lecho con guirnaldas de rosas encarnadas y anémonas blancas. De nuevo he hecho venir a los citaristas, y, hasta el ocaso, han entretenido mi impaciencia gozosa los jóvenes de Ítaca que cantan con voces como lirios canciones de hilanderas y campesinos. Todos suponen que se ha alegrado el corazón de la reina con las noticias de que Odiseo está vivo en la corte de los Feacios.

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 El rubor de Clarica y su mirada esquiva me llenan de ternura. La he sentado en el lecho junto a mí, he ido soltando los lazos de su pelo, depositando  con parsimonia cada flor de su adorno en la almohada, y he besado sus manos y sus ojos. Le ofrezco una manzana dorada. Ella la toma, y logro al fin que sus ojos me miren. Me sonríe Clarica con timidez encantadora, y descubro la turbación que la embarga en el apresurado movimiento de su pecho. Muerde mi amada la fruta, y yo me apresuro a robar de su boca aquel dulce bocado con un beso febril. No se ha librado aún del sutil acoso del pudor, pero se ríe Clarica con risa cristalina, y devoramos la manzana, en silencio, poco a poco,  a besos apasionados y jugosos. Luego, he desatado su ceñidor, y he ido retirando su peplo lentamente, controlando el ansia de mis manos, anegando mis ojos con la pleamar hermosa de su cuerpo desnudo.
            ¡Cuánto te amo, niña mía! ¡Qué sabrá del amor un guerrero!

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            Ha oído mi tierna compañera palabras amorosas y dulcísimas que el rey jamás oirá. Huele a manzanas maduras mi Clarica. Recorro con mis labios ardorosos la piel de su cuello; el nacimiento de sus senos pequeños y redondos; y busco sus labios carnosos y suaves, golosa del zumo de granadas de su boca entreabierta y gozosa. Huele también a nardos mi Clarica y hundo mi cara entre su pelo perfumado.
            ¡Vida mía! ¡Cuánto tiempo ha tardado la reina en descubrirte! ¡Qué solo el lecho de Penélope, estando tú tan cerca!
Apreso con mis labios su pezón sonrosado de doncella, dulce como los higos de Mitilene (53), tierno como las fresas maduras, y lo acoso con mi lengua obstinada y traviesa, hasta que se vuelve vigoroso y enhiesto, como un pequeño y aguerrido pregonero anunciando su excitación. Huele a mar mi Clarica.
            ¡Amada mía!

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                En viajes incontables, como los de los mercaderes de esta tierra, suben mis labios a sus labios y bajan luego, sin dejar de besarla, hasta  la piel suave de su vientre. Miles de besos sobre su piel de niña. Descubriendo caminos que Odiseo jamás descubrirá en su periplo aventurero. Se queja tiernamente cuando intento morder su ombliguillo diminuto, y me rechaza con el cascabeleo de su risa cristalina. Pero, cuando mis dedos exploran los pliegues de su sexo de niña, se quiebra su risa, y se tensa su vientre y el arco de su espalda, y entrecierra los ojos, sorprendida por los recursos incontables del amor. Es mi pasión un río tumultuoso, un torrente que arrastra rocas por los despeñaderos de la montaña. Pero es tierna, delicada, suave. La pasión de una reina prisionera en el interior de una mujer. Se demoran mis dedos en su sexo, en caricias que alternan  suavidad y vigor, y me complacen sus gemidos entrecortados, sus temblores gozosos, la sorpresa que dibuja su mirada, sus lágrimas inexplicables, la insistencia de su boca que persigue mi boca, el dolor de mis labios donde sus dientes han dejado una marca diminuta.
            ¿Dónde has estado tanto tiempo, Clarica? ¿Cómo esta reina confundida no descubrió hace años tu hermosura?