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miércoles, 10 de octubre de 2012

Tauromaquía



                 Hay un desapego natural en el alumnado actual hacia la literatura. Mayoritariamente no han desarrollado el placer de la lectura. El acceso fácil a la información audiovisual desde la primera infancia ha satisfecho la necesidad de alimentar su imaginación sin necesidad de recurrir a la letra impresa. Es así. Son otros tiempos. Son otros medios. Hay otros recursos.
            Yo aún me recuerdo devorador de cualquier libro que cayera en mis manos en mis primeros años de vida. El libro era la ventana a la vida. No podría enumerar lo que leí. Desde novelones por entrega que coleccionó mi abuelo en sus años jóvenes a novelas de Marcial Lafuente, calcos unas de otras, cambiando sólo el nombre inglés de los jinetes solitarios y justicieros del salvaje oeste; pasé por Emilio Salgari, Walter Scott, El Quijote mismo, Victor Hugo, Jonathan  Swift, Stevenson, Poe, Melville, y el más extraordinario de todos, Mark Twain. Nadie ha dibujado la infancia como él… En fin, creo que no podría recordar todos los títulos que me ayudaron a descubrir el mundo con aventuras deliciosas que, en buena parte, no entendí del todo. Comprender a esta gente me costó relecturas obligadas en su día. Y cuando intenté la relectura audiovisual entregándome esperanzado a la oscuridad de las salas de cine para ver una película basada en aquellas obras que alumbraron mi infancia, siempre salí decepcionado. Ni un director, ni un guionista, ni un equipo de fotografía cinematográfica mejoró nunca la película que mi imaginación había creado. Otros tiempos, desde luego. Mi alumnado de hoy se acostumbró a ver el mundo con la imaginación de otros. Quizá eso les baste. Quizá la imaginación ajena le ofrezca mundos más extraordinarios  que los que ellos puedan imaginar.
            Pero esta semana tocaba Ilustración, el siglo de las Luces, la literatura pedagógica y aburrida del siglo XVIII. Y de toda esa prosa tan dura de pelar, quizá la más insoportable la escribiera Jovellanos. Había que hacerles entender, no obstante, que es el primer estadista moderno que alumbró este país; que sus obras giran sobre tres preocupaciones primordiales que aun no hemos sabido solventar, como si España estuviera sujeta al eje de una noria y  que como Sísifo soporta su castigo, el nuestro sea dar vueltas eternamente en un círculo maldito sin encontrar jamás otro horizonte.
            Una era reformar la economía para que sirviera a los intereses del país. Tampoco entonces la economía, basada en la agricultura fundamentalmente, era capaz de sacarnos de la miseria y de la hambruna ocasional.  Como ahora. Ellos lo saben. Casi cada familia  de quienes asisten a esta clase anda cercada por el paro.
            Otra era la educación. Jovellanos, como todos los pensadores de su época, estaba convencido de que el desarrollo y el progreso de los pueblos son proporcionales a su grado de cultura. Se empeñaba entonces en demostrar la necesidad y las ventajas de una educación pública y masiva. Aún estamos en esa encrucijada. Una parte de España aún no parece convencida. Sigue pensando que la educación generalizada sería deseable, pero resulta insostenible. Mis alumnos lo saben. Están convocados para manifestaciones y paros durante toda la semana próxima contra Wert, que es uno de los que aun no parecen convencidos.
            Y la tercera de sus preocupaciones fueron los espectáculos públicos, la necesidad de convertirlos en parte del proceso educativo. Hay que pasar por esas páginas como un gato por ascuas, la moralina ilustrada lo inunda todo y agota el interés de cualquier lector actual en tiempo récord. Sin embargo hay que pararse en las páginas que el ministro Jovellanos dedica a la fiesta de los toros. Él es un enemigo declarado. Se complace por la prohibición que tuvo lugar durante el reinado de Carlos III y que se prolongó durante el de Carlos IV. Se hace eco del debate encarnizado entre partidarios y detractores de la fiesta. Como ahora. Exactamente, como ahora.
            Nos hemos detenido en ese texto. Han actualizado sus contenidos. Se han pronunciado. De todos los integrantes de la clases, de ambos sexos casualmente casi paritarios, dos mujeres prohibirían la fiesta de los toros terminantemente; dos varones asistirían al espectáculo si alguna vez consiguieran una entrada. Otros diez de ambos sexos no asistirían nunca, pero les resulta indiferente que haya o no haya espectáculos taurinos. Es una encuesta que no significa nada por el escaso número de muestras, pero opino que bastante representativa de la opinión de la población española al respecto.
            Todos opinan que es una afición de gente mayor y que el destino del espectáculo es morir de inanición, por falta de público en cuestión de pocos años.
            Ante esta conclusión les he pedido una valoración sobre las medidas de la Comunidad de Madrid – Esperanza Aguirre lo propuso- de destinar casi medio millón de euros  a promocionar la afición a las corridas de toros entre los escolares, recomendando y subvencionando actividades como excursiones a plazas de tentadero para el alumnado de enseñanza obligatoria, o regalo de entradas para las corridas, casi como una obligación de los centros escolares costeados con fondos públicos.
            He ofrecido valoraciones posibles:
            Medida razonable para garantizar el futuro del espectáculo taurino
            Medida obligada por parte de un gobierno democrático
            Medida insignificante porque una excursión a una plaza no hace afición
            Medida indigna de un gobierno democrático.
            Todos sin excepción han señalado la última; que es una medida indigna de un gobierno democrático.
            Así que hoy he conseguido dos cosas en mi clase de literatura. Demostrar a mi alumnado que la cultura es el vehículo con el que el pasado nos envía los códigos para comprender nuestro presente y poner de manifiesto que escogí bastante bien el titulo del blog.

