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miércoles, 1 de octubre de 2014

Sísifo

      Quizás ningún mito griego nos representa tan fielmente como el mito de Sísifo; ya sabéis, aquel griego que fue castigado a subir eternamente una roca bien pesada a una colina; roca que una vez en la cima rodaba cuesta abajo hasta la base del promontorio para que Sísifo volviera de nuevo a su inútil esfuerzo. Aun debe andar en ello si hemos de creer la historia de su vida y su castigo.
            Entre las múltiples interpretaciones de este mito, hay una que le encaja de forma extraordinaria. Dicen que representa el esfuerzo inútil de la humanidad por alcanzar la sabiduría.
            Y si alguien piensa en el desarrollo tecnológico envidiable que hemos alcanzado como una prueba de sabiduría, seguramente se equivoca.
            Yo creo que el mito de Sísifo cuadra con nuestra propia naturaleza. Llevamos muchos siglos entregados al intento de completar una acción civilizadora sobre nosotros mismos. Siglos de pensamiento moral, de teoría política, de estudios sociológicos, incluso de influencia religiosa sobre el comportamiento humano. Llevamos siglos de análisis de nuestros errores históricos y de las consecuencias que nos trajeron, pero seguimos siendo una sociedad hipócrita, inmoral, insolidaria y políticamente insatisfecha con cada uno de nuestros intentos; no puede ser de otra manera, porque comprobamos una y otra vez que el uso del poder por parte de quien lo ejerce, incluso en los sistemas democráticos, acaba derivando hacia el abuso en la búsqueda de su propio beneficio o del beneficio exclusivo de sus allegados.
            Y el desarrollo tecnológico nos ha hecho más eficaces en muchísimos aspectos, pero no nos ha hecho más civilizados. Seguimos siendo una sociedad inmersa en la conciencia egocéntrica de los pequeños grupos humanos que luchaban por los recursos  escasos y por su supervivencia en los albores de la especie. Solo han cambiado los discursos, la capacidad de esgrimir justificaciones para actos incivilizados e inmorales.
            Afortunadamente de la caja de Pandora no escaparon todos los bienes. A esta especie le quedó intacta la esperanza.  Casi siempre encontramos razones para volver a empezar. Porque lastrados por esa conciencia egocéntrica, y sin haber desarrollado de forma eficaz una conciencia social que nos redima de ese lastre, nos toca ahora, de forma muy urgente, desarrollar una conciencia planetaria.
            El presente turbulento se esmera en ofrecernos cada día desafíos cruciales.
            Pero ninguno lo es tanto como la defensa del Medio Ambiente. Y es crucial porque la opinión general de la humanidad, aquejada de muchos males en su vida diaria, no parece alarmada en exceso por esta cuestión tan trascendente.  Dado que la tierra se toma su tiempo para hacernos llegar sus quejas, consideramos el asunto del cambio climático como un tema secundario en nuestras vidas, una preocupación de ecologistas radicales, gente anti sitema y científicos alarmistas. Ayudan a ello las cifras millonarias que las compañías petroleras destinan cada año a confundirnos con campañas de intoxicación. Saben de sobra que una toma de conciencia universal sobre la gravedad del problema daría al traste con sus intereses. Nada cambia en nuestro mundo si no hay una toma de conciencia multitudinaria y alarmada.
            El 23 de septiembre  la ONU ha propiciado una cumbre mundial sobre el clima; en esa cumbre se ha establecido el 2015 como año crucial para asumir obligaciones de las que dependen en buena medida  la conservación de los diferentes ecosistemas de la tierra. De ellos pende la vida como de un hilo delgado.
            Así que, como Sísifo, hemos de subir esa pesada roca a la colina. Y hemos de procurar que en esta ocasión se quede allí. Abriremos la caja de Pandora, empuñaremos la esperanza, y nos pondremos manos a la obra.
            Pero todo depende de una imprescindible,- y alarmada-, toma de conciencia colectiva. Porque quizás no nos queden ya muchos intentos. A mediados de este siglo por el que estamos transitando, si no hay cambios drásticos en el comportamiento humano, la temperatura media de la tierra habrá subido dos grados por encima del calentamiento progresivo que hemos producido en los últimos dos siglos. Eso será ya un desastre planetario, que habremos dejado como herencia a nuestros hijos y a nuestros nietos. Les habremos arrebatado, por poner solo ejemplos simples, un tercio de las tierras cultivables que se habrán transformado en desiertos y habremos reducido la cantidad de agua potable disponible a la mitad de la  que hoy tenemos.
            Pero la lista de desgracias resulta interminable.
            Hay que negar a Sísifo y alcanzar de golpe esa sabiduría que andamos mendigando, porque me temo que en esta ocasión resulta imprescindible para un asunto delicado, la supervivencia de la especie y de casi el resto de las formas de vida  que comparten con nosotros el planeta. También les pertenece.
            Mientras tanto, en la Europa impotente, contradictoria, que se niega a si misma, un individuo que acaba de vender antes de ayer sus acciones de compañías petroleras por valor de medio millón de euros, aspira a ser nombrado Comisario de Medio Ambiente. Miguel Arias Cañete, cuyas empresas- hasta ayer- casi opacas al fisco no tienen inconveniente en contaminar el estrecho proporcionando fuel a los barcos de paso en plataformas flotantes, está bajo sospecha. Darle ese poder en la Unión Europea es meter al oso en el colmenar o al zorro en el gallinero. Espero que la Europa cínica que dice gobernarnos se ahorre esa vergonzosa decisión.


