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jueves, 22 de marzo de 2018

Sobredosis


Yo desayuno con la prensa escrita cada día. Y en los últimos años, además de mantequilla, tengo la sensación de untar en la tostada enormes porciones de miseria moral que caen como polución ambiental, espesa y maloliente, sobre el pan del desayuno desde los titulares de la prensa.
No es culpa de la prensa, sino del mundo actual que genera las noticias. He sopesado renunciar a la costumbre, pero nunca me decido. Quizás uno de los objetivos secretos de quienes gobiernan nuestras vidas es que, asqueados del mundo y cansados de la manipulación y de las noticias tendenciosas o sencillamente falsas, renunciemos a saber lo que sucede alrededor. Es bien sabido que la conciencia crítica disminuye en situación de aislamiente o cuando uno  se da por derrotado que viene a ser lo mismo.
Entre 1955 y 1975 tuvo lugar una de las guerras más duraderas que haya librado Estados Unidos en su breve y belicosa historia, la Guerra de Vietnam. Un simple vistazo a los archivos históricos nos confirmará que Estados Unidos reconoce haber experimentado 58.159 bajas y aproximadamente 1.700 desaparecidos en esa confrontación. No son muchos si tenemos en cuenta que aquello se extendió durante veinte años y que los medios de los que la industria armamentística proveyó a los contendientes eran extremadamente destructivos.
  En un solo año, el pasado y primero de la era Trump, la sobredosis de opiáceos ha provocado, según se lee en la prensa, casi 64.000 víctimas en ese país, algunos miles más que veinte años de guerra feroz en las selvas de Indochina.
        La mayor parte de los drogodependientes existentes actualmente en Estados Unidos han sido conducidos a ese callejón de difícil salida por las industrias farmacéuticas en los últimos quince años con la colaboración del sistema sanitario. La venta de oxicodona y vicodina, pastillas que popularizó la serie Housse, opiáceos fuertemente adictivos y consumidos casi como paracetamol por la población americana, se convirtió en el negocio del siglo para dichas industrias. Generaban drogadictos fieles a la marca con la connivencia del sistema sanitario, mientras los políticos, poco dados a regular la actividad económica de sus donantes para no perder sus beneficios, miraban en otra dirección.
El titular que contaminó mi desayuno, entre otros muchos de difícil digestión, es la propuesta de la culebra que Zeus ha enviado a las ranas americanas para que gobierne el lodazal. Trump propone la pena de muerte para los narcotraficantes, pena de muerte para los proveedores de la legión de drogadictos que han generado una industria farmacéutica sin escrúpulos, un sistema de salud en manos de compañías privadas que buscan casi siempre el beneficio ignorando compromisos deontológicos y la propia incomparecencia del Estado en asunto tan principal como debiera ser velar por la salud de sus conciudadanos.
Pero Trump enfoca su rifle justiciero en dirección al proveedor. La solución estriba en disparar al proveedor, mientras escapa ileso quien generó las condiciones para que una población indefensa y engañada sobre la adicción a la que la estaban sometiendo haya de recurrir a gente sin conciencia, la delincuencia organizada que aprovecha la situación para buscar también  su parte del pastel a costa de esa sociedad quebrantada y enferma que tiene al enemigo gobernando sus vidas.
Para eso lo eligieron.