lunes, 8 de octubre de 2012

Estadísticas...


        Están sobre nosotros, sobrevuelan nuestra existencia, tienen la autoridad indiscutible de los números, llenan páginas de periódicos, diseñan nuestro futuro, dan y quitan credibilidad a los proyectos, consagran el acierto de aquellos a quienes favorecen y avisan del declive de aquellos a los que niegan su favor. 
        Son las Estadísticas, las reinas de la fiesta. Ellas consagran el éxito o marcan los límites detestables del fracaso.
           Cuando se oculta tras las cifras sin rostro la realidad parece llevadera. 
        El hambre, cuando es sólo porcentaje y no la visión de un ser humano hurgando en los contenedores de basura, parece menos hambre. 
        El paro, cuando es un dato en los gráficos, parece menos indigno que contemplar a un ser humano, -un rostro familiar, un nombre propio, un proyecto vital que se ha quebrado- hundido en la desesperanza y en la humillación de no poder atender a las necesidades de sus hijos.
            Oculta tras las cifras, la realidad se convierte en entelequia, conceptos, abstracciones. El dolor, la desesperanza, la impotencia, la amargura creciente de aquellos a los que sólo les queda la conciencia de su propia dignidad hecha girones no cabe en esas cifras.
       La miseria cotidiana de los pueblos se diluye ante los ojos de quienes se han acostumbrado a contemplar el mundo, a gobernarlo a través de los gráficos asépticos. 
       Esa gente se oculta tras las cifras, dicta sus decisiones inhumanas y se evita mirar a los ojos de quien sufre. 
        Luego arguyen que su oficio es difícil y que este dolor que ahora nos causan es la medicina amarga que nos devolverá el vigor y la salud perdida.
            Pasa el tiempo y el gráfico que cuelga en nuestro lecho pobre de un hospital de caridad no muestra sino empeoramiento y complicaciones de salud que anuncian un desenlace irremediable. 
            Ese es el único gráfico que nunca mirarán. 
            Han perdido la costumbre de mirar a las personas. Y si nos miran , ven sólo números, cifras, datos estadísticos.  Acostumbrados a contemplar la realidad embotellada en los diagramas, han olvidado que esas cifras son sólo un pálido reflejo de la vida. No se ha inventado todavía el recipiente que aprisione el sentimiento humano; esa es la fuerza que transforma  la historia, el motor verdadero, el arado  del tiempo con el que sembramos el futuro. 
        Debieran mirarnos a los ojos, oír nuestras demandas, solidarizarse con nuestra frustración, sentirse delegados de nuestro poder soberano, trabajar por nosotros. Quizá las Estadísticas mejorarían en poco tiempo.

domingo, 7 de octubre de 2012

¡Estoy hasta los cojones!


                  Me reconozco de natural dionisíaco. Soy propenso a los excesos verbales, a la procacidad, al humor, a la provocación, a la desmesura.

            Sólo si estoy en buena compañía, desde luego.