domingo, 21 de septiembre de 2014

"Producto cultural"

     El 8 de septiembre la prensa mundial presentaba en sociedad el “producto cultural” más costoso de la historia.  Se trata de un video juego cuya elaboración se ha ido a los 380 millones de euros. Creo que su nombre es Destiny. He curioseado diez segundos en su interior. Por tanto mi valoración sobre este “costoso producto cultural” no está fundamentada en un estudio a fondo. Nada nuevo. La humanidad, que ha esquilmado la tierra, se ve abocada a la colonización de otros planetas para garantizar su supervivencia. O sea, la repetición de la Odisea hasta la propia nausea y sin un átomo de elegancia, de humanidad o de poesía, solo que ahora los cíclopes son de acero inoxidable y están armados hasta los dientes con un arsenal de armas destructivas en un medio ambiente desolado, donde no hay un árbol que amenice los desiertos resecos. Ojalá quienes diseñan estas cosas no estén dotados, además, de un don profético.
    Hay otra diferencia sustancial entre la fuente y las secuelas. En esta Odisea espacial, a quien maneja el mando se le ha reservado el papel de Poseidón, de Hera, de Zeus, de Palas Atenea. Quien maneja el mando es dios; tiene el destino de los individuos virtuales en la punta de sus dedos.
            No me cabe duda de que este negocio funciona, genera empleos y mueve infinidad de millones cada año. Anda sobrado de recursos para comprar esa inocente calificación de la que se ha hecho merecedor: “producto cultural”.
            Y  como cada producto cultural está dotado de una función pedagógica. Al menos, a mí me lo parece. Ahí, sentado frente al mundo virtual, con el mando empuñado hábilmente, un individuo es dios en un universo maniqueo en el que las fronteras entre el bien y el mal no ofrecen dudas. Puede vencer al enemigo, cebarse con él sin sentir remordimiento y arrasar un planeta en una hora.
            Puede, sobre todo, dulcificar la frustración invisible que produce el convencimiento íntimo de que, cuando el video juego es devuelto a su caja, te arrebatan el mando del video juego de tu vida. Otros, sentados tras sus pantallas poderosas desde las que gobiernan el mundo verdadero y establecen sin problemas de conciencia quién sobrevive y quién perece, decidirán ahora si eres útil a sus inconfesables propósitos de dominar el mundo, si eres todavía un producto reciclable, o si debes acabar en la basura.
            Tampoco ellos sentirán remordimiento.


