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miércoles, 31 de julio de 2013

Espigadoras

           Tengo por cosa cierta que existe un componente genético en los seres humanos que se activa de forma inmediata cuando la especie sufre algún percance colectivo. La lengua, esa maravillosa creación humana, que nos permite explicar y comprender el mundo, aunque de forma imperfecta, lo llama solidaridad. Es un concepto que supongo preciso para explicar esa activación colectiva, esa respuesta casi automática de auxilio a los demás que provocan las tragedias colectivas. 
            Hace dos días, en su columna de El PaísDavid Trueba hacía referencia a esta situación. Afirmaba que las esencias colectivas de un país funcionan a golpes traumáticos. Venía a decir que esa solidaridad espontánea habla de la propia naturaleza de un país orgulloso de su capacidad colectiva, en el que frente a situaciones que él denomina épicas, se olvidan las diferencias ideológicas, en torno a unas instituciones que no piden tarjeta de crédito antes de ayudar a las víctimas.
            También es cierto que el dolor de las tragedias inesperadas nos nubla la mirada y cualquier acto en favor de las víctimas nos parece noble y adecuado. Y que nos repugna sospechar cualquier actitud interesada ante el dolor y la muerte que acompaña a la catástrofe.
            Pero el paso de los días, cuando el análisis reposado nos permite separarnos de los acontecimientos luctuosos lo suficiente para recuperar la objetividad o el juicio crítico, nos refleja una realidad en la que cabe sospechar que las tarjetas de crédito, los intereses económicos, no descansan ni en las tragedias colectivas.
            La vejez es ese periodo de la vida en que los recuerdos de la infancia se asocian extraordinariamente con acontecimientos del presente. Yo debo estar galopando hacia la vejez a lomos de Pegaso, aquel mítico caballo alado, que era la expresión más poética del afán de volar de la humanidad. Viene esto a cuento de que yo me siento espigador. Espigar era un trabajo de mujeres en mi infancia de niño campesino. Terminado el trabajo de los segadores, cuando las gavillas de mies se amontonaban en las eras esperando los trillos, cuadrillas de espigadoras, morral al hombro, recorrían los rastrojos recuperando, una por una, las espigas olvidadas por las cuadrillas de segadores. Desconozco si era una tradición, o si era una actividad rentable para el amo de las tierras. Supongo que los sueldos de posguerra, dos reales y un plato de comida - garbanzos con poca chicha a mediodía y gazpacho bien escaso de aceite para la cena de cucharada y paso atrás-, le permitirían rentabilizar aquel afán de recuperar las espigas perdidas. No acabábamos de salir de la autarquía. Cada grano de trigo debía ser un tesoro en la España del hambre y las alpargatas de arpillera con suelas de  caucho de neumáticos reciclados que abrasaban los pies en las rastrojeras y en los caminos de polvo.
            Hoy yo me siento espigador. Espigo los detalles para entender la realidad. El lector de titulares es carne de manipulación interesada. Tengo, además, por mandamiento vital el contraste y, en cierto modo, el distanciamiento saludable de los acontecimientos.
            He espigado algunos aspectos de la catástrofe de Galicia, con paciencia infinita. No me gustaría tener razón, pero en este blog yo comparto mi desazón, mis opiniones, mis sospechas, mis certezas, mis esperanzas y mis temores con el resto del mundo. Tanto da que el mundo no necesite mi opinión. Tanto da que mi opinión no sirva para cambiar nada. El espigador trae a la era las espigas que recogió.
            Estas son las que he recogido pacientemente en los campos del luto y el dolor.
            En Conxo, a escasos centenares de metros del lugar donde se produjo el trágico descarrilamiento del tren  Alvia de Madrid a Ferrol, se encuentra un hospital público. Aunque carece de servicios de urgencias, cerrados hace algún tiempo por la  Consejería de Salud de la Junta Gallega, cuando fue público el trágico suceso se activaron todas las alarmas del protocolo de emergencias. Personal que libraba, personal que gozaba de sus vacaciones anuales, dejó sus trajes de fiesta para asistir a los fuegos de Santiago y acudió de manera puntual y automática a su lugar de trabajo. El accidente había tenido lugar a escasos metros del hospital. Eran - son- el hospital público más próximo. Funcionaron con ese automatismo colectivo al que hacíamos referencia en las primeras líneas de este escrito. Prepararon quirófanos, la unidad de cuidados intensivos, la planta de cirugía, y  la de traumatismo. Toda la noche esperaron en vano, a pesar de la alarma sanitaria que los llevó a sus puestos de trabajo y de los reiterados avisos de que les enviaban heridos. Es un hospital público a escasos centenares de metros del lugar de la tragedia, y sus capacidades, sus automatismos profesionales quedaron sin uso la noche de la mayor catástrofe ferroviaria de la historia de Galicia. Hoy sabemos que muchas de aquellas personas heridas fueron trasladadas en ambulancia a otros hospitales, muchos de ellos privados, a más de sesenta kilómetros de distancia.