            Pero, igualmente, reconozco que es Apolo quien rige la mayor parte de mi vida y me aprisiona en los límites razonables del comedimiento y la mesura. Soy un tipo disciplinado, porque si diera rienda suelta a lo que pienso, en infinidad de ocasiones, como cualquiera de vosotros, no ganaría para demandas.

            He pensado largo rato en la conveniencia de este título. No deja de ser una expresión algo soez, pero tremendamente cotidiana, simplificadora y útil para dar cuenta de un estado de ánimo. La habréis utilizado alguna vez, supongo.

            Apolo me impulsaba con su tono mesurado: “Busca otro título; la expresiones soeces por escrito dejan huella; quizás te arrepientas de emplearla”

            Dionisos, por su parte me ha estado gritando toda la mañana “Sé tú mismo. Respeta tus orígenes de cabrero. No reniegues de tu propia naturaleza; aprendiste a hablar repitiendo maldiciones de gañanes”. Y es cierto.

            Dionisos ganó por esta vez. Estoy hasta los cojones de ser comedido, cuando la realidad está llamando al gañán que llevó en los cimientos de mi mismo. Todo lo demás se ha edificado sobre una infancia de niño sin escuela en la España miserable de posguerra. Incluso mi habilidad demostrada en la interpretación de Lenguas Muertas. Así que “Estoy hasta los cojones” me resulta un título aceptable para esta reflexión. Y si alguien se incomoda, no me tomaré la molestia de pedir disculpas. Que lea a Sostres en El Mundo. Perderá calidad literaria y ganará en desvergüenza, en cinismo y en ausencia absoluta de cultura, las marcas de fábrica del presente que nos cerca.

         En resumidas cuentas, ¡estoy hasta los cojones!  Y os explicaré por qué inmediatamente. Os citaré sólo las causas más notables de este asco visceral que me inunda la conciencia, surgiendo desde el interior de mi memoria próxima como el reflujo agrio de un vino peleón y artificial.

            Estoy hasta los cojones de la Europa irracional, avarienta e hipócrita que establece condiciones leoninas a los pueblos, mientras acoge amablemente en la seguridad de sus bancos a los evasores de capital que han arruinado a  esos mismos pueblos.

            Estoy hasta los cojones de la Europa irracional , avarienta e hipócrita que permite en su seno paraísos fiscales, conocidos por todos, especialmente de quien tiene capitales que ocultar: Suiza, Gibraltar, Luxemburgo, Isla de Man, Isla de Jersey , Mónaco Andorra, Malta y El Vaticano. 

           Estoy hasta los cojones  de soportar la certeza de que en este país hay mucha gente que pasa hambre cada día, mientras un discurso viscoso se afana   en criminalizar a los que se han quedado sin recursos y a los millones de parados.

            Estoy hasta los cojones del modelo económico alemán, porque pasa por alto que siete millones y medio de jóvenes titulados alemanes o europeos trabajan por cuatrocientos euros al mes en ese modélico país de ahorradores y bebedores de cerveza.

      Estoy hasta los cojones de que ninguno de los innumerables sacrificios que ha soportado ya la clase media y trabajadora de este país haya servido para generar un miserable puesto de trabajo, una posibilidad de recuperación del empleo de los que más lo necesitan, una normalización paulatina del mercado de trabajo para quienes no tienen otro medio de vida y de sustento de su familia.

            Estoy hasta los cojones de que todos los innumerables sacrificios que hemos soportado se hayan ido a taponar la sangría del sistema financiero, corrompido por el poder político en  demasiadas ocasiones, o a pagar los intereses insoportables de los usureros.

         Estoy hasta los cojones de que el poder político se dedique a pelear por el bienestar de los especuladores a expensas de nuestros derechos como ciudadanos.

        Estoy hasta los cojones de quienes ejercen violencia contra la libertad del ser humano para encerrarnos en el redil del miedo.

           Estoy hasta los cojones de Wert y su reforma, por muchas razones, pero especialmente porque elimina del currículum de bachillerato Ciencias del Mundo Contemporáneo y deja Religión y Moral Católicas, una formación mucho más conveniente para quien aspira a llegar a la Universidad  con  una base sólida de conocimiento. La investigación española estaba herida de muerte. El puntillero Wert la ha rematado, sin lugar a dudas.