martes, 16 de septiembre de 2014

Ayuda humanitaria

         El ébola asuela África, convertido en pandemia, y amenaza nuestro mundo, a salvo hasta ayer mismo de enfermedades sin control alguno. Los países afectados solicitan ayuda. En muchos de ellos la ausencia de personal sanitario y de recursos farmaceúticos multiplican los efectos de la enfermedad y las consecuencias del desbordamiento hospitalario. Hay lugares donde hay un solo médico por cada cien mil habitantes. La peor consecuencia es que muere más gente por enfermedades comunes sin atender que por el propio virus.
          En toda esta situación tan desgraciada para muchas naciones que un día fueron colonias depauperadas de esta Europa civilizada, vieja y cristiana, solo una cosa produce esperanza todavía. Obama ha prometido la ayuda humanitaria de los Estados Unidos.
          Enviará con la urgencia que requiere tan delicada situación tres mil marines a Liberia. Ha descubierto el presidente americano que este virus sin cura se combate con fusiles de asalto.
     Buena interpretación de la demanda de ayuda humanitaria.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La cuestión primordial

        Cualquiera diría que el enunciado de esta entrada es una declaración solemne de soberbia. ¿Quién se atrevería a establecer en este mundo confuso acelerado, desigual e injusto  cuál es la cuestión primordial?
            Hoy es el día señalado por la ONU para festejar la democracia como sistema político. ¿Alguna referencia en la prensa nacional? ¿Alguna propuesta política emanada del Parlamento Nacional…?
            No.
            Simplificar las razones de los infinitos males que  nos acosan con sus rostros inhumanos pudiera parecer reduccionismo. Hasta podría serlo a la luz de los titulares de prensa cotidianos. Hoy España es un gigantesco campanario redoblando porque ha muerto un empresario; ayer redoblaba porque murió un banquero. Centenares de personas mueren cada día, quizás honestas, laboriosas, cumplidoras con celo de sus obligaciones familiares y sociales; o quizás canallas, de las que han encontrado un camino oscuro y protegido para eludir obligaciones, esquilmar arcas públicas, justificar crímenes muy comunes de cuentas opacas y contabilidades engañosas, de esos crímenes, al parecer justificables, que, acumulados, acaban por arruinar  ese proyecto colectivo que llamamos Estado y que debía ser nuestro tesoro más valioso.
       Pero eso en absoluto es una cuestión primordial para el país donde vivimos.
            Una muerte notable es un privilegio raro, pero convertirla en un tema de Estado, de país, en una gigantesca corriente laudatoria, es una maniobra de distracción, aunque sea involuntaria o inconsciente. 
          Muere un banquero y, sin tiempo a que se difumine la sorpresa por su muerte inesperada o para que el luto ceremonial y riguroso se vuelva a los roperos, su obra promete más crecimiento, más voracidad, mayor dominio de la aldea global.
            Reduzcamos pues; la cuestión primordial no es que muera un banquero o un empresario; morirán todos antes o después, pero nada cambiará con ello.
            La cuestión primordial es la vida, la de todos nosotros. La cuestión primordial es la conciencia de que no hemos de esperar de los mercados, la oficina donde el capital realiza su trabajo y cuya luz nunca se apaga, nada que mejore  nuestras vidas. Porque cuando en los mercados muere un jefe alfa, en la pirámide que garantiza su inhumana preeminencia, otros jefes beta, con los lomos canosos de esperar largo tiempo su ocasión, saldrán a escena y reclamarán sus privilegios.
            Los mercados, la oficina permanente del capital insaciable, nos han puesto ya  ante los ojos su plan obsceno e inhumano: convencernos de que ellos son la espalda de Atlas, el gigante que sostiene el universo; convencernos de que sin ellos será el caos, la oscuridad, el fuego del infierno y el crujir de dientes; convencernos de que gracias a ellos nuestra vida es mejor y de que sin sus reglas el mundo es imposible.
            Los mercados nos han dejado sin la protección de una mentira dulce, de una imaginaria fantasía; creíamos que el poder político en una democracia era nuestro y cuando hemos buscado en los instrumentos de la propia democracia la defensa de nuestros intereses, hemos encontrado que esos instrumentos no nos pertenecen. Por tanto, desconfiamos de cualquier propuesta que provenga de un régimen dañado en su raíz por su sometimiento a los mercados, es decir, a los intereses del capital que se empeña en acumular riqueza a nuestra costa.   
    Así que hay una cuestión primordial en nuestra vida, recuperar una democracia saludable y participativa, aunque esa propuesta alarme a los mercados y enerve a  los políticos de oficio.
            Hoy debíamos estar celebrando que la democracia ofrece mil caminos. 
           Sin embargo, tenemos a media hasta las banderas de los medios de comunicación y la de los medios de participación democrática porque ha muerto un empresario, como si esa fuera la cuestión primordial.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Manipulación

