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martes, 30 de enero de 2018

(No vuelvas, Odiseo III) Apunte breve sobre algunos aspectos de la sexualidad en la Antigua Grecia

     En la Grecia Antigua la sexualidad no estaba marcada con el hierro al rojo del pecado, tan presente en el occidente cristiano, ni se justificaba exclusivamente en función de la procreación y el sostén de la especie. 
       Valoraban y enaltecían sus aspectos placenteros. 
    Pero no todo era tolerancia y amplitud de miras. No podemos generalizar. Hay escalas, parámetros impuestos como siempre por el grupo social más influyente en cada época; en la época en la que se desarrolla la acción de esta novela, los valores los establece la aristocracia guerrera.
     La relación erótico amorosa entre personas del mismo género está presente en este relato. Mucho se ha hablado y escrito sobre este tipo de relaciones, muy presentes en la antigua Grecia. La poesía de Safo o el dolor inconsolable de Aquiles tras la pérdida de Patroclo podrían bastarnos como prueba.
     La homosexualidad entre los griegos de la época se medía por el binomio activo/pasivo. Ser el activo, el dominador, ya fuese la relación con un hombre o con una mujer, era lo esperable en el desempeño del papel viril. Lo mal visto era la actitud que simbolizaba debilidad y sumisión, papel reservado a las mujeres o a los efebos en el ambiente militar y cuartelero en el que la aristocracia guerrera ejercía su oficio principal.
   Era justamente en este ambiente cuartelero donde tenemos  las más claras manifestaciones de ese tipo de relaciones.
  La homosexualidad no tenía una connotación especialmente negativa, como la pudo tener en periodos de la historia más reciente, aunque en la edad adulta se considera denigrante para alguno de los miembros de la pareja, en tanto que sumiso y femenino, hombre que acepta ejercer el papel de un ser inferior en la escala social, y merece en ocasiones la burla y el escarnio de los poetas. 
    Existían, desde luego, hombres afeminados e incluso hombres abiertamente homosexuales que podían ser motivo de burlas e incluso de castigo social. Sabemos de casos en que se les llegó a expulsar a la marginalidad, una de cuyas formas era la prostitución masculina. 
    Las relaciones homosexuales más aceptadas se daban en ambientes aristocráticos y militares; en el resto de la sociedad, mujeres, esclavos, libertos o ciudadanos de escalas sociales más bajas, este tipo de relaciones no gozaban de la misma tolerancia.
     Pero, incluso con esta pederastia institucional aristocrática en el seno del ejército, el grado de aceptación no era el mismo en cada ciudad; en las ciudades-estado muy militarizadas, como Esparta o, siglos después,Tebas, estuvo más generalizado. 
       Sobre los doce años, al futuro soldado se le asignaba un adulto como instructor y se le apartaba de su familia, y casi de las relaciones sociales, especialmente con mujeres, por lo que el despertar afectivo y sexual se produce en un ambiente con escasas alternativas.  Se producen entonces relaciones, no solo sexuales, sino también afectivas, y surgen auténticos lazos de amor y fidelidad, entre compañeros de armas.
   Puede que esta situación se debiera incluso a una estrategia establecida para lograr un ejército más compacto, cohesionado y resistente.
    ¿Acaso no luchará con mayor ferocidad y encono aquel que ha visto a la persona amada caer ante el enemigo? ¿Dará la espalda al enemigo un soldado observado por su amante, dejándolo a su suerte? 
     Sin embargo, y por lo datos que hemos podido espigar, la homosexualidad femenina recibía un amplio rechazo en la sociedad griega, no tanto por criterios morales, sino por el acendrado convencimiento de que la mujer es un ser inferior al varón. Se consideraba que en una pareja lésbica una de las dos mujeres debía asumir un papel de hombre que contravenía su propia naturaleza. Buena parte de los griegos lo consideraban una práctica monstruosa, no por el sexo en sí, sino por lo que suponía de transgresión del papel social de la mujer. Quizás, también, porque, desde una perspectiva masculina, no concebían la relación sexual sin penetración. Sabemos que había instrumentos adecuados desde luego.
     No obstante ello, hay constancia suficiente de que, también entre las clases más acaudaladas, el interior del gineceo fue el caldo de cultivo de relaciones homosexuales con frecuencia, aunque hay quien se resiste a aceptar el término homosexualidad para clasificarlas. Más que homosexualidad, podíamos pensar que es la sexualidad humana que se busca sus cauces en un mundo cerrado y opresivo.
  Muchas de esas mujeres, casi niñas algunas, condicionadas por la diferencia de edad con sus esposos, llegaban al matrimonio cumpliendo un compromiso familiar. Sin sentir atracción hacia el marido, un desconocido en muchos casos, es imaginable que, tratada con la impaciencia del adulto que toma su botín, las primeras relaciones sexuales de una muchacha griega revestían el aspecto de una violación legal y carecían, seguramente, de compensaciones placenteras. 
       El sexo era un castigo. 
    Y el resto de su vida, aunque estuviera rodeada de comodidades y servidores, era una vida monacal, carcelaria, recluida en el gineceo la mayor parte del día, donde gozaba de cierta intimidad. 
      Era el gineceo, el lugar donde las mujeres recibían a sus amigas, el ámbito donde se producían las confidencias, las complicidades, el afecto solidario y el amor. 
      Luego, la sexualidad humana se buscaba sus caminos. 