          Estoy hasta los cojones de que la indignación no se plasme en alguna alternativa de poder real. El éxito mediático no basta. Hay que hacer valer el peso determinante del voto. Entonces será posible cambiar la maquinaria, desde dentro.

           Estoy hasta los cojones de la criminalización de los servicios públicos como un refugio de inútiles privilegiados y un peso muerto para las arcas públicas. Sin servicios públicos no hay estado. Es lo que pretenden. Empobrecerlo, trocearlo y venderlo al mejor postor. Y los funcionarios somos el último bastión de su defensa.

          Y estoy hasta los cojones de este gobierno. Las razones las he ido desgranando pacientemente en esta crónica de la indignidad desde que las encuestas aventuraban su éxito  en las elecciones y la aceleración de nuestra ruina.
        Pues eso, ¡estoy hasta los cojones! Hoy ganó Dionisos. 

sábado, 6 de octubre de 2012

De la abundancia del corazón....


       “La leyes son como las mujeres; están para violarlas”. Descontextualizada, la frase tiene un hedor fascista, resonancias de arenga cuartelera en tiempos de guerra civil; mezcla la zafiedad y el crimen en proporciones similares. No es sólo una frase reprobable. Es una frase odiosa, nacida en una mente deformada por sepa dios qué experiencias negativas y mal asimiladas. Parece de otro tiempo. En realidad, lo es.
          Pero fue pronunciada el martes, 2 de octubre, en una sesión del Consejo de Ciudadanía Exterior de este país. La pronunció su presidente, el popular José Manuel Castelao, otrora conseguidor de votos para Fraga en Argentina entre la población emigrante; luego, diputado por el PP en el parlamento gallego, como premio a sus desvelos;  y, ahora, hasta su dimisión, forzada porque la prensa se hizo eco de su afirmación, recuperado por Fátima Báñez para la citada comisión, quizá por la proximidad de las elecciones gallegas, dada su experiencia de acarreo del voto gallego del cono sur hacia las alforjas populares. Todo un acierto político, como bien se ve. 
          Es, también, una frase soberbia. Quizá Castelao esperaba el aplauso de los miembros de la comisión, buena parte de ella integrada por mujeres de los diferentes partidos del arco parlamentario, a su indecente afirmación; o las sonrisas cómplices. Porque la soberbia rezuma estupidez.
     El símil depravado intentaba justificar una propuesta previa del propio Castelao de manipular el acta de la sesión anterior. Ya se sabe, cubiertas las apariencias,  las leyes y las mujeres tienen en común un destino de violencia y vejaciones.
        Después de cien intentos hipócritas de justificación imposible por su parte, sólo me cabe recordar, por una vez, una lapidaria frase de evangelio de Mateo y arrojársela a la cara con el mayor desprecio: “De la abundancia del corazón habla la boca”  (Cap. 12. 36-37).
            No es la primera vez que descubrimos que el franquismo residual está cómodamente instalado en el seno del Partido Popular y  que administra importantes cuotas de poder. Así nos va. Así le va a este país condenado a cargar eternamente, por lo que se ve, con lo peor de su historia. 
            

viernes, 5 de octubre de 2012

¡Es la libertad, estúpidos!