            Otra espiga recogida en mi morral hace referencia al hecho inexplicable de que cuatro dotaciones de bomberos fueran retirados del lugar de los hechos cuando aun había heridos y víctimas sin atender. Alguno de los bomberos retirados ha manifestado, desde el imprescindible anonimato que garantice su inmunidad y su empleo, que se negaron a obedecer en un primer momento hasta que fueron obligados por sus mandos a emprender el viaje de retorno a sus cuarteles. Todas esas dotaciones retiradas eran servicios de bomberos privatizados por la Junta de Galicia. El suboficial que dio la orden de retirada no ha querido explicar su decisión ante la prensa. Natutecnia, la empresa concesionaria del servicio, tampoco. Una razón de peso para sospechar que los motivos de la retirada de bomberos no son del todo confesables.
            Los bomberos de La Coruña, organizados espontáneamente con el automatismo proverbial de ese cuerpo, preparados para acudir en auxilio de las víctimas en cuanto recibieran la llamada, como el personal sanitario del hospital de Conxo, aguardaron en vano. Se da la circunstancia de que los bomberos de La Coruña sí son un servicio público. En los verdaderos servicios públicos nadie calcula la rentabilidad de cada hora de trabajo, ni el coste en horas extraordinarias. Se da la circunstancia de que cada dotación pública de La Coruña duplica el número de efectivos -ocho, frente a cuatro- de cada dotación privada.
            Alguien debería dar explicaciones al respecto. A los profesionales, frustrados, cuya capacidad de ayuda quedó a la espera de ser útil. A los heridos y a los familiares de las víctimas. A la opinión pública que tiene derecho a conocer cómo se gestionó la respuesta a la catástrofe. Quizá ambos hechos tengan alguna explicación racional que se me escapa, pero lo cierto es que, analizando al detalle esa gestión del accidente ferroviario, se acrecienta la seguridad de que de la esencia colectiva  de esta patria, además de la solidaridad espontánea que generan las catástrofes, forman parte ya, como un agregado venenoso, los intereses económicos. 
            Quizá la demora, casi dos horas, que acumuló la organización del Puesto de Mando Avanzado tenga también una explicación racional. A pesar de la desconfianza que me generan los comportamientos de los gestores públicos, tan mediatizados por los intereses económicos del capitalismo clientelar y corruptor, no puedo maliciar que ese retraso se debiera a un reparto previo de las facturas que generará este hecho desgraciado. Pero alguien debiera dar las explicaciones pertinentes, porque la realidad que descubrimos cada día sobre el comportamiento de buena parte de nuestros políticos nos ha vuelto suspicaces, maliciosos, desconfiados.
            Con muchísima razón.
            Alberto Núñez Feijóo es una marca blanca del Partido Popular al que algunos encumbran a puestos de sucesión cuando de Rajoy no queden ya sino pavesas; marca blanca, pero bastante percudida por la amistad entrañable con un capo notable del estraperlo gallego, algunas de cuyas empresas eran beneficiarias de concesiones públicas y ahora encarcelado con un larga condena a las espaldas, con quien compartía yate y vacaciones familiares; marca blanca percudida, también, por la manipulación de los presupuestos de la Comunidad para ocultar el déficit; y percudida, no hace tanto, por la manipulación urgente del censo electoral en las últimas elecciones autonómicas para magnificar los resultados obtenidos por su partido, a pesar de las políticas antisociales de sus conmilitones en el gobierno nacional.
            Pues esta marca blanca, que mamó de la misma ubre gallega que Rajoy, en una comparecencia ante los medios, sin que nadie cuestionara aun la respuesta a la catástrofe, se apresuró a calificarla de ejemplar e inmediata. Otra mala señal. Si el político defiende una actuación que nadie cuestiona, barrunta deficiencias; presiente que, antes o después, alguien encontrará el resquicio para desvelarlas.
            Lamento cuestionar yo la magnífica reflexión de David Trueba al respecto de la solidaridad como material creativo de la conciencia de un país. Me temo que el material que da cuerpo a nuestra conciencia colectiva ha sido parasitado por el virus poderoso de los intereses privados. Temo que nuestro tejido colectivo soporta una infección tan agresiva, tan duradera, que el cuerpo social ya se ha quedado sin defensas.
            Y con esto desocupo ya el morral de la presumible indignidad que espigué hoy.