viernes, 26 de enero de 2018

(No vuelvas, Odiseo II) Era duro ser mujer en la Grecia Antigua

Lo prometido es deuda. La intención de esta entrada es soberbia, desde luego, porque pretendo dar una visión general en un espacio muy breve de una cuestión tan compleja como la situación social de la mujer en la Grecia Antigua. 
El estudio de la situación de la mujer en Grecia no resulta fácil porque las noticias que tenemos sobre ellas, casi siempre, proceden de textos escritos por hombres. Lógicamente éstos muestran la ideología propia de la época: la discriminación de la mujer.
 Aristóteles, el influyente filósofo, por poner un ejemplo significativo, consideraba a la mujer materia frente al hombre que forma parte del espíritu, excluyéndola, por tanto, del lógos (la lógica y la razón) y justificando su situación discriminada dentro de la sociedad. La mujer es un ser menor, dependiente, sin raciocinio suficiente para el conocimiento de lo útil, de lo justo, de lo razonable. Debe estar sometida a la autoridad de un varón.
Y así era. 
Tradicionalmente se ha dicho que en los orígenes de la civilización griega la mujer tuvo un papel fundamental. Y hay teorías que sostienen que en la antigüedad griega existieron matriarcados. Esas teorías se basan en mitos como los de las Amazonas y las Lemnias. 
Pero es preciso observar que en esos mitos el gobierno femenino se produce en sociedades compuestas por mujeres exclusivamente. Más que representar un posible matriarcado antiguo, estos mitos demuestran todo lo contrario: el gobierno de la mujer solo es posible en sociedades improbables.
Pero hay cosas que sabemos con certeza.
No podemos aplicar las consideraciones que siguen a toda Grecia por igual. Por la Literatura Griega conocemos que en Jonia, la Grecia rica más oriental de las costas de Asia y de sus islas próximas, hubo mujeres mucho más independientes y cultas, una de las cuales, la poeta Safo, fundamenta con sus versos el núcleo literario de esta obra.
En la mayoría de las ciudades estados de la Antigua Grecia, la mujer vivía una vida muy controlada por los varones de la familia y no solía jugar un papel activo en la sociedad. De hecho, ni siquiera recibía una formación que no fuera la puramente necesaria para atender a sus hijos y a las labores de su casa. En general, en cualquier ciudad estado, las mujeres tenían la condición de ciudadanas, pero carecían de derechos importantes. No podían heredar o ser propietarias, ni acudir a los tribunales de justicia; no podían ni tan siquiera comprar algo que costara más de un importe establecido. 
En Atenas, ámbito sociocultural del que nos han quedado más informaciones por sus textos, la función principal de la familia era la de engendrar nuevos ciudadanos. Pero la familia también ejercía la función de proteger a las mujeres. Tanto se esforzaron en ello que muchas mujeres vivían casi como prisioneras de su propia familia, enclaustradas en su hogar salvo en contadas ocasiones. Por ejemplo, podían participar en la mayor parte de los cultos y festividades religiosos, pero quedaban excluidas de otros actos públicos. 
 La función de la mujer ateniense como esposa estaba bien definida. Su principal obligación era parir y mantener a los niños, sobre todo varones, que preservarían el linaje familiar. La fórmula del matrimonio que los atenienses utilizaban no nos deja lugar a dudas: “Te entrego esta mujer para la procreación de hijos legítimos”.
Además de darle hijos al marido, una mujer debía cuidar de su familia y de su casa, ya fuera porque se encargara ella misma del trabajo doméstico o porque supervisara a los esclavos que hacían ese trabajo. 
En las familias pobres eran ellas las encargadas de todas las labores de la casa: amasar y hornear el pan, cocinar, hilar, tejer y elaborar los vestidos de todos, acarrear agua de la fuente, encargarse de la limpieza del hogar y, llegado el caso, colaborar en las tareas agrícolas o en el negocio familiar. 
Se esperaba que una mujer permaneciera en su casa, lejos de la vista de los demás, especialmente de los varones extraños, con la excepción de su presencia en los funerales o en los festivales, algunos de ellos exclusivamente femeninos en los que estaba prohibida la participación de los varones.
Por ello, aunque pueda parecernos lo contrario, las mujeres más pobres tenían una vida más agradable ya que podían salir de sus casas sin demasiados inconvenientes, acudir al mercado o a las fuentes públicas e incluso regentar algún negocio familiar.
 Las muchachas solían casarse a los catorce o quince años, así que se les enseñaban las responsabilidades de una buena esposa y ama de casa desde temprana edad. El esposo solía ser mayor. La tradición griega afirmaba que la mejor edad para que un hombre se casara era entre los treinta y los treinta y cinco años.