          Rajoy se apropiaba en Nueva York, el 25 S, del silencio  de quienes no habíamos acudido a manifestarnos ante el Parlamento como una forma de aprobación a su gobierno. Y nos lo agradecía. Nunca antes hubo un referéndum semejante que se sepa. Tampoco, que se sepa, una manipulación más burda de la realidad por parte de un presidente de gobierno. El Rajoy-Pinocho al que tanto caricaturiza la prensa europea se supera a sí mismo y se declara arúspice de los silencios. Sólo que yo comunico mi aceptación o mi repulsa con mi voto y con mis manifestaciones públicas, pero no he autorizado a nadie a apropiarse de mi silencio o mis ausencias.
            Jaime Mayor Oreja, ministro del Interior con Aznar y hoy parlamentario europeo del PP, en la línea de someter  la realidad a los criterios interesados de quienes se empeñan en que aceptemos la manipulación, la mentira o en el silencio como instrumentos democráticos, solicitaba igualmente, un día después, que los medios de comunicación no se hicieran eco de las manifestaciones; que se hurtara esa información a la ciudadanía; que se ignoraran dichos acontecimientos como si no estuvieran sucediendo. Con ello se evitaría el efecto llamada. Justificación irreprochable. Una manifestación provoca una cascada. Debe ser que Mayor Oreja no ve motivos que  justifiquen la desesperanza, la amargura, el rechazo al expolio sistemático que sufren los más débiles, la ausencia de futuro o el futuro ruinoso que nos está diseñando su partido a espaldas del país.  
            Si ocultas el efecto, ocultarás la causa. Si ignoras las manifestaciones, no estarás obligado a referirte a las causas que las provocan. Tampoco, a la excesiva violencia con la que la policía se empleó con los manifestantes. Una estrategia de manipulación informativa indigna y despreciable. ¿Qué otras cosas deberían ser ocultadas por conveniencia si aceptáramos ese juego inmoral?
             Es como si la derecha de este país nunca hubiera aceptado definitivamente la constitución del 78 como el reglamento del juego democrático; como si tuvieran clavado en la conciencia primitiva donde anidan sus resabios maniqueos y autoritarios  el convencimiento de que el país es suyo; como si nos estuvieran gritando cada día que la democracia es solo una representación, un juego de simulaciones que no hay que tomarse demasiado en serio.
            Desde la lejanía de nuestra vida cotidiana, todo esto no hace  sino confirmar que el PP es un partido al que le cuesta digerir el juego democrático, un partido que prefiere la manipulación a la verdad, que consigue mayorías amparado  en la mentira; un partido con ética dudosa, superficial en sus convencimientos democráticos, dispuesto a manipular la información si favorece a sus intereses.
            Pero en la distancia corta el rostro de ese autoritario espíritu que sobrevuela ya la convivencia – el país es suyo, la moral es suya, la libertad ha de ser limitada- resulta insoportable. Hoy, un individuo se ha presentado en el centro público de enseñanza en el que trabajo amenazando al Equipo Directivo y al centro en su conjunto de no sé cuántas denuncias porque en una asamblea reciente del Sindicato de Estudiantes y alumnado de los niveles superiores de Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional, regulada por la Ley y por el Reglamento del Centro, se han vertido expresiones como “los bancos nos roban” o “la policía ha actuado el 25 S de forma represora y violenta”, unas afirmaciones que, por demostradas, comparte medio mundo. 
       Los bancos nos roban. Podéis jurarlo. La Banca internacional ha estado manipulando el interés interbancario desde 2005 que se sepa. Ha robado billones de euros a sus clientes y usuarios. Y si contáramos los desmanes de nuestra propia banca, no acabaríamos nunca.
      La policía actuó el 25 S de forma desmedida e injustificada. Está en los medios. Hay infinidad de grabaciones y se ha abierto un proceso de investigación al respecto.
            Así que quien dijera aquello no mentía.
            Aduce esta persona que nuestra obligación – se supone que habla del profesorado- es impedir manifestaciones de este tipo en el interior de un centro público. Se atreve a  establecer  obligaciones morales a la profesión más libre y más plural de la tierra. Pobre iluso. También, considerada en su conjunto, somos una profesión entregada a la cultura.  Es casi una fe la que alimenta el corazón de los docentes. Y, si aún no lo sabéis, os diré que es una profesión de gente apasionada. Podrían llevarnos ante el paredón o entregarnos a la hoguera, -ya lo han hecho antes-, pero nunca han podido dominarnos. Ahora tampoco. Tenéis mi palabra. Y sé de lo que hablo. 
            Este individuo debe considerar que los Centros Públicos están al servicio de su concepción del mundo,  de su modelo de país, o de los valores que caben en su conciencia.  Se equivoca como se equivoca el ministro Wert. La obligación de la Enseñanza Pública  es que resalte la verdad, que el alumnado  la conozca, que aprenda a comportarse como integrante de un colectivo de ciudadanos responsables y valerosos en la defensa de sus derechos, los que las medidas de este gobierno desconfiado de la libertad y temerosos de su manifestación le están arrebatando. 
            Nuestra obligación no es controlar la libertad del alumnado o limitarla. Más bien es ayudarles a formar criterios y valores para saber administrarla de forma positiva. Intentamos que de las aulas salgan personas responsables e independientes. Y eso jamás se logrará con la mentira. En cierto modo, nos toca ser la conciencia más honesta de la sociedad. Y lo sabemos. 
            A todos estos  que añoran un pueblo amordazado, o silencioso, sólo cabe decirles, parafraseando a aquel presidente norteamericano tan aficionado a esconder a una becaria bajo la mesa del despacho oval “¡Es la libertad de expresión, estúpidos!” El artículo 20 de la  Constitución del 78, que no habéis leído o que pretendéis ignorar, la garantiza. 
     Y si no la garantizara, daría igual. La libertad es un torrente. Sólo los estúpidos pueden confiar en dominarlo. Quien se opone a su fuerza acabará arrastrado. 
            