   Puede uno hacerse una idea de hasta qué punto el cinismo se ha adueñado de la vida pública escuchando al presidente del gobierno y a cualquiera de los miembros de su gabinete. España es jauja. Cualquier país del mundo nos envidia. 
      No importa la realidad, si la fuerza de las mentiras, la manipulación constante, decanta votos en su cesta. 
        La causa primordial no es solo que la tradición más arraigada de este país sean la corrupción y el engaño; hay otra causa en otra tradición tan arraigada como aquella, la permisividad con el corrupto y el gusto por resultar engañado.
        A nadie puede extrañarle que se recurra a este instrumento. Es muy antiguo. Y casi siempre dio el resultado apetecido.
      Durante el verano, en lugar de dedicarme a cansaros con mi visión ácida del presente en esta crónica de la indignidad, me he retirado con Medea y con Jasón, un viejo mito de ambiciones y de manipulación que convierte una historia de desembarcos y saqueos en una epopeya incuestionable. También es la historia de una mujer que eligió una forma de vida y se vio traicionada. 
    Os dejo un extracto, para que comprobéis cómo un 24% de paro se puede convertir en un éxito del gobierno. 
       Manipula, que algo queda.

    "Un día, apenas atravesada de una parte a la otra la mar arisca y espumosa de ese estrecho que los griegos llaman Helesponto, pusimos proa a una isla que se avistaba en el horizonte. Las provisiones que hicimos en Lemnos tocaban ya a su fin.
            El esónida[i] y algunos de los hombres que él eligió para ser sus escuderos, se aprestaron a buscar con qué llenar nuestra bodega. También era preciso encontrar algún animal para proceder al sacrifico a Apolo, el dios del desembarco.
            A su vuelta, cargados de verduras y con algunos animales, yo pregunté por los detalles. Las Musas aguardaban el material con el que ellas fabrican la gloria de los héroes. 
            Encontraron, según me contó uno de aquellos hombres, algunas huertas en su deambular por terrenos que no estaban muy lejos de la costa, y algún rebaño con escaso ganado. Según reza la ley de los viajes por la mar, tomaron a escondidas cuanto les fue posible. Había dinero en la bolsa de Jasón. Pero es preciso ahorrar lo que se pueda porque nadie conoce cuánto tiempo durará nuestro periplo.
            Como era previsible a plena luz del día, su quehacer fue descubierto por los habitantes de la isla y  hortelanos humildes, armados con las horcas de madera que utilizan para remover la tierra, y pastores, que blandían sus cayados, se aprestaron a defender sus pertenencias. Incluso las mujeres y los niños acudían para armarse de piedras y expulsarlos de sus campos de cultivo y de sus prados.
             El combate fue breve. Los arqueros de Jasón les provocaron numerosas bajas  y los isleños, derrotados con honra a pesar de su valor,  abandonaron  con prontitud el campo de batalla sin que Jasón y  los suyos tuvieran necesidad  de llegar al combate incierto que ha de librarse cuerpo a cuerpo contra hombres furiosos que defienden lo suyo.
            Poca gloria se desprende de una victoria y un saqueo en aquellas condiciones desiguales y Yolco aguarda a un héroe para poner sobre su frente una corona.
            Jasón se ejercitaba ya para su oficio. ¿Qué es un rey, si no un hombre que toma lo que quiere? Siempre habrá a su lado otros hombres de armas para que esa prerrogativa resulte indiscutible. Y siempre habrá un poeta, comprado con una vaga promesa de olivares, dispuesto a enaltecer sus fechorías.
             Así que había que enmascarar un crimen, que en todo caso deshonra a aquel que lo comete, y convertirlo en una hazaña.  A Heracles le reservé en aquella isla un momento de gloria; se le agotaban ya las oportunidades, porque yo había decidido dejarlo abandonado en tierra firme.