sábado, 27 de julio de 2013

7,25,50, la marca de Europa

         El 22 de diciembre -"Lo que tortura a Merkel" - hacía yo referencia a estas tres cifras mágicas que llevamos marcadas con un hierro al rojo vivo sobre la piel de Europa. José Ignacio Torreblanca las ha removido con cierta obstinación en El País, al menos dos veces en la última semana. Y me da la oportunidad de reflexionar de nuevo sobre estas tres cifras estadísticas, tan interpretables que son ya casi la última justificación moral de nuestros males, la referencia imprescindible para quienes se empeñan en dibujarnos un futuro decadente y empobrecido.
            Concretando, todas esas cifras representan porcentajes sobre magnitudes relacionadas con el total mundial. 
           El siete, significa que la población europea - 500 millones de habitantes- apenas supone un 7 - 7,5% de la población mundial. No somos muchos, la verdad. Apenas consumado el proceso de la Revolución Francesa que se significa también por el comienzo del proceso de descristianización del continente, Europa comenzó a aplicar con diversa intensidad según los lugares un largo ciclo de control de la natalidad que aún perdura; en los siglos posteriores nos repartimos por el mundo buscando controlar materias primas, mercados potenciales, mano de obra semiesclava, -la esclavitud descarnada ya no tenía buena prensa-, y lugares donde asentarnos definitivamente. Como consecuencia de todo ello y, probablemente, de los largos y destructivos periodos de guerra que Europa ha soportado en el siglo XX, somos un continente envejecido; un grupo humano en franca regresión, en duro contraste con otras zonas de la tierra.
           El número veinticinco está referido a la producción del 25% de la riqueza total de la tierra en la Unión Europea. De cada cuatro euros que se producen en el mundo, uno ha tenido su origen en la Unión Europea. Somos el mayor productor de riqueza de la tierra. Ya el 22 de diciembre yo me hacía preguntas al respecto. Y podemos volver a hacérnoslas. Otros podrán hacerse otras según sus intereses, pero yo tengo clarísimas mis dudas ¿Cómo es posible que el Continente que genera una cuarta parte de las riquezas de la tierra pueda permitirse que haya escolares hambrientos en el sur, con el caso extremo de niños griegos buscando alimentos en los contenedores de basura? ¿Cómo es posible que en el continente más rico de la tierra sean los bancos de alimento el único recurso de infinidad de familias? ¿Cómo es posible que tanta riqueza tenga como contrapartida sesenta millones de personas sin empleo? ¿Cómo es posible...?
       Son preguntas simples que precisan respuestas políticas, condicionadas por las ideologías. Os dirán que las ideologías son un asunto del pasado, pero es falso. Y si acabáis creyendo ese mensaje interesado, estaréis un poco más a merced de los que destilan el pensamiento único, las "únicas medidas posibles", "las decisiones políticas que no gustaría tomar, pero que hay que tomar forzados por la realidad".
            Es decir, si acabáis creyendo ese mensaje, estaréis presos del determinismo, y aun dando gracias por mantener cualquier situación parecida a una vida medianamente digna. Os tendrán atrapados entre la desesperación y el agradecimiento al amo, a la fortuna o a algún dios en el que aún creáis.
          Sin embargo la estrella de cualquier debate es el número cincuenta. Esa inocente cifra sin malas intenciones es el campo de batalla sobre el que se libra un combate sangriento, la batalla definitiva de esta guerra que ojalá ganemos. Se refiere al porcentaje total, 50%, del gasto social en toda la tierra. Europa gasta en políticas sociales la mitad de lo que se destina a esos fines en todo el mundo.
          ¡Inaceptable!,  nos dicen los adalides del recorte. ¡Inviable!, nos insisten los expertos a sueldo del sistema imperante.
          Podemos hablar de cantidades, para que las referencias sean precisas. En Europa, aunque de forma desigual,-ojalá todos tuviésemos en nuestra historia la huella duradera de la poderosa socialdemocracia sueca-, esos quinientos millones que integramos su población percibimos en servicios sociales casi un tercio del Producto Interior Bruto del continente. Aproximadamente cuatro billones y medio de euros.
          No hace falta recordar a qué nos referimos cuando hablamos de políticas sociales; servicios de los estados a los ciudadanos, "salarios diferidos" para paliar las desigualdades de rentas y perseguir la deseable igualdad ante la ley que marcan todas las constituciones europeas: atención sanitaria, educación, pensiones, protección a personas desempleadas..., por citar solo los más universales.
           La situación, salvando las desigualdades en el seno de la propia Unión Europea que son grandes, no parece mala. Europa gasta en servicios sociales unos nueve mil euros por cada uno de sus ciudadanos.
          Pero al pensamiento único le interesa la primera proporción, el 50% de los gastos sociales de la tierra. Un dislate que quinientos millones de personas dispongan para usos sociales de la misma cantidad que los otros seis mil quinientos millones de personas. Al capitalismo europeo le parece una distribución injusta e insoportable, porque parten de una valoración interesada. 
           Dan por bueno el total de los gastos sociales de la tierra. Dan por bueno que millones de personas no tengan acceso a la educación, a la sanidad, al agua potable, a la electricidad, al alimento imprescindible, a las vacunas, a los remedios médicos que nosotros desechamos cuando caducan en nuestros cajones. Dan por bueno que millones de personas no tengan derecho a una vida digna y a una vejez protegida. Dan por bueno que millones de personas, incluyendo a la infancia, tengan en el siglo XXI, salarios y condiciones de trabajo similares a la esclavitud, mientras hacemos encendidas proclamas sobre los derechos humanos. Dan por buenos el desprecio a la dignidad humana y la explotación sobre la que se sustenta su beneficio criminal.
         ¡Claro que es injusta esa distribución de los gastos sociales de la tierra! Porque en ese resto del mundo que no es Europa hay países con un alto grado de desarrollo económico, social, tecnológico, cultural y legal. Y su gasto en servicios sociales es insignificante, comparado con el nuestro. Son ellos los que deben evolucionar hacia un sistema más justo de distribución de riquezas. Son sus pueblos los que deben reclamarlo.
        Pero la situación está contra nosotros. Hay un concepto envenenado que sobrevuela nuestras vidas. La competitividad. Europa no puede competir con otros lugares de la tierra donde las hormigas humanas producen en condiciones de esclavitud atenuada. Tenemos que aceptar esas condiciones inhumanas. Elegir - Merkel dixit-, entre trabajos mal pagados y pérdida de derechos, o ningún trabajo.
       ¿Competir para qué...? Usando el manoseado, pero cierto, mensaje de Stiglitz en su obra "El precio de la desigualdad", para que el uno por ciento de la población mundial acumule lo que el noventa y nueve por ciento de la población mundial necesita.
            En realidad, lo imprescindible es distribuir de forma racional. Pero primero habrá que dar respuesta a una pregunta. ¿Qué finalidad tiene la creación de riquezas y servicios, mejorar las condiciones de vida de la humanidad en su conjunto, o el enriquecimiento insultante de una insignificante minoría que parasita a toda la especie? En la respuesta que demos están los cimientos de las ideologías. Y las ideologías debieran ser el motor de nuestros actos sociales y políticos. ¿Competir o producir de forma racional, respetando las reglas de la propia naturaleza, para luego distribuir con justicia?
            Responder quizá parezca fácil, si uno se fía de la lógica humana. Asumir las consecuencias de la respuesta, hoy por hoy, parece una utopía. El capitalismo nos ha colonizado hasta la mente con la droga del consumo. En realidad los indignados del mundo reclaman recuperar el capitalismo de antes de ayer, porque el de hoy se ha vuelto absolutamente cínico, inhumano y repulsivo.
        En cuanto a Europa, yo no la daré por perdida todavía. Somos el continente más socializado, el más sensible, el que mayor grado de desarrollo ha alcanzado en políticas sociales. Nada de eso sucedió sin el impulso ciudadano, sin la colaboración de organizaciones políticas y sindicales fuertemente arraigadas entre la población. Antes o después, Europa recordará su historia, -y con ella, también su dignidad-, porque los pueblos que olvidan su historia están condenados a volver al punto de partida. 
            Al que ahora nos arrastran; a los inicios de la Revolución industrial. 
       Ojalá, mientras desempolvamos nuestra historia, no nos obliguen a desempolvar, también, la guillotina. Porque, además de una buena parte de nuestros salarios, lo que reclama el capitalismo europeo como propio, como un beneficio que le corresponde a su situación de privilegio, es el gasto social del continente. La crisis no es sino la ocasión que andaban esperando para vaciar de contenidos derechos histórico conseguidos con sangre y sufrimientos.
           