miércoles, 3 de octubre de 2012

La maldad auténtica


       La naturaleza es sabia. Tiene por costumbre poner ante nuestros ojos enseñanzas de todo tipo. La universidad de la vida a la que tantas veces hacemos referencia es sólo eso, caminar con los ojos abiertos para aprender a vivir de la forma que hayamos elegido.
          Quizá por eso pone a nuestro alcance de vez en cuando modelos de maldad. El rechazo de la maldad que percibimos a nuestro alrededor nos ayuda a mejorar. La maldad tiene una tremenda carga pedagógica y cumple una función social muy positiva.
            Suele ser una actitud indominable. Aunque se le ofrezca a la maldad cien caminos, cien perdones, cien oportunidades, cien veces una mano que le ayude a salir de su miseria, no podrá. Entre otras cosas, porque la auténtica maldad no se reconoce a sí misma en el espejo de la conciencia. La maldad auténtica suele ser desconfiada, medrosa, soberbia y desagradecida. Nunca duda. Se desarrolla como un enfermizo instinto de supervivencia desde el cerebro reptiliano que nos acompaña y suplanta a todos las demás capacidades que nos convierten en seres sociables.
         La maldad auténtica sólo participa en los esfuerzos colectivos cuando barrunta beneficio; y sólo, si el rédito del beneficio es muy superior al esfuerzo requerido. Si la empresa colectiva plantea la necesidad de un sacrificio, la maldad auténtica encontrará innumerables argumentos para abandonar el remo que empuñaba. Y lo hará sin aspavientos; huirá de la quema como un espíritu invisible con la esperanza de pasar desapercibida. Y si la empresa colectiva ignora su afán de privilegios, la maldad auténtica la minará con obcecación, desde la sombra, enviando mensajeros inocentes con la carga de fulminantes y explosivos.
            Porque la maldad auténtica casi siempre es, también, cobarde.
            Y, antiecológica, porque ensucia el agua clara de la convivencia. La llena de miasmas, de bacterias nocivas.
            Sustenta su existencia en la insatisfacción que no conoce tregua. Si pudiera, la maldad auténtica iniciaría una guerra cada día.
            Pero la maldad auténtica paga un tributo que no podemos envidiar.
            El predominio de su cerebro primitivo la deja sin inteligencia emocional, esa palanca invisible que nos permite elevar el peso de nuestra vida desde los sótanos oscuros de la vulgaridad cotidiana a los áticos luminosos de la felicidad ocasional.
            La maldad auténtica no conoce esos relámpagos de  felicidad que, a veces, nos iluminan la existencia. Quizá porque ninguna forma de felicidad es posible sin una porción imprescindible de  generosidad.
            La maldad auténtica no conoce el amor.
            Así que os lo diré con claridad: si amáis o habéis amado, si sois felices o alguna vez lo fuisteis, la maldad auténtica no reina en vuestras vidas.
          Por tanto, que se jodan quienes se empeñan en hacernos sentir que  merecemos la ruina que nos cerca, por malvados. La maldad auténtica inventa la ruina, la manipula, y la alimenta hasta  lograr sus objetivos.
            Que cada cual escoja los ejemplos que prefiera. Por desgracia, la maldad auténtica tiene un rostro que a todos nos resulta familiar.
                       
            
            

lunes, 1 de octubre de 2012

¿Qué celebraba este tipo en Nueva York?