martes, 13 de marzo de 2018

No os quejéis de la lluvia



No hará dos meses saltaban nuestras alarmas desajustadas y con escasa memoria. El norte húmedo y lluvioso, donde nunca falta el agua, se moría de sed; en algún caso era incapaz de abastecer a sus ciudades.
Pero ahora, tras una infrecuente secuencia de borrascas sobre la península Ibérica, no es extraño escuchar quejas sobre tanta lluvia.
Aunque individualmente cada conciencia es inclasificable, en conjunto somos una especie ciclotímica. Cambiamos de opinión muy fácilmente según las circunstancias, y atendiendo al presente por encima de cualquier otra consideración. Hoy por hoy el presente nos agrede, y en consecuencia el futuro que podemos intuir no es halagüeño, sino agresor y duro: el cambio climático es, de todas las amenazas potenciales, la más universal y cierta.
 Pero no son menores las demás: enajenación de los poderes democráticos que han sido usurpados por organizaciones incontrolables bajo el oscuro manto de lo que llamamos el mercado, empobrecimiento de las funciones del Estado que algunos desean minimizar a las de una policía obediente y una justicia controlada, corrupción y cleptocracia en cualquier lugar al que dirijamos la mirada y un empobrecimiento del pensamiento crítico que favorece la manipulación y el control sin resistencia de las masas temerosas, confusas y desarmadas ya de ideas, de cohesión y de valores colectivos. A ello se suma últimamente el retorno de los viejos demonios de la Guerra Fría, dado que las emanaciones tóxicas del pozo ciego donde acumulamos la injusticia con que administramos el mundo, han contaminado los sistemas democráticos y los pueblos confían el poder a oportunistas, descuideros y analfabetos, en el más exacto sentido del término, que engrasan sus arsenales nucleares y presumen de que el mundo es su cortijo.
Todas estas amenazas carecerán de importancia en un futuro próximo, si no solucionamos la primera. Sencillamente, porque careceremos de futuro. Oigo quejarse a algunos porque ya ha llovido demasiado y me invade una mezcla de desesperación y de disgusto.
Hay previsiones fiables que anuncian que, si no tomamos medidas urgentes, el desierto africano habrá llegado, por Levante, hasta el delta del Ebro en cincuenta años. Y esas previsiones se van cumpliendo de forma acelerada. Los agricultores murcianos buscan ya asentamiento en otros lugares de España o abandonan su oficio.
He oído en varias ocasiones al eminente físico Stephen Hawking afirmar que debemos prepararnos para abandonar este planeta en el plazo máximo de un siglo porque será incapaz de garantizar la subsistencia de la especie. Y lo peor de ese aserto es que este hombre, sin duda sabio, no utiliza de forma inmediata una oración condicional tipo “si no cambiamos nuestra forma de vida y nuestra relación con el planeta…”.
 Siempre aguardo, inútilmente, que Hawking enuncie esa condición porque eso nos daría alguna oportunidad. Pero miro a mis nietos, y confío en que este sabio ande errado en esa previsión.
No os quejéis de la lluvia.
El agua es un bien escaso y maltratado. Temo que un día la privaticen parlamentos serviles, sometidos a los intereses de los amos del mundo.
La lluvia es democrática y es un magnífico regalo del planeta.