jueves, 25 de julio de 2013

La mayoría del veto.

        El sistema partidista hace imprescindible la existencia de un referente jurídico superior e independiente que valores si las leyes emanadas del legislativo se adecuan al espíritu de la Constitución. De otra manera, una mayoría absoluta podría dar al traste, como de hecho sucede, con las bien intencionadas disposiciones de la ley matriz.
            En teoría, esa es la función exclusiva del Tribunal Constitucional, evitar las derivas ideológicas - las perversiones, en ocasiones-, de las leyes aprobadas por mayorías tentadas de superar los límites constitucionales en favor de sus ideas, creencias, intereses, complicidades, o instrumentalizadas por intereses ajenos al interés común.
            No despreciaremos la competencia, es decir el profundo conocimiento de la Constitución y de los diversos cuerpos de la legislación española, como valor fundamental de los componentes de este selecto tribunal. Se les supone. En mucha mayor medida que el valor a los soldados. Yo fui soldado obligado en su día. Agotadas las prórrogas sin que se modificaran las leyes al respecto del servicio militar obligatorio, me vi obligado a escoger entre dieciocho meses de simulación  y adaptación curricular o seis años en una prisión militar. Elegí lo menos heroico. Y jamás sentí correrme por las venas ni ardor guerrero ni valentía añadida. Las cosas, como son.
            Pero, en el caso del Tribunal Constitucional, creo que el verdadero valor añadido, el que genera el acatamiento y el respeto a sus fallos lo da la independencia. Hemos de creer que sus decisiones están fundamentadas en la valoración objetiva. La contaminación ideológica visible resta credibilidad a sus decisiones.
            Y digo contaminación ideológica visible, porque no se nos escapa que ningún ser humano es un espíritu puro, sin ideología o inclinación política. Cada magistrado depositará su voto en la canasta de algún partido cuando se celebran elecciones, sin lugar a dudas. Contamos con ello, como contamos que cada uno de ellos buscará una interpretación de las leyes que satisfaga a su propia conciencia, sin quebrantar los límites legales.
            La militancia en el Partido Popular del actual presidente del Tribunal Constitucional y su ocultación durante la evaluación del Senado, previa a su nombramiento, ha provocado alarmas, justificadas desde mi punto de vista. Las obligaciones de los militantes, según los estatutos del partido Popular, implican la defensa de la ideología y del programa del Partido. Pues, de algún modo, este hombre se habrá visto a lo largo de su gestión en graves dilemas que afectarán o a su independencia como miembro del alto tribunal o  a la fidelidad a su partido.  Y, si no ha sido así, es legítimo pensarlo.
            La situación deriva de una concepción interesada del propio Tribunal Constitucional. Los partidos se reservan cuotas de selección de sus miembros según los resultados electorales. En el diseño del Tribunal Constitucional hay una manifiesta voluntad de convertirlo, también, en instrumento político de quien obtuvo la mayoría en las urnas. La independencia imprescindible es dudosa, porque es un tribunal teñido de ideologías políticas que condicionan sus decisiones. Así que lo de la militancia del presidente propuesto por el Partido Popular no es sino el colmo del descaro, el mismo descaro que esta derecha con poco respeto por las formas, e incluso por la propia Constitución, arrastra como marca de identidad.
            Hace escasos días vetó la comparecencia de Rajoy para dar explicaciones ante el Parlamento que lo invistió presidente de gobierno sobre las acusaciones de Bárcenas. Hoy es noticia que, también, veta la comparecencia del presidente-militante ante el Parlamento para dar las explicaciones que se le requieran en nombre de millones de españoles que también votamos a la oposición, existimos, pagamos impuestos y soportamos las cargas con las que este gobierno protege a sus compañeros de viaje.
         ¿Qué hay más natural que responder ante las dudas de un procedimiento o de una actuación confusa, cuando menos? ¿Qué hay más digno que aclarar las dudas suscitadas? ¿Qué hay más necesario que limpiar al Tribunal Constitucional del estigma de un funcionamiento partidario...?
         ¿Qué es, en suma, la democracia, sino control de la ciudadanía sobre las instituciones en quienes delegó su confianza y sus esperanzas, si además las sustenta con sus impuestos? Cada veto al control parlamentario de esta mayoría sin respeto a la diversidad del país es un límite a nuestros derechos democráticos. Tenemos derecho a conocer para evaluar y elegir en consecuencia, porque la soberanía es de cada uno de nosotros. No hay mayor verdad que ésa. Como si de una ballena corcovada se tratara, el PP engrosa cada día, alimentado por la corrupción que lo corroe y por los comportamientos antidemocráticos, -al menos, interpretación segada de los principios democráticos-, esa chepa de miseria que lo inhabilita moralmente para gestionar los destinos de un país.
            Esta gente me avergüenza. Han creído que el voto de la mayoría lo legitima todo. En realidad, o no saben o creen que no sabemos. Hay una legitimidad de origen que nadie les puede discutir. Ganaron las elecciones. Pero la legitimidad de ejercicio la han perdido casi desde el primer día. La legitimidad de ejercicio sólo la confiere el respeto a la diversidad, a los derechos, a las leyes, a los seres humanos. 
            Pueden seguir vetando. Es el mejor argumento para que nosotros, los ciudadanos, los vetemos a ellos en las próximas elecciones. Como es de justicia.
            En justicia, en realidad, nos corresponde refundar la democracia o habremos perdido la gran oportunidad que la Historia nos debía. Y tenemos medios para exponer con claridad qué cosas  son imprescindibles para confiar en el futuro. Si los instrumentos de hoy no son los adecuados, inventemos otros. Lamentarse no sirve para nada. Hay que crear.