       La imagen de Rajoy paseando por Nueva York fumando un habano plácidamente ha dado varias vueltas al mundo. Contrasta su placidez con la tensión que en ese momento se vivía en España en los alrededores del Congreso. Rajoy es un fugitivo por genética. Se lo demanda el epitálamo, ese cerebro reptiliano que nos acompaña desde la noche de los tiempos y  que hace prevalecer los impulsos primarios y la supervivencia sobre las obligaciones morales y la ética. Huye de la responsabilidad de forma compulsiva. Y cuando se ve abocado a dar la cara, miente.
            Conocía los planes del Ministerio del Interior y de la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid para atajar la riada de indignación que solicitaba la dimisión de su gobierno y la convocatoria de elecciones por incumplimiento manifiesto de los compromisos electorales. Estuvo en la urdimbre seguramente. Y prefirió la distancia, como suele ser habitual.
            Ya no engaña a nadie. Lo han calado. Un tercio de quienes confiaron en las promesas falsas del Partido Popular en las elecciones generales hoy no lo votarían  de ninguna manera. Afortunadamente.
            La prensa internacional, incluyendo la muy conservadora y liberal prensa económica de habla inglesa, lo despelleja sin piedad. Financial Times le ha dedicado un editorial demoledor muy recientemente. No dice otra cosa que lo que ya sabemos y denuncia cada día la mayoría ”no silenciosa”. Lo tilda de individuo “oportunista sin sentido de la oportunidad”, es decir, un “listillo” que actúa con una torpeza lastimosa, un tahúr aficionado que ni siquiera ha aprendido a barajar. Dice de él que es alguien que gobierna por decreto, sin dar explicaciones ni al Parlamento ni a los ciudadanos. Lo califica, igualmente, de presidente de gobierno que gobierna por intereses partidistas, sin atender a las necesidades de la nación. 
      En fin, todo un dechado de cualidades imprescindibles para sacarnos del atolladero que nos quita el resuello.
            Otros medios denuncian su cinismo que llega a desesperar a los socios europeos, cuando presenta ante el país el rescate como un triunfo político de su gobierno y oculta ante la opinión pública las medidas impuestas por Europa negando, incluso, su existencia. 
    Un prestigioso periódico alemán le ha otorgado varias veces el título deshonroso de “pinocho del día”, con el que distingue a los políticos más mentirosos de Europa.
            O sea, que lo han calado. Y nos han calado. No sólo somos pobres, perezosos, incapaces de cumplir nuestros compromisos. Encima, tenemos un gobierno de pacotilla, al que le hemos otorgado mayoría absoluta. 
            Como para que nos baje la prima de riesgo.
            Así que no sé qué celebraba este tipo en Nueva York.
         ¿Quizá que los últimos datos sobre el nivel de pobreza infantil en España  se han agravado  y que ya  es un problema estructural del que la población afectada tardará en salir, si es que sale? Uno de cada cuatro escolares españoles está ya por debajo del umbral de la pobreza. Muchos de ellos sólo hacen una comida decente al día, la que le proporcionan los comedores escolares, cuando pueden pagarla. Cualquier observador imparcial y desapasionado os dirá que esta situación priva a buena parte de la población escolar de un derecho básico: la igualdad de oportunidades. Se incrementará el fracaso y el abandono escolar; exactamente lo contrario de los que predica el ministro Wert de su reforma.
            ¿Puede que estuviera celebrando que la inflación- el precio de la cesta de la compra de una familia media-, ese enemigo declarado de Alemania y del BCE, se ha disparado en España desde finales de Agosto, agravando la situación de los más desfavorecidos? Casi un uno por ciento se han encarecido nuestros precios durante el mes de septiembre. En eso somos los mejores de Europa. Si la escalada de los precios sigue esa tendencia, unida a la profunda recesión económica que atenaza al país, somos un enfermo terminal. Nos queda escaso recorrido.
            ¿Celebraba que el aumento del IVA ha producido un daño colateral de cinco mil millones de euros en lo que el Estado ha de pagar por las pensiones en los próximos dos años? ¿Recaudará suficiente con ese aumento irracional del impuesto indirecto para afrontar ese gasto ? ¿Recaudará lo suficiente para contrarrestar la disminución del consumo privado?
           ¿Estaría fumándose ese puro a la salud del presidente de la Organización Internacional del Trabajo que tilda las políticas de recortes y la destrucción de puestos de trabajo en España como un suicidio colectivo?
            Algo debería estar celebrando, desde luego. Pero yo no veo motivos para celebración alguna.
            Honestamente lo pregunto, incluso a quienes celebraron alborozados la victoria del Partido Popular en las elecciones generales de noviembre ¿Han hecho algo que este país les pueda agradecer? 
             En conciencia, ¿alguien lo cree? Porque yo creo que nos están arruinando y nos dejan sin futuro.