En esta novela, y siguiendo las fuentes literarias, conoceremos que Penélope se considera un “trofeo” ganado en buena lid por Odiseo, hábil auriga, en un juego de varones competitivos y orgullosos. No debe provocarnos extrañeza. Era frecuente entre la aristocracia adinerada y las capas sociales más influyentes celebrar torneos galantes en los que el trofeo era la muchacha casadera y su generosa dote. Homero y Heródoto, entre otros, nos dejan constancia suficiente de esa costumbre para encontrar esposo a muchachas de familias ricas e influyentes. Los pretendientes competían en habilidades deportivas y en capacidad oratoria pronunciando discursos durante el banquete. El elegido emparentaba con el noble que financiaba el espectáculo y se llevaba la dote y una esposa educada para cumplir sus funciones. A los perdedores, generalmente se les compensaba con premios importantes que hacían la derrota bastante más llevadera y mantenían intacta la costumbre.
En este contexto la mujer no deja de ser casi un instrumento de reproducción y de la conservación del linaje familiar que siempre procede del padre. El marido no necesariamente se ha unido a ella por amor, ni siquiera atraído por su aspecto físico. La unión puede deberse a un acuerdo de conveniencia, a la importancia de la dote, a un pacto de familia o a la necesidad de emparentar dos linajes para aumentar su influencia social. 
Sin embargo hay que hacer constar que, al no existir presiones económicas ni sociales entre los más pobres, los matrimonios apenas estaban concertados y eran más producto del amor en un sentido amplio. Ello no cambia la concepción de la mujer como ser inferior y sometido a la autoridad del varón. Es también cierto que la pobreza provocaba, a veces, que niñas de estas familias fueran abandonadas por sus padres ya que se consideraban auténticas cargas para la precaria economía familiar. Absolutamente indefensas, su destino nunca era halagüeño: caer en manos de algún proxeneta o acabar en el tenderete de un mercader de esclavos.
El hombre griego no practicaba la poligamia, pero en las familias ricas disponía de concubinas y de esclavas con las que satisfacer sus deseos sexuales. En general, los hombres podían actuar en sus relaciones con otras mujeres con total libertad, pero las mujeres tenían que comportarse según unas normas muy estrictas. Ante cualquier sospecha de escándalo, podían enfrentarse a un divorcio, como mal menor. En Grecia existía el divorcio, pero era más un derecho masculino que femenino. La autoridad del marido sobre la esposa era tal que además de repudiarla, solución más habitual, podía matarla sin consecuencias en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado.
Para divorciarse de su esposa, bastaba con que un hombre hiciera una declaración formal de divorcio ante testigos. Desde luego era mucho más difícil para una mujer poner fin a su matrimonio, ya que no podía ejercer acciones legales por sí misma. Debía presentarse ante un funcionario público y convencerlo para que actuara en su nombre. En el caso de que su petición prosperara, el esposo se quedaba con los hijos y la mujer debía irse a vivir con un pariente masculino. 
Mucho peor aún era la situación de las esclavas que realizaban los trabajos más duros y que no tenían ningún tipo de reconocimiento.
La misoginia occidental tiene sus raíces en una época bastante remota, pero es ya evidente en los documentos más antiguos de la literatura europea.
La Biblia Judeo-Cristiana tiene muy bien definido el pecado original de la humanidad. Yo, sin embargo, no he encontrado ese momento trascendente en la tradición griega. Se diluye. Hay muchas culpas originales dispersas. Pero es común en todas ellas la implicación negativa de la mujer, como inductora o como castigo. Hesíodo, un poeta de los siglos VIII-VII antes de nuestra era, nos cuenta el nacimiento de la primera mujer: Pandora. Según el mito, irritado Zeus con los hombres porque Prometeo les había entregado el fuego que había robado a los dioses, decidió enviarles una desgracia: la mujer. Pandora (regalo de todos) fue llamada así por recibir un regalo de todos los dioses: belleza, encanto, gracia, habilidad en los trabajos domésticos, pero también la dotaron de alma de carne, de un carácter engañoso y de blandas palabras capaces de envolver grandes mentiras. 
Al llegar Pandora todo cambió, los hombres eran felices, pero, tras la aparición de la mujer, “mil diversas amarguras deambulan entre los hombres; repletos de males están la tierra y el mar”. Desde entonces, en la tradición griega, las mujeres son peligrosas y no tienen sentido de la medida; ni siquiera las mejor educadas.