lunes, 22 de julio de 2013

Agosto podría venir cargado de malas intenciones

              Sitiado, como toda la cúpula histórica de su partido, por las declaraciones de Bárcenas ante el juez y por las propias evidencias, el presidente del gobierno, como un conejo acosado por el huronero furtivo, desapareció misteriosamente y se fabricó una muralla de silencio.  Lo fió todo a su estrategia predilecta, la huida y dejar que pase el tiempo. Hacerse el muerto, según lo han calificado algunas plumas aceradas de la política.
                Pues eso, se hizo el muerto. Pero se permitió un mensaje a los cómplices europeos y a las hienas usureras que se alimentan de nuestra ruina. El gabinete de Prensa de Moncloa remitió una foto de estudio a los medios de comunicación en la que el presidente del gobierno da un plácido paseo por los jardines del palacio presidencial rodeado por la sonrisa benévola del gran capital español.
             “No pasa nada. Ellos, el sostén de la patria, están conmigo”, -venía a decir Rajoy al resto del mundo. “Los que me ayudaron a conseguir el poder con dádivas generosas, aún me apoyan”.
                En el texto que acompañaba a la foto, el gran capital español aseguraba que “este gobierno debe mantenerse, porque aún quedan reformas importantes pendientes de desarrollar y es el camino que nos sacará de la situación indeseada que padecemos”.
                  O sea, que Rajoy tiene la bendición de los patronos.
             ¿Cómo no?  En su columna del domingo en El País, Concha Caballero se hacía eco de una situación histórica. Por primera vez en este país las rentas empresariales superaban a las rentas del trabajo. Para entendernos, el dinero percibido por el conjunto de los empresarios es superior al dinero percibido por todos los trabajadores del país. ¡Y en plena crisis! “¿Qué crisis…?”, dirán ellos.  Este dato no hace sino confirmar definitivamente la fractura social. Casi todos debemos ser infinitamente más pobres y desasistidos para que una minoría sea cada vez más rica. Es el objetivo verdadero. Mientras nuestros salarios disminuyen, mientras se privatizan o se  empobrecen los servicios públicos, mientras se abandona a su suerte – a su pronta muerte- a una gran parte de las personas dependientes, mientras se niega asistencia sanitaria a personas por razón de su orientación sexual o de su opción de vida –embarazo asistido-,  las rentas del capital , proporcionalmente, crecen. La reforma laboral ya da sus frutos, los frutos pretendidos.
                La crisis no está siendo sino la ocasión propicia del gran capital, el especulativo, el que alimenta la cleptocracia que nos gobierna, para sacar beneficios escandalosos y modificar los costes de producción a nuestras expensas.
              La mayoría parlamentaria, siguiendo los dictados de la cúpula, protegió los temores de Rajoy a comparecer ante la opinión pública y hurtó al Parlamento que lo invistió la posibilidad de recibir las explicaciones imprescindibles del presidente del gobierno sobre quien recae una acusación tan grave que en cualquier democracia verdadera supondría, probablemente, su inhabilitación. Y la oposición, laminada durante toda esta legislatura demencial y autoritaria, ha debido recurrir al instrumento de las ocasiones excepcionales, a la amenaza de una moción de censura. Para perderla, desde luego. Pero esa situación excepcional permitiría a la oposición, sin cortapisas, hacer valoraciones en el Parlamento, pronunciar discursos agresivos, hacer denuncias que permanecen en el limbo de los discursos inoportunos o inútiles. Ruido mediático. También, inquietud entre los socios,-cómplices-, europeos.
                No sucederá. Hoy Rajoy se ha comprometido en la rueda de prensa obligada que sigue a las reuniones con otros jefes de gobierno, el de Rumanía en este caso, a comparecer ante el Parlamento para dar su versión sobre el asunto Bárcenas. No ha mencionada fecha, ni procedimiento, pero ya hay un compromiso público.
                ¿Qué hurón lo habrá hecho salir de la madriguera? Puede que haya sido la conjunción de varios hurones.
                De una parte, quizá la exigencia privada de algunos pesos pesados del propio Partido Popular. Hay dirigentes autonómicos que sufrirán en sus carnes el deterioro de la marca de la gaviota y solicitan claridad, cuanto antes. De otra parte, aunque han manifestado suficiencia ante la posibilidad de la moción de censura, puede que esta amenaza haya surtido efecto. Creo que, sobre todo, ha pesado la opinión editorial de los grandes medios europeos; en cierto modo, la opinión de sus gobiernos. Ninguna opinión pública europea puede entender la negativa de Rajoy a comparecer ante el Parlamento tras ser objeto de tan graves acusaciones. Así que puede que haya existido alguna recomendación al respecto.
                Pero, si es cierto lo que ha trascendido, hay una cuestión de fondo, una decisión política que ya está tomada y de gran calado en nuestras vidas que entrará en vigor en agosto, el mes en que se hacen públicas las decisiones venenosas según la tradición. Para entonces resultaría imprescindible haber puesto algún parche a la cuestión de las acusaciones de Bárcenas. Esa habría sido, en mi opinión, la razón principal de este cambio de actitud del presidente de gobierno que tiene aversión al Parlamento.
                Hay evidencias, -las empresas ya lo conocen y avisan a clientes de grandes cuentas para que adelanten los pedidos-, de que en Agosto prácticamente desaparecerá el IVA reducido y de que el tipo general subirá al 23%.
                Si se cumple, el silencio cómplice de Europa y las fotos del jardín de la Moncloa nos costarán el 2% de nuestros salarios. Esa es la reforma fiscal de la derecha. La subida de los impuestos indirectos, la asfixia del consumo interno; más paro, más recesión, más miseria sobre nuestras vidas, para que una minoría insignificante sea cada vez más rica. 
                Luego, en otoño, se ofrecerá a los mercados como garantía  del cobro de sus intereses abusivos, la reforma de las pensiones, el saqueo y el sacrificio también de la población más indefensa.
               ¿Liberales…?  ¡¡Saqueadores!!