            Heracles resulta indominable. Desde que a punto estuvo de dejar en Lemnos al argonauta en jefe, yo estoy temiendo que él, con su fuerza sorprendente, someta a las Musas que me inspiran y conviertan mis hexámetros en su jardín privado. No hay héroe más definido en Grecia que este forzudo legendario. Cada griego conoce sus andanzas y cada griego conoce la respuesta que Heracles ofrece en cada caso.
            Jasón, por su parte, anda sobrado de ambición pero carece de carácter. Tampoco tiene un plan secreto que lo convierta en jefe indiscutible. Solo dos cosas sabemos con certeza del argonauta en jefe, que necesita dos medimnos[ii] de oro y que está dispuesto a cualquier cosa por lograrlo.
            Heracles, sobre la cubierta del Argo, es una amenaza permanente porque las Musas y yo no podremos someterlo a la autoridad indecisa de Jasón.
            Y, siguiendo el plan trazado durante la travesía, una vez en tierra yo tomé el cálamo, la tinta y el blanco pergamino y mis hexámetros tejieron sus mentiras inspiradas.
            Poblé aquella isla, habitada por pobres campesinos, con hombres monstruosos de seis brazos  a los que llamé los hijos de la tierra y fueron ellos los que vinieron a acometer el Argo, arrojándonos piedras de gran peso con la intención de hundirnos. Ellos, del tamaño de un pino, odiaban a los hombres sin motivo. Quizás porque son un engendro de Hera.
            Fue Heracles, con su arco infalible, el que nos libró de ellos. Uno por uno los fue abatiendo su tino que no admite parangón. Habría sido un espectáculo de los que un poeta graba profundamente en su memoria ver al héroe derribarlos con su maza en un combate singular en tierra firme, pero no hubo ocasión. Todos aquellos hijos de la tierra perecieron aquel día. Unos cayeron junto al agua y las olas arrastraron sus cuerpos como alimento para las criaturas de la mar. Otros quedaron sobre la playa, y los cangrejos, las aves de carroña y las alimañas nocturnas darían por bueno el desenlace.
            Nosotros celebramos la victoria con el banquete ritual. Apolo el que favorece el desembarco tuvo su sacrificio y Orfeo amenizó aquellas horas de asueto con su lira y su voz de registros imposibles. De sus oscuros escondrijos en el bosque próximo salían las fieras a escucharlo, florecían los frutales sin que fuera la estación propicia, y una fuente de agua cristalina brotó de forma inexplicable no lejos de nosotros sobre una colina pedregosa. Que me perdone Orfeo, a quien no conozco, pero él no me ha prometido un olivar. Le pusimos por nombre la fuente de Jasón y, desde entonces, ofrece sus claras aguas a los marineros  que arriban a esa isla con sus odres vacíos por el largo viaje. Todos agradecen al príncipe de Yolco el beneficio que produce su legado.
            La realidad, que no genera versos memorables, es que, una vez realizado el sacrificio presuroso y asegurados en la bodega los pellejos de agua  y las cestas de verdura, cargamos los animales vivos en el Argo, aun a riesgo de convertir la cubierta en un establo, e izamos la piedra cuadrada que le sirve de ancla.
            Cabía el riesgo de que los habitantes de la isla, recogidos sus muertos de los prados donde se había librado aquel combate desigual y breve, redoblada su cólera por el recuento de la gente caída bajo las flechas de ladrones que cruzaban la mar en un barco de guerra, encontraran la forma de atacarnos de nuevo y, esta vez, con fortuna.
            Cualquier pueblo isleño sabe muchas maneras de rechazar a los piratas.
            Es sabido que en cada isla hay honderos precisos capaces de alcanzar a un barco anclado con proyectiles de fuego que fabrican con pez griega.
            Así que huimos.
            Grecia no lo sabría por mi poema.
            Jasón no querrá recordarlo.
            Y yo transformé aquella huida apresurada en un viaje plácido en el que unos héroes despreocupados, satisfechos por aquella victoria memorable sobre los hijos de la tierra y animados por el vino trasegado en el banquete, porfiaban entre sí sobre sus propias fuerzas."



[i]  Esónida: hijo de Esón, es decir, Jasón.