viernes, 9 de marzo de 2018

MUJERES

        Desconfío por sistemas de las fechas señaladas. Suelen responder más a expectativas que se crean que a los resultados posteriores. Pero es posible que ayer las mujeres y los hombres que  las acompañaron en sus manifestaciones estuvieran haciendo historia. Porque el progreso humano, en el ámbito de los derechos, no ha sido nunca consecuencia de un proceso natural. Ha costado mucho esfuerzo y, casi siempre, sangre. Y su inicio lo marca la toma de conciencia de las desigualdades injustas de un determinado grupo humano en un momento dado. Esa toma de conciencia colectiva, que se consolida de forma progresiva, encuentra siempre el momento preciso para convertirse en un motor poderoso e impulsar a  ese grupo humano afectado para conseguir – o recuperar - su soberanía y su derecho a diseñar la sociedad en la que viven con normas que se ajusten más a sus expectativas y a su concepto de lo que resulta justo.
Comparto con una buena parte del vejo humanismo europeo la visión del futuro como un tiempo poblado de amenazas que aún no dan la cara plenamente. Pero suelo caminar entre esas amenazas armado con una especie de optimismo histórico que me defiende de la desesperación y la impaciencia, esos dos males tan frecuentes en nuestro mundo occidental que ha perdido ya la memoria del hambre verdadera, la pobreza verdadera y la verdadera ausencia de derechos que nos azotó no hace todavía tanto tiempo.
          Ese optimismo histórico tiene unos fundamentos bien sólidos. A lo largo de la historia humana, quienes reclamaban soberanía y reconocimiento de derechos acabaron triunfando. De otro modo, el soporte del capitalismo actual aun seguiría siendo la esclavitud, por recurrir a un caso extremo. 
       El recorrido es siempre largo y tortuoso; suele estar plagado de batallas perdidas, pero siempre triunfaron quienes demandaban ampliación de derechos propios sobre los privilegios ajenos. La victoria nunca resultó definitiva, desde luego, pero hemos avanzado.  La historia está llena de indignados que lograron, en parte al menos, sus objetivos.
         Amparado en ese optimismo, espero estar asistiendo a momentos históricos en los últimos días; primero, los jubilados, reclamando al estado que cumpla sus funciones primordiales de redistribución y protección de los más necesitados; ayer, las mujeres que levantaban la voz contra las desigualdades inaceptables por cuestión tan insignificante como el sexo con el que uno nace, y espero que el precariado que generó la reforma laboral del Partido Popular, los parados de larga duración y los jóvenes casi sin esperanza de un futuro laboral digno asuman su parte en esta coral de la indignación justísima que llena las calles del país. Los citados colectivos conforman el ochenta por ciento de la población con derecho a voto. Y tienen motivos sobrados para hacer valer la fuerza de esos votos. 
     Otro país es posible sin necesidad de grandes transformaciones. Bastaría con el cumplimiento decente de la ley. 
          Ahora bien, la lucha por la equiparación de las mujeres en todos los aspectos que nos parecen necesarios no es solo cuestión de leyes. Muchas desigualdades se han horneado en la intimidad, producto de una educación secular, en el seno de las propias familias. Los avances hacia la igualdad definitiva están siendo un proceso educativo laborioso y largo. Y la mayor parte de ese proceso debe producirse en el seno de la familia o no será jamás definitivo. Si la educación para la igualdad verdadera no se asume en ese ámbito, será una apariencia, una actitud hipócrita, o un discurso oportunista para atraer votos en tiempos de elecciones.

jueves, 1 de marzo de 2018

¡PUTOS VIEJOS!