miércoles, 24 de enero de 2018

No vuelvas, Odiseo

En unos días, a mediados de febrero, verá la luz “No vuelvas, Odiseo”, mi nueva novela, breve en este caso. Será la editorial sevillana “Arma Poética” la que la pondrá al alcance de quien se sienta predispuesto a adentrarse en el laberinto de los mitos clásicos.
  Apenas un año después de la publicación de “Medea murió en Corinto” ꟷChiado Editorial; enero, 2017ꟷvuelvo sobre el Mito Griego como vuelve el asesino al lugar donde perpetró su crimen. Y vuelvo no para reescribirlo, sino para desmentirlo una vez más.
Nicanor Parra, ese centenario chileno que acaba de morir con la bandera de la antipoesía entre las viejas manos, tiene registrado un dicho lapidario. “Con Homero comenzó la decadencia”.
Yo soy una muestra de esa verdad probable. En mi opinión, escasamente autorizada, pocas obras europeas de cualquier época son comparables a la Odisea. Y en esa fuente bebo un agua fresca y clara para escribir esta obra breve.
Os adelanto la sinopsis:
Hace ya casi diez años que el heraldo de la ciudad anunció la destrucción de Troya y se alabó el ingenio de Odiseo. Hay quienes suponen muerto al rey de Ítaca, según pasan los años sin que arribe a las costas de la patria y reclaman los ritos funerarios que se merece su intachable leyenda de héroe griego.
No obstante, Odiseo es un héroe en cualquier lugar de Grecia, salvo en su propia casa, donde se le tiene por padre descuidado y marido sin memoria.
Ítaca, la orgullosa tierra que gobernaba no hace tanto tiempo la mar de Jonia, se encamina despacio hacia el olvido y la pobreza.
Telémaco ha crecido y se impacienta.
Es esta obra un largo monólogo de Penélope; la reina cercada por pegajosos aspirantes a sustituir en el trono de Ítaca al navegante extraviado, va desgranando su desazón y advierte a Odiseo de las previsibles consecuencias de su ausencia.
Desnuda ya de su condición de mito, Penélope se manifiesta como una mujer que afronta en soledad situaciones que, seguramente, la desbordan. No es la menor de esas preocupaciones comprobar en los espejos de metal bruñido que empieza a envejecer en un lecho solitario.
He intentado llevar al lector de la mano por el interior del gineceo de esta mujer madura, obligada a representar en el mito griego su papel de esposa fiel y casta, para no desmentir las leyendas que circulan por Grecia.
Junto a las quejas sobre la triste condición de las mujeres, sobre esa tradición tan griega de que cada generación ha de tener su guerra, descubrimos que Afrodita, la diosa que desata pasiones, tiene en Grecia especial predilección por sembrarlas en el interior recóndito del gineceo como dejó patente Safo de Mitilene en sus poemas.
Y entonces el amor y el erotismo reclaman su lugar y afloran, espero que de forma lírica, elegante y poderosa.
Desarrollaré en próximas entradas las claves principales de esta obra, la condición de la mujer en la Grecia Antigua y algunos aspectos de la sexualidad femenina en una sociedad cerrada y opresiva, como era la sociedad aristocrática de la Grecia continental y guerrera.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