[ii] Medimno: medida griega para medir sólidos; aproximadamente 50 Kg.




sábado, 30 de agosto de 2014

Progresamos

      El veinticinco de agosto París estaba engalanado para celebrar que setenta años antes fue liberado por los aliados de la ocupación alemana. Un turista desavisado tenía la obligación de preguntar si los fastos previsibles afectarían al horario de apertura de los museos. Entonces descubrí que la celebración era un asunto de políticos y de instituciones. El pueblo de París no celebraba nada y la vida seguía con absoluta normalidad en esa ciudad desmesurada.
            Justo en esas fechas de  celebración artificiosa Hollande provocaba una crisis de gobierno. Tres ministros contestatarios de la izquierda socialista han sido relegados. Los tres se mostraban reacios a aplicar las políticas de Bruselas, que son las de Alemania; he podido leer sus razones en la prensa: son políticas que producen un sufrimiento innecesario al ciudadano, están ahogando la economía de su país y, de momento, no han detenido la sangría del desempleo que, a pesar del repunte del periodo turístico, ha crecido casi un tres por ciento en el último semestre.
            Durante mucho tiempo hemos vivido convencidos de que los grandes males del pasado no volverían jamás porque el comercio global y la mutua dependencia lo impedirían.
            Pero el caso de Francia, por citar el más cercano, nos devuelve al pasado de una forma evidente. El imperio ha vuelto. Antes los imperios eran el resultado de la conjunción de una megalomanía, un ejército poderoso que conquistaba los territorios deseados y unos teóricos a sueldo encargados de justificar  las tropelías con argumentos morales. Hoy los ejércitos ya no resultan necesarios. La megalomanía sigue imponiendo su criterio enfermizo, unos pocos necesitan acumular riquezas de forma desmedida a costa del resto de la humanidad. Y los teóricos a sueldo esgrimen un argumento que estiman del todo incontestable. El Estado es caro; los servicios que el Estado presta son inviables. Al parecer la riqueza que generamos tiene un destino digno, acabar en las manos de una minoría extractiva y, en muchos casos, delincuente. Ese destino es más digno que paliar desigualdades con servicios públicos gratuitos de calidad.
            El mundo es de ellos. La riqueza es de ellos. Cualquier propuesta que niegue ese principio es utópica, irracional, irresponsable.
             Un imperio invisible nos domina, nos impone medidas que no compartimos, vacía de contenido nuestras leyes, nos esquilma y nos impone un futuro lamentable.
            Hemos vivido convencidos de que los males del pasado no volverían jamás. Pero vuelven con obstinación.
            Creíamos que ya ningún país se anexionaría territorios ajenos empleando la fuerza. Pero Putín, una megalomanía antigua perfectamente conservada en el alcohol del vodka, se anexionó Crimea con toda impunidad  ocupándola con su ejército disfrazado y ahora amenaza Ucrania, un país soberano, a donde transporta sin tomarse la molestia de ocultarlo su artillería pesada y sus carros de combate.
            Y un pasado aun más lejano se cierne sobre nuestra plácida confianza en el futuro: una peste mortal se adueña poco a poco de un continente entero. Como ha sido siempre un mal de pobres africanos, hoy es incurable. Nadie se tomó nunca la molestia de buscarle remedio. ¿Para qué buscar remedios a una enfermedad que afecta a gente que no puede pagarlos? Pero, de pronto, descubrimos que ninguna frontera es eficaz contra la muerte. Nos hemos dado de bruces con la dolorosa evidencia de que el Ébola, como el capital inversor, tiene vocación globalizadora y llama a nuestras puertas.
              Y se multiplican las tierras convulsas, - Irak, Siria, Libia, Gaza-  donde la paz, como una flor cortada, se ha marchitado de forma irremediable, donde la vida carece de valor bajo la fuerza destructiva de la invisible tectónica de placas de los intereses encontrados y las cuentas pendientes. 
     Mientras en el Oriente próximo, El Estado Islámico resucita la Edad Media con una violencia inesperada, exigiendo la conversión al Islam o la vida. Un genocidio más, en nombre de la pureza de una fe que niega lo que afirma defender.
Mucho más lejos, un viejo debate sobre islotes esparcidos por el mar de China, nos aboca a los comienzos de aquella guerra destructiva que el pueblo francés, con buen criterio, no quiere recordar.
         Cada gran crisis desembocó en un conflicto armado cada vez más destructivo, como si la humanidad necesitara una cura de humildad o una catarsis.
           Durante mucho tiempo hemos visto las guerras como algo ajeno, distante, como un incendio controlado porque la industria de la guerra necesita mercados.
            Hoy ya no sé si esa paz que nos permitía una placida existencia está garantizada.
            Sin duda progresamos.     