          ¡Con la que está cayendo y se echan a la calle! Mañana estarán todos atestando las urgencias del país.
He oído decir eso mismo esta mañana.
Y en algún programa matinal de las televisiones he oído a alguno de los voceros profesionales del sistema, los que asumen la encomienda indigna de justificar nuestro presente o desviar las atenciones de la gente hacia el prófugo Puigdemont y sus secuaces, que, siendo razonables sus reclamaciones, los pensionistas olvidan que en breve cada dos trabajadores deberán mantener a un pensionista. Y que algunas pensiones duplican los ingresos de cualquier mileurista afortunado, de los pocos que aún queden
Hace tiempo que nos engañan de forma mancomunada y programada. El objetivo es minimizar las funciones del Estado. Solo una vez lo proclamó Rajoy en las generales de 2011: “Menos Estado, para salir de la crisis”. Luego, debieron recomendarle prudencia en sus palabras, aunque en la práctica ha estado llevando a buen término su proclama.
Hoy oímos con frecuencia que en política son una cosa las buenas intenciones y otra distinta las posibilidades de llevarlas a la práctica.
“No hay dinero”, nos dicen.
Me temo que los pensionistas, como yo mismo, no los creen.
Y pudiera parecer a simple vista que estos putos viejos que ahora se levantan a pesar de las inclemencias del temporal beneficioso que hemos llamado Emma para calmar a las mujeres levantiscas son insolidarios e inoportunos.
Yo creo que son muy solidarios, además de oportunos.
No se rebelan contra el miserable 0,25% con que el sistema cumple su miserable compromiso de subir las pensiones cada año, una mentira más que se disfraza de verdad aparente en tiempos de manipulación desvergonzada. Los putos viejos reclaman la vigencia del sistema, porque Fátima Báñez acaba de deslizar un aviso envenenado; ahora que la situación económica mejora, conviene recordar a los españoles la conveniencia de ahorrar para el futuro contratando un plan de pensiones.
Si ese es el horizonte hacia el que nos encaminamos, en apenas una generación las cuatro quintas partes de los viejos españoles no tendrán nada que envidiar a los viejos de Bangla Desh, que ocupan los últimos años de su vida consciente escarbando basureros.
Contra eso se rebelan los putos viejos. Quieren que sus hijos y sus nietos también tengan pensiones. Porque los putos viejos siempre tuvieron la esperanza de que el mundo que estaban levantando con su trabajo, con su sacrificio cuando fue necesario y con sus impuestos ofreciera a sus hijos y a sus nietos una vida mejor que la que ellos pudieron permitirse. Pero muchos de esos putos viejos conviven hoy con la experiencia insoportable y dolorosa de que sus hijos en la flor de la vida y en plenitud de fuerzas, con cargas familiares, solo atisban un futuro amenazante y una precaria vida laboral en el mejor de los casos.
Esa experiencia remueve la conciencia. Y los viejos que salen a la calle en medio del viento huracanado y de la lluvia racheada no reclaman que les suban las pensiones cinco euros en lugar de uno. Por esa nimiedad ningún viejo en sus cabales afrontaría los rigores de la borrasca Emma. Andan reclamando la vigencia del sistema y el futuro de sus hijos.
Esa corriente de indignación dolorida y justísima resulta tentadora para cualquier oportunista de la política y oiremos propuestas cínicas desde todos los rincones. Todas esas propuestas son un canto de sirena, un anzuelo cebado, una mentira más de las muchas con las que intentan desviar nuestra atención.
El Estado que reclamamos, el que conformamos todos con la ineludible obligación de cuidar unos de otros, según el credo de la vieja izquierda humanista en la que tomó forma mi conciencia social, no es inviable. Tampoco resulta insostenible. Echad cuentas: entre noventa mil y ciento treinta mil millones de euros escapan cada año de las arcas del estado por la evasión de impuestos. Son cifras constatadas un año sí y otro también por los Técnicos de Hacienda que denuncian, por un lado, las trabas legales para perseguirlo y, por otro, la ausencia de efectivos humanos para acabar con esta lacra o minimizar sus destructivas consecuencias.
¿Rebajas fiscales a las pensiones más bajas, señor Montoro? ¿Qué cuento es ese…? ¡Están exentas casi todas ellas!
¿Impuesto extraordinario a la Banca para subir un 1,25% en lugar del 0,25% del gobierno, Señor Sánchez?
Mejor sería sentido de Estado y vocación política para solucionar buena parte de nuestros males con una política fiscal justa, que persiga y obligue a hacer frente  a sus obligaciones fiscales a la infinidad de evasores que ponen en peligro nuestro futuro cada día.
Y no hablo sólo de los grandes evasores. No son los únicos culpables, aunque sí los más eficaces y mezquinos. Hablo también de todos aquellos que despotrican de los putos viejos en las cafeterías mientras aceptan un recibo sin IVA en el taller de reparaciones de automóviles o por parte del fontanero que desatascó su fregadero.