El problema de Cataluña no es España


Conocí a Mía Beaulieu durante unas vacaciones de primavera, en un viaje por Italia. Intimamos lo suficiente para hablar de los asuntos que os traslado. Ella me pareció una mujer optimista y resistente.
En 2008, antes de embarcarse como activista en el Observatorio de los Derechos Humanos, cursó un Erasmus en la Pompeu Fabra. Nos dijo que aquel fue un tiempo que recordaba con placer. Se enamoró de la ciudad y de Ferrán, un catalán alegre, noctámbulo, y hermoso, conocedor de todos los garitos de la noche desde el Eixample al Barrio Gótico, pasando por María Rubí, Santaló, y el Aribau. Él amaba el jazz y muchas noches acababan en club Jamboree en los aledaños de la Plaça Reial. 
Durante varios años trabajó en Kabul, como coordinadora de Asuntos de la Mujer del Observatorio de Derechos Humanos en Afganistán.
A principios de año había vuelto a París.
Las denuncias del gobierno catalán sobre la sistemática falta de respeto a sus derechos la llevaron de nuevo a Barcelona en 2017. No negó que llegó en actitud defensiva, porque aquellas quejas le parecieron siempre una ópera bufa con vocación de trascendencia histórica, el intento de instrumentar al Observatorio como una caja de resonancia. 
Ella creyó descubrir en aquellas quejas la soberbia del rico que quiere incrementar sus privilegios, sin que importe el inútil desgaste ocasionado a palabras terribles como humillación y sufrimiento. 
 Supimos de su boca que Mia Beaulieu, ciudadana de la patria global y peligrosa donde campan la muerte, la esclavitud, las dictaduras criminales, la vejación y la miseria, jamás había enarbolado una bandera.
Supimos, también, que, por instinto y militancia, detestaba a los nacionalismos trasnochados de la Europa soberbia y satisfecha. 
Creyó siempre que el nacionalismo no es otra cosa que un acto de violencia; consiste en marcar un territorio como propio, y dedicarse a defenderlo como haría un animal depredador, que considera enemigo al de su especie. 
Observadora por vocación y por oficio, había descubierto Mia Beaulieu que la humanidad lleva en la entraña un viejo gen tribal, territorial, primario, predispuesto a destruir la convivencia; y en el caso de las democracias, el sistema más alabado, pero también más indefenso, ese gen las vuelve vulnerables.
Quizás, como utopía, -nos dijo-, pudieran tener algún sentido, pero vistos de cerca, en el mundo global, los nacionalismos son penosos, miserables y torpes. Si no generaran repulsa, darían pena.
Me confirmó con sus palabras una fe propia. Dijo que cada patria es mestiza y eso la hace más resistente, más hermosa, y más lúcida; que en ninguna de esas patrias que dibuja el nacionalismo ensimismado hay un solo pueblo, porque cada pueblo es la suma de infinitas conciencias diferentes, y a veces enfrentadas. Creía firmemente, como cualquier persona razonable, que renunciar a las diferencias más extremas permite convivir, y que amurallarse en ellas empobrece, destruye los cimientos del caserón familiar que nos acoge, contamina el presente de violencia y tiñe el futuro de amenazas.
Cataluña, en su opinión fundada en la observación de mucho tiempo, y así lo expuso en sus conclusiones, es una tierra culta, alegre, próspera, con muchas más libertad y autogobierno que muchos estados de la tierra; con una lengua propia reconocida y usada con entera libertad. Es una región desarrollada y satisfecha de sí misma, sin déficit visible en el usufructo de derechos, libertades y garantías en comparación con el resto de los pueblos de Europa. 
Dudó, seguramente porque temía lastimarnos, pero al fin nos dijo que en España había otros problemas que bien merecían el juicio implacable del Observatorio ante la opinión pública mundial, por ejemplo, una corrupción devastadora y evidente en el ámbito político y empresarial y el incumplimiento sistemático de acuerdos internacionales en la acogida de refugiados. Pero que no era de recibo aquella denuncia de la situación de indefensión de Cataluña ante un estado dictatorial.
Reconoció que el hecho de que un pueblo, sin motivos para estar desesperado, hubiera iniciado esta aventura incierta y afrontara tan alegremente el riesgo de salir del euro y del mercado único en estos tiempos de turbulencia le generaba confusión. Ningún pueblo sensato debería apostar su presente y poner en riesgo su futuro en un viaje hacía el pasado siguiendo una bandera.
Sospechaba que la clave era ese quinto poder incontrolado que se va adueñando sutilmente de la conciencia colectiva. Internet ha suplantado ya a la prensa en gran medida. Y en Internet la verdad se vuelve esquiva. La avalancha de información manipulada ha vuelto el mundo incontrolable. Abundan los desencantados, los indignados, los derrotados, los resentidos. 
Pero abundan mucho más las personas confundidas. Las que no saben que ninguna frontera te libra del terremoto o de la plaga; ninguna es impermeable a la violencia, a las ruinas que provocan la ambición humana, a las tormentas, o al desierto que viene avanzando desde el sur.
Afirmó rotundamente, y yo la creo, que en esta guerra ubicua de todos contra todos el arsenal más destructivo es la mentira, o, en su caso, la verdad a medias o la verdad manipulada. Porque provocan gente enardecida, perpleja, y desinformada, gente predispuesta a los excesos. Este negocio no es trata de personas, es trata de palabras para explotarlas luego en los prostíbulos de la manipulación interesada. Ahí se pervierten conceptos respetables o se enmascara el crimen. 
Sospechaba que la demagogia es un valor en alza en la política internacional y que la gente más valorada es la más experta en bajezas y en ruindades. Alimentaba la certeza de que la gente ha desterrado la reflexión y el pensamiento crítico. Si la mentira fortalece sus propios sentimientos, hay gente que prefiere que la engañen a tomarse la molestia de pensar. 
En honor a la verdad, -nos dijo-, los nacionalismos excluyentes reverdecen por torpeza política de Europa. Ha gestionado la crisis una generación de políticos mediocres, testaferros de los mismos que la hicieron posible. Su falta de políticas sociales ha vuelto a las democracias vulnerables.
Y concluyó asegurando que Cataluña no tiene un problema con España, aunque, también; que el verdadero problema de Cataluña, durante un largo futuro cuya duración no era capaz de precisar, será el de la convivencia consigo misma.
Algo que las elecciones recientes no han hecho sino confirmar.
Prometí llamar a Mia Beaulieu. Hoy le he felicitado el solsticio de invierno por whatsAppt, y he recordado aquellas conversaciones en los atardeceres de Florencia. 


martes, 26 de septiembre de 2017

ESTELADAS AL VIENTO

El jueves, 20 de septiembre de 2012, escribía lo que sigue:

    "La crisis da frutos esperados. Prolifera el nacionalismo de tinte populista, oportunista también. En casi todos los rincones.
   España no es diferente. De pronto, los sentimientos nacionalistas toman la calle. La independencia se convierte en el paraíso perdido y deseado, la solución de todos los problemas.
    La explicación es fácil. En medio de esta crisis no se vislumbra ni un pequeño rescoldo de esperanza. Un agujero negro de políticas contrarias a la experiencia y al sentido común nos devora el futuro. No hay plazo en el tiempo que nos señale el fin del sufrimiento.
     En medio de ese caos alguien atrapa una bandera. “Seguidme, -dice- saldremos mejor solos”. Es lo que ha hecho siempre quien cree que su situación económica es peor compartida con los parientes pobres.
       Y ahora, regando la semilla adormecida, el nacionalismo se yergue como último recurso. Para intentarlo, al menos. Una esperanza en tiempos de ausencia de esperanzas. Pero cada nacionalismo se afirma cavando una trinchera, clavando una bandera sobre la tierra removida que es , a la vez, frontera y adevertencia.  Y en las trincheras solo prospera el árbol del rencor. Es mala tierra.
     No necesitamos trincheras. Este debía ser tiempo de puentes, de autopistas, y de manos tendidas.
    Pero es, también, tiempo de oportunistas. Aunque ofrezcan como refugio el inestable fondo de un esquife zarandeado por olas gigantescas
         Malos tiempos. 
      Artur Más convocará elecciones anticipadas en Cataluña. Detrás de la trinchera espera conseguir un triunfo apoteósico. Después, se encontrará en un laberinto desconocido, el de la identidad, de salidas inciertas y arriesgadas. Artur Mas se ha adentrado en los dominios del Minotauro sin el hilo de Ariadna. No sabrá gestionar de forma razonable la frustración que ahora alimenta. Nadie sabe sacarle utilidad a los frutos amargos del árbol del rencor. 
       Malos tiempos.
      ¡Puta crisis
     Casi desde que tuve uso de razón, desarrollé un temor atávico a cualquier bandera. Siempre me parecieron una amenaza desplegándose al viento. Hoy ya he desarrollado el convencimiento de que es mejor quemarlas, sin excepción alguna”. 
      