sábado, 20 de julio de 2013

Basura

                        Cercados por la basura que se desprende con estudiada lentitud desde los bordes del horizonte político, económico e institucional, uno diría que habitamos en una patria sin remedio, abocada a descomponerse entre las páginas de la historia como un país imposible, un error genético del tejido social, de la geografía de la vida que genera pueblos, sociedades, culturas, ideologías, creencias.  E individuos.
            A veces me invade la sensación insoportable de que somos un país condenado a la oxidación lenta, pero inexorable, de los desguaces donde los mercados arrumban los despojos de su manipulación destructiva.
            ¿Aciertan quienes dicen que un inversor prudente desistirá de comprar bonos de este país desacreditado y con un gobierno desestabilizado por las gravísimas acusaciones de quien fue su tesorero y que, como consecuencia, la amenaza de quiebra volverá a tomar cuerpo cualquier día de estos?  Creo a los que aseguran que la quiebra total de este país produciría beneficios de un trescientos por ciento a algunos inversores de riesgo.
            Las denuncias de Bárcenas y el enroque de Rajoy en el silencio y en su mayoría parlamentaria, perros guardianes de una honra imposible, contaminada de tanto arrastrarse por el basurero del cohecho, la prevaricación, el fraude fiscal, el enriquecimiento ilícito y la complicidad con malhechores, son una fisura muy grave en las ya debilitadas defensas de esta patria maltrecha.
            Así que llevo algunos días interesado por la evolución de ese grillete que aprisiona nuestras vidas y que dimos en llamar prima de riesgo. Supongo que en Europa todo, absolutamente todo, lo gobierna la mano de hierro de la señora Merkel; da la sensación de que ahora la emperatriz quiere paz en los territorios sometidos, porque afronta –sin grave riesgo por lo que sabemos-, sus propias elecciones generales en otoño. Puede que hasta entonces ni las hojas de los árboles se muevan sin su consentimiento.
            Temo al otoño. Se marcharán los turistas a sus cuarteles de invierno y la flor de invernadero que Guindos ha querido mostrarnos de forma furtiva quizá se muera en su jardín artificial, mientras los temporeros vuelven a las oficinas de empleo a engrosar el censo tenebroso de las personas sin futuro. Temo al otoño porque ganará Merkel como le auguran las encuestas y es posible que otra vez suelte a las fieras para celebrar su triunfo y premiar a sus fieles legiones de inversores.
            Pero incluso de nuestras peores experiencias podemos generar motivos para la esperanza. Puede que la basura que se esparce por nuestro presente de barbecho agostado no sea tan mala, al fin. Mi larga vida me ha enseñado a valorarlo todo no solo desde la perspectiva del presente, sino pensando también en el futuro. Uno de los trabajos de niño campesino que me encomendaron en mi infancia, -lo comparto con Hércules, que era un semidiós y ocupa un lugar preeminente en el imaginario institucional de Andalucía-, fue la limpieza de establos, gallineros, porquerizas y cuadras. Todo el estiércol maloliente se amontonaba al aire libre en el estercolero, un espacio habilitado al efecto en las proximidades de las cortijadas. El estercolero se llamaba estercolera entre la gente de mi infancia. No creo que fuera un nombre femenino; me cuadra más que se deba a una reminiscencia del neutro por su naturaleza ambigua y colectiva, colector común para todo tipo de desperdicios. A pesar de su aspecto desagradable y de sus olores repugnantes, en muchos kilómetros a la redonda no había un lugar más activo en el reciclaje de la vida. 
            Los días posteriores a las lluvias torrenciales que dejaban los campos impracticables para el laboreo o en los días de helada profunda y duradera, - helada negra-, durante los cuales la tierra era tan dura como la roca, inmune a los arados, los manijeros encomendaban a los gañanes ociosos, armados con horcas de hierro, voltear el estiércol para acelerar el proceso de descomposición de la materia orgánica.
            Luego, al comenzar la sementera, a principios del otoño siguiente, el estiércol, cumplido  ya su ciclo de renovación, se convertía en un precioso abono que acrecentaba la cosecha.
            Desde esa perspectiva miro con esperanza esta basura, este estiércol que se derrama sobre este país en carne viva. Puede que mañana, cuando haya cumplido su ciclo de descomposición, cuando hayamos consumido hasta las heces este cáliz amargo de podredumbre sobre nuestra vida pública, cuando hayamos vomitado nuestro hartazgo, sirva  como abono para un futuro distinto, diseñado por  nuestra determinación colectiva, unívoca, poderosa, con reglas precisas para que no acabemos en el desguace de los países imposibles. 
            Porque la Historia verdadera la escriben los pueblos. Los gobiernos son solo delegaciones temporales, a veces erróneas, de nuestra voluntad de supervivencia, de nuestras esperanzas, de nuestra fortaleza. Es hora de recuperar nuestra soberanía y enderezar los surcos donde tenemos que sembrar nuestro futuro. 
        Y si los instrumentos de que disponemos - los partidos mayoritarios actuales- han agotado ya su ciclo útil, habrá que enviarlos prestamente a los estercoleros donde el proceso de putrefacción  que comenzó hace tiempo llegue a buen término.
         Puede que la historia nos esté reclamando instrumentos nuevos.