jueves, 8 de febrero de 2018

MIR docente



        Había al comenzar la legislatura algo parecido a un acuerdo entre los partidos de la oposición para lograr la retirada de la LOMCE redactada por Wert y sus equipos y aprobada por el Parlamento Nacional con los solos votos del Partido Popular. Todos los demás partidos votaron en contra con la excepción de Unión del Pueblo Navarro, una de las marcas asociadas de los Populares, que se abstuvo.
    Aquel aparente acuerdo de la mayoría del Arco Parlamentario hacía presagiar cierta premura por establecer un pacto de Estado sobre la Educación y afrontar de forma responsable y honesta un asunto urgente y decisivo para nuestro futuro. 
       Hoy, más de un año y medio después de aquellas elecciones, la LOMCE sigue en vigor. Y la única propuesta que ha trascendido hasta ahora se refiere a un nebuloso plan de formación del profesorado. 
       En mi opinión, esa propuesta del MIR docente es perezosa. Es,  además, mal intencionada; dice a voces que el problema educativo en España está relacionado con la escasa preparación del profesorado. Solo se me ocurren exabruptos para responder a tamaña descalificación colectiva, aunque no podría renegar de cualquier mejora en la formación del profesorado. La mayor parte del profesorado con quien he compartido mi vida laboral siempre ha estado dispuesto a mejorar. 
      Aparte de la precarización laboral que se deriva de esa propuesta de dotar al sistema educativo de  becarios permanentes, se soslaya el asunto primordial de cualquier pacto de Estado sobre la Educación, que debería empezar por dar respuesta a una pregunta que nadie hace porque resulta escasamente conveniente. 
      Antes de hablar de la formación del profesorado, deberíamos responder a esa pregunta: ¿qué clase de ciudadano queremos que herede y gestione la España del futuro? 
     Una vez respondida esa pregunta, quizá podríamos ponernos de acuerdo en qué deberíamos enseñarle que le resultara útil y enriquecedor y  le facilitara el futuro. 
    Hasta ahora los docentes hemos soportado descalificaciones muy duras, de muy diversa procedencia, porque no nos hemos preocupado en demasía de formar trabajadores adecuados a las necesidades del sistema productivo. Eso no es nuevo. Arrastramos esa exigencia desde la LOGSE. 
       Pero es que tampoco hemos resuelto la duda primordial; estriba en si la educación ha de formar trabajadores para la empresa o individuos que sepan gestionar de forma responsable sus vidas, las relaciones con su pasado, con los otros individuos con los que comparten el presente y con el medio en el que viven. 
       Y por otro lado está el asunto de los contenidos, incluyendo el rico legado cultural de nuestra historia, el que nos ha construido tal como somos en el sur de Europa.
         El denostado sur de Europa tiene una cultura milenaria, muy anterior al cristianismo que arraigó y se expandió sobre las estructuras del Imperio Romano.
        Esa cultura fue posible porque tuvo un alfabeto; se las ingenió para poder legar cada descubrimiento a las generaciones posteriores. 
     Y esa cultura fue tomando forma en la progresiva organización social; en los avances de la ciudad, sus leyes y sus sistema de impartir justicia; en el avance de las comunicaciones; en la creación de tradición y de cultura; en la organización militar y en los procedimientos de conquista y de colonización; en la organización de la subsistencia mediante la explotación de los recursos; en el afán por dotar a la vida de comodidades y en la administración del ocio y los placeres, incluido el goce de las creaciones artísticas; en la justificación moral de todo ello mediante el pensamiento organizado, la Filosofía; en el esfuerzo sistemático por comprender las reglas que marcan el devenir de los acontecimientos humanos, para lo cual creó la Historia; en el afán por conocer y comprender los fenómenos naturales, dando lugar al nacimiento de las Ciencias. 
      Todos esos aspectos nos hablan de una civilización única en toda la extensión del continente. 
        Y sus herederos nos caracterizamos, mientras no se nos obliga a lo contrario, por una mentalidad abierta y casi siempre esperanzada. Es lo que deriva de que las bases de nuestra cultura no sean únicas, sino la amalgama de muchas experiencias, el fruto de muchos mestizajes, el resultado del injerto de múltiples esquejes en el árbol milenario de una historia rica, plural, e inclusiva casi siempre. 
       Todo ello nos ha conducido hasta el presente. Pero de una forma poco sutil hoy nos dicen que la puesta en valor de todo este proceso mediante la reflexión sobre él en el ámbito educativo resta competitividad a nuestros jóvenes y los condena a la precariedad y la pobreza. 
       En mi opinión descreída, ningún cambio legal corregirá el problema principal al que se enfrenta la Enseñanza, el poco valor que la sociedad otorga al conocimiento por si mismo. 
       Pero ese no es un problema del sistema educativo, es un problema social muy arraigado. Es una muestra más, y no la más importante, del deterioro de la autoestima y de la conciencia humana donde la tradición nos fue dejando valores útiles y beneficiosos; de la incomunicación, aunque parezca paradójico, a la que nos ha arrastrado la interconexión abrumadora de la que hoy gozamos; del narcisismo alienante en que la humanidad ha naufragado; del vacío amenazador que se nos abre ante los ojos cuando intentamos imaginarnos el futuro desde la única perspectiva que sabemos utilizar, el individualismo más  indefenso y lastimoso.
    No ha fracasado el sistema educativo solamente. Falla la sociedad que nos acoge, la que nos han estado fabricando y que nosotros hemos ido aceptando sin apenas ofrecerle resistencia.