    Aquella entrada llevaba por título Senyeras al viento. Hoy me veo obligado a cambiarlo, porque las senyeras no son lo que eran; son ya casi objetos para los museos etnográficos.
    Pero el laberinto que citaba se ha extendido ahora fuera de las  fronteras catalanas; todo el país se ha convertido en laberinto y está  lleno de Minotauros encrespados, poco dispuestos a aceptar que en cuestión de sentimientos, no hay una verdad incuestionable. Si la hubiera, no habría disputas. Y la democracia, palabra que tantas bocas bendicen y tantas actitudes desdeñan, sería un sistema político superfluo.
     La defensa de la propia verdad como la única conduce al integrismo. Da igual cuál sea el debate. El integrismo considera al otro, al que se opone a sus creencias o al que no las comparte, un enemigo irreconciliable. Y el integrismo hace imposible la convivencia democrática. El auténtico error que atenta contra la democracia no consiste en tener puntos de vista diferentes y defenderlos por los procedimientos legalmente establecidos. El error estriba en sacralizar la verdad propia hasta que se vacíe la democracia de su principal función, permitir que convivan en equilibrio puntos de vista diferentes.
      No es el caso y las condiciones son propicias para que España se enfrasque en su afición más conocida, demoler. Mientras más se alargue la disputa, más difícil será afrontar las consecuencias del odio que genera.
   Porque el odio ya es visible, asoma su rostro terrible y destructivo. Lo alimentan la manipulación desenfrenada, el lenguaje desmesurado, las afirmaciones temerarias, los intereses espurios.
      Junto al odio, hay también cansancio.
   Buena parte de la sociedad tiene otras urgencias; la cuestión de la identidad catalana le parece secundaria en un país lastrado por las consecuencias de la crisis en el que el crecimiento económico no llega a los hogares, y  están en el limbo las reformas prometidas por la muy plural y dividida oposición a las políticas nocivas que se gestaron durante la mayoría absoluta del PP.
    De vez en cuando, en la Historia, surge alguien con sentido de Estado. Hoy necesitaríamos gente así a ambos lados de esa trinchera cada día más honda, pero buscarla es una pérdida de tiempo. En su lugar abundan oportunistas que andan calculando en qué les beneficia ese conflicto, cuántas miserias y delitos se difuminan bajo la nube de esteladas al viento, qué oportunidades generará en escaños futuros, cuánto desgaste provocará en el adversario, qué consecuencias ocasionará en los cimientos del denominado Régimen del 78 que propició la que no dudan en tildar de vergonzante transición,  y al que muchos ya han condenado sin tomarse la molestia de proponer algo mejor al ciudadano.
     En realidad no es una cuestión política; es una cuestión de mercado, una oportunidad de negocio. Así ve el capitalismo desalmado los desastres naturales. Y, por lo que se ve, la visión política dominante se ha adaptado perfectamente a las exigencias del mercado. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