domingo, 3 de agosto de 2014

Las dimensiones de la crisis

     La crisis económica en el sistema capitalista es siempre una posibilidad. Esta que ahora nos marca la piel comenzó a gestarse en 1999.Quizás esta de ahora sea la crisis más explicada y estudiada de la historia de la humanidad. A pesar de ello, también es probable que sea la que se haya gestionado con peores intenciones. Y por si alguien cree que he perdido la referencia temporal de acontecimientos tan próximos, explicaré las razones de mi afirmación.
Existía en los EE.UU. una ley, con vigencia desde el ¡1923! que separaba claramente la Banca de depósitos, la que atiende a los ciudadanos y gestiona sus cuentas y sus ahorros, de la Banca de inversión, la que maneja los mercados y persigue obtener beneficios, -cuantos más y en menor plazo, mejor-,  a toda costa, aun a riesgo de perder en ocasiones. Unos han de perder para que otros ganen en el mar inestable de las finanzas plagado de bucaneros amorales a los que el liberalismo extremo que domina la política de los estados ha concedido patente de corso.
            Esa ley separaba claramente la banca del ciudadano medio, cuyos ahorros eran imprescindibles para su futuro, para garantizar recursos en las épocas malas o una vejez decente, de la banca de los que estuvieran dispuestos a arriesgar su dinero en ese juego de azar que llamamos Bolsa, ese lugar del planeta con el microclima más favorable para la generación de delincuentes. Y las separaba porque en ese  juego, como la historia cotidiana nos demuestra, muchos pierden. Había que defender a toda costa de ese riesgo los ahorros de las clases medias, un significativo porcentaje, por otro lado, de la capacidad financiera de un país.
En 1999 esa ley de derogó. Ahí, en las Cámaras Legislativas Americanas, se gestó el comienzo de esta ruina y de esta negativa transformación de nuestro mundo. La Banca de los ciudadanos corrientes comenzó a arriesgar los ahorros de las clases medias en operaciones de inversión escasamente fiables y contaminó con su procedimiento a buena parte del sistema financiero mundial. 
En España el único rescate que hemos necesitado hasta el momento ha sido el rescate del sistema financiero. Una vez más el espejismo del crecimiento infinito, perseguido por los seres más irracionales de la tierra, nos condujo a la catástrofe.
Las consecuencias de esta crisis han transformado Europa de forma radical. Ha afectado, por supuesto, a buena parte del mundo, pero ha sido Europa, el continente más sensible porque gozaba hasta entonces de la mayor calidad de vida de la tierra, el que ha sufrido las consecuencias más visibles.
Como una bomba de racimo, esta crisis ha ido explotando en diferentes ámbitos de nuestra vida.
Primero, fueron las consecuencias económicas. De crisis financiera se convirtió con la virulencia de un incendio en un trigal de junio en una crisis económica de carácter general; luego, en una crisis de deuda de los países más dependientes de los mercados para su financiación; una vez en esta rueda, las garantías exigidas  a los países más endeudados se han llevado por delante el Estado del Bienestar que garantizaba cotas altas de igualdad.
Y ahí explotó el racimo de las consecuencias sociales. Sería prolijo enumerar aquí  los sufrimientos a los que se están viendo sometidos millones de seres humanos. La precariedad, la pobreza, la indefensión frente a sus necesidades primarias, la vaciedad de los derechos que consagran las Constituciones se han instalado en nuestras vidas. La desigualdad, el gran enemigo de una organización social equilibrada y pacífica,  se multiplica hasta cotas inaceptables en una sociedad democrática y desarrollada. 
Y eso ha traído la tercera explosión de consecuencias que apenas estamos descubriendo; las formas actuales de participación política parece que ya no responden a las nuevas exigencias. La crisis financiera que originó el neoliberalismo envenenado y su rechazo a cualquier control de sus desmanes por parte de las leyes, de la propia sociedad en su conjunto, ha puesto en riesgo también a sistemas democráticos aparentemente bien consolidados. Los ciudadanos tienen la impresión de que los gobiernos ignoran las necesidades de los pueblos, porque no coinciden con las exigencias de los mercados y los inversores. Es el capital especulativo es que establece las normas de este juego. Eso parece y eso se ajusta a la realidad que nos acosa. ¿De qué nos sirve entonces esta aparente democracia….?