lunes, 5 de febrero de 2018

Trump, candidato al Nobel de la paz

     Todo el mundo puede ser nominado al Nobel de la Paz, pero sólo algunos pueden presentar candidatos, entre ellos miembros de gobiernos, profesores universitarios, investigadores de paz y premios Nobel. 
     Pero lo cierto es que cualquiera puede ser nominado. Incluso Trump, el autócrata compulsivo que vaga por la red de madrugada tal como un alcohólico insomne y desgraciado vagaría por callejones peligrosos, amenazando a la gente que duerme con el tamaño del botón nuclear que guarda en un cajón del despacho que ocupa.
      A fuerza de considerarlo una amenaza, hemos ido elaborando su perfil desde que comenzó su campaña por la nominación de su partido como candidato a las presidenciales. En varias páginas de mi memoria no guardo ni un rasgo positivo. 
    Maneras de tahúr, fue lo primero que pensé sobre aquel pintoresco personaje que andaba buscando en la política la promoción de sus empresas.
     Luego se fueron acumulando anotaciones que el tiempo ha confirmado. Aislacionista. Incultura lastimosa. Imposibilitado para labores de diplomacia internacional por su desconocimiento y su desprecio del resto del mundo. Ególatra. Inmaduro. Compulsivo. Retador. Cleptócrata como tantos otros emboscados en las guerras por el poder que debilitan a las democracias occidentales. Incapaz de trabajar en equipo. Manipulador. Un hombre irreflexivo que casi nunca calcula las consecuencias de sus actos. Supremacista blanco. Misógino y, por tanto, mujeriego. Desconfiado y suspicaz, de inteligencia limitada, con acusados rasgos paranoides. Desestabilizador para el Secretario de Estado, para las Cámaras Legislativas y para el Pentágono. También para algunas de las grandes empresas del país. 
     Hay, además, una nota amenazante en mi memoria: en sus relaciones internacionales, Donald Trump actúa como un comercial cualificado de la industria armamentística. En su cabeza la guerra es solamente una inversión. Pero, también, la forma más segura de pasar a la historia. 
      Y otra, que supone un riesgo grave en este mundo inestable, descapitalizado de valores universalmente aceptados: Trump es voluble, sin principios, tan falto de afecto verdadero que una lisonja inteligente, a tiempo, bastaría para ganar su voluntad  y hacerle cambiar de orientación en una de esas madrugadas en las que su insomnio enfermizo se puebla de amenazas .
       No lo sigo en Facebook, pero sé que va dejando en la red un rastro de ortografía precaria y de mensajes agresivos, más propios de un solitario compulsivo que desprecia al mundo que de un hombre de estado.
      No dudo sobre la racionalidad de las autoridades académicas que han avalado esa propuesta; yo no creo que hayan perdido la razón. Sólo una duda me asalta: ¿en cuánto habrán tasado sus conciencias?

martes, 30 de enero de 2018

(No vuelvas, Odiseo III) Apunte breve sobre algunos aspectos de la sexualidad en la Antigua Grecia