ABSTINENCIA


              La Resolución de Jubilación Forzosa que he recibido firmada por la Delegada Provincial de Educación, dice que he dedicado a ese servicio 37 años y 11 meses de mi vida.  
      Han sido más años, pero eso no figura en sus registros.
    Mucho tiempo, como para pretender que no deje secuelas, automatismos y necesidades. Cuando ya casi había aprendido el oficio, debo empezar a olvidarlo; ahora tengo que aprender a vivir sin él.
          Hoy es el primer día en los últimos cuarenta años en el que falto a la apertura del curso, veintiocho en el IES Pino Montano, si no fallan mis cuentas. No sé todavía si lo echaré de menos. Siempre pensé que yo no era demasiado necesario en la Enseñanza pero que la Enseñanza era muy necesaria para mí. Por dos razones. Una, el aula es el microcosmos ideal para un tipo con vocación histriónica como yo. Dos, en su interior he sido feliz porque se cumplieron casi siempre tres principios básicos sobre los que se sustenta esa sensación subjetiva de satisfacción personal que podemos confundir con la felicidad que perseguimos: he tenido a quien querer, me he sentido valorado y me he sentido útil.
        Así que, quizás contra la corriente de sus detractores, yo me declaro con perspectiva una persona agradecida a este oficio noble, sacrificado y prometeico, que consiste en creer firmemente que el futuro de la humanidad se cocina lentamente en las aulas del mundo.
        Esa conciencia y el ejercicio consecuente de mi oficio ha mejorado también mi perspectiva sobre los tiempos que me ha tocado vivir. 
     En un discurso torpe y emotivo como respuesta al hermoso discurso de despedida de mis propios compañeros, en boca del Director del Centro, dije en junio dos verdades de peso, que no quería jubilarme y que me jubilaba con una sensación amarga de fracaso generacional.
   La sensación de fracaso tiene que ver con ese convencimiento de que el futuro en buena medida se cocina en las aulas. Al final uno ha de tragarse el sapo de la duda sobre si ese principio será una ilusión de tu conciencia. Porque la sensación que tenemos es que el futuro no se cocina en las aulas, sino que lo van cocinando los mercados a fuego arrebatado, sin preocuparse en absoluto de otro resultado que la instrumentalización humana como pieza del sistema productivo, el control de la riqueza y el usufructo exclusivo de sus beneficios. 
       El sistema educativo y la conciencia de los profesionales debe ser todavía en algunos lugares del mundo el último bastión que les queda por conquistar. Pero a fe mía avanzan a pasos agigantados.
     No quiero alargarme demasiado en argumentaciones cansinas. Me remitiré a recientes noticias sobre esa Evaluación Mundial que conocemos con el nombre de PISA. Sabemos cuál es su origen y cuáles sus objetivos; ahora empiezan a aflorar las consecuencias sociales en aquellos países que convirtieron las propuestas de la OCDE en el faro de sus sistemas educativos.
    Singapur ha copado durante años los puestos de excelencia en esas evaluaciones. Hoy sabemos, por la reflexión de sus propios profesionales y sociólogos , que el sistema educativo ha generado niños autómatas, dependientes, infelices, faltos de creatividad y con escasas habilidades sociales.
        El conjunto de islas que conforman el país, sin territorio físico para la autonomía alimentaria, sin recursos naturales, poblada por una sociedad analfabeta a mediados del siglo pasado y con un vecino poderoso y hostil, se entregó a la propuestas de la OCDE sin reservas y estableció un rígido sistema educativo con horarios escolares similares a los horarios fabriles de la Primera Revolución Industrial y la amenaza de exclusión de los rezagados detectados en exigentes reválidas desde la Escuela Primaria.
        Potencia ese sistema el conocimiento en Matemáticas y el bilingüismo, el chino mandarín, imprescindible para la introducción en el mercado chino, y el inglés, imprescindible para transacciones con el resto del mundo. El resto de los conocimientos se diluye, por resultar intrascendentes para la supervivencia, que estribaba en poner al alcance de las multinacionales mano de obra cualificada y sumisa, bien diseñada por el propio sistema educativo que potencia la competitividad y no la conciencia colectiva.
   Hoy el propio gobierno y el profesorado empiezan a lamentar su servilismo con las propuestas de los poderosos del mundo.
     “Durante años, -dicen- , hemos producido trabajadores para las multinacionales con la ventaja del blingüismo, pero hoy China ha abierto sus mercados y el inglés se ha extendido por la zona. Ya no somos imprescindibles. Tenemos muchas calculadoras andantes, pero nadie tiene conocimientos de Historia o de Arte; casi nadie practica el dibujo, la música o el deporte. Nuestra sociedad es poco hábil para improvisar y poco sociable en general”
        Es lo que tiene cualquier forma de colonización. Cuando han esquilmado los recursos de un lugar, las multinacionales se marchan a territorios con mejores condiciones y dejan tras sí una sociedad empobrecida, enfermiza y desnaturalizada, desprovista de sus propias capacidades para afrontar el reto del futuro.
     Hace ya muchos años que concebí el aula como un reducto de resistencia numantina frente al pensamiento único y frente a la instrumentalización humana como una pieza de la maquinaria productiva. Nuestra principal obligación no es producir, es vivir. Y la segunda obligación, es procurarnos una vida digna de forma colectiva, algo parecido a la felicidad relativa que proporciona la colaboración y no la competitividad.
      Hace ya muchos años que concebí el aula como el último reducto del humanismo. Y no hablo de especialidades de Bachillerato, sino de la puesta en valor del ser humano y sus derechos inalienables frente a los descarnados intereses del mercado.
      Y, a pesar de ese regusto amargo de derrota generacional, aún tengo por seguro que no serán los mercados, sino las aulas las que acabarán diseñando un futuro más humanitario.
     Hoy he empezado a sentir un resquemor de envidia hacia quienes, todavía, tienen la oportunidad de seguir reivindicando en las aulas la condición humana frente a ese enemigo invisible y poderoso.
       Ojalá la conciencia social se les torne favorable y los acompañe en este reto en el nos jugamos una buena parte del futuro.