domingo, 14 de julio de 2013

Desahucia, que algo queda

       Hoy me perdonaréis una confesión íntima. Desde no hace demasiadas fechas me persigue una dolorosa sensación de culpa. Estaba yo una de estos atardeceres de calor en una terraza sevillana concediéndome el placer de uno de mis platos predilectos, una tabla de pulpo a la gallega. Tampoco me lo explico. Soy extremeño, coño. En mi infancia ni sabía que existiera un animal como el pulpo. Lo conocí, siendo ya una persona adulta. Y es ahora uno de los placeres para mi paladar.
            Pero no quiero hablaros del pulpo a la gallega. Quiero hablaros de mi mala conciencia.
            En un momento dado, se nos acercó a la mesa un hombre joven. Nos explicó que pendía sobre él y su familia una amenaza de desahucio. Pedía dinero para afrontar aquella situación. Le pregunté si conocía el Decreto de la Junta de Andalucía que podía ayudarle a solucionar su problema de manera más eficaz que la incierta solidaridad pública. Él me contestó con evasivas, como que si ese Decreto funcionaba. Probablemente no lo conocía. Me enfadó, ciertamente. Y le dije que funcionaba, y que justamente ese día una familia de Sevilla Este había logrado detener su desahucio y que la expropiación preventiva garantizaba para aquella familia la permanencia en su vivienda durante tres años. Aconsejé a aquel hombre que se informara y actuara en consecuencia. Le dije que un euro mío no le evitaría el desahucio. Y lo despedí sin prestarle ayuda alguna, quizá porque me dolió su desconfianza sobre el funcionamiento del Decreto, o su desconocimiento de un instrumento excepcional que la Junta de Andalucía había establecido en contra de Europa y del gobierno de la Nación.
            Me volví mientras se alejaba y descubrí, consternado, que a cierta distancia lo aguardaban una mujer y dos niños pequeños. Comprendí, tarde, que probablemente el previsible desahucio no era el más inmediato de sus problemas. Probablemente su problema más inmediato era dar de cenar a sus dos hijos.
            Desde entonces la imagen de esas cuatro personas alejándose me persigue de vez en cuando y me hace sentir culpable. Porque esa personas habrían cenado probablemente por el precio que pagué por el pulpo de esta historia.
            Malditas sean la gestación y el alumbramiento de esta Europa y de este gobierno que incumplen sus obligaciones con los ciudadanos y desvían la culpa a las conciencias individuales.
            Es la misma Europa que ha calificado el Decreto del Parlamento de Andalucía contra los desahucios como una decisión arriesgada para el sistema financiero con palabras obscenas, porque "reducirá el apetito de los mercados por los activos inmobiliarios españoles". 
            Es el mismo gobierno vicario y servil al que ha faltado tiempo para interponer un recurso de inconstitucionalidad contra el Decreto andaluz para imponer su paralización inmediata, mientras ese tribunal colonizado, diseñado a la medida de sus intereses, da su veredicto.
            Yo le aseguré a aquel hombre que el Decreto funcionaba.  
            Se me olvidó que hay que alimentar a los mercados con sus  hijos que quizá se fueron a la cama sin cenar; se me olvidó que hay que alimentar el apetito de los mercados con nuestras viviendas vacías cuando nos hayan desahuciado; se me olvidó que los mercados se alimentan con nuestra dignidad, con nuestros derechos, con nuestra pobreza, con nuestra precariedad, con nuestra desesperación repartida por los veladores de las terrazas; se me olvidó que quienes gobiernan tienen como única función estimular el apetito de los mercados y llenarles el cebadero con todo aquello que nos están arrebatando.
            La sensación de culpa es, sin embargo, nuestra. Algo tendremos que hacer.

  

sábado, 13 de julio de 2013

Y,¿ahora, qué...?