     En la Grecia Antigua la sexualidad no estaba marcada con el hierro al rojo del pecado, tan presente en el occidente cristiano, ni se justificaba exclusivamente en función de la procreación y el sostén de la especie. 
       Valoraban y enaltecían sus aspectos placenteros. 
    Pero no todo era tolerancia y amplitud de miras. No podemos generalizar. Hay escalas, parámetros impuestos como siempre por el grupo social más influyente en cada época; en la época en la que se desarrolla la acción de esta novela, los valores los establece la aristocracia guerrera.
     La relación erótico amorosa entre personas del mismo género está presente en este relato. Mucho se ha hablado y escrito sobre este tipo de relaciones, muy presentes en la antigua Grecia. La poesía de Safo o el dolor inconsolable de Aquiles tras la pérdida de Patroclo podrían bastarnos como prueba.
     La homosexualidad entre los griegos de la época se medía por el binomio activo/pasivo. Ser el activo, el dominador, ya fuese la relación con un hombre o con una mujer, era lo esperable en el desempeño del papel viril. Lo mal visto era la actitud que simbolizaba debilidad y sumisión, papel reservado a las mujeres o a los efebos en el ambiente militar y cuartelero en el que la aristocracia guerrera ejercía su oficio principal.
   Era justamente en este ambiente cuartelero donde tenemos  las más claras manifestaciones de ese tipo de relaciones.
  La homosexualidad no tenía una connotación especialmente negativa, como la pudo tener en periodos de la historia más reciente, aunque en la edad adulta se considera denigrante para alguno de los miembros de la pareja, en tanto que sumiso y femenino, hombre que acepta ejercer el papel de un ser inferior en la escala social, y merece en ocasiones la burla y el escarnio de los poetas. 
    Existían, desde luego, hombres afeminados e incluso hombres abiertamente homosexuales que podían ser motivo de burlas e incluso de castigo social. Sabemos de casos en que se les llegó a expulsar a la marginalidad, una de cuyas formas era la prostitución masculina. 
    Las relaciones homosexuales más aceptadas se daban en ambientes aristocráticos y militares; en el resto de la sociedad, mujeres, esclavos, libertos o ciudadanos de escalas sociales más bajas, este tipo de relaciones no gozaban de la misma tolerancia.
     Pero, incluso con esta pederastia institucional aristocrática en el seno del ejército, el grado de aceptación no era el mismo en cada ciudad; en las ciudades-estado muy militarizadas, como Esparta o, siglos después,Tebas, estuvo más generalizado. 
       Sobre los doce años, al futuro soldado se le asignaba un adulto como instructor y se le apartaba de su familia, y casi de las relaciones sociales, especialmente con mujeres, por lo que el despertar afectivo y sexual se produce en un ambiente con escasas alternativas.  Se producen entonces relaciones, no solo sexuales, sino también afectivas, y surgen auténticos lazos de amor y fidelidad, entre compañeros de armas.
   Puede que esta situación se debiera incluso a una estrategia establecida para lograr un ejército más compacto, cohesionado y resistente.
    ¿Acaso no luchará con mayor ferocidad y encono aquel que ha visto a la persona amada caer ante el enemigo? ¿Dará la espalda al enemigo un soldado observado por su amante, dejándolo a su suerte? 
     Sin embargo, y por lo datos que hemos podido espigar, la homosexualidad femenina recibía un amplio rechazo en la sociedad griega, no tanto por criterios morales, sino por el acendrado convencimiento de que la mujer es un ser inferior al varón. Se consideraba que en una pareja lésbica una de las dos mujeres debía asumir un papel de hombre que contravenía su propia naturaleza. Buena parte de los griegos lo consideraban una práctica monstruosa, no por el sexo en sí, sino por lo que suponía de transgresión del papel social de la mujer. Quizás, también, porque, desde una perspectiva masculina, no concebían la relación sexual sin penetración. Sabemos que había instrumentos adecuados desde luego.
     No obstante ello, hay constancia suficiente de que, también entre las clases más acaudaladas, el interior del gineceo fue el caldo de cultivo de relaciones homosexuales con frecuencia, aunque hay quien se resiste a aceptar el término homosexualidad para clasificarlas. Más que homosexualidad, podíamos pensar que es la sexualidad humana que se busca sus cauces en un mundo cerrado y opresivo.
  Muchas de esas mujeres, casi niñas algunas, condicionadas por la diferencia de edad con sus esposos, llegaban al matrimonio cumpliendo un compromiso familiar. Sin sentir atracción hacia el marido, un desconocido en muchos casos, es imaginable que, tratada con la impaciencia del adulto que toma su botín, las primeras relaciones sexuales de una muchacha griega revestían el aspecto de una violación legal y carecían, seguramente, de compensaciones placenteras. 
       El sexo era un castigo. 
    Y el resto de su vida, aunque estuviera rodeada de comodidades y servidores, era una vida monacal, carcelaria, recluida en el gineceo la mayor parte del día, donde gozaba de cierta intimidad. 
      Era el gineceo, el lugar donde las mujeres recibían a sus amigas, el ámbito donde se producían las confidencias, las complicidades, el afecto solidario y el amor. 
      Luego, la sexualidad humana se buscaba sus caminos.