viernes, 1 de septiembre de 2017

CORRAL DE COMEDIAS

         Antes de ayer, durante la “temible” comparecencia en el Pleno Extraordinario del Congreso, Rajoy tuvo una mañana plácida, dio un mitin y se marchó a casa descansar sin haber hecho ni siquiera mención a Bárcenas o al caso Gürtel.
     No ceo que perdiera un solo voto de sus votantes potenciales. Y es posible que la oposición perdiera algunos. 
         Por agotamiento
      Ese viaje lo ha hecho tantas veces el presidente del Gobierno que se ha convertido una rutina que no logra alterarle los pulsos.
       Le incomoda, si acaso, porque Rajoy es un tipo perezoso y apático.
          Y hago mención al caso porque me suscita reflexiones que quiero compartir.
          ¿Esperaba otra cosa la sufrida oposición?
      ¿Esperaba que un Rajoy contrito reconociera en sede parlamentaria estar al tanto de las oscuras tramas de su partido y del saqueo sistemático de las arcas públicas a las que el PP ha estado sometiendo a este país durante muchos años en cualquier lugar donde ejerciera labores de gobierno? 
      ¿Esperaba que pidiera perdón, se pusiera a disposición de la justicia y presentara su irrevocable dimisión...?
       No creo que nadie dude ya en este país de que Rajoy convive cómodamente con la mentira. Todos los políticos lo hacen y él, tras largos años de ejercicio, ha logrado una maestría que no resulta discutible.
       Tampoco creo que nadie dude de que el Partido Popular ha estado gestionada por cleptócratas y enfangado en múltiples casos de corrupción. Pero tampoco se puede dudar de que esa certeza no modificará un ápice el sentido del voto de sus fieles votantes. 
     En general, la víctima de la corrupción política es el Estado y la conciencia de la derecha sociológica tiende hacia la laxitud moral cuando la víctima es el Estado, el viejo enemigo que nos roba con impuestos lo que ganamos con el sudor de la frente.
      Rajoy era un político gris, prescindible, pero bien mandado y astuto; ahora ha devenido en político gris, perfectamente prescindible, del que solo se recordará que demolió el Estado y que supo sobrevivir a los mayores escándalos políticos que hayamos conocido en el actual periodo democrático de nuestra historia. 
         Recordaremos su cinismo hasta que caiga en el olvido.
       Y el Parlamento, en ocasiones, más parece un corral de comedias donde se representa una farsa interminable, en la que cada uno busca su momento de gloria, de protagonismo ante los medios o la ocasión del lucimiento para renovar el contenido de los foros sociales en los que tanto fían.
      Tengo la creciente sensación de que eso es todo, una parodia de lo que debiera ser un verdadero Parlamento.
       Se afronta lo irresoluble, -no hay capacidad de desalojar a Rajoy por el momento -, o lo inútil, como esa propuesta de Rivera sobre la duración limitada de la presidencia del gobierno. Incluso ocho años pudieran parecer una eternidad según el caso.
     A fuerza de ser honesto, no fue Rajoy el único cínico esmeradísimo de la comparecencia. El diputado Tardá no le anduvo a la zaga. Sobre su cínico discurso no se me ocurren calificativos publicables. 
         Vino a decir que la corrupción es una lacra española y esa es la justificación de esa demanda de una purísima República Catalana que se divisa ya a la vuelta de la esquina. 
       Habría que aclararle  que esa esperanza se ha asentado en los cimientos endebles de mentiras calculadas, y manipulaciones incontables y que se ha animado, como siempre sucede, con una calculada liturgia de banderas al viento enarboladas por una saga familiar de corruptos expertos que ha contado con una legión de cómplices. 
      Habría que contarle que cuando desaparezcan las banderas que ahora disimulan las miserias, habrá quien caiga en la cuenta de que las miserias siguen allí, intactas, permanentes, feroces, porque no hay frontera que pueda detenerlas. 
       Deberíamos avisar al señor Tardá de que estas miserias serán aun más aguerridas, porque estarán asentadas en una quiebra social de la que casi nadie se atreve a hablar. 
      Siempre hay quiebras y trincheras cuando una multitud se entrega a la liturgia de envolver el sentimiento en la tela manchada de sangre de cualquier bandera. Y ahora, suceda lo que suceda el uno de octubre, no será diferente. Todos habremos perdido algo.
         La nueva izquierda parece que solo aspira a ser el tribunal donde el pasado reconozca sus culpas. Pero con ello deja su culpa al descubierto. Quien de tal manera se encela con el tiempo pasado como señal de identidad, no tiene propuestas de futuro.
      Y  esta oposición tan plural y que prometía política verdadera, de pacto, de gestión de la vida cotidiana, se olvida por sistema, en un proceso de complicidad imperdonable con la derecha que gobierna, de lo que nos empobrece el presente y nos amenaza el futuro.
       Ese olvido desatiende el empleo, la calidad de los servicios públicos, la garantía de las pensiones, la educación, la protección de la creatividad, la investigación, el medio ambiente o el modelo de la España del futuro, por citar solo algunas cuestiones que, igual, ni siquiera resultan trascendentes para nadie.  
         Eso justificaría que no encuentren cabida en la agenda de nuestros cómicos de plantilla en el Corral de Comedias de la Carrera de San Jerónimo.