                  Quizá habrá que esperar a las declaraciones de Bárcenas ante el juez Ruz el lunes próximo. ¿Mantendrá sus afirmaciones ante Pedro J. Ramírez en sede judicial? ¿Su nuevo abogado defensor lo convencerá de que eso sería autoinculparse gravemente, pero que las culpas ajenas estarían ya prescritas? ¿Lo convencerá de que en ese intento de pasar factura a sus antiguos jefes, cómplices, compañeros de ese viaje por la alcantarillas de la corrupción, que de forma metafórica alguien resumió en una frase bíblica -"muera Sansón y los filisteos"- no traerá más muerte que la del propio Sansón, mientras los filisteos saldrán indemnes...?
            Ni el Partido Popular lo sabe. Ni el partido, ni el gobierno, ni la cúpula directiva. Todos están preocupados; saben con certeza que ya no controlan a Bárcenas, porque no han podido garantizar sus exigencias. Es lo que tiene la maldita separación de poderes en la muy defectuosa democracia. Que casi nunca se controla todo. 
            En realidad, las declaraciones de Bárcenas resultan irrelevantes a efectos de opinión pública. La verdad la conocemos todos. 
            El asunto es, en mi opinión, es que de Bárcenas dependemos todos en cierto modo en los próximos meses. No es Rajoy su único rehén. Todos somos rehenes de Bárcenas, es decir  somos rehenes del procedimiento ilegal de financiación del partido Popular durante casi toda su historia. La corrupción beneficia a unos pocos. Sin embargo, cuando comienza su deriva destructiva, afecta con sus secuelas venenosas a la vida de todo un país. No sólo hay que evaluar lo que nos han robado. Hay que evaluar lo que aún nos harán perder.
            ¿Ahora qué? 
            Seguramente es una pregunta pertinente.
            Así que os la dejo, por si se os ocurre una respuesta.
            Dice Ansón, ese viejo referente de la derecha mediática, que las próximas elecciones las ganará el "Frente Popular" de nuevo. Hace referencia sin duda a que los votos acumulados del PSOE en franco retroceso y los  de Izquierda Unida, beneficiaria del desencanto de la izquierda sociológica y en crecimiento llamativo más por los deméritos ajenos que por los aciertos propios, podrían dar como resultado, mediante pactos, una mayoría de gobierno.
            Su oráculo no es sólo un oráculo. Es, sobre todo, una amenaza. La derecha, con reminiscencias franquistas, y Ansón no podrá negar nunca sus orígenes, se ha acostumbrado a emplear el tópico de que el Frente Popular, su triunfo en las elecciones del 36, fue la causa que justificó la guerra civil, porque era una garantía de desgobierno. Pero quien actuó contra la legitimidad democrática fue la derecha terrateniente - no había otra en España-, la Iglesia católica empeñada en dominar a una nación e imponerse a la conciencia de los seres humanos, y una buena parte del ejército cuyos oficiales en su mayor parte eran miembros segundones de las familias terratenientes. Nunca aceptaron, cada uno según sus intereses, la Reforma Agraria que pretendía modernizar las estructuras económicas de un país anclado en el siglo XIX, incapaz de competir económicamente con los países industrializados de Europa; ni la Reforma Educativa que pretendía modernizar al país mediante el instrumento más poderoso de promoción social , la educación; ni la Reforma Social que intentaba una redistribución más justa de las rentas mediante el reconocimiento de derechos ciudadanos y sociales.
            El Frente Popular fue la reacción desesperada de un pueblo al que se le negaba el acceso al futuro. Nada más que eso. Y ganaron unas elecciones democráticas, confiando en que las reglas de juego fueran respetadas. Como sabemos, fue una esperanza fatua.
            La Historia tiene muchos capítulos, pero el crimen del golpe de Estado tiene padre y madre. Y apellidos.
            Las circunstancias actuales son casi tan desesperadas como entonces, salvando las distancias. E igualmente, las relaciones cainitas entre las fuerzas de izquierda derivadas de la historia reciente durante el proceso democrático. Pero no sería mala alternativa. Izquierda Unida mantiene una pureza ideológica y un mensaje más acorde con muchas de las demandas ciudadanas. El PSOE, suponemos que mantendrá cuadros capacitados, especialmente en las política internacional, aspecto hoy que resulta imprescindible en la aldea global en la que vivimos. Sería una solución de emergencia, desde luego.
            Porque la solución verdadera pasa por la regeneración del sistema democrático. Y no es empresa baladí.
            La solución es ciudadana. Advierto, con más frecuencia de la deseada, a la ciudadanía cabizbaja, derrotada, casi convencida de que soportamos la maldición de Gürtel, de los ERE, de Bárcenas, de los políticos aprovechados que usan la delegación ciudadana para el enriquecimiento propio, como una dura penitencia por sepa dios qué pecados aferrados a nuestro código genético. 
            Es mentira. No somos rehenes de los partidos políticos.  Los partidos son el instrumento que aceptamos como medio de participación ciudadana en el proceso democrático. Ningún ser humano es esclavo de sus instrumentos. Siempre puede desecharlos y buscar instrumentos nuevos que se adapten mejor a sus necesidades. En esas estamos y ese debería ser nuestro objetivo primordial en los próximos meses. 
            No conviene que nos distraigan demasiado con los papeles de Bárcenas. Ya sabemos lo que contienen. Ni con los ERE; también sabemos que ha sido una fórmula novedosa de saqueo amparada en una intención irreprochable.
            Hay que pensar en el futuro. Y quien merezca la cárcel, ya tarda en estar donde merece. Sin límites institucionales. Las instituciones solo son dignas cuando representan dignamente a los ciudadanos. Por sí mismas, una vez corrompidas, no valen ni su peso en papel de embalaje.