Pero hay una cuarta explosión que tiene sus manifestaciones cotidianas y sangrientas. La crisis financiera ha acelerado la crisis de valores. La ética se ha volatilizado, presionada por los innegociables intereses económicos. La mayor monstruosidad que puede cometer cualquier especie es atentar contra sí misma: Y si la que  lo hace es una especie racional que fue capaz de establecer, por encima de cualquier credo o cualquier circunstancia, los derechos humanos como un código sagrado, no es sino una muestra de que la  locura y la ambición desmedida caminan de la mano.
Hay mil ejemplos cada día en que se desprecia al ser humano, convertido en un activo más, pero quiero centrarme en dos muy actuales y en el comportamiento hipócrita del mundo civilizado.
Los separatistas ucranianos, apoyados militarmente por Rusia que los arma, derriban un avión comercial  de pasajeros en un vuelo internacional que cruza el territorio que dominan. Un crimen de lesa humanidad en toda regla sin justificación alguna. La Europa civilizada, democrática, cristiana, y uno de los mayores consumidores del mundo, aspecto que también le otorga autoridad, ha tardado una eternidad en reaccionar, y la reacción no ha sido unánime. Rusia es la dueña del gas que Europa necesita, y Rusia es uno de los clientes más activos de la industria armamentística de Europa. ¿Qué importa un crimen más de lesa humanidad, si están en juego los sacrosantos intereses del dinero…?
Y a gran distancia de este avión sacrificado, en Gaza se está cometiendo un genocidio. Un doble agente lo perpetra. 
De una parte Hamás provoca al enemigo despiadado con cohetes que en poco o nada afectan a la seguridad del carcelero que lo tiene sitiado en un reducido campo de concentración. Seguramente es un ataque diseñado para provocar la respuesta desmesurada que suele ser costumbre en esa zona. Espera conseguir con ello alguna reacción internacional, supongo yo. A cambio, no le importa sacrificar la vida y la seguridad de miles de sus conciudadanos.
De otra parte, Israel actúa con la táctica que lo ha defendido hasta hoy de sus vecinos, sembrando el terror con respuestas inhumanas y crueles que ignoran absolutamente los derechos humanos, las leyes internacionales y cualquier convención establecida para caso de conflictos armados.
Israel reacciona como un estado terrorista. 
No lo digo yo; con otras palabras más comedidas que las mías lo declara el Secretario General de la ONU. Pero la ONU es solo un foro impotente, condicionado por el derecho de veto de los ganadores de una guerra antigua y destructiva.
Cualquier ser humano racional esperaría una intervención autoritaria del resto de las naciones civilizadas, una condena, al menos. Inútilmente. Israel frecuenta las ferias secretas del mercado de armas. Debe ser uno de los mayores consumidores del mundo. Una bendición para los fabricantes de cualquier país. Los gobiernos civilizados rezan por la paz e invocan la cordura entre los contendientes desiguales. Mientras, van atendiendo las demandas de los arsenales de Israel y bendicen el generoso uso que hacen de sus instrumentos de destrucción.
Ciertamente, estas situaciones no son una consecuencia directa de la crisis. La crisis solo ha acelerado el deterioro de los derechos humanos, la indiferencia ante los genocidios. 
Israel ganará esa guerra contra sus prisioneros, pero habrá perdido definitivamente el respeto de cualquier ser humano racional, en cuyo interior aun alumbre un destello de humanismo. Eso carece de importancia para ellos, porque aquellos que manejan los hilos del poder verdadero han confirmado con la crisis que la ética que debiera regir el comportamiento de la especie ya no cotiza en sus mercados, que el desprecio que nos generan los comportamientos inmorales y violentos, incluso la ira indefensa que sentimos, no alcanza a sus elevados torreones, donde impera el cinismo, la mentira, el desprecio a la vida y cualquier crimen que genere beneficios.