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jueves, 20 de septiembre de 2012

Senyera al viento


         Era de esperar. La gestión de la crisis que han hecho los centros de poder político y económico en Europa han puesto en peligro la propia continuidad de la moneda única y el germen de la Unión Política y Fiscal de lo que podría llegar a ser la Europa deseable y capaz de organizar un futuro razonable, teniendo en cuentas los instrumentos con los que cuenta: producción de riquezas, desarrollo, nivel cultural, calidad de vida, calidad de sus democracias, e interés por la convivencia pacífica.
            Mi aspiración es esa Europa. También, mi frustración. No me importa vivir en un estado federal de 500 millones de habitantes. Sabremos hacerlo.
            A esa Europa ideal solo le faltaría un brochazo de generosidad con los inmigrantes por puro egoísmo. Somos un continente envejecido. Moriremos de éxito. Nuestras políticas sanitarias,  nuestra esperanza de vida y nuestra inclinación- desde la Revolución Francesa, más o menos- al control de los nacimientos nos han convertido en un territorio  de viejos. Escasean los jóvenes que mantengan el vigor del continente.
            A esa Europa aspiramos. Nos desespera su tardanza. Maldecimos los intereses nacionales que desmontan el proyecto y solicitamos desesperadamente gobernanza , un gobierno de Europa que la haga funcionar con la coherencia necesaria, mirando por los intereses de todos los pueblos del continente y no sólo por los de la geografía del desarrollo más antiguo.
            La crisis da frutos esperados. Prolifera el nacionalismo de tinte populista, oportunista también. En casi todos los rincones.
            España no es diferente. De pronto, los sentimientos nacionalistas toman la calle. La independencia se convierte en el paraíso perdido y deseado, la solución de todos los problemas.
            Se me antoja que en lo peor de la tormenta, en medio de la nada de un océano embravecido, una parte de los pasajeros de un transatlántico decidiera salvarse abandonando la seguridad relativa del gran barco para confiar su seguridad al bote salvavidas.
            La explicación es fácil. En medio de esta crisis no se vislumbra ni un pequeño  rescoldo de esperanza. Un agujero negro de políticas contrarias a la experiencia y al sentido común nos devora el futuro. No hay plazo en el tiempo que nos señale el fin del sufrimiento. Sobre nosotros se ciernen amenazas terribles que ya han experimentado pueblos vecinos. Conocemos sus nefastas consecuencias.
            En medio de eses caos alguien atrapa una bandera. “Seguidme, -dice- saldremos mejor solos”
            El nacionalismo como último recurso. Para intentarlo, al menos. Una esperanza en tiempos de ausencia de esperanzas. Pero cada nacionalismo se afirma cavando una trinchera, clavando una bandera sobre la tierra removida que es , a la vez, frontera y adevertencia.  Y en las trincheras solo prospera el árbol del rencor. Es mala tierra.  
              No necesitamos trincheras. Es tiempo de puentes, de autopistas, y de manos tendidas.
            También es tiempo de oportunistas. Aunque ofrezcan como refugio el inestable fondo de un esquife zarandeado por olas gigantescas.
            Malos tiempos. Artur Más convocará elecciones anticipadas en Cataluña. Detrás de la trinchera espera conseguir un triunfo apoteósico. Después, se encontrará en un laberinto desconocido. Y sin el hilo de Ariadna. No sabrá gestionar de forma razonable la frustración que ahora alimenta. Nadie sabe sacarle utilidad a los frutos amargos del árbol del rencor. 
             Malos tiempos.
            ¡Puta crisis!
            Casi desde que tuve uso de razón, desarrollé un temor atávico a cualquier bandera. Siempre me parecieron una amenaza desplegándose al viento. Hoy ya he desarrollado el convencimiento de que es mejor quemarlas, sin excepción alguna. 

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